Estos días en que está de actualidad el desgraciado accidente del crucero Concordia, me reafirmo en mi idea de que de barcos nada. Ya, ya sé que es una tontería hay muchos accidentes en coches y seguimos viajando, alguno de aviones y trenes y más de lo mismo. Nada es seguro al cien por cien.
No sé para cuando publique esta entrada si habrán aparecido esas personas a las que su familia espera ya con muy poca esperanza, espero que sí, que el mar, al menos les devuelva a sus seres queridos.
Lo más que he viajado ha sido en esos ferrys turísticos de una hora máximo en un par de ocasiones, me gustó la experiencia pero viajaba con la mosca detrás de la oreja y con el agua ahogando mi placer de esos momentos.
Alguna vez he dicho a los míos, que si algún día se les ocurre regalarme un viaje se olviden de ponerme en medio de mar abierto, vamos que ni se les ocurra. Creo que yo sería de las que dormiría con el chaleco salvavidas puesto, y ni aún así estaría tranquila.
Siempre he dicho, que es mucha agua para tan poca Cari.
El pánico que tengo al agua viene dado por una experiencia traumática hace años en Canarias, creí que no salía a flote y vi mi vida pasar en segundos pensando que eran los últimos de una vida aún muy joven por aquel entonces.
Quizá blogueros os sea difícil creer que he hecho tres cursillos de natación, que he intentado superar el trauma, esos cursos tienen mil anécdotas pero una sola conclusión, no he podido con ello. Antes decía que era mi asignatura pendiente (tengo muchas) ahora ya no lo digo, en eso de nadar ahí se queda la asignatura que sé nunca aprobaré.
No me importa tener algunos miedos, creo forman parte de la condición humana no somos superhéroes, y en mi caso tampoco deseo serlo, quiero ser normal, valiente con los retos que sé puedo conseguir me cuesten más o menos, pero los retos que paralizan, producen un sudor frio, taquicardias y sufrimiento, no creo merezcan la pena. La salud mental es lo primero.
Cuando estoy en una piscina o en el mar, me conformo con estar en la zona que no me cubre y tan feliz… la gran paradoja es que me encanta el mar sobre todo al atardecer, supongo que soy como la enamorada que no se atreve a acercarse a su amado por miedo a que la rechace o por el contrario, la absorba.
Así que aquí tenéis a alguien que adora el mar pero que no se atreve a tratarle de tú.
Saludos blogueros.