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	<title>Las cosas como sonColumnas &#8211; Las cosas como son</title>
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		<title>Camino del colegio</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Nov 2019 12:06:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>La palabra “escuela” proviene del griego “scolé”, que significaba tiempo de ocio. Coincide la etimología con la publicidad de los centros escolares, que, sobre todo en los primeros cursos, insiste en que el niño aprende por medio del juego. Sin embargo, si leemos las memorias de los escritores, encontramos que nos ofrecen recuerdos bien distintos. En vez de juego, aburrimiento infinito, en vez de amabilidad y comprensión, represión de sus deseos más elementales. Pero existe una gran diferencia entre el recuerdo de unos colegios y otros. Las escuelas públicas de zonas rurales son rememoradas en general con cariño, como comprobamos al leer las memorias de Luis Mateo Díez o Abel Hernández. Ocurre lo contrario con los colegios católicos. Si hacemos caso a James Joyce, peor que los castigos físicos era la conciencia de culpa con la que allí tatuaban para siempre el espíritu de los alumnos. En su “Retrato del artista adolescente”, recuerda, por medio de Stephen Dedalus, su <em>alter ego</em>, un retiro espiritual en el que sintió la proximidad de una muerte merecida por sus pecados carnales:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El día siguiente aportó consigo muerte y juicios y con ellos el despertar del alma de Stephen de su inerte desesperación. La vaga vislumbre del miedo se convirtió ahora en espanto cuando la voz ronca del predicador fue introduciendo la idea de la muerte en su alma. Sufrió todas las miserias de la agonía (…) la impotencia de los miembros moribundos; la palabra que se iba haciendo torpe e indecisa, extinguiéndose poco a poco; el palpitar del corazón, cada vez más tenue, más tenue, casi rendido ya, y el soplo, el pobre soplo vital, el triste e inerte espíritu humano, sollozante y suspirante, en un ronquido, en un estertor, allá en la garganta. ¡No hay salvación! ¡No hay salvación!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otro de los escándalos de los colegios católicos, pensados para educar a la élite social, era el desprecio que sufrían los alumnos de clase baja. Esta fue la causa de que Antonio Gamoneda dejara de estudiar el bachillerato en los agustinos, según relata él mismo en “Un armario lleno de sombra”:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo, cuando iba a clase, consultaba las lecciones por el libro del compañero de pupitre: no tenía libros porque mi madre no podía comprármelos. Los frailes comprendieron la situación, pero hubo uno que no lo comprendió o no quiso comprenderlo (…) El padre Anacleto decidió ponerme de pie todos los días al lado del estradillo, comunicando a los demás alumnos, también todos los días, que allí y así habría de estar hasta que no me llegase el libro. Fue un trance prolongado y amargo (…) Aprovechando mi visibilidad, (otro alumno) hacía correr la información de que yo iba calzado con zapatos de mujer. La crueldad y la risa se generalizaban. Efectivamente, yo no tenía calzado para el invierno leonés. Mi madre no encontró otra solución que rebajar el escaso tacón de unos viejos zapatos de mi abuela y calzarme con ellos. No llegaban a pasar por zapatos masculinos. La pobreza es grotesca muchas veces. No fue el sadismo ni los diversos aspectos y grados de la pederastia frailuna lo que me echó de los agustinos y acrecentó mi maldad; fue la vergüenza de ser publicado pobre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las escritoras, sin embargo, nos ofrecen una visión menos tétrica de los colegios religiosos. Simone de Beauvoir, la autora de “El segundo sexo”, recuerda con gratitud el colegio católico en donde fue educada en sus “Memorias de una joven formal”. Rosa Chacel no se muestra tan entusiasta cuando habla de las Carmelitas de Valladolid, colegio al que asistió solo unos días, pero su reproche solo atañe a la escasa inteligencia de las monjas:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Llegué un lunes al colegio y en el recreo se le ocurrió a la hermana Pura preguntarme: ¿Qué hiciste ayer domingo? Como llovió tanto no irías de paseo. Yo contesté: &#8211; No, hermana Pura, estuve en casa toda la tarde, haciendo títeres con mi papá. -¡Títeres! ¡Qué ocurrencia!, no debes hacer eso. La Virgen María no hacía títeres-. Yo no sé qué contesté, me escabullí para que la monja no viese el desprecio de mi mirada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lista de escritores que rememoran sus años de colegio es interminable, y la diversa manera de vivir experiencias similares es también notoria, como demuestran los testimonios de Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, que asistieron al colegio de los jesuitas, de Málaga y Puerto de Santa María, respectivamente. Alberti iba al colegio apesadumbrado y temeroso. Así lo recuerda en estos fragmentos de “Retornos de los días colegiales”:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Va repitiendo nombres a ciegas, va torciendo</p>
<p>de memoria y sin ganas las esquinas. No ignora</p>
<p>que irremediablemente la calle de la Luna,</p>
<p>la de las Neverías, la del Sol y las Cruces</p>
<p>van a dar al cansancio de algún libro de texto.</p>
<p>(…)</p>
<p>Las horas prisioneras en un duro pupitre</p>
<p>lo amarran como a un pobre remero castigado</p>
<p>que entre las paralelas rejas de los renglones</p>
<p>mira su barca y llora por asirse del aire.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aleixandre, al contrario, recorría un camino semejante envuelto por un halo de beatitud, hasta el punto de que se sentía ascender sobre el suelo. Dice en “Al colegio”:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo iba en bicicleta, casi alado, aspirante.</p>
<p>Y había anchas aceras por aquella calle soleada.</p>
<p>(…)</p>
<p>Ah, nada era terrible.</p>
<p>La céntrica calle tenía una posible cuesta y yo ascendía impulsado.</p>
<p>Un viento barría los sombreros de las viejas señoras.</p>
<p>Los árboles en hilera eran un vapor inmóvil, delicadamente</p>
<p>suspenso bajo el azul. Y yo casi ya por el aire,</p>
<p>yo apresurado pasaba en mi bicicleta y me sonreía…</p>
<p>Y recuerdo perfectamente cómo misteriosamente plegaba</p>
<p>mis alas en el umbral mismo del colegio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Alberti hubiera querido asirse del aire para salir volando, mientras Aleixandre, alegremente, ascendía y descendía a discreción de la realidad a la fantasía. ¿La diferencia entre los dos estribaría únicamente en ir andando o ir en bicicleta al colegio? No, con seguridad. Hay algo más hondo detrás de la dicha o la desdicha del niño que acude a la escuela, algo que, en cualquier caso, marcará su personalidad de manera indeleble, como demuestran estos dos poemas. Por eso nada disculpa a los que hacían desdichados a los más pequeños: aquellos aguafiestas los alejaban tanto de la alegría como de la bondad, porque, como afirmó Oscar Wilde, “El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”.</p>
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		<title>Javier Muguerza y su legado de perplejidad</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Apr 2019 10:39:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[El miércoles pasado desayuné leyendo dos noticias. La mala fue que había muerto Javier Muguerza, al que considero el gran filósofo español de la segunda mitad del Siglo XX. Y la buena era la fotografía de un agujero negro que viene a confirmar la intuición de Einstein, el autor de la teoría de la relatividad. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El miércoles pasado desayuné leyendo dos noticias. La mala fue que había muerto Javier Muguerza, al que considero el gran filósofo español de la segunda mitad del Siglo XX. Y la buena era la fotografía de un agujero negro que viene a confirmar la intuición de Einstein, el autor de la teoría de la relatividad. La obra de estos dos pensadores demuestra la altura intelectual que ha alcanzado el homo sapiens con esfuerzo y pasión a lo largo de los siglos. Muguerza dedicó su vida a pensar y formular lo pensado a la manera en que lo hicieron los grandes filósofos de todos los tiempos, con Kant a la cabeza, dudando siempre de aquello que los simples consideran seguro, en libros de títulos sugerentes, como “La razón sin esperanza” o “Desde la perplejidad”. Pero su filosofía conecta con Kant solo lo justo, pues no se limita a reproducir o continuar su pensamiento, sino que camina a su lado y con él dialoga asumiendo como suyas sus preguntas y no sus soluciones, con un escepticismo tolerante, aunque disidente, que conecta más con la reflexión popular del latino que con la bárbara cultura germana. Lo opuesto al sentido común de aquellos que se dicen filósofos y que tanto abundan en la actualidad: me refiero a los que se dedican a escribir libros de autoayuda y a dar consejos a los papás sobre la educación de sus díscolos niños, con una argumentación propia de un manual divulgativo -bien es verdad que luego pasan la gorra y obtienen pingües beneficios- .  No, el filosofo ha de poseer el sentido nada común de la indagación en busca de la verdad escondida, dudando siempre del resultado de sus pesquisas. El filósofo es el discorde, el que no se conforma con lo razonable y escarba hasta encontrar la razón verdadera, llegando a desconfiar incluso de su propia desconfianza, Por eso nunca nos ofrece un libro de recetas para ser feliz, sino para no ser idiota del todo, aunque haya que asumir la dosis de tristeza que toda vida conlleva. En ese sentido, su actitud se parece a la de Machado cuando dijo por boca de su apócrifo Juan de Mairena: “Confiamos/en que no será verdad/nada de lo que pensamos” Así era Muguerza y este es su legado. A él le hubiera gustado ver el agujero negro de la fotografía, porque su imagen nos pone en contacto con lo abismal y más que responder a la pregunta de qué es el universo nos plantea las pregunta de quiénes somos nosotros y qué sentido tiene nuestra vida en la sombra, a las puertas de este agujero innumerable. A mí todo lo cósmico me da mucho miedo,  aunque como castellana que soy, estoy acostumbrada a la contemplación de lo inconmensurable: ¿hay algo más abismal que sus resplandecientes noches estrelladas? Por eso no me asombra demasiado este agujero infinito. Francisco Pino, el Einstein de la poesía, ya había incluido los agujeros negros en sus libros de poesía troquelada.  Y yo, ¿saben en lo que he pensado al ver esta rosquilla cósmica con dorado nimbo circular rodeando la enigmática sustancia oscura? Pues he pensado en el arito dorado que aparecía en del test del embarazo cuando daba positivo, cuando el ser aún era promesa sin materia ninguna, vacío y esperanza de lo inimaginable. Habrá que llenar esa cavidad sin límites de preguntas luminosas, formadas con la materia de la inteligencia. Muguerza ya ha ingresado en el agujero del que no se regresa, pero sus libros nos pueden servir de guía en el incierto camino hacia la perplejidad más absoluta.</p>
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		<title>Lo inconcebible</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Apr 2019 20:19:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[¿No se han preguntado nunca por qué los judíos alemanes se dejaron cazar como conejos por el régimen nazi? A mí, cuando lo pienso, me sigue sorprendiendo que fueran tan ingenuos como para creer que les iba a ser posible sobrevivir en ese volcán de odio en que se había convertido su patria.  Aunque, pensándolo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿No se han preguntado nunca por qué los judíos alemanes se dejaron cazar como conejos por el régimen nazi? A mí, cuando lo pienso, me sigue sorprendiendo que fueran tan ingenuos como para creer que les iba a ser posible sobrevivir en ese volcán de odio en que se había convertido su patria.  Aunque, pensándolo bien, lo que ocurrió fue tan inconcebible que nadie pudo preverlo: una mente sana se niega a creer que la especie humana pueda llegar a tales cotas de crueldad gratuita. Esta es la palabra: inconcebible. El mismo adjetivo se me vino a la cabeza la semana pasada, cuando se celebraba el 25 aniversario de la matanza de Ruanda, perpetrada por los hutus contra los tustsi, contando con la pasividad de la ONU. ¿Fueron medio o un millón los inocentes apaleados con diligencia enloquecida por los que hasta el día anterior habían sido sus vecinos? Como dato curioso diré que el dinero proporcionado por el Banco Mundial para el desarrollo económico de Ruanda se gastó en su mayor parte en la preparación del genocidio. Gracias a esta “ayuda internacional” cada ruandés hutu contó con un machete nuevo con el que apalear hasta la muerte ¿Qué estoy hiriendo su sensibilidad? Pues medite si están a salvo las sociedades europeas de caer en situaciones así de hirientes. Aquí mismo, en España, ¿y si nos estuviéramos acercando a una situación similar a la que preludió la Guerra Civil? Hace unos años, cené al lado de un historiador griego al que no conocía de nada. ¿De qué podré hablar yo con este hombre?- me decía- cuando él mismo me preguntó cómo habíamos vivido los españoles de mi generación la época de la Transición.  Le expliqué que en España era inconcebible otra guerra porque todos de todas las edades y clases sociales llevábamos tatuado en la mente que aquello no debía ocurrir nunca más. Nos lo habían transmitido nuestras familias en años y años de silencio, miedo y vergüenza. Algunos dirigentes actuales, sin embargo, ya no lo tienen tan claro. Me refiero a los que recomiendan que compremos revólveres o incluso cuchillos de hoja afilada para rajar a quien trate de vulnerar  nuestro hogar sacrosanto, y los que afirman que sus oponentes tienen las manos manchadas de sangre porque han sacado adelante un decreto conveniente para todos con los votos de un partido que sí podría tenerlas. Pero lo que más me asusta es que se insulte a todo aquel que esté dispuesto a hablar con sus adversarios para resolver los problemas políticos. ¿A qué viene llamar traidor a Sánchez porque quiera dialogar con los independentistas catalanes? ¿Qué es entonces lo que debería hacer: ir repartiendo los machetes?  Muchos, mientras oímos los mensajes de estos dirigentes estamos empezando a sentir miedo a lo inconcebible. Ya no hay bosques, como en la Edad Media, para huir de las levas, ya no hay nuevos mundos que descubrir en la Tierra, el único refugio para los disidentes es el salto a otra dimensión de la realidad. “El hombre del castillo”, la novela de ciencia ficción de  Philip K. Dick, de la que hay una versión en serie televisiva, plantea lo que hubiera sucedido si alemanes y japoneses hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial. Como se imaginarán, la situación es desoladora. Sin embargo, el ser humano siempre halla una salida: el hombre del castillo nos revela que hay otros mundos, que otras vidas nuestras están en este momento sucediendo en tiempos simultáneos al que nosotros vivimos. ¿Qué algo así es inconcebible? ¿Y esto?  ¿Acaso alguien lo concibe?</p>
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		<title>Muy jesuítico</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Apr 2019 20:29:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[A mi casa no solía venir ningún cura, por eso recuerdo tan nítidamente la visita de un sacerdote de aspecto agradable, bien acicalado y especialmente sonriente, cuyo nombre me dijeron que era el Padre Gar Mar. Por lo visto hacía años que mis padres no le veían, tantos como yo tenía o quizá más. No [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mi casa no solía venir ningún cura, por eso recuerdo tan nítidamente la visita de un sacerdote de aspecto agradable, bien acicalado y especialmente sonriente, cuyo nombre me dijeron que era el Padre Gar Mar. Por lo visto hacía años que mis padres no le veían, tantos como yo tenía o quizá más. No sé qué se dirían en las dos horas largas que estuvieron hablando, pero sí recuerdo que cuando entré para saludar un momento -eso era lo que hacíamos entonces las niñas, entrar, saludar y marcharnos- me miró de esa manera en que miran algunos adultos solitarios a los niños, como si fueran seres inauditos y maravillosos,  cuya existencia ya habían olvidado y celebran con entusiasmo en la medida en que asegura que la especie humana no se va a extinguir todavía. Y cuando yo salía de la habitación, tras aquel recibimiento tan entusiasta, retomando de nuevo la conversación, oí que aquel Padre le decía a mi padre: “Cuidado con ese, yo le conozco bien y es muy jesuítico”. Salí de allí preguntándome por qué se reirían los dos con tantas ganas. La respuesta la tuve al día siguiente, cuando me enseñaron las pastas de un libro que se titulaba “Sugerencias filosófico-literarias” y venía firmado por el Padre Gar Mar, sacerdote jesuita. Recordé la anécdota el domingo pasado mientras veía la entrevista entre Jordi Évole y el Papa Francisco, otro jesuita amable e inteligente. La propia elección de una cadena como la Sexta ya tuvo un significado inequívoco ¿Qué mensaje quería transmitir con esa elección?, ¿que hay que ser un pecador y no un beato para que el Papa te redima concediéndote la entrevista del siglo? Pero lo que me sorprendió de verdad fue que se atreviera a desmontar esa patraña de que los restos de los asesinados durante la Guerra Civil que están desperdigados por las cunetas no deben buscarse y enterrarse como Dios manda, porque eso significaría abrir las heridas de un tiempo olvidado. Un argentino como él, que ha vivido la Dictadura de Videla con sus miles de desaparecidos, sabe que la verdad no hiere, sino que salva, “No se debe esconder a los muertos”, afirmó tajante. Y más todavía debió de inquietar a la derecha eclesiástica el que apostara decididamente porque la Iglesia pagara sus impuestos como todo hijo de vecino, con la excepción de Cáritas, por razones obvias. Lo demás no me llamó mucho la atención. Se mostró muy tajante en todo aquello cuya solución no depende de él: me refiero a la manera cicatera y cruel con que la Comunidad Europea ha tratado el problema de la inmigración, sobre todo cuando Jordi le puso delante una concertina. ¿Quién no lo hubiera hecho en su lugar? (Pues sí -me contesto- algunos dirigentes españoles no son capaces de decirlo) En cuanto a los temas cuya solución sí depende de él en gran parte, como la lucha contra la pederastia sacerdotal, su discurso no fue tan tajante, se enredó en conceptos ambiguos como la “hermenéutica” de vaya usted a saber qué cosa, que nadie entendió bien, para terminar diciendo que la solución  iba para largo, algo semejante a lo que dicen los mandatarios europeos sobre la inmigración. Para las mujeres, muy buenas palabras, casi casi entonó “El día que me quieras” de Carlos Gardel. En resumen, que Francisco estuvo simpático e inteligente, revolucionario en las formas, poco concreto en las medidas a tomar, pero sagaz y profundo en lo que a él no le compromete, con esa elocuencia sugestiva y casi íntima -¿vos me entendés?-  tan típica de los argentinos. Y sobre todo sobre todo, como diría el Padre Gar Mar, muy jesuítico.</p>
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		<title>Clase magistral en Silicon Valley</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Mar 2019 20:52:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Para entender esta columna se tienen que situar en el escenario en el que yo me encontraba la semana pasada: un aula de Bachillerato de un colegio de Silicon Valley, donde estudian los hijos de los grandes empresarios que realizan, promueven y comercializan los últimos inventos tecnológicos. Espero poder reproducir la clase magistral de Historia [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para entender esta columna se tienen que situar en el escenario en el que yo me encontraba la semana pasada: un aula de Bachillerato de un colegio de Silicon Valley, donde estudian los hijos de los grandes empresarios que realizan, promueven y comercializan los últimos inventos tecnológicos. Espero poder reproducir la clase magistral de Historia de la Pedagogía a la que asistí, pues, como todos saben, en estos colegios tan elitistas, en donde solo admiten a alumnos de familias de alto nivel tanto económico como cultural, la única forma permitida de almacenamiento y reproducción de los conocimientos es la memoria de lo aprendido por medio de la atención y el raciocinio. Vamos a empezar -decía el profesor a los alumnos que le escuchaban embobados-. desde el principio, en el Periodo Arcaico, cuando todavía no se habían conseguido eliminar de las aulas las pizarras digitales y cada alumno utilizaba al menos una tablet y llevaba su móvil en el bolsillo. Me refiero a esos tiempos de barbarie en que las mentes eran invadidas por un cúmulo ingente de informaciones sin organizar y las noticias manipuladas se transmitían por redes en las que era difícil distinguir la verdad de la mentira. Fue tras este periodo cuando surgieron las primeras escuelas “liberadas” donde se estudiaba en ordenadores comunes y donde un maestro dirigía las búsquedas. Se tardó dos siglos en implantar este método en los colegios públicos, pero en los cincuenta años siguientes se llegó al llamado Tercer Periodo pedagógico, en el que se consiguió que el aprendizaje se produjera sin necesidad de pantalla ninguna, aprovechando una facultad descubierta tras arduas investigaciones: la facultad de pensar, de aprender y de memorizar lo aprendido. Para lograrlo, se creó una manera de transmitir los textos a mano, sin necesidad ni siquiera de teclas, con unos artilugios llamados plumas, lápices o bolígrafos y un soporte denominado papel, que todavía se utiliza. Allí los alumnos escribían con su propio cuerpo, y mientras lo hacían, a mucha menos velocidad que las máquinas pero de forma más reflexiva, pensaban en lo que estaban escribiendo y llegaron incluso a ser creativos y a aprender a elegir lo importante de una información, sin limitarse, como en la enseñanza tradicional, a cortar y pegar sin sentido.  Pero la pedagogía siguió avanzando, como todos ustedes saben, y se llegó al último periodo, que es en el que estamos en Silicon Valley. Para conseguirlo fue fundamental la contribución del gran sabio pedagogo que inventó una tecnología todavía más barata y sostenible, me refiero a la tiza y la pizarra, soporte en donde una vez transmitido el mensaje se puede borrar sin dejar rastro. Esta tecnología tan innovadora se aplicó con gran éxito en el aprendizaje de la escritura en las escuelas infantiles, ayudados los niños por un marcador llamado pizarrín y un trapillo borrador de duración prácticamente ilimitada.  Actualmente hay pedagogos que plantean que en el futuro puede que ni siquiera sea necesario que se utilicen ni pizarras ni lápices ni papel ni tizas, sino que con tablillas hechas de algo tan barato y al alcance de todos como el barro cocido, y por medio de pequeños punzones, seamos capaces de transmitir todo este conocimiento que la memoria humana, una vez libre del lastre de la tecnología digital, ha logrado atesorar para las generaciones futuras por los silos de los siglos.</p>
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		<title>Locura y dientes podridos</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Mar 2019 21:25:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Estos días en que los partidos políticos hacen sus promesas electorales, echo de menos alguna oferta de solución a las dos lacras de nuestro sistema sanitario público: la salud mental y la higiene dental. En cuanto a la segunda, me dirán que sí, que la Seguridad Social se ocupa de sacarte una muela o curarte [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estos días en que los partidos políticos hacen sus promesas electorales, echo de menos alguna oferta de solución a las dos lacras de nuestro sistema sanitario público: la salud mental y la higiene dental. En cuanto a la segunda, me dirán que sí, que la Seguridad Social se ocupa de sacarte una muela o curarte una piorrea, pero todos sabemos que cada uno tiene que apencar con los gastos del dentista si quiere gozar de una dentadura medianamente saludable y que esa es la causa de que en nuestro país (¡Oh, este gran país!) los ricos sonrían mucho más que los pobres. Así se explica también que la estafa de iDental haya afectado de manera tan notoria a los sectores más desfavorecidos de la sociedad: ofrecía precios muy baratos y los “clientes” podían pagarlos en cómodos plazos. Hasta que se descubrió que todo era una engañifa y desde entonces esta pobre gente protesta con una preciosa boca desdentada. Es una manera de hacerlos callar. Solo algunas comunidades y ayuntamientos de grandes ciudades con gobiernos progresistas, como Madrid o Barcelona, ponen a disposición de los niños tratamientos gratuitos o semigratuitos. ¿Y los demás?, nada de nada. Lo mismo ocurre con los enfermos mentales, para cuya curación la Seguridad Social ofrece casi únicamente fármacos, a falta de una red de psicólogos y psiquiatras suficiente para realizar un seguimiento eficaz. No, el asunto no es en absoluto baladí. Para entender las consecuencias que pueden acarrear estas dos lagunas sanitarias, les recomiendo que lean la autobiografía de Janet Frame titulada “Un ángel en mi mesa”. Así se harán cargo del sufrimiento al que fue sometida la escritora neozelandesa durante los siete años en los que estuvo internada en un psiquiátrico. Su desgracia podría haberse evitado si la sanidad pública de su país hubiera funcionado como es debido. Aunque, quizá por sus dotes de superdotada, ella pudo sobreponerse al calvario sufrido:  tras haber sido sometida a constantes electroshock y cuando estaba a punto de practicársele una lobotomía (que la hubiera dejado incapacitada para siempre) recibió un importantísimo premio literario por una obra escrita mientras estaba “loca”. ¿Qué había llevado a Janet Frame a ingresar en un psiquiátrico?: un profundo complejo de inferioridad, originado en su fea dentadura podrida. Se sentía ridícula con aquellos dientes asquerosos. Su inseguridad se convirtió en algo patológico y, a pesar de que sus calificaciones eran inmejorables, cuando un inspector criticó su manera demasiado innovadora de dar clases en sus prácticas universitarias, ella, atemorizada y deprimida, se tomó un frasco de aspirinas. No consiguió quitarse la vida pero, siguiendo un mal consejo, pidió ayuda en un Centro de Salud. Allí la primera medida que tomaron con ella fue cortarle el pelo al cero y arrancarle todos los dientes. Nada de esto hubiera sucedido si la familia de Janet Frame hubiera podido pagarle un dentista o si en la Nueva Zelanda de mediados de Siglo XX hubiera habido una sanidad pública adecuada.   Ahora comprenderán por qué me muestro tan vehemente al criticar las lagunas de nuestro sistema sanitario. Aunque pensándolo dos veces, ¿no sería mejor reformar una sociedad como la nuestra, radicalmente injusta, que genera un abismo de desigualdad cada vez más hondo entre los ricos que exhiben sus poderosas dentaduras y los pobres que no se atreven a abrir la boca ni para respirar?</p>
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		<title>Ser humano y mujer, ni más ni menos</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Mar 2019 10:22:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Se ha dicho por H o por B que la lucha por la igualdad entre los sexos y contra la violencia de género no debería limitarse a la huelga y a las manifestaciones del 8 de marzo. Así que aquí seguimos. Paradójicamente, eso lo suelen decir las políticas que no hacen la huelga y pertenecen a partidos que no convocan a sus bases para que acudan a la manifestación. Aunque ellas mismas no son las que realizan este tipo de declaraciones. A muchas no se nos va a olvidar la imagen de Rivera y Casado, como perros pastores que, tras haber agrupado al rebaño de ovejas, salen a explicar lo que ellas necesitan y desean; mientras las mansas borreguitas, detrás, engalanadas para el desfile ganadero, con vestidos primaverales y melenas al viento, asienten encantadas al discurso del amo ¡Cuánta belleza sin atractivo! ¡Cuánto resplandor sin vida! Pero eso no es lo importante, lo importante son los miles y miles de mujeres que se reunieron en la calle, libres y mezcladas las nietas con las abuelas, las morenas con las rubias, las bajas con las altas, las flacas con las gordas, las feas con las guapas. Eso sí, todas con la inteligencia suficiente para saber que feminista y mujer no son sinónimos, y que también hay políticas que no son de fiar (como tampoco lo son tantos  hombres, que en eso también habrá de haber su paridad) Lo digo por el numerito que han montado los ciudadanos y ciudadanas de Rivera al acoger en sus filas a la sección femenina del transfuguismo, primero Silvia Clemente- para luego ser devuelta al patatal- y detrás parece que Soraya Rodríguez.  Con esa afición que tienen a hacer de camión escoba de lo que van dejando otros partidos, podrían ofrecerle a Cifuentes que se arrimara, que me han dicho que lleva la bandera española hasta en la ropa interior.  ¡Pero qué desagradable es todo esto! ¡Habrá que mirar para otro lado si queremos salir del laberinto pestilente! Y al hacerlo, me encuentro con las palabras de una mujer honesta, de escritura diáfana, que me devuelve al ámbito de los espejos limpios. He leído un artículo suyo en un periódico digital. Se llama Carmen G. de la Cueva y escribe sobre la imposibilidad de hacer la huelga de tantas mujeres que tienen graves dificultades cotidianas para subsistir, y de las que tienen que cumplir con algo que son más que obligaciones, trabajos tan gustosos como inevitables, como el cuidado de un bebé de dos meses que no admite sustitución por su parte, o de ambos grupos a la vez. No me refiero a la excusa tan machista de la mujer que responde a la convocatoria: “yo no hago la huelga porque mi trabajo es muy importante”, sino de la que confiesa que su trabajo es tan poco importante que ni siquiera está asegurada, y puede ser sustituida por otra igual de indigente. El día en que la mujer de la limpieza por horas salga a la calle, la larga marcha de la lucha feminista estará pronta a concluir, porque la voz de esa mujer es tanto o más trascendental que la de la alta ejecutiva o la de la rectora de Universidad, porque es ella la que marca la frontera entre la justicia y la injusticia, entre la igualdad y la desigualdad. Ese día todas las mujeres deberíamos considerarnos afortunadas por haber conseguido lo que Ida Vitale vaticinaba en el poema  titulado “Fortuna”: “no desfilar ya nunca/ y no admitir palabras/ que pongan en la sangre/ limaduras de hierro./ Descubrir por ti misma/ otro ser no previsto/ en el puente de la mirada./ Ser humano y mujer, ni más ni menos”.</p>
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		<title>Machistas con faldas</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Mar 2019 09:38:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>¡Qué encrucijada! ¿Sobre qué escribir esta semana? ¿Sobre la huelga feminista o sobre el significado del carnaval? La solución perfecta para este dilema salió de los labios del Papa Francisco cuando definió a las feministas como “machistas con faldas”. Yo entendí la expresión literalmente y me imaginé a un hombre disfrazado de mujer. Quizá por contraste, me acordé de la Papisa Juana, o su Santidad el Papa Juan VIII, que se puso de parto, mientras presidía, como Papa que era, una solemne procesión en el Vaticano. ¡Pobre desgraciada! Dicen que la empalaron sin más miramiento ¿Habrá habido más casos de sacerdotes a quienes nunca se descubrió lo que escondían debajo de la sotana? Lo que sí que ha habido desde tiempos inmemoriales ha sido mujeres disfrazadas de hombres, para poder desarrollar oficios no permitidos a las damas. De una de ellas nos da noticia el romance de “La doncella soldado”: “Al montar en el caballo/ la espada se le cayó/ y en vez de maldita sea/ dijo maldita sea yo”. Así es como el rey del romance descubrió lo que ocultaba aquel soldado tan atractivo que le ponía ojitos antes de entrar en la batalla. La Historia está llena de ejemplos semejantes, como la periodista inglesa Dorothy Lawrence, que se hizo pasar por el soldado Denis Smiht para poder cubrir la Primera Guerra Mundial y fue encerrada en un psiquiátrico al ser descubierta. Amelia Robles, conocida como el General Robles, fue una figura clave en la Revolución mexicana, igual que Martina Piera de Agüero, disfrazada de hombre en la Guerra de la Independencia de Cuba. Pero no todas las mujeres travesti a su pesar deseaban entrar en el ejército. Las hubo inclinadas a otras profesiones, como la medicina.  Este es el caso de Stuart Barry, que estudió medicina en Edimburgo disfrazada de hombre y llegó a ejercer como cirujano en el ejército británico, o Enriqueta Faber, que bajo el mismo disfraz acudía a la Facultad de Medicina en la Sorbona. En el juicio que le hicieron cuando fue descubierta, esto fue lo que adujo en su defensa su abogado: “La sociedad es más culpable que ella, desde el momento en que ha negado a las mujeres los derechos civiles y políticos, convirtiéndolas en muebles para los placeres de los hombres. Mi patrocinada obró cuerdamente al vestirse con el traje masculino, no sólo porque las leyes no lo prohíben, sino porque pareciendo hombre podía estudiar, trabajar y tener libertad de acción, en todos los sentidos, para la ejecución de las buenas obras”.  Esta libertad de acción es la que buscaba Concepción Arenal, la primera responsable de que las mujeres podamos votar en España, cuando se presentó vestida con levita y sombrero de copa en la Facultad de Derecho de la Complutense. El disfraz no impidió que fuera descubierta y, por deferencia de un rector menos machista que algunos papas, se le permitiera estudiar la carrera “con faldas”, aunque acompañada en todo momento por un familiar. Sí, muchas mujeres se han camuflado debajo de ciertos disfraces para poder moverse a su antojo en el carnaval de la vida, pero la sustitución de las faldas por los pantalones no las distingue de los hombres desde mediados del siglo XX.  Así que, volviendo a los “machistas con faldas”, ¿no se dará cuenta el Papa Francisco de que las mujeres, incluso las feministas liberales de Ciudadanos y la Sección Femenina de Vox y PP, hace tiempo que llevan pantalones con toda naturalidad? Los únicos machistas con faldas son sus reverendísimas, ¿o es que las monjitas-criadas ya no les limpian bien los espejos del Vaticano, de tal manera que obispos y cardenales no ven con claridad el aspecto que tienen con esas faldas maxis rematadas con encajes y bordados carmesí?</p>
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		<title>Roma vuelve a vencer</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Feb 2019 23:10:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>“Roma” ha ganado su óscar, por fin. Me refiero a la película de Alfonso Cuarón, que acaba de recibir el Oscar a la mejor película extranjera. Merecería haberse llevado el de mejor película sin más, porque además de ser la mejor de las nominadas, no debería considerarse una película extranjera. “Roma” es la película de un americano que habla español, es decir un hispano, como tantos millones que pueblan la patria de Abraham Lincoln. Los primeros europeos que llegaron a América hablaban español, igual que Cuarón, y allí se encontraron con indígenas de rasgos semejantes a los de Yalitza Aparicio, su actriz principal. Pero no vamos a discutir ahora esa tontería, el caso es que al jurado no le ha quedado otro remedio que darle un premio importante a la película de un hispano, uno de esos a los que Trump considera delincuentes, camellos, ladrones, violadores y algo peor si es que lo hay. ¡Ah, pero la obra de arte de un hispano ha traspasado el muro invisible del racismo capitalista! Además, Roma , cuyo título alude al barrio donde pasó la infancia su director, es una película en blanco y negro, como las de Charles Chaplin, como todas las grandes películas de Hollywood. Yo no sé por qué los políticos de izquierda reprochan a los tres mosqueperros de la derecha recalcitrante que quieran devolvernos a una España en blanco y negro, en un viaje a un pasado de pésimos recuerdos. No me gusta porque tal afirmación supone que las películas en blanco y negro poseen una connotación casposa que yo no creo que tengan en absoluto. A muchos, como a Cuarón, el director de “Roma”, el blanco y negro nos retrotrae a nuestra propia infancia, a la mirada de la niñez, esa mirada profunda, inocente e inteligente que el paso del tiempo nos ha arrebatado en gran parte. Una visión del mundo muy semejante a la del indígena que se encontró en México Hernán Cortés, la misma de la sirvienta Cleo, que protagoniza la película. Sabemos que el destino de los que poseen esa visión inocente no puede ser otro que el fracaso, como le sucede a Cleo, cuando acaba siendo engañada por un hombre de la manera estúpida y cruel en la que los hombres burladores han engañado siempre a las mujeres. Y sin embargo, la decepción no la convierte en un ser egoísta, asqueado de la vida, pues en “Roma”, la misma mujer engañada es también una mujer salvadora, capaz de ahuyentar la desgracia con la fuerza de su ardiente deseo. ¿Qué hubiera sido de la familia si ella no se hubiera internado entre el oleaje para rescatar al niño de la casa en donde servía? Esto ocurre cuando ya solo quedan mujeres al cargo de los niños, pues los hombres, todos, han esquivado sus responsabilidades hacia ellos. Y el título de la película tiene también un valor simbólico, pues Roma es el nombre de la patria universal de Occidente, de la cultura de quienes creyeron un día que el pan y el vino debían ser repartidos entre pobres y ricos,  para que sanaran sus almas y sus cuerpos. Por eso Lorca dirigió su “Grito hacia Roma”, cuando condenó el horror del capitalismo yanqui. Sí, precisamente hacia Roma, porque el poder del símbolo de Roma es el único capaz de derrotar a la usura, ese monstruo que sigue sosteniendo el mundo de Trump y sus secuaces. Y Roma es la belleza, el equilibrio, la historia, y la memoria del hombre que desea perdurar sobre la tierra y más allá de la tierra. De eso nos habla esta película que hemos visto en televisión. ¿Podremos verla en la pantalla grande ahora que ha ganado un óscar?</p>
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		<title>Periodismo de verdad</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Feb 2019 20:52:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Es más fácil creer que dudar”, la frase es de Juan Cruz, que el jueves pasado habló en Valladolid sobre el oficio del periodista. El veterano reportero se centró en el principio de verdad que debe inspirar a quien escriba en un periódico, porque los rumores sin verificar pueden acabar con la honra de cualquiera [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8220;Es más fácil creer que dudar”, la frase es de Juan Cruz, que el jueves pasado habló en Valladolid sobre el oficio del periodista. El veterano reportero se centró en el principio de verdad que debe inspirar a quien escriba en un periódico, porque los rumores sin verificar pueden acabar con la honra de cualquiera de manera que nunca más pueda recobrarla. “Cuando el río suena, agua lleva”, el refrán parece estar inscrito en la mente de los lectores. Sí, es más fácil creer que dudar. De ahí la importancia de verificar las fuentes, ahora más que nunca, cundo las redes sociales compiten con los medios informativos ¿Y qué me dicen de las “postverdades” que se inyectan en las redes para conseguir que personajes infames lleguen a las más altas instancias de la política internacional? El caso de Trump sería impensable sin un aparato eficiente de transmitir mentiras. Pero también los periodistas pueden inventar una realidad a su medida con la única intención de publicar primicias y reportajes que les acarreen prestigio y dinero.  Este es el caso de Relotius, una de las principales firmas de la revista alemana “Der Spiegel”, cuyos textos han resultado ser falsos, hasta el punto de haber publicado entrevistas inventadas y haber situado sus reportajes en lugares que ni siquiera conocía. Entre los textos sobre periodismo de García Márquez aparece una historia semejante, la de Janet Cooke, reportera del “Washington Post” que recibió el Premio Pulitzer de Periodismo por un reportaje sobre un niño de ocho años que se inyectaba heroína con la complacencia de su madre. Janet Cooke confesó su pecado solo unas horas después de recibir el premio, y García Márquez, quizá conmovido por su gesto de nobleza, afirmó sobre ella: “No hubiera sido justo el Pulitzer de Periodismo para Janet Cooke, pero en cambio sería una injusticia todavía mayor que no le dieran el de Literatura”. Estas son las palabras de un Premio Nobel de Literatura que sabía lo que era inventar un reportaje.  Por ejemplo, el que escribió en 1954 sobre una manifestación contra el gobierno en una ciudad remota de Colombia. Allí llegó García Márquez con un fotógrafo de “El Espectador“ de Bogotá. Pero no había tal, así que tomaron la determinación de convocarla ellos mismos. El éxito fue total, según cuenta en el reportaje que publicó El Espectador: nunca se había visto una manifestación semejante. A esto se refiere Claudio Guillén cuando habla del “diarismo mágico” de algunos periodistas hispanoamericanos. Pero yo me pregunto: ¿ficción y mentira son términos equivalentes? Y me contesto que no, sobre todo cuando la ficción tiene la finalidad de ahondar en el principio ético de la verdad, tantas veces oculta detrás de la apariencia insulsa de los cotidiano. Refiriéndose al Premio Pulitzer de Janet Cooke, García Márquez había dicho: “Lo malo es que en periodismo un solo dato falso desvirtúa sin remedio a los otros datos verídicos. En la ficción, en cambio, un solo dato real bien usado puede volver verídicas a las criaturas más fantásticas. La norma tiene injusticias de ambos lados: en periodismo hay que apegarse a la verdad, aunque nadie la crea, y en cambio en literatura se puede inventar todo, siempre que el autor sea capaz de hacerlo creer como si fuera cierto”. ¿Contradicción?  Quizá. ¿Pero no es la imaginación ese poder que nos permite ver lo que hay detrás del muro infranqueable de lo real? Finalmente, lo único que salva tanto a la Literatura como al Periodismo es el principio ético de la búsqueda de la verdad, que generalmente consiste en decir lo que se ve, pero que en otras ocasiones estriba en descubrir lo que no se ve porque está detrás o debajo de la realidad, en ese espacio oscuro en donde la verdad se esconde tantas veces.</p>
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