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	<title>Las cosas como sonArtículos &#8211; Las cosas como son</title>
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		<title>ELLOS TAMPOCO PODÍAN RESPIRAR</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jun 2020 00:12:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Ellos tampoco podían respirar</strong></p>
<p>“¡No puedo respirar!, ¡No puedo respirar!” Este grito no es solo la queja de un hombre negro que agoniza debajo de la bota de un policía en Minneapolis, también fue y sigue siendo la queja de muchos enfermos de la Covid19 cuando sienten que se ahogan y piden un respirador. “¡No puedo respirar!”, musitaba la joven Miranda mientras luchaba por su vida en un hospital de Denver justo el día en que se celebraba el fin de la Primera Guerra Mundial. Así nos retrata Katherine Porter a su alter ego en “Pálido caballo, pálido jinete”. Porter había padecido en su juventud la Gripe del 18, y quedó marcada por aquella epidemia que se llevó también a numerosos amigos suyos en la flor de la edad pues, a diferencia de la Covid19, aquel virus atacaba especialmente a los niños y jóvenes. Y como los niños solían morir, no quedan testimonios de haberla padecido en la infancia entre los autores que escriben sus memorias. Una excepción es la de Antonhy Burgess, que comienza su relato autobiográfico “El pequeño Wilson y el gran Dios” con la escena dantesca que se encontró su padre cuando regresó a casa desde el frente:</p>
<p>“Los primeros recuerdos de uno suelen ser indirectos: te dicen que hiciste o participaste en algo; uno lo dramatiza y guarda la imagen falsa en los anales de los recuerdos verdaderos. Pues bien, A principios de 1919, mi padre, aún no licenciado, llegó a Carisbrook Street en uno de sus permisos y encontró muertas a mi madre y a mi hermana. La pandemia de gripe había atacado Harpurhey. No cabía duda sobre la existencia de un Dios: sólo el ser supremo podía inventar un sainete tan ingenioso después de cuatro años de sufrimiento y devastación sin precedentes. Por lo visto yo cloqueaba en la cuna mientras mi madre y mi hermana yacían muertas en una cama en la misma habitación”.</p>
<p>Muchos fueron los que se contagiaron al regreso de la Guerra, aunque el caso paradigmático, al menos en el ámbito literario, es el de Apollinaire, que se estaba recuperando en París de una herida sufrida en combate cuando contrajo la gripe. El cortejo que le acompañó en su entierro, en donde estaban Picasso y Modigliani, se encontró con una multitud entusiasta que festejaba el Armisticio.</p>
<p>Yo sabía algo de la mal llamada “Gripe Española” por los relatos de mi padre, Teófilo Ortega, que la padeció cuando tenía trece años y que presumía de contarse entre los pocos que habían sobrevivido, aunque arrastró siempre la secuela de una bronquitis crónica y una hipocondría igual de crónica. En un texto de 1932, identificándose con el licenciado Vidriera de Cervantes, comentaba:</p>
<p>“En su juventud, según mis datos, padeció una enfermedad del pecho y era tal el miedo que al frío y a la influencia del viento y de las corrientes de aire tomó desde entonces, que abrigaba y protegía su pecho como si de cristal quebradizo se tratase. Y este miedo a que el puñal del frío le penetrase transformóse después en el estado de su locura en miedo a romperse si golpe de mano humana llegara a tocarlo. Me abstengo de señalar las fuentes donde he leído la información. También los escritores tenemos secretos profesionales”.</p>
<p>Sin embargo, la supervivencia a aquella pandemia no fue tan excepcional, como demuestra el número elevado de escritores que la padecieron en su juventud. Josep Pla, por ejemplo, comienza su “Cuaderno gris” en 1918, comentando que tiene mucho tiempo para escribir porque acaban de cerrar la Universidad por la gripe. Un año más tarde, contará cómo él mismo ha caído enfermo:</p>
<p>“He pasado todo el día de ayer y una parte del de hoy en la cama, con la gripe. He sudado como un caballo. Treinta y seis horas seguidas. Me levanto pálido y deshecho. Por un lado, me parece que me hubiera podido morir y que me he librado por los pelos. Cuando constato que, a pesar de la fatiga, me puedo levantar, pienso que quizá ha sido una gripe benigna (…). Las esquelas son numerosísimas. Pone la carne de gallina”.</p>
<p>La historia se repite, podríamos pensar. Sin embargo, entonces no había confinamiento obligatorio. Tampoco hubo la proliferación de textos, sobre todo del género lírico, escritos expresamente para aliviar la soledad de los confinados y de paso satisfacer el ansia de protagonismo de sus autores.  No, tras la Gripe del 18 no surgió un género “coronavírico” ni en la poesía ni en la novela ni en el ensayo, aunque sí se publicaron, una vez pasado el peor rebrote, algunas de las grandes obras de la literatura universal. Proust, el eterno confinado, siguió buscando el tiempo perdido y publicó “A la sombra de las muchachas en flor” en 1919, mientras Virginia Woolfe escribía “Noche y día” y Fafka, que en el mismo año publicaría “Un médico rural”, según nos cuenta en sus diarios, deliraba por efecto de la fiebre y se veía a sí mismo convertido en un enorme escarabajo. ¿Y los poetas?, ¿qué fue de ellos durante la epidemia?: “La tierra baldía”, de Eliot, y “Los heraldos negros”, de César Vallejo, también aparecieron en 1919, cuando ellos y el mundo se recuperaban de la enfermedad. Y el doctor Wiliam Carlos Williams constata la tragedia con la que se encontraba en las más de cincuenta visitas que realizaba a diario a las viviendas de sus enfermos.  En cambio, Katherine Porter prefiere situar a Miranda en un hospital, pendiente de las noticias sobre Adans, el soldado que acaba de morir de gripe en otro hospital militar, quizá para denunciar el dolor de tantas personas que se enfrentaban en soledad a la experiencia de la muerte. Si Katherine Porter hubiera vivido hoy, no dudo que podría haber escrito un relato protagonizado por un policía de Minnesota, capaz de asesinar a un “negro” a sangre fría. Conocedora del racismo de la América profunda de la que ella misma procedía, esta gran novelista sureña nos dejó múltiples ejemplos en sus relatos de su consideración de la literatura como la mejor forma de denuncia.  Una muestra son las palabras con las que termina “Pálido caballo, pálido jinete”, con su contenido polivalente y en cierta medida premonitorio:</p>
<p><em>      “</em>No más guerras, no más plagas, sólo el aturdido silencio que sigue al cese de los pesados cañones; las casas sin ruidos con las persianas bajadas, la luz fría y muerta del mañana. Ahora habría tiempo para todo”.</p>
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		<title>La primera casa</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Feb 2020 22:45:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[Grande o pequeña, rica o pobre, la casa de la infancia posee un magnetismo especial. El niño la siente como prolongación del edén primordial del que ha sido arrancado al nacer y como sede del primer recuerdo constatable.  Janet Frame comienza así sus memorias: “Salida del primer lugar de líquida oscuridad, y ya en el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Grande o pequeña, rica o pobre, la casa de la infancia posee un magnetismo especial. El niño la siente como prolongación del edén primordial del que ha sido arrancado al nacer y como sede del primer recuerdo constatable.  Janet Frame comienza así sus memorias: “Salida del primer lugar de líquida oscuridad, y ya en el segundo lugar de aire y luz, registro por escrito la siguiente crónica…”. Por eso no es extraño que muchas autobiografías comiencen con la descripción detallada de la casa familiar. Amos Oz inicia así el relato de su vida: “Nací y crecí en un piso muy pequeño, de techos bajos y unos treinta metros cuadrados: mis padres dormían en un sofá cama que ocupaba su habitación casi de pared a pared cuando lo abrían por las noches (…) Así pues, su habitación servía de dormitorio, estudio, biblioteca, comedor y salón”. Más humilde aún era la casa de Albert Camus, cuyo dormitorio describe en “El primer hombre”: “El niño se volvía entonces hacia la habitación casi desnuda, encalada, con una mesa cuadrada en el centro, pegados a las paredes un aparador y un pequeño escritorio llenos de cicatrices y manchas de tinta, y directamente en el suelo, un colchoncito cubierto con una manta”. Sin embargo, Camus no hubiera sido el escritor que fue sin ese espacio que rememoraba muchos años después con estas palabras: “ese secreto de luz, de cálida pobreza que me había ayudado a vivir y a vencerlo todo”. Además, la noción que tiene el niño de las dimensiones está distorsionada por su propia pequeñez. ¡Cuántas sorpresas nos hemos llevado al regresar a lugares que en la infancia nos parecían gigantescos y el paso del tiempo parece haber jibarizado! La memoria nos muestra esos lugares por medio de secuencias simultáneas, sin una idea del tiempo lineal. Es lo que expresan estos versos profundos de Tomás Salvador: “Un niño aguarda en el umbral/ en la casa de la primera nieve/ mi abuelo me dio un sello/ madre cortaba las rosas del corpus/ dejó caer las rosas, las lágrimas/ en la casa de la primera nieve/ encontraron el abrigo en la leñera/ una alcoba, dos zapatos, dos cirios/ el miedo era dorado, era de oro/ en la casa de la primera nieve/ un niño aguarda en el umbral”. Y es que al niño sus sentidos le remiten a un mundo donde nada es banal, donde todo es fruto de un designio. En “Arde Madrid”, de Kiko Herrero, cada rincón de la casa representa una metáfora de las diferentes relaciones familiares. En su familia numerosísima, el espacio común era el largo pasillo: “Un pasillo largo y estrecho distribuye las habitaciones. Es la gran arteria. Nos cruzamos, nos chocamos, nos paramos a charlar. Las puertas están siempre abiertas. Mi madre prohíbe cerrarlas (…) Si queremos hablar con un miembro de la familia, no entramos en su habitación. Nos apoyamos en el quicio de la puerta y decimos lo que tengamos que decir. Es una práctica que puede durar horas (…) Mi madre es la mayor adicta al quicio. Siempre atareada, va y viene por el pasillo. Lo ha recorrido tanto, que ha creado un surco en el parqué. De vez en cuando se para y, apoyando el hombro en el quicio, te cuenta historias por capítulos, historias infinitas…” Y entre los distintos lugares de la casa, hay algunos que poseen un atractivo especial, por ejemplo, las viejas buhardillas llenas de objetos aparentemente inservibles. En “Días de desván”, Luis Mateo Díez atribuye a este espacio misterioso el atractivo de lo prohibido: “El desván contenía una polvorienta acumulación de secretos que yacían en la penumbra con la misma paciencia que los objetos, diseminados en el desorden que suscita el abandono (…) Era un espacio que subsistía fuera de la vida, al menos fuera de la vida doméstica, cotidiana, en la cima de una casa que lo relegaba con la indolencia de los territorios prohibidos”. ¿El valor simbólico del espacio es propio del niño o se lo atribuimos los adultos al transitarlo en el recuerdo? Cuando comencé a escribir mi libro de memorias “Las cosas como eran” no sabía la trascendencia que iba a tener su primera frase: “En mi casa había dos casas”. Hasta después de haber publicado el libro no me di cuenta de que esas dos casas superpuestas representaban los dos matrimonios de mis padres, las dos familias que convivieron con sus memorias comunes, y en definitiva, las dos Españas que se solapaban en un mismo espacio de secreto. La casa de Amos Oz, a la que aludía al comienzo de este artículo, poseía también un misterio que el niño explicaba a su manera: “Era un piso soterrado: el bajo del edificio excavado en la ladera de un monte. Ese monte era nuestro vecino, un inquilino recio, introvertido y silencioso, un monte viejo y melancólico que hacía vida de soltero y mantenía siempre un silencio absoluto. Era un monte adormecido, invernal, que nunca arrastraba muebles ni tenía invitados, no alborotaba ni molestaba, pero a través de las dos paredes que compartíamos con él se filtraba siempre, como un ligero y persistente olor a moho, el frío, la oscuridad, el silencio y la humedad de ese melancólico vecino”. Así como ese extraño vecino representaba la sombra que se cernía sobre la familia, muchas casas de las familias españolas de posguerra escondían también lo innombrable, el topo del que los niños no debían hablar&#8230; Luis Mateo termina así su descripción del desván:  “La tragedia, como en todo tipo de posguerra, y ese es el tiempo que el desván revela, es lo que nombra, con aire de metáfora griega y aliento de desgracia, una contienda fratricida que también había llenado de desolación el Valle, en cuyo centro estaba la casa del Desván”. El niño se da cuenta de que, aunque está protegido dentro de las paredes del hogar, hay una amenaza que puede desencadenar la tragedia. No otra cosa revelan los relatos tradicionales en que los protagonistas se pierden en los bosques y buscan la salvación en la luz que ven a lo lejos. Aunque sea la casa del ogro, esa luz les anuncia que existe para ellos un destino en la noche del mundo.</p>
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		<title>El recuerdo de las palabras</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Dec 2019 16:38:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; El recuerdo de las palabras                                     Esperanza Ortega El día 23 de noviembre fue el Día Internacional de la Palabra. También se podría celebrar un Día Internacional del Recuerdo, ¿por qué no? Y yo me adelanto al escribir este artículo sobre del recuerdo de las palabras. Regreso a mi infancia y veo que, así [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El recuerdo de las palabras</strong></p>
<p><strong>                                    </strong>Esperanza Ortega</p>
<p>El día 23 de noviembre fue el Día Internacional de la Palabra. También se podría celebrar un Día Internacional del Recuerdo, ¿por qué no? Y yo me adelanto al escribir este artículo sobre del recuerdo de las palabras. Regreso a mi infancia y veo que, así como las palabras de los libros me las explicaba mi padre, las del lenguaje coloquial manaban de mi madre, como la leche de sus pechos. Y recuerdo que Pascal Quignard identificaba la voz materna con el hilo de Ariadna en el mito del laberinto del Minotauro: “¿Cómo el pequeño que nace reconoce el cuerpo perdido de dónde proviene? Por la escucha de su voz. Ese es el hilo psíquico de Ariadna. La voz de la madre se volverá lengua materna, dieciocho meses más tarde”. Algo semejante expresa Manuel Rodríguez Tobal en los versos de “Esto era”, su último libro: “Y un día fue la voz / Tenía la frescura azul de la evidencia, / la claridad sin sol de la aventura / Podíamos tocarla / como quien toca un labio, un vientre o unas manos / Olía a cuerpo nuestro aquella voz…”</p>
<p><em> </em>Pero no siempre son las madres las encargadas de introducir las primeras palabras en la boca del niño.  Rosa Chacel, en “Desde el amanecer”, rememora cómo su padre intentaba enseñarle a hablar en edad muy temprana:</p>
<p>“Un amigo nos había hecho una foto en su jardín, teniendo yo tres meses. Mi madre estaba sentada conmigo en brazos y mi padre de pie, al lado. La foto, de quince o veinte centímetros, estaba puesta en la pared y mi padre me llevaba ante ella, cogía mi mano derecha y me hacía ir poniendo el índice en cada una de las tres figuras, repitiéndome una y otra vez: “Papá, mamá, nena”. A este ejercicio me sometió durante más de dos meses, cuatro o cinco veces al día. Uno de ellos, llevándome mi madre en brazos, se paró ante el espejo y mi padre se acercó por detrás; yo señalé con mi índice extendido y dije las tres palabras. Pero esto, para mí es leyenda. No lo pongo en duda, porque, dada la obstinación de mi padre, creo que podría haber hecho hablar a un gato. Y resulta que lo que hizo, sin saber, pero con decisivo trazo en mi destino, fue enseñarme a mirar. Me hizo mirar, podría decir; estableció un istmo o un cable conductor con mi brazo extendido hasta la imagen, haciendo que mi índice tocase tres puntos, tres breves contactos, que junto a mi oído se convertían en palabras, como si cada una de las tres voces fuera el ruido del roce de mi dedo en el papel.”</p>
<p><em> </em>La idea de que las palabras se pueden ver y tocar coincide con la percepción sinestésica de Rimbaud, que atribuía un color a cada una de las vocales. Rosa Chacel hacía algo semejante, aunque en la gama cromática vuelve a disentir: “Yo tenía adjudicado un color a las vocales –con tanta convicción como Rimbaud-. Claro que no los mismos colores porque nuestras vocales son cromáticamente muy distintas: nuestra A es blanca, nuestra E es amarilla, nuestra I es roja, nuestra O es negra, nuestra U es azul. Por esto el nombre de Leticia me hacía imaginar las dos gotas de sangre que deja caer en la nieve una reina.” Y Vladimir Nabocov recuerda en “Habla, memoria” que elaboró un sistema cromático mucho más completo para clasificar los sonidos: “Presento un único caso de audición coloreada. La “a” larga del alfabeto inglés tiene para mí el color de la madera a la intemperie, mientras que la “a” francesa evoca una lustrosa superficie de ébano (…) De los blancos se encargan el color gachas de avena de la “n”, el flexible tallarín de la “l” y el espejito manual con montura de marfil de la “o” (…) En el grupo verde están la “f”, hoja de aliso; la “p”, manzana sin madurar; y la “t”, color pistacho…” Las palabras también pueden adquirir movimiento, como nos cuenta Janet Frame que sucedía cuando escuchaba las conversaciones familiares en su infancia neozelandesa: “ Aprendía palabras, convencida desde el principio de que las palabras significan lo que dicen. En aquellos días de Outram, en que numerosos parientes vivían cerca, había muchas idas y venidas y conversaciones y risas (…) y las palabras viajaban como el viento en cables invisibles (…) entonces me explico mi excitación, aunque no la entendiese, mientras iba de acá para allá en la red viajera de las palabras.”</p>
<p><em> </em>Pero más allá de su materia sonora, ¿cuáles fueron las primeras palabras que representaron algo comunicable y memorable? Así las recuerda Eudora Welty en “La palabra heredada”: “Alrededor de los seis años, estaba sola en el jardín esperando que llegase la hora de cenar, a esa hora en que en un día de finales de verano el sol está ya debajo del horizonte y la luna llena deja de ser borrosa y comienza a iluminarse. Llega un momento, y yo lo vi entonces, en que la luna pasa de ser plana a ser redonda. Fue la primera vez que mis ojos la vieron como un globo. La palabra “luna” me vino a la boca como si me la hubiesen dado en una cuchara de plata. Al tenerla en la boca, la luna se hizo palabra. Tenía la redondez de una de las uvas moscateles que el Abuelo cogió de la parra y me dio para que la sorbiera todo el jugo…”</p>
<p>En todos estos casos, las palabras poseían un carácter celebrativo, inaugural, y la niña las escuchaba como si fueran dichas por primera vez. Sin embargo, otros escritores recuerdan el aprendizaje de las palabras como una renuncia a la lengua primigenia, aquella que el bebé escuchó cuando aún no tenía conciencia del lenguaje, incluso antes del nacimiento. La lengua poética supondría el regreso a aquella lengua primera, luego sustituida por la lengua común, tras la ruptura del hilo materno del que hablaba Quignard.  José Ramón Ripoll expresa este sentir en su libro “La lengua de los otros”, al que pertenecen los versos del poema que se titula precisamente “Hilo de sangre”: “¿En qué lugar del útero celeste / dejé las instrucciones de la vida, / las rutas de los sueños / y la disposición de ser el germen de mi propio albedrío? / ¿En qué revestimiento olvidé el verbo / que habría de conjugar para ser libre?”</p>
<p>En fin, la búsqueda de la palabra original, aún no contaminada, sería la clave de esa forma tan rara -y tan liberadora-  de utilizar el lenguaje, que hemos dado en llamar Literatura.</p>
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		<title>Libros que crecían como la hierba</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Sep 2019 21:29:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[Libros que crecían como la hierba. ¿Quién es capaz de reproducir el primer relato que leyó de niño? Seguro que hay muchos más que contestarían afirmativamente si les preguntáramos por un cuento que escucharon de labios de alguna figura familiar. Esto ocurre porque, antes de que el niño aprenda a leer, accede a la experiencia [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Libros que crecían como la hierba.</strong></p>
<p>¿Quién es capaz de reproducir el primer relato que leyó de niño? Seguro que hay muchos más que contestarían afirmativamente si les preguntáramos por un cuento que escucharon de labios de alguna figura familiar. Esto ocurre porque, antes de que el niño aprenda a leer, accede a la experiencia literaria por medio del relato oral. Sin duda lo que digo es una perogrullada, pero me consta que, en la actualidad, por la competencia de móviles y tablets, se está perdiendo la sana costumbre de que los padres cuenten cuentos a sus hijos. Sin embargo, cuando acudimos a las memorias de infancia de los escritores, nos encontramos con que sus primeros recuerdos literarios suelen ser canciones, retahílas, romances y relatos, siempre de transmisión oral. La literatura popular tiene además un valor igualatorio indudable ¿Qué otra herencia podría transmitir a su prole el hombre más pobre del mundo?  Y cuando le arranca de la intimidad de su cuerpo, ¿qué otro don puede regalar una madre al recién nacido que no sea la lengua con la que le cuenta el secreto de su origen y destino? Por eso han sido madres y abuelas fundamentalmente las transmisoras de los textos de la cultura popular.  Voy a referirme, sin embargo, a un caso en que es el padre el más interesado en contar a sus hijos una historia que él mismo recibió de sus antecesores.  Me refiero al relato de “El ratón y la montaña”, al que alude el intelectual antifascista Antonio Gramsci cuando escribe a su mujer desde la cárcel y le pide que sea ella la que haga lo que él no puede hacer en persona: contar un cuento a sus hijos:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“Querría contarle a Delio un cuento de mi tierra. Te lo resumo y tú se lo contarás a él y a Giuliano: un niño duerme. Hay un vaso de leche preparado para cuando despierte. Un ratón se bebe la leche. El niño grita por no tener leche. El ratón, desesperado, se da cabezazos contra la pared, pero se da cuenta de que eso no sirve para nada y corre a pedirle leche a la cabra. La cabra solo le dará leche si tiene hierba que comer. El ratón va al campo por hierba y el campo seco le pide agua. El ratón va a la fuente. La fuente está destruida por la guerra y el agua se pierde. Quiere que el albañil la arregle. El ratón va a buscar al albañil, y este le contesta que necesita piedras para arreglar la fuente. El ratón va a la montaña y se produce un diálogo emocionante entre el ratón y la montaña, que ha sido deforestada y muestra sus huesos sin tierra. El ratón cuenta toda la historia y promete que el niño, cuando sea mayor, plantará pinos, robles, castaños etc. La montaña le cree y le da piedras …. Y el niño tiene tanta leche que hasta se lava con ella. Crece, planta los árboles, todo cambia. Los huesos de la montaña desaparecen bajo un humus nuevo; la lluvia vuelve a ser regular porque los arboles retienen la humedad y evitan que los torrentes destruyan la llanura… Queridísima Giulia, tienes que contarles este cuento y explicarme después las impresiones de los niños. Te abrazo tiernamente: Antonio”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El maridaje entre el relato y la naturaleza, que tan bien representa “El ratón y la montaña”, me recuerda una anécdota de mi primera infancia, cuando todavía no sabía leer y creía que los libros no se compraban en las tiendas como los otros objetos de uso cotidiano, sino que crecían en las estanterías, igual que las plantas. Así lo conté en “Las cosas como eran”, mi libro de memorias, aunque con cierto malestar, pues temía que mi recuerdo iba a parecer inverosímil. Por eso me alegré tanto al encontrar en “La palabra heredada”, de Eudora Welty, un recuerdo muy semejante:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“Me asombró y me decepcionó descubrir que los libros de cuentos los habían escrito las personas, que los libros no eran maravillas de la naturaleza que brotaran como la hierba. Con todo, ajena a su procedencia, no puedo recordar un solo momento en que no estuviera enamorada de ellos –de los propios libros, de las cubiertas, la encuadernación y el papel en que estaban impresos, de su olor y de su peso, y los cogía en brazos, como si los hubiese capturado y los poseyera, y me los llevaba a un rincón. Aún analfabeta, ya estaba lista para los libros”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Acaso la contemplación de los adultos enfrascados en la lectura contribuiría a crear ese aura misteriosa alrededor del libro? ¿Y qué hay más misterioso que la naturaleza? ¿Más misterioso o, al contrario, más sencillo para el niño, enfrascado él mismo en el misterio del crecimiento y la transformación? Pero es en la obra de otra escritora, la poeta portuguesa Sofhia de Mello, en donde he hallado la expresión exacta de la comunión, previa a la cultura, entre naturaleza y poesía. Rememora Sofhia de Mello el tiempo en que, sin saber leer aún, sintió su primera emoción poética:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“En mi infancia, antes de saber leer, oí recitar y aprendí de memoria un antiguo poema tradicional portugués, llamado “Nau Catrineta”. Tuve así la suerte de empezar por la tradición oral, la suerte de conocer el poema antes de conocer la literatura.</p>
<p>Era yo tan muchacha que ni sabía que los poemas eran escritos por personas, sino que juzgaba que eran consubstanciales al universo, que eran la respiración de las cosas, el nombre de este mundo dicho por él mismo. Pensaba también que, si conseguía quedarme completamente inmóvil y muda en ciertos lugares mágicos del jardín, conseguiría oír uno de esos poemas que el mismo aire contenía en sí.</p>
<p>En el fondo, toda mi vida intenté escribir ese poema inmanente. Y aquellos momentos de silencio en el fondo del jardín me enseñaron, mucho tiempo más tarde, que no hay poesía sin silencio, sin que se haya creado el vacío y la despersonalización”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lectura, para aquel que ha tenido la experiencia literaria oral antes de aprender a leer, supone un reconocimiento, un encuentro con algo que ya le era familiar: la planta invisible cuyo aroma impregnará siempre las hojas de los libros. Literatura y naturaleza, hermanadas en la memoria sin necesidad de ninguna otra ilustración explicativa.  Pero para el que no haya tenido esa experiencia inicial, será muy difícil que el libro adquiera ese carácter mágico, de llamada inexplicable y cautivadora.</p>
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		<title>Walt Whitman en Juan Ramón Jiménez</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Jun 2019 17:13:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“¿Pero, ¿de veras quiere usted ver la casa de Whitman mejor que la de Roosevelt?”, le dijeron a Juan Ramón Jiménez cuando pidió que le llevaran a ver la casa del poeta. Una casa que nunca olvidó, blanca y amarilla, al lado de la vía del tren. Años después, en una carta a Luis Cernuda, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“¿Pero, ¿de veras quiere usted ver la casa de Whitman mejor que la de Roosevelt?”, le dijeron a Juan Ramón Jiménez cuando pidió que le llevaran a ver la casa del poeta. Una casa que nunca olvidó, blanca y amarilla, al lado de la vía del tren. Años después, en una carta a Luis Cernuda, explicaba cómo la lectura de los poetas norteamericanos, Whitman, Dickinson y Browning “me parecieron más directos, más libres, más modernos. Lo de Francia, Italia y parte de lo de España e Hispanoamérica se me convirtió en jarabe de pico”. En 1916, cuando viajó con Zenobia a Estados Unidos, la combinación entre el amor, el mar y Whitman transformó su sensibilidad, pasando de ser un sombrío melancólico, heredero del simbolismo francés, a ser un poeta entusiasta, asombrado de la luz desbordante que en vez de cegarle le descubría nuevos horizontes de la realidad.  Una realidad que ya no encajaba ni en el endecasílabo ni en el alejandrino, que necesitaba el verso libre para expresarse con holgura. Es entonces cuando Juan Ramón escribe “Diario de un poeta recién casado” y cuando reconoce al mundo visible como objeto y sujeto poético del canto y no como muro contra el que choca el cantor. La naturaleza parece concertar con su entusiasmo y se ofrece a sus ojos con una voluntario asentimiento: “Parece , mar, que luchas /-oh desorden sin fin, hierro incesante!- / por encontrarte o porque yo te encuentre”,  dice el poeta de Moguer, en comunión panteísta con la inmensidad oceánica que Whitman ya había expresado en “Hojas de hierba”: “Mar arrullador, mar escultor de las tormentas, mar delicado y caprichoso/ Formo parte de ti, soy uniforme y multiforme como tú lo eres”. Pero es años después, en 1942, cuando Juan Ramón escribe su libro más enteramente Whitmaniano. Me refiero a “Espacio”, que comienza con esta frase inconcebible: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo”. A su lado el “Me celebro y me canto a mí mismo” de Whitman, que tanto ha escandalizado a los humildes del mundo, parece también jarabe de pico. Ambos textos, sin embargo, esconden tras su aparente soberbia una generosidad hacia sus semejantes que solo los lectores atentos sabrán comprender. “Y soy un dios sin espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; solo con lo que es producto de lo vivo”, continúa Juan Ramón, definiendo así al “dios deseado y deseante” de sus últimos libros, un dios democrático, creado cada día por el deseo y la conciencia de cada uno de los hombres, de esos hombres corrientes que pueblan también la poesía de Whitman y a los que hubiera podido dedicar este verso de “Hojas de hierba”: “Sé tú mi dios”. Whitman declara también en el “Canto de mí mismo”: “Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,/ porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”, y sus palabras podrían estar dedicadas a Juan Ramón Jiménez, como un hombre más,  despierto, con oídos y ojos para sentir lo magnífico de la existencia. Esta es la intersección en la que ambos coinciden, más allá de una posible e inevitable influencia. Coincidencia, más que influencia, porque como afirmó Cortázar: “El poeta es ese hombre que escribe nuestros poemas. Descubrirle es hallar nuestra verdad dicha por alguien que es nuestro doble, el doble sin nombre ni impedimentos ni renuncias”. Sin duda, J.R. Jiménez se reconoció en W. Whitman ¿Se hubiera reconocido también Whitman en los versos de Juan Ramón? Yo creo que sí.</p>
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		<title>Diversas maneras de ser padre</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Mar 2019 10:06:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¿Ha existido alguna vez el padre auténtico, ejemplar, el modelo imborrable por el que el hijo se sintió siempre protegido?  En la sociedad tradicional, la madre ocupa el lugar central en el ámbito afectivo, pero el padre es el primer ejemplo para el comportamiento futuro. Sin embargo, quizá porque es el único miembro de la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Ha existido alguna vez el padre auténtico, ejemplar, el modelo imborrable por el que el hijo se sintió siempre protegido?  En la sociedad tradicional, la madre ocupa el lugar central en el ámbito afectivo, pero el padre es el primer ejemplo para el comportamiento futuro. Sin embargo, quizá porque es el único miembro de la familia con una vida autónoma, la figura del padre suele estar rodeada de un aura de misterio, como si hubiera algo en él que no se acabara de explicar. El escritor paquistaní Hanif Kureishi, autor del libro titulado “Mi oído en su corazón” intenta resolver el enigma introduciendo la figura paterna en su propia escritura tras el hallazgo de un cuaderno con la autobiografía de su padre, de manera que ambas infancias se entrecruzan y dialogan entre sí. Otros escritores, sin hallazgos semejantes, consiguen acortar la distancia que les separa del padre por medio de la escritura de sus memorias. Manuel Vilas reflexiona en “Ordesa” sobre este enigma insalvable mientras contempla una foto de su padre anterior a su nacimiento. Pero solo cuando desaparece, su padre se introduce en su intimidad:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Mi padre muerto duerme conmigo y me dice: “Ven, ven ya”. (…) Estoy haciendo cualquier cosa y de repente aparece mi padre a través de un olor, de una imagen, a través de cualquier otro objeto. Entonces me da un vuelco el corazón y me siento culpable. Viene a darme la mano, como si yo fuese un niño perdido. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y es que en muchas ocasiones el hueco que deja la ausencia del padre en la vida del hijo posee una densidad mayor que su misma presencia.  Quizá por esa razón hay tantos escritores huérfanos de padre. Algunos no poseen de él ni siquiera vagos recuerdos, como Gamoneda, aunque en su caso, el padre desaparecido le deja en herencia el lenguaje poético, que será el faro de su vida: Gamoneda recuerda en “Un armario lleno de sombra” que aprendió a leer en el único libro de poemas de su padre muerto. En el polo opuesto a esta actitud respetuosa y nostálgica hacia el padre perdido, se sitúa Sartre cuando reacciona de manera cínica a su orfandad:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Si hubiera vivido, mi padre se habría echado encima de mí con todo su peso y me habría aplastado. Afortunadamente, murió joven.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sartre refleja en esta frase la visión psicoanalítica de la necesaria muerte simbólica de la autoridad del padre para que el hijo conforme su propia identidad. Pero en su caso la muerte no es simbólica, sino real. De ahí la sensación de impostura que nos produce esta reflexión. Todo lo contrario de lo que ocurre cuando leemos la “Carta al padre”, de Franz Kafka. Kafka también identifica a la figura paterna con la autoridad represora, cuya cercanía en vez de protegerle le arroja al abismo de la angustia. Así comienza su carta:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>No ha mucho que me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente por el miedo que te tengo. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La sensación de estar inerme ante una autoridad tan opresiva le impulsa a refugiarse en la escritura, labor por la que su padre siempre sintió un profundo desprecio:</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>En dicha actividad, -dice Kafka- había conquistado de hecho cierta independencia. En cierto modo me sentía a salvo escribiendo, podía respirar. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¡Qué diferencia entre la actitud avasalladora del padre de Kafka y la mucho más respetuosa hacia sus hijos de los padres “inútiles” que aparecen en las memorias de otros escritores! Estoy pensando en el padre que se asoma a “El balcón en el invierno” de Luis Landero o en el padre de Rosa Chacel, que se autodefinía como un “Don Nadie”:</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Si alguien le hablaba de pretender un empleo brillante o de visitar a cualquier ministro o personaje o de tener de ordinario relaciones sociales que pudieran alguna vez servirle de ayuda, contestaba infaliblemente: -Yo no puedo hacer una cosa así. ¿Quién soy yo para pretender eso? Yo soy un Don Nadie. Sería ingenuo creer que esto fuera extrema modestia: todo lo contrario, era extrema soberbia. Era reconocerse en su extrema desnudez y dar el Don al Nadie que era. </em></p>
<p><em> </em></p>
<p>Y los padres de Rosa Chacel se acabaron divorciando. El divorcio es otra forma de desaparición del padre, que en muchos escritores deja una huella profunda. “Tiempo de vida”, de Giralt Torrente nos ofrece un buen testimonio de este conflicto, mientras rememora su abandono justo en el momento en que el padre cae enfermo de muerte y acude a pedirle ayuda. El hilo que les une con más fuerza es el del arte, pues ambos, el pintor Juan Giralt y el escritor Marcos Giralt combaten con el mismo monstruo mientras pintan o escriben:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Y estábamos allí, cada uno espejo del otro, practicantes de oficios parecidos, conectados por el hilo telefónico. Mirándonos desde lejos, a veces enfadados, a veces a la espera de reconciliarnos, a veces en un inestable idilio. Estábamos los dos, él en su estudio escuchando música mientras luchaba con un cuadro, y yo en mi casa luchando contra mí mismo mientras escuchaba música. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿No es posible, entonces, una relación de amor entre padre e hijo que no genere cierta desazón al ser recordada? Para responder que sí es posible parece haber escrito Héctor Abad Faciolince “El olvido que seremos”. En “El olvido que seremos”, que debe su título a un poema de Borges que él mismo halla dentro de la americana de su padre cuando es asesinado por un sicario colombiano, el hijo devuelve al padre en forma de escritura lo mejor que ha recibido de él, la confianza en que llegaría a alcanzar la meta que deseara para su vida. Y esa vida que trasciende el olvido que seremos es la que germina en los lectores igual que un rosal que su padre cuidó siempre con esmero. Cuando un periodista le había preguntado por la rebeldía que le caracterizaba y que finalmente acabó siendo causa de su asesinato, él había respondido con estas palabras:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>La rebeldía yo no la quiero perder. Nunca he sido un arrodillado, no me he arrodillado sino ante mis rosas y no me he ensuciado las manos sino con la tierra de mi jardín.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero no decía toda la verdad. También se había arrodillado ante su hijo, al que adoraba por un motivo íntimo, sin explicación posible, que se oculta entre lo más secreto de la naturaleza de los padres ejemplares.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Libros citados:</p>
<p>“Mi oído en su corazón”, de Hanif Kureishi. Anagrama, 2004</p>
<p>“Ordesa”, de Manuel Vilas. Alfaguara, 2018</p>
<p>“Un armario lleno de sombra”, de Antonio Gamoneda. Galaxia Gutenberg, 2009.</p>
<p>“Las palabras”, de Jean-Paul Sartre. Losada. Madrid, 1002</p>
<p>“Carta al padre”, de Franz Kafka. Lumen. Barcelona, 1974.</p>
<p>“El balcón en el invierno”, de Luis Landero. Tusquets. Barcelona, 2014.</p>
<p>“Desde el amanecer”, de Rosa Chacel. Bruguera. Barcelona, 1981.</p>
<p>“Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Totrrente. Anagrama. Barcelona, 2010.</p>
<p>“El olvido que seremos”, de Héctor Abad Faciolince.  Seix Barral, 2016.</p>
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		<title>La primera mirada</title>
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		<pubDate>Mon, 07 May 2018 22:19:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace años leí un texto de León Tolstoi titulado “La muñeca de porcelana”. Parecía la descripción de un sueño erótico: el protagonista acariciaba a una mujer mientras ella iba desapareciendo entre sus manos, hasta reencontrarla en medio de la almohada, convertida en una figura minúscula, del tamaño de una de esas vírgenes de marfil fosforescente [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace años leí un texto de <strong>León Tolstoi</strong> titulado “La muñeca de porcelana”. Parecía la descripción de un sueño erótico: el protagonista acariciaba a una mujer mientras ella iba desapareciendo entre sus manos, hasta reencontrarla en medio de la almohada, convertida en una figura minúscula, del tamaño de una de esas vírgenes de marfil fosforescente de nuestra infancia, que lucían en la oscuridad.  Cuál no sería mi sorpresa cuando hace muy poco, leyendo las memorias de Tolstoi, me encuentro con un recuerdo que tiene con aquel relato una gran similitud.  Cuenta el autor de Ana Karenina cómo veía a su madre mientras de niño conversaba con ella en la cama antes de dormirse:</p>
<p><em>Cuando tras haber acabado mi taza de leche bien azucarada se me cerraban los ojos llenos de sueño, permanecía quieto y me quedaba escuchando a mamá (…) La miraba fijamente con los ojos ofuscados por el sueño y en mis pupilas se hacía pequeña, pequeña; su rostro no era mayor que uno de los botones de mi chaqueta, pero lo distingo claramente y veo que me mira y me sonríe ¡Qué bueno es tener una mamá tan pequeñita! Cierro aún más los párpados  y va disminuyendo, disminuyendo; ya no es más grande que la imagen de un niño en el fondo de una pupila</em>.</p>
<p>He traído a colación este texto porque es un recuerdo de la madre particularmente original. La madre, que sin duda ocupa el lugar central entre las figuras infantiles, sin embargo, en los libros de las memorias suele ser evocada por medio de lugares demasiado comunes. Normalmente todos coinciden en atribuirle una belleza y una dulzura excepcionales, por lo que los relatos de los escritores más diversos pueden resultar intercambiables. Las escritoras, al contrario, revelan en sus autobiografías relaciones difíciles con sus madres, ante las que manifiestan incluso una suerte de rivalidad. Los años pasados no borran de la memoria de <strong>Rosa Chacel</strong>, por ejemplo, la virulencia de las riñas con su madre, cuando ésta ejercía con ella la doble tarea de madre y maestra:</p>
<p><em>Se levantaba de la mesa, me reconvenía o me insultaba, pero el furor le cortaba la palabra y se echaba a llorar. Andaba de un lado para otro de la habitación sollozando, y cuando ya no podía contenerse daba con la cabeza en la pared como si fuese una cabeza ajena (…) Yo en estos casos no decía nada: lloraba desesperadamente y todo terminaba así, las dos llorábamos mucho rato y luego dejábamos de llorar.</em></p>
<p>Sin duda, lo que enfrentaba a Rosa Chacel con su madre era la conciencia de ser menos inteligente de los que ella hubiera deseado que fuera su hija, en la que proyectaba sus propias frustraciones. Muy semejante es el reproche que Esther Tusquets hace a su madre cuando recuerda su relación infantil con ella:</p>
<p><em>Pero si nuestra relación se quebró, si en algún momento de la adolescencia me enfrenté a ti y no bajé durante tantos años la guardia, no fue por nada que me dijeras, me hicieras, me dejaras de hacer, por nada que dijeras, o hicieras o dejaras de hacer a otros. Fue porque comprendí – en una súbita revelación que debía de haber madurado largo tiempo en secreto en mi interior- que nunca (y, en cuanto se relaciona contigo “nunca” es un nunca sin paliativos ni esperanza), por mucho que me aplicara, lograría tu aprobación. (…) y por consiguiente el único modo de afirmarme y de no sucumbir era enfrentarme a ti. Pero descubrí algo todavía más grave y por igual irreversible, y era que tampoco nunca, por mucho que nos esforzáramos, ibas a permitir que te hiciéramos feliz. </em></p>
<p>Al contrario que Esther Tusquets, las escritoras que rememoran una relación apacible con la madre son las que encontraron en la figura materna una complicidad a la hora de realizar su vocación artística. Así recuerda <strong>Carmen Martín Gaite</strong> a su madre, como una aliada, al menos en el deseo de escapar de la realidad cotidiana por medio de la imaginación:</p>
<p><em>Mi madre siempre tuvo la costumbre de acercar a la ventana la camilla donde leía o cosía, y aquel punto del cuarto de estar era el ancla, era el centro de la casa. Yo me venía allí con mis cuadernos para hacer los deberes, y desde niña supe que cuando abandonaba sobre el regazo la labor o el libro y empezaba a mirar por la ventana, era cuando se iba de viaje. “No encendáis todavía la luz –decía-, que quiero ver atardecer”. Yo no me iba, pero casi nunca hablaba porque sabía que era interrumpirla. Y en aquel silencio que caía con la tarde sobre su labor y mis cuadernos, de tanto envidiarla y de tanto mirarla, aprendí no sé cómo a fugarme yo también.</em></p>
<p><em> </em>Y la madre pobre, la madre inculta, la madre zafia y fea –habremos de convenir que también existiría-, ¿cómo es recordada? La miseria en nada contribuye a la expresión de los afectos, es verdad, sin embargo las escritoras poseen una sensibilidad especial para distinguir los gestos con los que sus madres pobres manifestaban un amor nunca expresado con palabras. <strong>Herta Müller</strong>, en el discurso de recepción del Premio Nobel, nos ofrece un relato insuperable del hilo secreto que le unía a su madre, recordando la pregunta que ella le hacía cada vez que salía de casa para ir al trabajo:</p>
<p><em>¿Tienes un pañuelo? me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿Tienes un pañuelo? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si con el pañuelo también estuviera mi madre.</em></p>
<p>Todas las madres citadas aparecen como madres reales, que vivieron al lado de sus hijos. Y sin embargo es la madre de la que el niño recuerda apenas el grito que dio al morir la protagonista del relato a mi entender más revelador de la relación intima entre madre e hijo. Me refiero a la madre ensoñada de <strong>Aharon Appelfeld</strong>, que se muestra en su imaginación con un realismo inalterable después de muerta. Appelfeld huyó de un campo de concentración nazi a los 8 años, y estuvo vagando por los campos a punto de morir de sed. Habiendo hallado un arroyo providencial, dio el primer sorbo de agua, y fue entonces cuando se le apareció su madre, tal como él la recordaba, antes de que fuera asesinada por los nazis:</p>
<p><em>Me arrodillé y bebí. El agua me abrió los ojos y vi a mi madre, que hacía días que había desaparecido de mi mente. Al principio la vi junto a la ventana, de pie, observando, como tenía por costumbre hacer, pero de pronto volvió su cara hacia mí. Se asombró de que estuviera solo en el bosque. Fui a su encuentro, aunque enseguida comprendí que si me alejaba no volvería a encontrar el arroyo, y me quedé de pie. Volví para mirar el círculo pequeño por el que mi madre se me había aparecido y el círculo se cerró.</em></p>
<p><em> </em>Es curioso que escritores con infancias tan opuestas como León Tolstoi y Aharon Appelfeld coincidan en hacer disminuir la figura de la madre hasta que desaparece en su memoria. Sin embargo, el sentimiento de su proximidad invisible sigue siendo, en los dos casos, igual de consolador. Pienso ahora, comparando ambos textos, que quizá el agujero por el que desaparece y vuelve a asomarse la madre en los momentos decisivos puede ser la pupila del niño que conserva su imagen pequeña mientras, ya grande, observa las presencias del mundo. Sí, quizá por debajo de todas esas presencias, asoma el rostro en cuyos ojos nos vimos por vez primera como en un espejo minúsculo. Y quizá, para todos, la madre sea eso exactamente: la primera mirada.</p>
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		<title>La mujer y la ciencia</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Feb 2017 19:14:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[“Una vez  una monja muy santa y cándida me mandó que no estudiase. Yo la obedecí durante tres meses en cuanto a no leer libros, pero no en lo de no estudiar, porque esto a mí no me es posible, pues, aunque no leía libros, estudiaba observando todas las cosas creadas por Dios, sirviéndome ellas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“Una vez  una monja muy santa y cándida me mandó que no estudiase. Yo la obedecí durante tres meses en cuanto a no leer libros, pero no en lo de no estudiar, porque esto a mí no me es posible, pues, aunque no leía libros, estudiaba observando todas las cosas creadas por Dios, sirviéndome ellas de letras y de libros todo el Universo”. Esto le contestó Sor Juana Inés de la Cruz, la poeta mexicana del Siglo XVII, a un obispo preocupado por su afán de saber, insano, a su parecer, para una mujer de su tiempo. Y es que el caso de Sor Juana, como el de todas las mujeres que han destacado por su sabiduría a lo largo de la Historia, desde Leonor de Aquitania hasta madame Curie, inquietaba especialmente a quienes intuían que, debajo de sus cofias y sus tocas, las descendientes de Eva escondían un cerebro potente. Traigo hoy a colación la carta que Sor Juana Inés escribió a Sor Filotea –seudónimo que utilizaba el obispo &#8211; porque el sábado pasado se celebró el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y el mero hecho de que haya que celebrar este día nos indica que niñas y mujeres siguen chocando con los Filoteos cuando intentan utilizar su inteligencia. Primero se orientaron hacia las Humanidades, y en los últimos tiempos a los campos de la Educación, la Medicina y los estudios jurídicos. Es en la investigación científica donde más están tardando en penetrar ¿Por qué se sigue  eligiendo siempre, en el caso de que haya igualdad en los méritos, al hombre y no a la mujer para los trabajos relacionados con la investigación científica?, ¿por qué será? Por la misma razón que a Madame Curie se le impidió entrar en la Academia Francesa de las Ciencias en 1911, el mismo año en que obtuvo su segundo Premio Nobel. Efectivamente, hay casos que nos ponen los pelos de punta, como el que refiere  Petra Barnés en su libro “Frutos del exilio”, publicado por la Universidad Metropolitana de México en 2010: “En unas oposiciones a catedrático de universidad celebradas en España en 1940, el tribunal prefirió dejar una plaza desierta antes que permitir que fuera ocupada por una mujer”. Hay en la raíz del problema una gran injusticia, es verdad, pero pocos piensan que es mucho más lo que ha perdido y  sigue perdiendo el  mundo de la investigación al despreciar el talento de las mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz reflexionaba también sobre esto en su carta a Sor Filotea: “Pues ¿qué os pudiera contar de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; veo que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria… Yo suelo decir viendo estas cosillas: si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.  Ángeles Ruiz Robles, la maestra que inventó el libro electrónico en los años cincuenta, es un ejemplo de cuánto talento femenino ha sido desperdiciado: su enciclopedia, que hoy es una pieza de museo,  nunca fue fabricada. Sí, las mujeres sirven para mucho más que para ser el descanso al guerrero, aunque la Señorita Francis proclamara en sus programas radiofónicos que esta era la misión más alta a la que podían aspirar. Por cierto, ¿saben cómo se llamaba realmente Elena Francis? Se llamaba Juan Soto Viñolo, y era otro impostor, como el obispo enmascarado en sor Filotea. Para que luego digan que las mujeres tradicionales, tontorronas e indocumentadas,  eran más femeninas.</p>
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		<title>El primer día de la creación</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Feb 2015 19:09:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[Estaban comenzando los años sesenta, la década en la que entraron en mi casa todos los inventos modernos. Llegó el túrmix y la televisión, y mi padre decidió comprarse un coche. ¿Por qué se habría comprado un coche cuando todos sabíamos lo poco que le gustaba viajar? Así que el día en que lo estrenamos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estaban comenzando los años sesenta, la década en la que entraron en mi casa todos los inventos modernos. Llegó el túrmix y la televisión, y mi padre decidió comprarse un coche. ¿Por qué se habría comprado un coche cuando todos sabíamos lo poco que le gustaba viajar? Así que el día en que lo estrenamos yo estaba tan encantada como sorprendida. ¿Dónde íbamos? Me imaginaba  –entonces no tenía ni idea de las distancias- que iríamos a Valladolid o a Santander, las dos únicas ciudades que figuraban en mi geografía particular. Sin embargo paramos enseguida,  al entrar en Autilla del Pino. Así me dijeron que se llamaba aquel pueblo. En cuanto salí del coche me fui corriendo en dirección a la plaza, pero enseguida tuve que volver sobre mis pasos. Mi padre caminaba hacia un lugar en donde solo había una barandilla. ¿Qué se veía desde allí? Nada -pensé tras una primera ojeada- , nada en absoluto. El inmenso cielo azul y una explanada de tierra que parecía infinita. Al fondo, lejanísimas, entre una suave neblina que difuminaba sus perfiles, se distinguían unas montañas de color sonrosado. Así que habíamos venido a mirar la nada, más o menos. Escudriñé el paisaje con atención y fui descubriendo unos montículos  que parecían pequeños oteros de adobe, flotando en la inmensidad. ¿Qué era eso? Eran los pueblos de Palencia, pueblos de adobe, pálidos pueblos que se confundían con la tierra desnuda, como si hubieran crecido sin la intervención de la mano del hombre: Grijota, Villaumbrales, Villamartín de Campos, Pedraza, Mazariegos… Había que fijarse para distinguirlos, y esa suerte de invisibilidad concertaba con el silencio que nos invadía. Eso lo recuerdo muy bien, que mi padre no decía nada, atento como estaba a una voz interior, inaudible. Como me aburría, me dio por pensar en lo que nos habían explicado por la mañana en el colegio. Estábamos estudiando la Creación del mundo. Todo lo hizo Dios, en solo siete días. <em>El primer día hizo la luz. </em>Mira que luz -me decía mi padre en ese momento-, mientras miraba al cielo, diáfano, igual que el primer día. <em>Luego dejó que la tierra se secara, tras haberla separado del agua de los mares….. </em>Para entonces ya había descubierto lo que habíamos venido a mirar: el mundo tal como era al comienzo de la Creación, cuando cielo y tierra aún no se habían separado del todo. Desde Autilla, todavía se confundían tierra y cielo en la lejanía, en la línea sutil del horizonte.  Se lo dije a mi padre, que se rió con ganas de mi ocurrencia; lo digo porque lo contaba una y otra vez: habíamos comprado el coche para eso, ahora ya lo había entendido. Desde entonces el Mirador de Autilla  es aquella tarde de un otoño lejano en que vi el mundo recién nacido. Ese desnudo contundente muestra el páramo, hollado lo indispensable para que exista la vida. Aquella tarde sumergida en un silencio que se huele y se toca, que invita a callar, a mirar hacia dentro, sigue allí, esperándonos. Siempre. Siempre que vuelvo al mirador se superpone aquella nada primigenia a lo que veo hoy, de tal manera que consigo abstraerme y evitar  las señales eléctricas,  los molinos de viento o los tejados de uralita verde que ahora asaltan la plenitud de la creación, virgen, intacta. “No hemos venido a ver sino a no ver”,  advertía San Juan de la Cruz a sus hermanos, cuando se detenían a admirar hermosos parajes. A no ver, es eso lo que se aprende mirando atentamente desde el otero de Autilla. Luego me he asomado a muchos miradores, con la misma curiosidad, con la misma esperanza. En Palencia también tenemos el de  Piedrasluengas, desde donde se ve un paisaje majestuoso, inolvidable, pero ni en Piedrasluengas ni en ningún otro mirador  se distingue con tanta nitidez la infinitud habitada, que transforma en habitable a la nada, al vacío. He visto, sí, el mismo panorama en los cuadros de Díaz Caneja, el pintor palentino, cuya obra, para verse de verdad,  necesita ser mirada con los mismos ojos que miran desde el mirador de Autilla. Pasados los años, ojeando los libros de mi padre, Teófilo Ortega, hallé un texto que también está escrito desde aquí. Pertenece a su libro “La voz del paisaje”, obra en la que intenta traducir en palabras la voz milenaria de la tierra que vimos aquel día. Una voz silenciosa, profunda, anterior a la humana, que nos invita a callar. Dice al describir precisamente este paraje: “El áncora que sujeta, en el puerto de todo lo efímero y terreno, el bajel de nuestro espíritu, abandona las quietas profundidades concediéndonos la deseada libertad. Olvidamos este lugar y este siglo, y fuera de los enojosos límites de espacio y de tiempo, paralizamos nuestros movimientos, sobrecogidos de extraordinaria emoción. Cerramos los ojos, y en posesión de lo contemplado, permitimos que, a costa de nuestro callado vivir material, se desarrolle y expanda la vida del espíritu. Para lo que está desnudo y se proyecta más allá del tiempo, también nuestra alma desnuda sobre la caediza actualidad…” Sí, hay que cerrar los ojos para ver lo invisible, esa cualidad que Pino identificaba con la tierra de Castilla: “¿Existirá Castilla en la mañana?”, se pregunta el poeta, y la voz del paisaje  le contesta que sí, “donde se escucha volar, aunque el sonido se pierda….” Rilke también lo había dicho con su voz de poeta total: “…porque los hombres somos las abejas de lo invisible. Libamos desesperadamente la miel de lo visible para acumularla en la gran colmena de oro de lo que no se ve”. Para ver lo invisible, los seres humanos abandonaron su instinto animal de vigilancia y se entregaron al placer contemplativo.  ¿Fue aquí donde un día decidió erguirse el primer hombre? Yo creo que muy bien pudo ser aquí donde abandonó la ruin existencia a cuatro patas que únicamente le permitía ver su propia sombra sobre el suelo. Aquí precisamente, en esta tierra sin caminos, donde solo sus huellas comenzaron a dibujar un destino humano. Cuando la tierra aún era plana y todo era más allá. Pero el mundo ha dado muchas vueltas desde entonces, y se han sucedido las noches y los días. Y en aquella tarde rememorada,  el día acabó cediendo y se puso el sol. ¡Qué puesta de sol la de Autilla del Pino!¡Qué dramatismo sosegado el de su luz en derrota! No intenten contarle a nadie cómo es, díganles que vengan hasta aquí a mirar.</p>
<p>De entre las muchísimas veces que volví durante mi infancia al mirador de Autilla, hay otra que no he olvidado. Lo conté en mi libro “Las cosas como eran”, y no voy a repetirlo aquí de nuevo, con todos sus detalles. Solo diré que fue la última tarde que mi padre salió de casa, el día en que yo me di cuenta de que se iba a morir. Casi no se tenía en pie cuando se apoyó en la barandilla del mirador. La tarde aquella, ni mi madre ni yo mirábamos el paisaje, le mirábamos a él, que miraba por nosotros el día sin final. Desde entonces veo siempre lo mismo en Autilla del Pino: vida y muerte mirándose a los ojos, promesa y olvido, destino y ocaso, primer y último día. Y escucho una voz tan ancestral como la del Génesis. Me dice: <em>en la placidez de esta planicie ilimitada, Dios se quedó en silencio y decidió tenderse a descansar.</em> ¿Aún sigue allí?</p>
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		<title>Adiós  Rouco Varela</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Apr 2014 21:26:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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<p class="MsoNormalCxSpFirst" style="text-align: justify; text-justify: inter-ideograph; line-height: 150%;">Bien, Rouco Varela la ha vuelto a armar, como se esperaba. No podía dejar pasar la oportunidad que le brindaba la muerte de Adolfo Suarez para ser protagonista de los noticiarios. Y ciertos columnistas, como yo misma, vamos al trapo. Pero algún desahogo nos merecemos entre tanta alabanza a la concordia los que somos de naturaleza levantisca. Pues sí, Rouco nos amenaza con su voz meliflua y su aspecto de cuervo disfrazado para carnavales con una nueva Guerra civil entre los españoles. Él, que impulsaba a los católicos a salir a la calle para insultar a los partidarios de que los homosexuales ejercieran su derecho a casarse. Y lo hace desde el púlpito, como sus antecesores del año 36, los que impulsaron a los españoles a participar en la Santa Cruzada contra el comunismo y la masonería, los mismos que llevaron a Franco bajo palio, en agradecimiento a los servicios prestados por el nacionalcatolicismo. Servicios que incluían fusilamientos masivos, robo de niños a las madres presas, represión a los maestros y todo tipo de desmanes sin cuento. Pues sí, señor Rouco, a usted ya le gustaría que comenzara otra fiesta de sangre como aquella, pero los españoles no queremos. No queremos ahora otra guerra como no la queríamos tras la muerte de su amado Generalísimo. No la queremos y no la habrá, se lo aseguro. Tampoco la querían ni Tarancón ni Suarez, a los que tanto se recuerda estos días. Pero que conste que la Transición se hizo más o menos tranquilamente –más o menos porque también hubo mártires, como los Guardias Civiles asesinados por ETA o los abogados comunistas de Atocha, víctimas del terrorismo de extrema derecha, por citar solo dos ejemplos- gracias a la decisión de todos los españoles a los que les horrorizaba que figuras como Rouco volvieran a dirigir nuestro futuro. Aún a costa de que los fusilados durante la Guerra civil permanecieran tirados entre los escombros, como siguen estando la gran mayoría de ellos, sin un entierro digno de seres humanos. No quisieron la guerra tampoco los sindicalistas que habían pasado por la Dirección General de Seguridad y habían padecido las torturas y la cárcel, como Marcelino Camacho. Tampoco querían la guerra los militantes de partidos de izquierda que se habían pasado media vida en prisión, como Marcos Ana, ni quisieron la Guerra los exiliados que volvían tras cincuenta años sin afán de venganza, ni siquiera la quisieron los que habían pasado por campos de concentración como el alcalde Tierno Galván. A todos ellos les debemos la “concordia” que unos pocos se atribuyen en exclusiva. Y mira que tenían razones para odiar, y sin embargo, perdonaron, porque así lo quiso el pueblo de España, una España unida contra los nostálgicos del Régimen desde Cataluña hasta el último rincón de Andalucía. Es verdad que tampoco Azaña quería la guerra, pero Azaña se equivocó al pensar que España ya no era católica, es decir, que los Roucos Varelas de entonces no tendrían tanta influencia como para desencadenar una masacre. Fue su gran equivocación, como fue la gran equivocación de la Iglesia creer que, con la Transición, se iba a olvidar quienes fueron y lo que habían hecho. No, no lo hemos olvidado, como tampoco le olvidaremos a usted, aunque desde mañana mismo dejemos de escribir sobre su persona, por mucho que se desgañite amenazándonos con todas las penas del Infierno. Hasta siempre, Ilustrísima. <span style="mso-spacerun: yes;"> </span></p>
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