Hace años llegaba al mundo con ganas, con vitalidad, con ese llanto de bebé y presta a empezar el camino, su camino, paralelo al mio.
Y lo empezó, cambiando así la vida de la que aquí hoy escribe por y para ella.
Lo curioso es que cuando normalmente me salen las palabras a borbotones hoy parece se niegan a juntarse con coherencia.
Supongo que no es fácil describir el sentimiento de madre sin caer en la cursilería que sobra.
¿Qué decir, cuando parece que ya todo debería estar dicho?
Siempre hay algo que se puede repetir sin problema:
Te echo de menos.
Hay frases que nunca están de más, y aunque hoy día no somos muy proclives a expresar sentimientos que damos por hechos, creo que si alguien te echa de menos es sinónimo de cariño, de necesidad, de cercanía de la persona a quien añoramos.
Y un 16 de Mayo a las siete de la tarde llegó mi pequeña a poner un punto y final a la soledad.
Y ese día de primavera cambié el sólo quererme a mi misma, por compartir prácticamente todo y vivir ese todo con y para ella.
Quedaba mucho camino por delante para ambas, mucho. Primero en su infancia, después la adolescencia y juventud, caminamos juntas sorteando dificultades que a veces pesaban como una losa, hubo de todo pero en la balanza ella siempre ganaba y yo perdía el miedo a equivocarme, porque sabía que yo podía no ser una madre perfecta. Tratar de serlo era agotador.
Su tenacidad y la mía consiguieron que los baches fueran menos baches.
Seguro que si alguna madre me lee sabe de qué hablo.
Hace tiempo ya vuela sola, su trabajo, sus amigas, su ocio, su vida, hacen que la distancia sea lo normal, la física, la otra sigue ahí aunque parezca a veces que estamos en ese punto de camaradería que ya nos permite su edad y la mía.
Llegados a este punto ya todo se relaja, y empieza esa otra etapa en que se acabaron los miedos por ese ser a quien debes proteger. Llega un momento en que ya no necesitan ser protegidos, solo escuchados y queridos, siempre queridos.
Va por ti hija, felicidades.