El viernes pasado falleció “como del rayo”, Félix Romeo. Siempre se dice que un creador (un escritor, un pintor) no se va del todo. Que quedan sus obras y todo eso. en su caso, que queda su sonrisa y sus ganas de hacer cosas. Pero lo cierto es que tras la muerte inesperada de alguien tan joven (43) lo primero que queda es el vacío: el de sus palabras, el de las que no dijimos, las conversaciones y las citas pendientes y en este caso, además, los proyectos no cumplidos en el suplemento literario del periódico ‘La sombra dle ciprés’. Este fue el viernes, con el shock reciente, mi pequeño homenaje:
ENTUSIASTA Y DIVERTIDO
upongo que debería hablar del escritor. O de cuando dirigía ‘La Mandrágora’, esa isla en el habitual yermo cultural televisivo. Pero no tengo calma para eso. Solo puedo hablar del que se había convertido en poco tiempo, además de en un amigo –lo más importante– en un cómplice, entusiasta, puntual y siempre acertado colaborador de ‘La sombra del ciprés’.
Si la memoria no me falla por la impresión del golpe recibido, creo que todo empezó por Orwell. Alguien me dijo que era un ‘orwelliano de pro’ y le propuse la reseña de ‘Vagabundo en París y Londres’, de la reciente edición de Menoscuarto. Hizo una inteligente y divertida crónica de su lectura renovada y desde ese mismo instante su apertura hacia esas páginas fue total. Lo primero que me sorprendió y que valoré fue su entusiasmo. Recibía cada encargo con alegría y cumplía con la rapidez de quien se ha hecho fuerte en este oficio. Pero nunca sus escritos eran las típicas piezas que se hacen por cubrir el expediente. En ellas salía a relucir el lector voraz, su memoria enciclopédica y su amor por los libros y por toda manifestación de la creatividad. El que fuera un escritor reconocido y los muchos medios para los que había trabajado no le habían quitado un ápice de la humildad de quien sabe que en esto hay mucha gente con talento. Esperaba mi opinión sobre su trabajo y se preocupaba si esta no llegaba en pocas horas. Era un auténtico placer contar con él.
Era también un gran conocedor del arte contemporáneo. El verano pasado recibí un mensaje desde Venecia. Era suyo. Había ido a la Bienal de Arte Contemporáneo y al entrar al Pabellón de España, donde se exponía la obra de Dora García, lo primero que encontró fue un ejemplar de ‘La sombra del ciprés’ en el que había colaborado. Fue tal su alegría que me llamó de inmediato.
Alegría. Eso era lo que rezumaban sus correos, llenos de signos de admiración y de detalles cómplices. Lo mismo sus palabras. Entre viaje y congreso, entre exposición y conferencia. Podía contar con él en las circunstancias más complicadas. Siempre a punto. Siempre despidiéndose con ‘mil besos’, como un ritual. Su última colaboración –la última publicada pues había otros proyectos en marcha– fue con motivo del Hay Festival y Tagore. Contaba la relación entre el Nobel indio y Victoria Ocampo. Hace tres años en este mismo festival fue el apasionado interlocutor de Mario Vargas Llosa, ante un abarrotado y entregado Teatro Juan Bravo.
En Valladolid fue habitual en la Feria del Libro y en las actividades de la Cátedra Miguel Delibes. Habíamos quedado en vernos un día de estos. «Iré a Valladolid, a ver a mis tíos, para que me consideres un poco pucelano», dijo como siempre entre risas.
Pero ha tomado otro camino por sorpresa.
(En la foto de Ramón Gómez, Félix en Valladolid en un congreso sobre Delibes)