Cómo dice una buena amiga, eso, acostumbrarse, o nos morimos de un berrinche, pero va a ser que de morirse nada, porque eso no lo decidimos nosotros, lo decide una dama negra, oscura, que no da oportunidad más que en contadas ocasiones.
Y esto viene a cuento, siempre lo que escribo viene a cuento de algo, de una conversación, de esas aparentemente superficiales pero que hacen pensar.
Hablábamos de esos tiempos en que íbamos a comprar alegremente, que nada nos preocupaba, que teníamos un trabajo, que la vida nos sonreía, a pesar de las preocupaciones personales que creo todos tenemos, esas no las arregla una cómoda vida, hay males profundos que no pasan por tener más o menos bienestar.
Y de la reflexión del diálogo mantenido me he sorprendido a mi misma haciendo un análisis –siempre el análisis- de la situación, de cómo hemos cambiado, de cómo he cambiado haciendo una lectura algo más personal.
Vivíamos de acuerdo con la vida placentera que teníamos cuando trabajábamos, con un sueldo más o menos bueno, más o menos seguro, pero cambian las circustancias no tiene porqué ser una catástrofe, NO, no necesariamente.
Cuando llegan las vacas flacas, parece mentira pero nos demos cuenta de lo que hemos abusado a veces de ese poder adquisitivo, cosa de la que no me arrepiento porque creo que vivir es importante, son dos días, sólo que los dos días de ahora están ajustados a un cinturón al que cada día hay que hacer un agujero.
Miramos entonces mucho más esos gastos tontos que significan dejar una luz encendida, esa comida que sobra, un grifo abierto, esa calefacción que se puede encender más tarde, esa peluquería a la que ya no se nos hace imprescindible ir todas las semanas, esa cazadora divina de la muerte que hemos visto por ahí, nueva, preciosa, que nos llama detrás de un cristal y nos dice “venga, que ya es primavera”, pero a la que damos calabazas porque en ocasiones sigue siendo invierno en nuestras vidas.
Y es por eso que al final, no nos importa tener que vivir de otra manera, porque comparando a veces seguimos siendo afortunados, en mi caso, no echo de menos mis compras, ni esas cosas innecesarias que me hacían feliz momentáneamente, más que nada, no porque no me gustaría seguir teniéndolas, si no porque adaptarse a la nueva situación ayuda a llevarla sin traumas, aunque de una miaja de rabia. Me gusta dejar los traumas para otras cosas, no para echar de menos cuatro cosillas de nada. ;-(
Cuando de alguna manera ese estatus que teníamos, llega un momento en que ya casi ni miras los escaparates, esos que antes te llamaban a gritos, le damos menos importancia a no comprarnos lo último que ha salido, para nosotr@s o para nuestro hogar, sólo pensamos en lo que realmente necesitamos.
Espero alguien comparta mi “acostumbramiento”, aunque sólo sea porque no queda otra y porque en el fondo sé que somos muchos los que nos está tocando bailar con otra pareja más fea en la fiesta de nuestro querido país en el momento actual y como no sabemos lo que durará este baile…
¿Tendrá todo esto que ver con el estado del bienestar? que alguien me lo diga porfa.
Saludos blogueros.