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Cartas enredadas

La primera vez que vi la letra de Miguel Delibes fue en casa de un amigo. Había recibido una carta del escritor y la tenía enmarcada junto a otros recuerdos de personas a las que admiraba. Aquellos objetos rodeaban su lugar de lectura. Le acompañaban. Muy lejos estaba yo de saber entonces que algún día conocería al autor de esa carta y que incluso yo también recibiría alguna carta suya, con su letra inconfundible y aquella forma respetuosa y cercana de agradecer una reseña o una mención en el periódico, su periódico.
«No sé por qué usamos tan poco en nuestro tiempo la comunicación epistolar; yo mantengo que si se fomentara esta forma de trato tan desacreditada (…) se aprendería también a hablar y a escuchar más sosegadamente en las otras ocasiones, cuando te echaras a la gente a la cara». La ‘Carmiña’ que firma esas frases es Carmen Martín Gaite y el destinatario de la carta de la que forman parte es Juan Benet. La carta está fechada el 16 de septiembre de 1964,

 

probablemente por la misma época en que mi amigo recibió la misiva a la que antes me refería. Parece una queja de ayer mismo y sin embargo cuando esto decía a Benet, los ‘sms’ y los ‘e-mails’ no eran siquiera ‘futuribles’.
Se me han enredado estas cartas, digo estas noticias, en estos días en los que apenas tengo tiempo de contestar e-mails. Por un lado, la imagen de Miguel Delibes en un sello de correos, una distinción que, como recordaba su hija Elisa, habría agradecido especialmente quien era tan buen corresponsal. Y, por otro, el lujo de tener en mis manos la excelente correspondencia entre dos pesos pesados de nuestra literatura. En sus cartas hablaban de libros pero también de sus preocupaciones existenciales y lo que buscaban no era tanto las respuestas sino saber que el otro estaba ahí.
Apenas escribo cartas. Así que no piensen que esta columna es ejemplo de nada. Así me lo recrimina otro amigo, excelente escritor y excelente corresponsal, dos cosas que juntas parecen una perogrullada. Pero no saben la alegría que me da recibir un sobre escrito a mano (sobre todo si reconozco la letra) e intuyo, o sé, que dentro habrá una carta autógrafa, como si me llegara la fotografía de un amigo, pues ¿no era la letra uno de nuestros rasgos distintivos, como el color del pelo, el tono de la voz o el tamaño de la sonrisa? Claro, que con ella llega mucho más que su presencia física. Sí: me repito. Porque siempre que escribo sobre este asunto traigo a colación aquella frase de Emily Dickinson (una de las mejores escritoras de cartas que he conocido): «Una carta la siento siempre como la inmortalidad porque es la mente sola, sin el amigo corporal». Fundamental para quien había elegido la reclusión como forma de vida.
Ya no escribo cartas pero guardo como tesoros las pocas que recibo y devoro cuanto epistolario de escritores se publica. Quiero pensar que seguirán existiendo, como esos sellos en los que ahora veo a Delibes y que de niña veía coleccionar a mi padre… Y el papel entelado y el olor de un sobre que ha tocado alguien a quien queremos. Y no me siento desfasada escribiendo esto porque en la vida siempre he sido partidaria de la suma, más que de la resta.
…Y ahora les dejo, que tengo que contestar un e-mail.

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Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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