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	<title>Las cosas como sonTextos críticos &#8211; Las cosas como son</title>
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		<title>La poesía de Lezama Lima es buena para los pulmones</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Dec 2016 19:06:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[Escribo este artículo mientras tengo entre las manos un ejemplar de la Poesía completa de Lezama Lima, que acaba de publicar Sexto piso, en edición de César López. No me extraña que Sexto piso edite a Lezama Lima, pues la colección de poesía de esta editorial mexicana y española es una de las más exigentes [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Escribo este artículo mientras tengo entre las manos un ejemplar de la <em>Poesía completa</em> de Lezama Lima, que acaba de publicar Sexto piso, en edición de César López. No me extraña que Sexto piso edite a Lezama Lima, pues la colección de poesía de esta editorial mexicana y española es una de las más exigentes y novedosas de la actualidad. Y Lezama se dirige siempre a un lector exigente –un lector macho, decía Cortázar- y refractario a lo manido y previsible. Hermoso en el continente, con un círculo deslumbrante de Kenneth Noland en la portada que nos atrae a abrirlo como un imán inevitable, la edición respeta hasta tal punto al poeta que su prefacio aparece como epílogo, al final del libro, para no inmiscuirse en la lectura entre autor y lector. Ninguna nota que interrumpa el discurso del verso, diáfano lo escrito en un papel y una tipografía que denota el respeto hacia el autor editado. Y leemos de nuevo a Lezama. ¿Cómo nos sonarán ahora sus sonetos y sus décimas fulgurantes, engarzados en esta nueva vida nuestra? , ¿seguirán sus imágenes hechizándonos con sus conjuros secretos en <em>Enemigo rumor</em>?, ¿volveremos a sentir su respiración en el oído mientras nos emocionamos leyendo <em>Fragmentos a su imán</em>? Acudimos al libro como lo haríamos a una cita con un viejo amigo, que no sabemos si vamos a reconocer o si él nos reconocerá a nosotros. Y le encontramos allí, en cada uno de sus versos, desde “La muerte de Narciso”, su primer poema publicado en 1937, hasta sus últimos poemas familiares, añadidos a la edición porque no habían aparecido en ninguno de sus libros. Y tras la primera lectura volvemos a sentir que despertamos de un sueño. Queremos continuar ese sueño, contárnoslo y contarlo, volver a penetrar con la palabra dentro de su recinto imaginario e  indecible. Y nos es imposible porque mientras intentamos pensarla y retenerla, su poesía, como el sueño, se borra de la memoria, desaparecen sus huellas y nos deja únicamente la certeza de haber recorrido con él un camino. Nunca se regresa a los poemas de Lezama, siempre se acude a ellos por primera vez. Quizá por eso ha sido tildado de hermético, cuando su poesía es abierta, desbordante y luminosa, opuesta a lo cerrado, a lo frío u oscuro.  Como un espigador, Lezama acude a  la playa y recoge la brisa marina que se respira en sus poemas, acumula también los excrementos que el océano  ha dejado en la arena y los convierte en oro puro. Es entonces cuando los poemas nos hablan y se echan a andar, sin posible explicación, sin ironía, con absoluta inocencia. Porque no hay poeta menos irónico que Lezama Lima, cuya sabiduría rebosante, tanto como su originalidad, no supuso nunca un lastre, sino la atalaya en la que se subía para ver lo que había más allá del horizonte -¿aquí mismo?- . Mientras los poetas europeos recibían la cultura como un cadáver del que tenían que desprenderse para avanzar, Lezama toma la cultura que en sus manos y en sus manos vuelve a ser barro de moldear. No necesita pinchar con un alfiler a la mariposa para estudiar el color y textura de sus alas, las mariposas de Lezama Lima sobrevuelan libremente y no hay persecución en su mirada porque sabe que el vuelo nunca las aparta de su órbita; ellas, como todo lo vivo, también son fragmentos atraídos por su imán. Por eso el poeta adánico se despierta diciendo cada día la primera palabra, peregrino inmóvil, sin necesidad de salir nunca de su isla y encarnando el tiempo indeciso de la hora del alba, cuando no se sabe si termina la noche o está comenzando un nuevo día. No quiero decir con esto que tenga su obra nada de surrealista, por mucho que nos sorprendan sus imágenes visionarias: la poesía de Lezama Lima es pura elaboración alquímica, en ella el gesto de escribir es siempre intencionado, lo más opuesto a la escritura automática de la vanguardia del surrealismo. Y  en el lector, ¿qué queda al acabar de leer el poema que le ha subyugado? Desde mi punto de vista, solo una sensación vivificadora y transcendente: he entrado por la puerta, he subido las escaleras, incluso me he asomado a sus ventanas, pero al salir al jardín, he bebido en la fuente las aguas del olvido.  Evocaba Lezama Lima en una entrevista a un lord inglés que escribía sus versos en papel de fumar. Se los fumaba con delectación,  tras haberlos escrito, y no quedaba de ellos más que humo y silencio. A mí, como lectora, me ocurre lo mismo con la poesía de Lezama. Me la fumo mientras la voy leyendo, incluso en los bares, en los trenes y otros lugares públicos. Sé que está feo confesarlo, pero les aseguro que siento cómo se ensanchan mis pulmones y respiro con más profundidad. Luego me miro en el espejo y tengo la certeza de que algo en mi interior ha resucitado.</p>
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		<title>Natalia Ginzburg o la palabra como talismán</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Mar 2016 20:08:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[Si a Proust  el olor de una magdalena le hizo partir en busca del tiempo perdido, Natalia Ginzburg solo necesitó repetir las voces de sus familiares para que su pasado regresara a su lado y se hiciera presente. Así escribió “Léxico familiar”, un libro de memorias en donde lo recordado, su infancia y juventud, se [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si a Proust  el olor de una magdalena le hizo partir en busca del tiempo perdido, Natalia Ginzburg solo necesitó repetir las voces de sus familiares para que su pasado regresara a su lado y se hiciera presente. Así escribió “Léxico familiar”, un libro de memorias en donde lo recordado, su infancia y juventud, se organiza siguiendo el hilo finísimo y a un tiempo indestructible de las palabras. Muchos escritores sienten en determinado momento la necesidad de escribir una obra en donde ellos y su entorno familiar sean los protagonistas, pero  todos tratan de encontrar un ángulo especial para escribirla, de manera  que, lejos de ser un anecdotario costumbrista, se convierta en una verdadera obra de arte. Así vemos como algunos distorsionan el punto de vista y establecen un diálogo con el niño que fueron, como hizo Paul Auster en “Diario de invierno”, o se incluyen en la primera persona del plural, en el “nosotros”, queriendo dar la impresión de que la suya forma parte de una historia colectiva. Otros justifican el hecho de detenerse a  contar su vida en la necesidad de transmitir un legado a sus descendientes, a los que dedican sus recuerdos. Natalia Ginzburg no necesita de tales artificios ni justificaciones para realizar una obra absolutamente original, narrada de una manera sencilla y directa, por medio del recuerdo de las frases características de su abuela y sus padres. Y lo hace de una forma tan precisa que nos permite a los lectores escuchar sus voces e imaginarnos rostros, actitudes, escenarios e incluso aspectos íntimos y morales. No pensemos en frases lapidarias ni en reflexiones solemnes, el suyo es el monumento a la gracia de lo cotidiano, a la grandeza de lo coloquial, a la frase común, que cada uno de estos personajes pronuncia de una manera única e intransferible, constituyéndose así en identificación de la familia. Y aquí llega lo realmente misterioso y artístico: los lectores, al leer este libro, rememoramos no tanto el léxico familiar de la autora como el léxico nuestro, las frases que recordamos de nuestra propia infancia, que ella nos hace reconocer e identificar. Como en todas las grandes libros de memorias, ante éste, el lector tiene la sensación de que entre sus páginas de alguna manera se cuenta algo de su propia vida.</p>
<p>La idea de que son las palabras familiares las que nos permiten internarnos en la profundidad de la infancia subyace en otros libros de memorias, especialmente las femeninas. Eudora Welty titula “La palabra heredada” a su autobiografía de lectora infantil, y la poeta neozelandesa Janet Frame rememora así en “Un ángel en mi mesa” la inolvidable algarabía de su niñez: “En aquellos días de Outram, en que numerosos parientes vivían cerca, había muchas idas y venidas y conversaciones y risas, y las palabras viajaban como el viento en cables invisibles”. Pero es Virginia Woolf la que echa en falta de forma dramática esa cualidad rememorativa de las voces y expresiones que Natalia Ginzburg derrama a raudales en “Léxico familiar”. Dice Virginia Wooolf en “Memorias de vida”, refiriéndose a la dificultad de contar cómo era realmente su madre a su sobrino, destinatario literario de su relato: “Las palabras escritas por una persona muerta o viva suelen, desdichadamente, quedar envueltas en suaves pliegues que anulan todo rastro de vida<em>. </em>No encontrarás en lo que digo la semblanza de una mujer a quien tú puedas amar….A menudo he lamentado que nadie escribiera las frases de tu abuela y los vividos giros de su habla, pues tenía el don de emplear las palabras de manera muy personal…Cuánto daría por recordar una sola frase suya o el tono de su voz clara y redonda”<em> </em>Pues ese don es el que tenía Natalia Ginzburg y del que se vale para conseguir que amemos el mundo en que nació y vivió como si se tratara de algo propio. Sería interesante reflexionar más detenidamente sobre la razón de que sean las mujeres las que transmiten el tesoro lingüístico, que pervive en la memoria como el olor de la casa. Quizá sea la carencia de una presencia pública, lo que las haya permitido constituirse en centinelas de ese tesoro familiar, el único suyo. O quizá esté relacionado con el valor nutricio del lenguaje y con que las mujeres hayan sido las encargadas de la alimentación de sus hijos. Cuando un ser humano es arrojado al mundo incomprensible de la soledad y la identidad, recibe de su madre dos bienes impagables: la leche materna y la lengua materna, es decir, las palabras suyas, sobre las que edificará su pensamiento y su memoria. “Léxico familiar” es un ejemplo de este valor nutricio del lenguaje.</p>
<p>No debemos pensar, sin embargo, que Natalia Ginzburt se  deleita contando la historia jocosa de una familia pintoresca. En absoluto.  Por debajo de este animado concierto de voces, escuchamos el lamento de los muertos y la soledad apenas susurrada de los vivos, las desdichas propias de una época convulsa que fue especialmente cruel con una familia antifascista de origen judío como era la suya, víctima de la persecución política y racial. Pero Natalia Ginzburg poseía un arma especialmente eficaz contra sus adversarios: las palabras con las que contar su historia. Con ese talismán consiguió hacer a su mundo digno de ser amado y, por tanto, invulnerable al olvido.</p>
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		<title>Don Quijote y Celia, lo que dicen</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Feb 2015 19:37:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace unos días, una amiga me pidió que le aconsejara una adaptación de “El Quijote” para su hija de 8 años. ¡Vaya compromiso! Considero que enfrentar a una niña con “El Quijote” es la más terrible de las crueldades. ¿Cómo le quitaría yo esta idea de la cabeza? Así que me puse a pensar en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días, una amiga me pidió que le aconsejara una adaptación de “El Quijote” para su hija de 8 años. ¡Vaya compromiso! Considero que enfrentar a una niña con “El Quijote” es la más terrible de las crueldades. ¿Cómo le quitaría yo esta idea de la cabeza? Así que me puse a pensar en alguna lectura infantil cuyo protagonista fuera equivalente al personaje cervantino, y enseguida se me vinieron a la cabeza Tom Sawyer y Guillermo Browm. En ambos alienta una inocencia transgresora curiosamente parecida a la de Don Quijote, además de la similitud entre su espíritu imaginativo y la supuesta locura del hidalgo manchego. Digo “supuesta” porque, como demuestra Torrente Ballester en “El Quijote como juego”, Don Quijote no confundía los molinos con gigantes, porque no estaba loco, sino que hacía lo que hacen todos los niños: jugar. Igual que Sancho, Don Quijote ve una bacía de barbero, pero es capaz de ver también el yelmo de Mambrino. Al afirmarse en la segunda opción, se comporta como el niño que juega a que las cosas no son lo que parecen. Al hilo de este pensamiento, me acordé de una vieja amiga: Celia, de Elena Fortún. Abrí al albur “Celia, lo que dice”, y allí seguía ella, con el mismo desparpajo de siempre, mostrándole a su hermanito de apenas un año cómo es el mundo, con un estilo inconfundiblemente quijotesco. Dice Celia: “Hoy me he dedicado a enseñarle todas las cosas bonitas que hay en la casa, explicándole que no son lo que parecen… Esto que parece un baño no lo es, sino un auto forrado de raso blanco… en el fondo ponemos los cojines del salón y nos sentamos… y nos vamos de viaje”. Don Quijote se niega a ser únicamente Alonso Quijano, igual que a Celia le angustia ser siempre y solo Celia. Lean este fragmento que reproduce una conversación de la niña con su madre: “¿Siempre Celia, mamá?./ Siempre, aunque no igual que ahora. Serás mayor, te casarás, tendrás una casa como ésta…/ ¿Igual que ésta?/ Muy parecida. Después serás viejecita…/ ¿Pero siempre Celia?/ ¡Vaya, hija! ¡Déjame en paz, que esto parece el cuento de la buena pipa!” Y Celia se sume en sus reflexiones hasta que nos anuncia con alborozo: “¡He conseguido no ser Celia todos los días! Algunos ratos soy un hada”. Celia comparte además otra característica quijotesca: su radical sentido de la justicia. Ni ella ni Don Quijote pactan con la realidad como hacemos los adultos, disfrazando nuestra cobardía de cordura. La intolerancia a la injusticia explica que la primera hazaña de don Quijote consista en defender a un niño que está siendo azotado, y que la primera travesura de Celia sea la de repartir con la hija de la portera los juguetes de los Reyes Magos, que olvidaron pasar por la portería.  En efecto, Celia no entenderá nunca el absurdo clasismo del mundo en que vive. ¿Hay algo más difícil de explicar a un niño que la desigualdad social?. Prueben a hacerlo, se verán atrapados en un laberinto de incoherencias, y sucumbirán ante sus sencillas razones. Así lo explica Celia: “Pensando y pensando, he entendido que, siendo los mayores tan grandes y tan ásperos, tan diferentes en todo a los niños, no pueden comprender nada de lo que los niños piensan o hacen”. Por cierto, ¿por qué será tan semejante esta observación a la del Principito, de Saint-Exupéry?: “Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles explicaciones una y otra vez”. De ahí la rebeldía soterrada que escondían todos los antihéroes infantiles, los que vivían en un tiempo en que la infancia no tenía el prestigio empalagoso que hoy ha adquirido, cuando los niños aún no eran clientes potenciales y el mercado del mundo les atribuía un escaso valor. Celia carecía de cuarto propio y deambulaba por los rincones de la casa en busca de un lugar y un sentido, los mismos que sigue buscando cualquier niño que juega. Como lo hacía Celia, hasta que dejó de ser niña para convertirse, no en un hada, sino en una muchacha vulgar y corriente. En su último libro, “Celia, madrecita”, nuestra heroína recuperaba la cordura, igual que Don Quijote antes de morir. Obligada a  ocuparse de la educación de sus hermanos, se había vuelto responsable  y correcta. Y a sus lectoras se nos hizo un nudo en el estómago, cuya causa no entendíamos bien, como todas las cosas de mayores. Celia ya no podía ser más que Celia Gálvez, como su madre había vaticinado. ¿Por qué los mayores, siendo sus razonamientos tan absurdos, siempre acababan teniendo razón? De aquella niña traviesa que tanto nos había enseñado –yo nunca tomé a broma sus ocurrencias- quedó solo su insistente invitación a la lectura, pues es entre las páginas de los libros donde ella reconocía su ser verdadero. “¿En dónde habrá leído eso?” se preguntaba su madre cada vez que hacía una travesura. Porque Celia no hubiera sido Celia sin sus cuentos de hadas. Los cuentos, como a don Quijote las novelas de caballerías, le daban fuerza para resistirse a separar la realidad de la literatura, y, aunque también fueran la causa de algunos berrinches y más de una azotina, eran su razón de ser y la mantenían viva. Ahora entenderán por qué le respondí a mi amiga que la mejor adaptación del Quijote se titula “Celia, lo que dice” y que su autora es Elena Fortún. Le aconsejé también que esperara a que su hija  fuera capaz de leer entre líneas lo que Celia no dice para poner en sus manos El Quijote. Así no conseguirá que, de mayor, presuma de haber leído a Cervantes en edad muy temprana, pero estará segura de que, llegado ese momento, tendrá capacidad para entender y ganas de disfrutar con la obra inadaptable del mayor inadaptado de todos los tiempos.</p>
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		<title>El poeta y su doble.</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Mar 2014 18:33:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160;           En los primeros libros de Juan Ramón Jiménez se encuentran las claves de muchos de los hallazgos de su poesía posterior. Para demostrarlo, voy a fijarme en la figura del doble, que recorre toda su obra. Yo no soy yo, soy este/ que va a mi lado sin yo verlo/ que, a veces, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p class="MsoNormalCxSpFirst" style="text-align: justify; text-justify: inter-ideograph; line-height: 150%;"><span style="font-size: 16.0pt; line-height: 150%;"><span style="mso-spacerun: yes;">          </span><br style="mso-spacerun: yes;" /></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-justify: inter-ideograph; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 14.0pt; font-family: 'Arial Narrow';">En los primeros libros de Juan Ramón Jiménez se encuentran las claves de muchos de los hallazgos de su poesía posterior. Para demostrarlo, voy a fijarme en la figura del doble, que recorre toda su obra. <em style="mso-bidi-font-style: normal;">Yo no soy yo, soy este/ que va a mi lado sin yo verlo/ que, a veces, voy a ver,/ y que a veces olvido./ El que calla, sereno, cuando hablo/el que perdona, dulce, cuando odio,/ el que pasea por donde no estoy,/ el que quedará en pie cuando yo muera. </em>¿A quién no le fascinan estos versos de “Eternidades”? Pues bien, la figura del doble no aparece en sus primeros libros con un tono tan conciliador, sino con un aspecto mucho más inquietante. Leemos en “Arias tristes”: <em style="mso-bidi-font-style: normal;">Alguna noche que he ido/ solo al jardín, por los árboles/ he visto a un hombre enlutado/ que no deja de mirarme… </em>En “Jardines lejanos”, vuelve a aparecer el hombre enlutado, con el que llega a identificarse, aunque su aspecto sea el de un anciano de barba blanca: </span><em style="mso-bidi-font-style: normal;"><span style="font-size: 14.0pt; font-family: 'Arial Narrow'; mso-bidi-font-family: 'American Typewriter';">¿Soy yo quien anda esta noche/ por mi cuarto, o el mendigo/ que rondaba mi jardín/ al caer la tarde…?</span></em><span style="font-size: 14.0pt; font-family: 'Arial Narrow'; mso-bidi-font-family: 'American Typewriter';"> Leyendo “Recuerdos”, un libro de memorias <span style="mso-spacerun: yes;"> </span>de J. R. Jiménez para el que me pidieron el prólogo, encontré la prehistoria de aquel mendigo enlutado, extraño y paradójicamente familiar al poeta, que aparecía en sus libros iniciales: <em style="mso-bidi-font-style: normal;">Era un hombrecillo enano, magro, carnavalesco, iba envuelto en harapos sombríos y, en la suciedad del rostro, los ojos eran de un brillo, de un guiño, de una burla inolvidables. Cuando fui a darle una limosna había desaparecido. Y quedó en mí un frío extraño, algo así como una entrada de calentura, una inquietud moral absurda y violenta. </em>Y el texto continúa con la descripción de otro encuentro: <em style="mso-bidi-font-style: normal;">Pasaron los años (…) en las altas horas de la noche de Madrid, el hombrecillo enano, magro y carnavalesco abrió la portezuela. Brillaron los ojillos fijos y burlones. Vaciló un instante, con el mismo frío de la otra vez, bajé del coche y miré. Había nevado y la luna añadía plata azul a la plata blanca y fría. Ni una sombra de hombre. ¡Nada! </em>Y termina: <em style="mso-bidi-font-style: normal;">Aún no ha llegado la tercera vez. Pero yo sé que llegará, que es inevitable. </em>Esa tercera aparición es, sin duda, la que le espera en el momento de la muerte. En otro fragmento, el poeta se preguntaba:<em style="mso-bidi-font-style: normal;"> ¿El hombre ese siempre era el cochero? </em>Y yo me pregunto<em style="mso-bidi-font-style: normal;">: </em>¿Acaso el cochero será la imagen urbana de Caronte? La seguridad de que inevitablemente volverá a presentarse el doble siniestro proviene de su certeza de que cualquier acontecimiento significativo se presenta antes o después en el texto. Pero la experiencia de la vida no se traslada al poema de manera automática, sino que sufre siempre una metamorfosis. Lo que nos muestran los poemas citados no es al hombrecillo mismo, sino la perturbación que produjo su presencia en la psique del poeta. Lograr que el texto opere como talismán contra este doble inquietante, que es la imagen misma de la muerte, será desde entonces la tarea de juan Ramón Jiménez. Y lo conseguirá, en la etapa de su “poesía desnuda”. Entonces ya no tendrá que refugiarse en la fantasía y el ensueño para huir de una realidad destructiva, sino que el descubrimiento de la “realidad invisible” hará de la tarea del poeta una forma de desvelamiento de la vida escondida, presente en el mundo de las cosas cotidianas. Es en esta realidad nueva donde se encuentra con su doble benéfico. En “Eternidades”, Juan Ramón formula en palabras su descubrimiento: el envés de la realidad visible no es un agujero negro sino un foco de luz cegadora . El poeta Tomas Carlyle decía en un texto dedicado a su padre muerto: <em style="mso-bidi-font-style: normal;">Adiós por última vez en este mundo de sombras. En el mundo de las Realidades, ¡ojalá el gran Padre nos reúna de nuevo en perfecto amor!</em> En ambos poetas, la realidad visible, aparente, aparece identificada con la sombra, al contrario que la “realidad invisible”, el “mundo de las Realidades”, que posee el poder de comunicarnos con la verdad luminosa. Y estas dos miradas, la de Carlyle y la de J. R. Jiménez, <span style="mso-spacerun: yes;"> </span>remiten al mito de la caverna platónica: el oscuro mendigo del jardín no era más que una sombra de la que el poeta ha de desembarazarse para desvelar la realidad total, luminosa, de su doble poético. Entonces se atreverá a hablarle a la muerte cara a cara, al darse cuenta de que vida y muerte, luz y sombra, hombre y poeta, son aliados en la búsqueda del equilibrio absoluto, Al menos esto es lo que leemos en “Cenit”, otro poema de “Eternidades”: <em style="mso-bidi-font-style: normal;">Yo no seré yo, muerte,/</em> <em style="mso-bidi-font-style: normal;">hasta que tú te unas con mi vida/ y me completes así todo;/ hasta que mi mitad de luz se cierre/ con mi mitad de sombra/ -y sea yo equilibrio eterno/ en la mente del mundo:/Unas veces, mi medio yo, radiante;/ otras, mi otro medio yo, en olvido-./Yo no seré yo, muerte,/hasta que tú en tu turno, vistas/ de huesos pálidos mi alma. </em>Esta evidencia, la de la muerte como reencuentro con el doble añorado, es el mensaje de todos los poetas místicos, pues la experiencia mística es la experiencia de la muerte en vida: <span style="mso-spacerun: yes;"> </span><em style="mso-bidi-font-style: normal;">Vivo sin vivir en mí/ y con tanta vida espero/ que muero porque no muero</em>, decía Teresa de Ávila. ¿Y cómo conciliar este misticismo con un pensamiento materialista, en el que no hay ninguna certeza de que exista otra vida después la muerte? En uno de sus últimos poemas, Juan Ramón Jiménez responde a esta pregunta, y lo hace por medio de una petición: <em style="mso-bidi-font-style: normal;">Cuando esté con las raíces/ llámame tú con tu voz./ Me parecerá que entra/ temblando la luz del sol.</em> ¿A quién dirige su petición de ayuda? Se la dirige a sus posibles lectores futuros, imprescindibles para que el poeta regrese desde las frías sombras de la tumba a la luz de la existencia real, carnal, plena. Ellos son los únicos que pueden evitar la mirada del hombrecillo nocturno, los que tendrán el poder de neutralizar su energía tan prosaica como maléfica. De esa manera el poeta hará realidad su deseo imperioso de existir fuera de la caverna, y mirar con nuevos ojos el mundo, finalmente libre de las cadenas de su propia sombra. <span style="mso-spacerun: yes;">   </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 16.0pt; font-family: 'American Typewriter';"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 70.8pt; text-align: justify; text-justify: inter-ideograph; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 16.0pt; font-family: 'American Typewriter';"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-justify: inter-ideograph;"><span style="font-size: 16.0pt; font-family: 'American Typewriter';">“Recuerdos. Tempo”, Juan Ramón Jiménez. Prólogo de Esperanza Ortega. Visor, Madrid,2012.</span></p>
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		<title>Zenobia, Tagore y Juan Ramón Jiménez, una relación triangular</title>
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		<pubDate>Sat, 05 May 2012 09:48:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[(Artículo publicado en &#8220;La sombra del ciprés&#8221;, suplemento literario de El Norte de Castilla. Sábado 5 de Mayo de 2012) En 1916, Juan Ramón Jiménez parte rumbo a los EE.UU en un trasatlántico. Ese viaje va a ser una de las experiencias más importantes de su vida. La idea de que los acontecimientos de su [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>(Artículo publicado en &#8220;La sombra del ciprés&#8221;, suplemento literario de El Norte de Castilla. Sábado 5 de Mayo de 2012)<br />
En 1916, Juan Ramón Jiménez parte rumbo a los EE.UU en un trasatlántico. Ese viaje va a ser una de las experiencias más importantes de su vida. La idea de que los acontecimientos de su biografía tenían una escasa incidencia en su obra es falsa, hasta el  lector menos avisado percibe que la poesía de J. R, Jiménez cambia de rumbo en el momento en que, tras aquel viaje, publica “Diario de un poeta recién casado”. Enamorarse de Zenobia Camprubí sin duda transforma su visión del mundo, que en adelante va a estar menos ensimismada, más atenta a la transcendencia de una realidad cuyo conocimiento antes había sido descartado a favor ensoñación. Él mismo señaló también lo decisivo que fue en ese momento la lectura de los poetas de tradición anglosajona que Zenobia conocía desde hacía ya mucho tiempo, pero nadie ha insistido en otra figura fundamental, tan importante para su evolución poética como para su relación amorosa. Me refiero a Tagore, el poeta bengalí. Sabemos que, en el curso de su noviazgo y en los primeros años de matrimonio, la pareja Zenobia –Juan Ramón se dedicaba a traducir a Tagore y hacía de esta labor un acto íntimo y amoroso. Como Francesca y Paolo en el Infierno de Dante, ellos se enamoraron mientras leían un libro, en este caso un libro de Tagore. En 1919, Zenobia le había escrito: “Constantemente ha sido usted nuestro compañero espiritual desde el momento en que comenzamos a conocerle hace cinco años. Ha sido una compañía maravillosa  y parece que usted se ha compenetrado en todas las cosas nuestras” Quiero subrayar la primera persona del plural que utiliza Zenobia: “nuestro compañero, las cosas nuestras” Y “compenetrar” significa “penetrar con alguien, al unísono”. Esto es lo que ocurre cuando Zenobia y Juan Ramón traducen a Tagore, que se compenetran entre ellos dos, cuando penetran juntos en su obra. Y al mismo tiempo que se esfuerzan en buscar las palabras en castellano que equivalen a los términos de Tagore en inglés, le hacen penetrar a él con ellos en el territorio lírico español, no como un extranjero, sino como un auténtico poeta andaluz. ¿Acaso traducían del inglés? Sí, a los partidarios de las traducciones fieles, las versiones de Tagore de Zenobia y J. R. Jiménez han de parecerles una herejía, pues Zenobia traducía del inglés los poemas que el mismo Tagore había trasladado a esta lengua desde el bengalí, y de manera nada literal. Además, Juan Ramón aportaba su impronta en el ritmo y la expresión poética, de tal manera que el Tagore que hemos conocido los españoles es un Tagore vertido en los frascos que todavía conservaban el perfume de la poesía de J. R. Jiménez. Y ocurre también lo contrario: leyendo la prosa poética que Juan Ramón escribía en aquel tiempo, notamos una identificación que nos llevaría a hablar de un Juan Ramón oriental, imbuido por la idea de la comunidad entre el hombre y la naturaleza, con un espíritu indú. Elisa Martín Ortega lo ha señalado con acierto en el prólogo a “El ala compasiva”, un libro que mantiene una relación estrechísima con “Luna nueva” de Tagore. En ambas obras aparece la misma visión trascendente de la niñez, e incluso un ritmo en la prosa que quizá el poeta de Moguer no hubiera hallado sin su labor de traductor. No quiero decir con esto que la tarea de Juan Ramón fuera meramente imitativa, sino que él descubrió las posibilidades de su propia sensibilidad al hilo del esfuerzo que hacía para verter al español a Tagore. “ ¿Te vemos sin que tú nos veas, absorto en tus sueños, o nos habías tú visto ya por el borde blanco de una nube negra, una noche de estío, sin que nosotros lo supiéramos?”, le pregunta J. R. Jiménez a Tagore en el colofón de “Luna nueva”. Ortega y Gasset parece contestar a esa pregunta cuando le explica a Zenobia en una carta cómo la lectura de un gran poeta le revela al lector algo de sí mismo que antes ignoraba, y produce la sensación de que expresa algo ya vivido por él. No es extraño que esta carta figure al comienzo de la Antología de Tagore que preparan juntos Zenobia y Juan Ramón. Aunque cuando la influencia de Tagore va a ser más patente en Juan Ramón Jiménez es en sus últimos libros, en la etapa que él llamaba intelectiva o inmanente, cuando el poeta se identifica con lo absoluto, lo eterno y, en definitiva, con la poesía misma. La poesía llega a ser entonces para J. R. Jiménez un dios “deseado y deseante”, ajeno al paradigma del dios judeocristiano. Se ha hablado mucho de la influencia de la filosofía krausista en la conformación de este dios que depende del poeta para existir, pero no se ha hablado lo suficiente de la tradición oriental, y en concreto de la poesía de Tagore, para explicar este encuentro íntimo del poeta con la Poesía. Me refiero al dios que en el poema titulado “La transparencia, Dios, la transparencia” Juan Ramón define como “la luminaria del clariver” y al que describe enredado con él “en lucha de amor”, el dios “de lo hermoso conseguido, conciencia mía de lo hermoso”. Tan semejante al dios que Tagore llama “Señor del silencio, señor de las canciones” y al que se dirige con estas palabras: “Señor de todos los cielos, si yo no existiera, ¿qué sería de tu amor?”  El dios de Tagore es el dios de la sed, del deseo, un dios que, como el de Juan Ramón Jiménez, necesita ser mirado y escuchado para que su potencia creadora se exprese. Dice Tagore en el poema titulado “La cosecha”: “Cuando tú vivías solo, no te conocías. Ninguna llamada, ningún mensaje llevaba el viento de una a otra orilla. Vine yo, y te despertaste, y los cielos florecieron con su luz”  Les propongo un juego: dirijan estas palabras de Tagore a Juan Ramón Jiménez y verán que tienen sentido. Y viceversa. Entonces, ¿se despertaron ambos poetas al unísono, mientras los cielos florecían?, ¿hasta tal punto llegó la compenetración de ambas escrituras? La contestación a estas preguntas la encontramos en otra frase de la carta antes aludida de Ortega y Gasset. Con su perspicacia característica no exenta de ironía, Ortega le asegura a Zenobia: “Todo gran poeta, señora, nos plagia”.</p>
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		<title>Sobre Catalina Montes</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Apr 2012 16:01:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; “Lágrimas”, de Catalina Montes. (Texto leído en la Presentación del libro, el 20 de Abril de 2012, en la Fundación Segundo y Santiago Montes de Valladolid) Es muy difícil para un poeta llegar a la altura de su obra, por eso conocer a los autores suele decepcionar las expectativas del lector. En el caso [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p><strong>“Lágrimas”, de Catalina Montes.</strong></p>
<p>(Texto leído en la Presentación del libro, el 20 de Abril de 2012, en la Fundación Segundo y Santiago Montes de Valladolid)</p>
<p>Es muy difícil para un poeta llegar a la altura de su obra, por eso conocer a los autores suele decepcionar las expectativas del lector. En el caso de Catalina Montes sucede lo contrario. Los que la conocisteis sabéis que es casi imposible que un texto esté a la altura de la poesía que su vida derramó entre vosotros. Sin embargo, este libro, “Lágrimas” –así se titula- lejos de decepcionaros, os va a asombrar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En primer lugar, os cuento cómo llegó a mis manos: Catalina me entregó sus “Lágrimas” algunos años antes de su muerte, después de que muriera su sobrino Eduardo, a quien dedica el libro.  Lo hizo muy discretamente, con la promesa de que no lo daría publicidad. De hecho, nunca quiso leer sus poemas en público, y se negó tajantemente a publicarlos. Quería que yo guardara sus poemas, después de manifestarle mi opinión sobre ellos. Así lo hice. En una primera lectura percibí la huella de la cadena de desapariciones de buena parte de su familia: su hermano Segundo, asesinado en El Salvador, Santiago, Elisa, Cristina, Pilar y, por último, Eduardo… No hacía falta que aparecieran  sus nombres ni ninguna otra anécdota. La poesía tiene este poder, el de trasmitir la emoción y la verdad de un sentimiento sin abrir el cofre invisible en donde se guarda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En mi atalaya,</p>
<p>cercada por la muerte,</p>
<p>tengo la luz</p>
<p>de atardecida, el cielo</p>
<p>y el canto que me nace.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Esto dice el primero de sus poemas, su primera lágrima.  Está escrita desde la distancia suficiente para observar a su enemiga, la muerte, y poder hablar de ella. Nos imaginamos a la pobre Katy, a la pequeña Katy, asediada por una presencia tan feroz. Pero enseguida nos muestra sus dos escudos: la luz y el canto, el canto que nace de ella misma, como nace del tallo una flor.</p>
<p>Así de claros son todos sus poemas. Poemas breves, de cinco versos cada uno, escritos en un lenguaje tan sencillo como misterioso. Misterioso porque nunca acaba de contarnos nada, claro porque nada oculta, porque no se esconde bajo ningún disfraz. Decía Juan Ramón Jiménez, en un aforismo que la poesía de Catalina Montes corrobora: “Para los oscuros tengo lo claro, para los claros, lo secreto”. Son, pues, poemas sencillos, misteriosos y tristes, muy tristes.  La tristeza todo lo preside, y el poema es la lágrima que encarna la tristeza, la palabra que se derrama en el silencio, atenta a la exigencia del dolor, como expresan estos versos:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En pie, acosada</p>
<p>por ladrillos de muerte</p>
<p>-Todos idos-</p>
<p>me grita su reclamo</p>
<p>más alto que el aullido</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando le comenté a Katy lo que me parecían sus poemas, recuerdo que asocié sus lágrimas a las perlas. A ella le gustó esta metáfora, aunque fuera tan manida. Me acordaba yo de un cuento en el que una pobre leñadora lloraba desconsoladamente sin percatarse de que las lágrimas, mientras corrían por sus mejillas, se iban convirtiendo en piedras preciosas. Esa es la metamorfosis propia de la poesía, su poder de transformación, que domestica el horror y acaba por hacerlo codiciable. La imagen  remite también al sufrimiento de la ostra, que atesora en la oscuridad el dolor que la oprime y convierte el sufrimiento en perla. Cada una de estas lágrimas –le decía entonces a Katy- está engarzada por la música del poema, y juntas conforman una figura que todavía no se ve con nitidez. No eran únicamente quejas, eran algo más que ni siquiera ella veía desde su atalaya, como tampoco la leñadora veía lo que derramaban sus ojos nublados por la angustia. Habría que preguntarse qué sentido conformaba el engarce de tantas lágrimas vertidas. Pero Katy no podía demorarse mucho tiempo en su atalaya. El mundo la reclamaba para que acudiera en su auxilio. Aún cuando las perlas no acabaran de conformar el collar del sentido. A esa pregunta por el significado, Katy contestaba como Antonio Machado: “¿Dices que nada se crea? No te importe, con el barro de la tierra, haz una copa para que beba tu hermano”. Ella había encontrado el sentido de su vida en la urgencia de saciar la sed de los otros, con esa visión cristiana de que las obras valen más que las palabras. Así llenó su vida, así consiguió mantener siempre fresca la flor de su sonrisa. Pero la respuesta a la pregunta sobre el caos, sobre absurdo de la muerte seguía sin producirse. Y Katy seguía buscando a tientas en el orden paradójico, a un tiempo sensual y trascendente, de la poesía:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi tacto busca</p>
<p>y busca mi mirada</p>
<p>lo que han acariciado</p>
<p>tus ojos y tus manos</p>
<p>lleno de ti sin ti.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo tampoco entendía aún que su obra estaba incompleta, y que esa cualidad asimétrica era consustancial a su significado, que solo iba a hallar su simetría, sólo se iba a completar cuando la muerte la visitara a ella misma. Entonces es cuando todas sus lágrimas engarzadas se cerrarían conformando el sentido completo, más allá de la manifestación del dolor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al recibir la noticia de su muerte, cuya proximidad ocultó con el mismo secreto que sus versos, recibí también una carta suya en la que, además de añadir los poemas finales, expresaba su deseo de que el libro saliera a la luz. Esta publicación es, pues, el último mensaje de Catalina Montes. Y es un mensaje no en vano cifrado en la lengua del poema, con toda su valentía y toda su soledad. En la última parte del libro, la titulada  “A solas tú y yo”, la que añadió en sus días finales, Catalina dialoga directamente con la muerte, mirándola a los ojos. Sabíamos que Katy era valiente, pero nos sigue asombrando que fuera capaz de enfrentarse a la muerte con las palabras solas, desnudas. Nadie que no sea muy valiente se atreve a hablarle a tal adversario. Y nada más que una verdadera poeta lo hace con las palabras precisas, sin renunciar a la música del verso:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y aquí estamos tú y yo.</p>
<p>¿Qué deseas?, ¿qué esperas?,</p>
<p>¿ayes?, ¿lamentos?,</p>
<p>¿estar aquí conmigo?,</p>
<p>¿o tan solo silencio?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hay una afirmación de poder en el gesto de la mujer frágil, enferma, que, sin embargo, no se encoge, no desciende, y sigue firme en su atalaya, enérgica, tras el escudo de la poesía. Entonces repite el primer poema del libro, iluminado por la misma luz, pero con la diferencia de que ahora el canto no está naciendo, sino negándose a morir :</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En mi atalaya</p>
<p>cercada por la muerte,</p>
<p>tengo la luz</p>
<p>de atardecida, el cielo</p>
<p>Y el canto que no muere.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Quiero aclarar algo muy importante para entender este libro: el poder del canto no solo reside en la mágica exactitud de su lenguaje, sino sobre todo en el misterio de la bondad. La bondad es el arma que hace fuertes a los frágiles, y que consigue enmudecer a la muerte misma. Es verdad que el dolor que Katy ocultaba detrás de la sonrisa con la que cubría su tristeza, está en el origen de cada una de sus lágrimas; pero el encanto de cada poema reside en algo más: en el amor profundo, rayano en lo sublime, que ilumina sus versos con un aura de promesa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde su atalaya, Catalina veía crecer una flor hermosísima que nunca se decidió a cortar, hasta que la muerte lo hizo por ella. Aquí pervive ahora su perfume, entre las páginas de su libro. Dije hace un momento que éste era el último mensaje de Katy Montes. Pero ahora pienso que es algo más, es Katy misma derramada en palabras, ofrecida en la mesa en la que leemos su libro, una mesa que ella nunca hubiera consentido en elevar a la dignidad de altar. Es la misma Katy la que se nos ofrece sonriendo al abrir sus páginas, mientras nos insiste tan generosa como obstinada: “Tomad y comed….”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos lo dice sonriendo porque sabe que con este gesto acaba de esquivar el peor golpe de la muerte: la soledad. Nos lo dice en sus últimos versos, al enunciar la buena compañía que la protege y la arropa:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuidados infinitos</p>
<p>de familia y amigos</p>
<p>la bendición de mis ancianos</p>
<p>el amor de mis pobres.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Solo me queda un detalle para terminar: ¿os habéis dado cuenta de que a este último poema le falta un verso? Y le falta también a la enumeración de la compañía protectora otro elemento fundamental: el lector, los lectores. Entre sus ancianos, entre sus pobres, entre la familia y los amigos, asoma este nuevo huésped. Los ojos del lector son los últimos invitados a la cena, pero los más importantes, porque han de realizar la metamorfosis de las lágrimas en perlas mientras leen sus versos. Ellos serán los encargados de recoger las palabras vertidas por la poeta que fue y que será siempre Catalina Montes.</p>
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		<title>Pino y Ullán entre el aire y la luz</title>
		<link>https://blogs.elnortedecastilla.es/cosas-como-son/2011/01/22/pino-y-ullan-entre-aire-y-luz/</link>
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		<pubDate>Sat, 22 Jan 2011 02:05:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[Pino y Ullán entre el aire y la luz: así se titulaba la Mesa Redonda de la Feria del Libro de Guadalajara (México) en la que fui invitada a participar. Me gustó el título, porque ambos poetas, Francisco Pino y José Miguel Ullán, habitaron siempre esa frontera imposible entre el aire y la luz que [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<br />
<style>@font-face {   font-family: "Times"; }@font-face {   font-family: "Times"; }@font-face {   font-family: "Cambria"; }p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; font-size: 12pt; font-family: Cambria; }.MsoChpDefault { font-family: Cambria; }div.WordSection1 { page: WordSection1; }</style>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Times;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Times;">Pino y Ullán entre el aire y la luz: así se titulaba la Mesa Redonda de la Feria del Libro de Guadalajara (México) en la que fui invitada a participar. Me gustó el título, porque<span style="">  </span>ambos poetas, Francisco Pino y José Miguel Ullán, habitaron siempre esa frontera imposible entre el aire y la luz que es la poesía. “El cielo está más lejos”, escribí yo en una nota tras la muerte de Ullán. Y lo decía en un sentido literal, en absoluto figurado: el cielo parecía haberse alejado de la tierra aquella tarde en que fueron enterradas sus cenizas. Sin embargo, hoy, cuando Pino hubiera cumplido 101 años, -los cumplía el 18 de Enero-, mientras leo los versos de ambos y contemplo los trazos de su poesía experimental, vuelvo a sentir que el cielo se acerca y nos envuelve, como me imagino que sucedía en el momento en que ellos tomaban la pluma en sus manos y la posaban sobre el papel. Ambos- pienso- llevaban en los genes el cromosoma de la poesía y, por tanto, eran poetas de nacimiento y de destino. Esto solo les sucede a los poetas de vocación y no de oficio, es decir, a los que lo son irremediablemente durante todas las horas del día, en la salud y en la enfermedad. Quizá por eso su mera presencia era percibida por los que tuvimos la suerte de ser sus amigos como un acontecimiento poético. Todos queríamos situarnos a su lado en las reuniones, en las que sus palabras e incluso sus gestos eran comentados posteriormente como episodios de un vivir memorable, de un estar significativo. Quizá por esa simbiosis entre vida y poesía que les caracterizaba, buscaron formas inauditas y soportes no habituales para expresarse, hasta coincidir en ese territorio que ha dado en llamarse “poesía experimental”. Eso sí, sin acoplarse nunca a ninguna tendencia organizada, conservando el carácter salvaje, inasimilable y libre que estaba inscrito en su naturaleza. Decía Shelley, refiriéndose al poeta, que sus oyentes son “hombres en trance por la melodía de un músico oculto, que se sienten conmovidos y serenados aunque no saben ni cómo ni por qué”.<span style="">  </span>Y así de conmovidos nos seguimos sintiendo, ahora más que antes tras su muerte, mientras contemplamos en silencio las “poeturas” de Pino y los “agrafismos” de Ullán. Ninguno de los dos se vio tentado por la idea de cambiar la poesía por la pintura. “Yo no pinto nada”, afirmaba Ullán, con la ironía juguetona que siempre le caracterizó. Por su parte, Pino negaba que sus poeturas fueran una mezcla de poesía y pintura, y elaboró para definirlas una etimología personal, que combinaba la “poiesis” (creación), con el giro repentino del “tour” francés. Para Ullán, sus agrafismos pertenecían al ritual de la espera del lenguaje: “lo que yo hago es manchar papeles mientras no llegan las palabras”. Así pues, la poesía experimental les retrotrae a ambos al momento del origen, de la primera creación. El que los dos eligieran soportes desechables subraya la asunción de la efimeridad del arte, en un movimiento ondulante que se niega a ser atrapado por las definiciones inmutables. Pero lo que de verdad les distingue de otros poetas visuales es la coherencia de su poesía sin palabras con el resto de su discurso poético, que nunca fue para ellos un hecho intrascendente, gratuito. Ambos rechazaban el diseño, la utilización del arte para adornar salones y conciencias. En los libros de agujeros de Pino, el hueco troquelado es una ventana a lo absoluto, al abismo del significado en cuya búsqueda se internó con valentía. Ullán se plantea su obra experimental como una tarea liberadora: desata a las palabras y sus grafías de las cadenas del contexto cotidiano, para que afloren asociaciones imprevistas. La manera de conseguirlo puede ser la de componer textos con frases entresacadas de las conversaciones habituales, frases que, de esta manera, convierten el lenguaje coloquial en lenguaje poético. Otras veces las palabras se recortan o subrayan en las páginas de un periódico, o se extraen de boleros y canciones populares. Lo importante es abrir las puertas de la cárcel de la convención para que las palabras puedan ser escuchadas como lo eran antes de que la avidez de la rutina las fuera vaciando de sentido. Para conseguirlo, llegan a tachar al propio sujeto poético, que<span style="">  </span>penetra en el poema sin dejar huellas, con la silenciosa humedad de una lluvia menuda. “Ni mu”, titula Ullán uno de sus libros. De ahí también los sonetos tachados de Pino o su misma imagen de pájaro equivocado, a caballo entre lo celeste y lo terrestre, pájaro sin canto que se desliza sin hallar nunca su sitio en el mundo, porque su destino es la búsqueda de lo inalcanzable. Uno de sus últimos libros “Tejas, lugar de Dios”, concluye con la imagen de la destrucción de un pájaro. El poeta elige una pluma de este pájaro deshecho y con ella escribe. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Times;">¿Tendrán algo que ver sus coincidencias, que, sin embargo, no merman la originalidad de cada uno de ellos, con la vecindad de su origen, en ambos casos castellano?. Ullán nació en Villarino de los Aires (Salamanca), en la frontera entre España y Portugal, donde se confunden las aguas del Tormes y del Duero. A la salida del pueblo, hay un lugar que se llama Ambasaguas, cuyo nombre mismo parece una definición de su poesía. “Desde allí no se ve el pueblo, hay que recordarlo. Allí los límites son de dos aguas que, al juntarse, renuncian a su identidad, se despiden de sí mismas”-explicó Ullán en una ocasión-. Es allí, entre dos aguas, donde<span style="">  </span>Ullán se sitúa como poeta, en la negación ondulante de un lenguaje que fluye sin dejarse atrapar ni siquiera por la línea del verso. Allí, en la indefinición de ese límite, se yergue en equilibrio imposible su poesía. ¿Y la de Pino? Sin duda en el azul sin límites del cielo de Castilla, entre las nubes deshilachadas, a punto de desaparecer. En una tierra que es toda deseo, ansia, sed y vacío. Escuchen estos versos de Pino: “¿Fuente? / No / ¡Pared / celeste!/ (Los labios que se acerquen / tendrán más sed”. Esto es Castilla, la tierra invisible donde finalmente se confunden dos interrogaciones silenciosas: Pino y Ullán, entre el aire y la luz. </span></p>
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		<title>Sobre Felipe Boso</title>
		<link>https://blogs.elnortedecastilla.es/cosas-como-son/2010/08/01/sobre-felipe-boso/</link>
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		<pubDate>Sun, 01 Aug 2010 12:05:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace justamente un año estaba escribiendo yo un trabajo sobre algunos poetas palentinos del Siglo XX entre los que figuraba Felipe Boso. Durante mucho tiempo, Felipe Boso había sido apenas el nombre de un poeta experimental que nació en Palencia y vivió en Alemania. Fue Francisco Pino el que me lo dio a conocer. “Era [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>   <meta name="Title" content=""> <meta name="Keywords" content=""> <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"> <meta name="ProgId" content="Word.Document"> <meta name="Generator" content="Microsoft Word 2008"> <meta name="Originator" content="Microsoft Word 2008"> <link rel="File-List" href="file://localhost/Users/esperanza/Library/Caches/TemporaryItems/msoclip/0clip_filelist.xml">
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;">Hace justamente un año estaba escribiendo yo un trabajo sobre algunos poetas palentinos del Siglo XX entre los que figuraba Felipe Boso. Durante mucho tiempo, Felipe Boso había sido apenas el nombre de un poeta experimental que nació en Palencia y vivió en Alemania. Fue Francisco Pino el que me lo dio a conocer. “Era raro, como yo -me dijo- pero a ti te hubiera gustado; y era católico, igual que lo soy yo, lo que es todavía más raro. No sé cómo llegó a saber de mí, me quería mucho. Me publicó en Alemania, cuando apenas me conocía nadie por aquí”. Desde entonces su nombre y sus poemas me fueron siendo familiares. En el año 1999, cuando organicé unas Jornadas de Poesía en Valladolid, en la mesa de poesía experimental y en la de traducción volvió a salir Felipe Boso: Maderuelo, Sarmiento, Bada… Así estaban las cosas cuando me disponía a iniciar mi artículo sobre los poetas palentinos del Siglo XX. Comencé a escribir una lista. ¡Qué raros eran casi todos ellos! Palencia parece la más convencional de las ciudades, y de hecho lo es, doy fe de ello, pero ha sido la cuna de muchos poetas experimentales. ¿No tiene eso algo de raro?: el creacionista Paco Vighi, el postista Gabino Alejandro Carriedo, Bouza, los poetas visuales actuales, como Julián Alonso y Ricardo Zamora… Y Felipe Boso, indudablemente. Y me puse a escribir mi trabajo rememorando una escena de infancia, como suelo hacer siempre que escribo sobre Palencia. Comenzaba así: “La primera vez que oí hablar de un movimiento vanguardista creí que se trataba de una enfermedad infecciosa: mi padre comentó que alguien se había contagiado del surrealismo cuando estuvo en París, y yo pensé que el surrealismo sería algo semejante al raquitismo, el botulismo, el paludismo….” Tomando como modelo los movimientos vanguardistas y aludiendo a mi primera confusión infantil, yo iba a caracterizar un ismo nuevo: el “rarismo”, movimiento típicamente palentino, que, al contrario de otros ismos, perdura en el tiempo como una enfermedad crónica de origen genético, pues parece trasmitirse de generación en generación. No sabía cómo seguir, así que busqué en el Diccionario de Autoridades la palabra “raro” y encontré esto: “persona que tiene flojas las membranas del cerebro y por ello es apta para recibir las imágenes que llaman fantasmas”. La definición concordaba con la imagen de los poetas a los que me iba a referir: personas con cerebro dúctil, capaces de ver lo que hay detrás, la sombra del mundo, lo que los griegos llamaban alezeia, es decir, lo verdadero y lo secreto. Aunque también se podría decir, en tono más popular, que los raros tienen flojos los tornillos. <span style=""> </span>Luego me acordé de un título de Ramón Carande, autor también palentino: “Galería de raros”. En este libro, Carande define así a los raros que retrata: “fueron personas recatadas que no quisieron ponerse ante las candilejas y, sin embargo, o acaso también por ser evasivas, me causaron sorpresa, asombro y respeto.” Efectivamente, “los poetas “raristas” -seguía diciendo yo- eran poetas de libros póstumos, que no habían tenido en vida ningún interés por competir por un puesto en el olimpo literario. Y continúo citándome: Además de su discreción y como consecuencia de ella, me asombra también su generosidad, pues todos ellos sin excepción han atendido más a la obra de los otros que a la suya propia, creando lazos de verdadera y entrañable amistad con otros escritores. El tópico del “aura mediocritas”, que invita a disfrutar con tranquilidad de lo que se tiene, soslayando el envite de la envidia o la ambición desmedida, hacen de estos autores personas satisfechas con su suerte, ajenas a las dentelladas del narcisismo”. <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span>Estaba claro que Boso encajaba perfectamente en mi clasificación: tras abandonar su profesión de estudioso de la topografía, se convirtió en raro poeta experimental y poeta discreto donde los haya: no publicó en vida nada más que “T de trama” y “La palabra Islas”, y sus “Poemas concretos” aparecieron gracias al interés de sus amigos, Millán y Gayubo, diez años después de su muerte. La discreción, o mejor dicho el “recato” en palabras de Carande, se muestra incluso en su relación con el lenguaje del poema. Boso sabe decir, pero sobre todo sabe callar, algo que distingue, creo yo, al verdadero poeta del señorito que escribe versos. Y Boso sabe tanto decir callando como callar diciendo, desdecirse e incluso deshablar. Valgan de ejemplo estos versos: <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Decir todos los días<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">una palabra menos<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">(…)<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">decir solo decir<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">menos decir<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">decir la palabra nada<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">y verla <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">deshablar<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">callar por los codos<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 35.4pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">El desapego hacia su propia obra y el interés por la ajena, rasgo característico de los raristas, <span style=""> </span>le llevó a publicar la revista Akzente allá por los años 70, revista en la que reunió poesía experimental de muchos autores españoles, aquella en la que Pino estaba tan orgulloso de haber aparecido. Otro rasgo de generosidad literaria es la realización de su tarea de traductor al español de los poetas alemanes, con la misma dedicación que cuando escribe la suya propia. Este tipo de traducción creativa es la que realizó Boso con Celan y Rilke, y con los 21 poetas alemanes que dio a conocer en España en edición bilingüe. El don de la amistad y el buen humor eran otras de las características de los raros palentinos. En este sentido, la bondad de Boso, al que yo llamaba bondaboso en mi artículo, es algo proclamado por todos los amigos que le siguen recordando y son sus principales mentores. </span><span style="font-family: Arial;"><o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Se da el caso de que las fechas de nacimiento entre Felipe Boso y el postista palentino Gabino Alejandro Carriedo son muy próximas: Boso nació en 1924 y Carriedo en el 1923. Intenté, por eso, en mi trabajo, encontrar algún otro punto de contacto que me permitiera introducirlos a un mismo tiempo. Y lo hallé en las circunstancias de su muerte: los dos murieron de manera repentina y los dos habían sugerido la muda presencia de la muerte antes de que esta acaeciera, integrándola como imagen dentro de su obra. Los dos hablaban de la proximidad silenciosa de la muerte, que llegaría “quedito, pasito, amor”, sin espantar al ruiseñor, como el amor en los versos de Lope de Vega. Carriedo la identifica con un pájaro insomne, sin canción. Dice: <span style=""> </span><o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Madre<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">si ves ese pájaro, <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">que observa en la rama,<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt;"><span style="font-family: Arial;"><span style="">         </span><span style=""> </span><span style=""> </span>teme, madre, por mí. <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><i style=""><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></em></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;">Y Boso asocia a la muerte con un rayo mudo, sin fulgor: <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Si llega un día<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">será sin zapatos<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">golpeando la puerta <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">como el rayo <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">que no suena ni brilla <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 106.2pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">pero hace daño.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style=""> </span><span style="">            </span>En mi artículo, cité otro que Ricardo Bada publicó tras la muerte de Boso, en el que cuenta su última conversación telefónica con el poeta y amigo. Decía Bada: <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">“El 2 de febrero del 83 le llamé yo, que estaba vertiendo al español un radioteatro de Heinrich Böll en el que aparecían numerosas citas de los Evangelios. Felipe era cristiano –él diría que cristiano viejo- fervoroso y practicante, pero sin beaterías ni hipocresías. Y yo, haragán por naturaleza, en vez de ponerme a buscar en la Biblia en castellano las citas de Böll, una vez más tenía el pretexto <span style=""> </span>nuestro de cada día para telefonear a Felipe. Como de costumbre, nos enzarzamos en una charla de más o menos una hora, y recién al hilo de la despedida advertí que me faltaba la traducción de una cita. Se la leí en alemán, y sin vacilar (yo creo que se sabía de memoria los Evangelios) me dictó la respuesta: “¿Cuándo me darás el pan que da la vida eterna?”. Nos despedimos, colgué, seguí traduciendo. En el diálogo del radioteatro de Böll, a esta pregunta-cita seguía la respuesta: “Mañana”. Sí, mañana. A las ocho de la mañana sonó el teléfono: me llamaba Antje para decirme que Felipe acababa de morir.” <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">En el artículo necrológico de Bada aparecía la alusión al cristianismo de Boso, con esta apostilla: era cristiano, “pero sin beaterías ni hipocresías”. Esto me hace recordar el comentario de Pino: “Boso era católico, igual que yo”. En una conferencia que pronunció Fernando Millán el año pasado en Valladolid sobre Felipe Boso, habló precisamente de este tema, es decir, de su catolicismo, que él interpretaba como una anomalía que había que justificar. No estuve de acuerdo entonces con su interpretación ni lo estoy ahora. No lo digo por reivindicar el catolicismo, sino por hacer referencia a la relación, creo que en absoluto casual, entre la poesía concreta de Boso y el cristianismo:<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">En mis conversaciones con Francisco Pino, me comentó muchas veces cuánta había sido su sorpresa al descubrir los poemas caligramáticos, los “cármina figurata”, de algunos autores de la patrística cristiana, como Optaciano Porfirio y Mauro Rábano. Estos poetas visuales urdían un tapiz de letras que representaban generalmente a Cristo crucificado, y en ese entramado se podían leer frases en latín alusivas a la pasión y otros temas evangélicos. Se me podría contestar que la poesía visual no es invento del cristianismo, que ya aparecía mucho antes, desde el famoso huevo se Simias de Rodas. Esto es verdad, indudablemente. Pero también lo es que en el cristianismo la imagen tiene un valor más que simbólico o iconográfico, y que el deseo de corporeizar la palabra está en el meollo de la interpretación cristiana del mundo: “y el verbo se hizo carne”. Una Iglesia románica es un poema visual en forma de Cruz, en donde los fieles se introducen para escuchar la palabra-espacio, que se toca y se ve. <span style=""> </span>La misma Iglesia se define como “Cuerpo de Cristo”,dando a este término una sensualidad que hace del cristianismo una religión deseable, con un carácter incluso erótico, como podemos observar en los místicos. Que la palabra se puede hacer carne, imagen, volumen, es decir, que lo abstracto se concrete en el dios encarnado, esto es lo que anunciaba el Antiguo Testamento y lo que confirman los Evangelios cuando interpretan el nacimiento de Jesús como la llegada del Mesías. Los sabios cabalistas investigaban y siguen investigando el valor de la letra, considerada individualmente, extrañada de su contexto significativo, igual que hacen los poetas letristas, y no hay metáfora más concreta que la que subyace en el misterio eucarístico, cuando el sacerdote ofrece a los fieles una lámina de pan como el cuerpo de un dios. Un inciso: la lámina tiene forma circular y se introduce en la boca, llenando de “gracia” el cuerpo-alma de quien comulga, ¿tengo que explicar las sugerencias poéticas de tal creencia?. Lo que quiero decir es que no veo la contradicción entre el catolicismo de Boso y de Pino, y su vocación de poetas concretos, y que ambas experiencias, la poética y la religiosa son, en los dos casos, en todo punto coherentes.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span>Esto que acabo de afirmar me parece importante para entender el verdadero sentido que poetas como Boso y Pino daban a la trascendencia de su poesía experimental. Me refiero a que no la consideraban como un mero juego ingenioso, que puede ser utilizado con un valor decorativo o publicitario. Creo que este es el gran peligro de ese tipo de poesía y a ellos no se les escapaba este peligro en absoluto. La profundidad de los poemas de Boso se pone de relieve de manera pristina en sus poemas discursivos, algunos, como el que cita Bada al finalizar la necrológica a la que antes aludía, dignos de estar en la mejor antología de la poesía española del Siglo XX. </span><span style="font-family: Arial;">&#8220;Pounds Equation”</span><span style="font-family: Arial;"> es el poema al que me refiero: <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span><o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span><span style="">            </span>Una jaula es<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span><span style="">            </span>cuando se tiene todo el mundo fuera<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span><span style="">            </span>Una celda es<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span><span style="">            </span>cuando se tiene todo el mundo dentro<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span><span style="">            </span>Mi jaula<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span><span style="">            </span>es una celda<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><span style="">            </span>La gravedad de este poema, su hondura metafísica, obliga al lector a pararse y a internarse en busca de nuevos significados para lo que habitualmente nombra el lenguaje de comunicación. El poeta es esto lo que hace: introduce en su interior el lenguaje heredado, el mundo de fuera, y exterioriza la voz que escucha dentro de sí mismo, el mundo de dentro; así, convierte el silencio en palabra y la palabra en silencio, llena de contenido lo vacío y vacía lo que estaba repleto de convencionalismo. Este diálogo entre intimidad y comunicación lo establece librando a las palabras de la jaula y la celda del lenguaje, aunque permanezca él mismo preso en su urdimbre inevitable. En este sentido, los juegos de la poesía concreta de Boso deben interpretarse como ejercicios arriesgados, nada intrascendentes. Él se juega su vida de poeta en esos trances en los que lucha por poner al descubierto las incoherencias del lenguaje de comunicación. “¿De quién será mi yo?”, acaba preguntándose en lo que parecía un mero acertijo en el poema que se titula “Impropiedades”<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 70.8pt;"><span style="font-family: Arial;">Tu yo</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">es</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">tuyo</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">su yo</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">es</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">suyo</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">mi yo</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">en cambio</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">no</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">es</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">miyo</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">¿de quién</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">será</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">mi yo? <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 70.8pt;"><span style="font-family: Arial;"><span style=""> </span><o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">“Impropiedad” tiene en este poema un carácter polisémico. La conciencia de la im-propiedad del lenguaje es la primera experiencia del poeta: el lenguaje no es enteramente suyo como tampoco lo es su identidad cuando escribe. Y el lenguaje tiene sus propias impropiedades: incoherencias del sistema lingüístico en las que solo al poeta le está permitido ahondar para concretarlo y hacerlo suyo. Al poeta no le basta el lenguaje como método de representación y comunicación, él necesita ir más allá. No solo quiere hablar de las rosas, sino crear las rosas mismas; siguiendo el consejo de Vicente Huidobro, intenta hacerlas florecer en el poema. Igual que en la eucaristía el pan no “representa” sino que “es” el Cuerpo de Cristo, el poeta aspira a que el texto sea la cosa misma que nombra: “Intelijencia, dame, el nombre exacto de las cosas”-pedía Juan Ramón Jiménez con el mismo sentido- y Felipe Boso quiere “llamar a las cosas por su nombre”, es decir, recobrar el nombre y entidad original de las palabras, para que aparezcan ante el mundo con la misma consistencia que el día de la creación, cuando salieron de los labios de Dios por primera vez y aún eran palabras sagradas, con la energía y exactitud suficiente para hacer posible lo nombrado. Los ríos, las montañas, los pájaros y el hombre mismo deben su existencia a que Dios los fue nombrando. El poeta también desea nombrar de esta manera, y para conseguirlo necesita alcanzar la exactitud del lenguaje. Por ejemplo, desea que una casa de campo sea “exactamente” lo que dice ser, una casa de campo:<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 70.8pt;"><span style="font-family: Arial;">Quiero</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">una casa de campo,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">de campo, sólo de campo.</span><span style="font-family: Arial;"></p>
<p> </span><span style="font-family: Arial;">Sin paredes ni tejado,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">de campo,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">sólo de campo.</span><span style="font-family: Arial;"></p>
<p> </span><span style="font-family: Arial;">Sin puertas ni cerraduras,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">de campo,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">sólo de campo.</span><span style="font-family: Arial;"></p>
<p> </span><span style="font-family: Arial;">Sin ventanas ni balcones,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">de campo,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">sólo de campo.</span><span style="font-family: Arial;"></p>
<p> </span><span style="font-family: Arial;">Sin muebles y sin cortinas,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">de campo,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">sólo de campo.</span><span style="font-family: Arial;"></p>
<p> </span><span style="font-family: Arial;">Quiero</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">una casa sin casa,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">de campo,</span><span style="font-family: Arial;"><br />
 </span><span style="font-family: Arial;">sólo de campo.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-left: 70.8pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Pero Boso es un poeta moderno, por lo que su visión del lenguaje poético es irónica, y su poesía fragmentaria, distante del sistema escolástico en el que todo encajaba como en un rompecabezas; por eso tituló al texto que acabo de transcribir “Poema idealista”. En la obra de Boso no aparece el concierto de la patrística, sino el desconcierto del hombre dividido y acosado por la interrogación, por la angustia. En su aparente aserción, subyace una pregunta oculta, que resuelve con la rotundidad del presente de indicativo –quiero-, cuando le correspondería el condicional hipotético –querría-. De esta forma intenta conjurar su fragilidad, su desequilibrio entre deseo y realidad, su íntima certeza de que las cosas no son como el lenguaje las representa y como él desea que sean. El mundo no es auténtico y el poeta intenta desesperadamente devolverlo a su autenticidad. Pero ya no posee una creencia cierta, un camino seguro para conseguirlo, como les ocurría a los autores de la patrística cristiana. Lo suyo no es llegar al final del camino, como aconsejaba Jorge Manrique, sino desandar, desdecir, volver al origen. Lo suyo no es indagar en el haz, sino en el envés de las cosas. Así llegará Boso a ser original también en el sentido etimológico de la palabra, a fuerza de innovar, de adentrarse en lo raro, en el territorio desconocido de la poesía concreta. Esta búsqueda del envés, de la sombra, de la parte impropia e imprevisible del lenguaje, es su juego poético. Y tiene mucho que ver con el hallazgo de “la sombra” que invoca Paul Celam en este poema que a mí me ha llegado en palabras de Boso:<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Habla también tú….<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Habla también tú<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">sé el último en hablar,<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">di tu decir.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Habla-<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">pero no separes el No del Sí<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">y da a tu decir sentido:<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">dale sombra.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Dale sombra bastante,<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">dale tanta<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">cuanta en torno a ti tú sabes extendida entre<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">medianoche y mediodía y medianoche….<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Anular la distancia entre el Sí y el No, es el sino o destino de la palabra poética. Este es también el mensaje del título de la obra completa de Pino: “Sí y no, sino”. El poeta es el que saca a la palabra de la conversación y se aleja con ella a la penumbra, para indagar en el revés, que es donde mejor se observa el diseño de su costura. Al menos el poeta honesto e inteligente en la acepción juanramoniana del término. En palabras de María Zambrano: “la trayectoria de la suprema honestidad pasa por el no-ser y ha de atravesar vacíos, desiertos, mutismos, ha de atravesar lo impenetrable. Y solo lo que de ello queda, ¿queda?, no: solo lo que resucita es cierto”.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">Felipe Boso incluyó el vacío en su poesía discursiva y llegó a enmudecer en su poesía concreta, dejándonos unos poemas tan ciertos como honestos. En ellos resucita cada vez que un lector se acerca, los mira y los lee. Acabo de mostrarle sus poemas a mi hija, también poeta, que los desconocía. Los acogió con cierta indiferencia hasta que terminó de leer el primero. Entonces apareció en sus ojos la alegría ante el hallazgo, como cuando, al escarbar en la arena en busca de un anillo perdido, lo sentimos súbitamente entre los dedos. Y asoma la interrogación en sus labios cuando le muestro un libro suyo: “¿Quién es?”. Felipe Boso. Estos son los encuentros que se producen en la sombra, en el envés, en el territorio de la poesía, territorio que Felipe Boso estudió como topógrafo exacto y aumentó al añadir unas cuantas islas. Esto es lo raro, es decir, lo prodigioso.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style="font-family: Arial;">(Este texto fue leído en las Jornadas de escritores y traductores, celebradas en Castrillo de Polvazares en el verano de 2010 y organizadas por Javier Gómez Montero)<o:p></o:p></span></p>
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		<title>Sobre José María Merino</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Jun 2010 18:19:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[La memoria confusa “Un viajero tuvo un accidente en un país extranjero. Perdió todo su equipaje, con los documentos que podían identificarlo, y olvidó quién era. Vivió allí varios años. Una noche soñó con una ciudad y creyó recordar un número de teléfono. Al despertar, consiguió comunicarse con una mujer que se mostró asombrada, pero [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>   <meta name="Title" content=""> <meta name="Keywords" content=""> <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"> <meta name="ProgId" content="Word.Document"> <meta name="Generator" content="Microsoft Word 2008"> <meta name="Originator" content="Microsoft Word 2008"> <link rel="File-List" href="file://localhost/Users/esperanza/Library/Caches/TemporaryItems/msoclip/0/clip_filelist.xml">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm;"><b style=""><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">La memoria confusa<o:p></o:p></span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm;"><i style=""><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm;"><i style=""><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">“Un viajero tuvo un accidente en un país extranjero. Perdió todo su equipaje, con los documentos que podían identificarlo, y olvidó quién era. Vivió allí varios años. Una noche soñó con una ciudad y creyó recordar un número de teléfono. Al despertar, consiguió comunicarse con una mujer que se mostró asombrada, pero al cabo muy dichosa por recuperarlo. Se marchó a la ciudad y vivió con la mujer, y tuvieron hijos y nietos. Pero esta noche, tras un largo desvelo, ha recordado su verdadera ciudad y su verdadera familia, y permanece inmóvil, escuchando la respiración de la mujer que duerme a su lado”.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm 0.1pt 70.8pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm 0.1pt 70.8pt; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">“La memoria confusa”, en “La glorieta de los fugitivos”. José María Merino<b style=""><span style="color: black; background: none repeat scroll 0% 0% rgb(255, 102, 255);"><o:p></o:p></span></strong></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Lo más atractivo que tiene la labor de la escritura, lo que la redime de la angustia que genera a su autor, es la esperanza de que acuda en su ayuda la mano invisible, esa que le señala la clave para comenzar el texto en cuanto se sitúa delante del papel en blanco. Yo quería elaborar un comentario sobre el tema de la memoria en la obra de José María Merino y contaba para ello con la lectura de muchas de sus novelas, de sus poemas y de sus cuentos, además de “Intramuros”, el libro donde rememora sus años de infancia. Sin embargo, la mano invisible no acababa de llegar. Me sentía al borde de un pozo lleno de agua, pero carecía de un caldero para subir el agua hasta mí. Para entretener la espera, me puse a releer “La glorieta de los fugitivos”, un libro cuya lectura recordaba como especialmente dichosa. Lo abrí por una página cualquiera, que es como yo creo que se leen los poemas y los cuentos, y me encontré con “La memoria confusa”. Enseguida reconocí el regalo de  la mano invisible, aquí estaba el caldero que necesitaba para comenzar a escribir. En “La memoria confusa”<i style=""> </em>aparecen dos motivos fundamentales en la construcción de la memoria de la obra de José Mª Merino: la ciudad y el desvelo. <o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Hablaré primero del desvelo. La ficción se alimenta de sueños, Merino lo ha afirmado en muchas ocasiones.  Sin embargo, es el desvelo el que alimenta la memoria: “esta noche, tras un largo desvelo, ha recordado su verdadera ciudad y su verdadera familia..”  La memoria es la imagen que descubre el insomne, no la que aparece en la vigilia. No adopta la forma de respuesta iluminada, sino de pregunta penumbrosa; la memoria es búsqueda y no hallazgo, pregunta nocturna sobre la identidad auténtica que permanece camuflada tras el rostro que se refleja en el espejo de la realidad diurna. El autor es este hombre que, como el protagonista de “La memoria confusa”, sabe que ha olvidado su ser verdadero y  espera encontrarse con él en el texto. Lo que desea desvelar el escritor cuando rememora es un secreto muy antiguo, algo semejante a la mirada del niño sobre el mundo, la palabra anterior a la sintaxis, cuando todavía las mixtificaciones de la realidad adulta no la han disfrazado por medio del lenguaje y de la historia. Y, paradójicamente, la identidad del escritor, del que la persona “real” no pasa de ser un doble, un sustituto o incluso un impostor, surge de esta indagación en las noches de insomnio. Por medio de la imaginación puede crear la ficción de los sueños, pero es en el desvelo en donde  establece el diálogo entre la voz de lo que es y de lo que parece. “Despertar”, en castellano antiguo, quería decir precisamente “recordar”, así utiliza el término Jorge Manrique en el comienzo de sus “Coplas”:  “Recuerde el alma dormida…” Este significado alude a la interpretación platónica de la existencia, pues, según el filósofo griego, nuestra conciencia dormida olvida al nacer su ser verdadero, y solo cuando despertamos recordamos, por medio de la reflexión, quiénes éramos en el tiempo anterior al mundo de las cosas. El protagonista del cuento de Merino despierta en la noche y recuerda quién era antes del olvido primigenio, con el que ha soñado durante toda su vida: “pero esta noche, tras un largo desvelo, ha recordado su verdadera identidad y su verdadera familia”. Sin embargo, autor y personaje seguirán preguntándose sobre el enigma de la verdad y la mentira, en un juego de espejos atractivo y confuso, en el que llegarán a confundirse memoria y ficción.  Lo importante es la vida que transcurre entre esas preguntas, mientras se va conformando la obra literaria. Una obra que, además del idealismo platónico, incluye, a la manera de los cuentos de Borges, un nuevo ingrediente: la ironía.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">La ciudad es el otro elemento clave para la reconstrucción de la memoria. Me refiero a la ciudad como “polis”, como espacio de relación social heterogénea, una vez que el feto abandona su homogeneidad con el cuerpo materno. <span style=""> </span>En “Intramuros”, la ciudad no es únicamente el escenario en el que transcurren los acontecimientos de la infancia. La visión panteísta del niño hace de ella un cuerpo vivo, entrevisto desde la perspectiva asombrada y confusa de la mirada infantil. Confusa, porque su mirada y la ciudad se confunden cuando el yo todavía no se ha separado del todo del mundo. Cuando el niño ingresa en la vida, abandonando el espacio prenatal, se encuentra en la ciudad, en ella crece y respira, igual que lo hace en el aire una mariposa o una flor en la tierra en donde hunde sus raíces.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">La ciudad es por eso uno de los elementos constructivos del texto autobiográfico. “Intramuros” posee una estructura paralelística, más propia de un poema que de una narración,  y comienza con la frase “Eres esta ciudad”, frase que se repite de manera intermitente, marcando cada una de las etapas de la infancia y primera adolescencia según va avanzando la rememoración. Al principio el niño camina por la ciudad de la mano de su madre, vínculo que, a la manera de cordón umbilical, une el espacio prenatal de indefinición absoluta con el espacio urbano, lugar del orden y los límites, donde cada uno adquiere su identidad propia y actúa con relación a ella. “Eres esta ciudad”<i style=""> </em>se repite a la manera del verso de vuelta de un zéjel. La mudanza está representada por las experiencias que se suceden en cada una de las fases que van convirtiendo al niño en protagonista no tanto de una historia como de un mito, pues hasta el final de la obra continúa el transcurrir de la memoria confusamente, envuelta en una niebla donde el tiempo, y por tanto la historia, es indistinguible.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">El mito es un texto que está a caballo entre el relato y el poema. Poético-simbólica es su visión del mundo y poético es el ámbito y el tiempo indeterminado que enmarca su argumento. Poética y mítica <span style=""> </span>es también la mirada infantil,  previa a la interpretación crono-lógica, es decir, a la visión lógica del tiempo. El niño vive en un tiempo cíclico, en el que los sucesos encajan en la época en que sucedieron de una manera que tiene más que ver más con la correspondencia intuitiva que con el pensamiento racional. En la mente del niño, las legiones romanas conviven con los futbolines y con el colegio en el que la Virgen le sonríe. Poético es también el lenguaje del mito, semejante al que elige Merino en “Intramuros” para expresar la experiencia infantil, un lenguaje poblado de metáforas y de personificaciones. Por medio de ambos recursos se une lo que posee una relación de semejanza, saltando por encima de las relaciones lógicas de causa efecto. Metáfora y personificación son propias de un pensamiento intuitivo y animista, muy cercano al pensamiento poético, muy cercano a la percepción infantil: “de los tiempos en que eres un niño muy pequeño vuelves a ver y a sentir ciertas cosas. (…) Ves la caldera de la calefacción con sus ojos brillantes y su boca de fuego que murmura. Ves los gritos de tu madre cuando nace tu hermano, abriendo dentro de su cabeza grandes costurones blancos”. No solo la metáfora y la personificación se encuentran en la base de este pensamiento, sino también la sinestesia, pues el niño no solo oye, sino que también “ve” el grito, cuando todavía en su cuerpo no percibe la diferencia que separa los cinco sentidos. El niño, igual que Baudelaire, vive en un mundo poético de correspondencias.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">La construcción rítmica de “Intramuros” se corrobora al final del libro, con la inclusión de un poema que, más que epílogo o conclusión del relato, funciona como órbita que envuelve el texto en un nimbo poético. Podría igualmente haberse situado delante o a la mitad del libro:<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm 0.1pt 106.2pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Ocupamos los lugares, pero los lugares<br />
 nos ocupan también<br />
 y por fin los lugares y nosotros<br />
 formamos un aliento simultáneo<br />
 de espacios y de esperas.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm 0.1pt 106.2pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Eres esta ciudad hecho plazuelas<br />
 que abren dentro de ti su indiferencia silenciosa.<br />
 Tu corazón es una de estas piedras,<br />
 y los murmullos callejeros<br />
 el rumor del palpitar que sientes debajo de la piel.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm 0.1pt 106.2pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Eres esta ciudad y mientras vivas,<br />
 ese fantasma tuyo recorrerá sus calles<br />
 y su fantasma<br />
 levantará en tus sueños sus torres y sus casas.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm 0.1pt 106.2pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Es curioso que sea el poema, más que el texto en prosa narrativa de “Intramuros”,  el que tiene un carácter más explicativo. Es sorprendente porque el misterio, incluso el secreto, suele ser un atributo propio de la poesía. A veces pienso, cuando leo la obra poética de José Mª Merino, que si algún reproche puede hacérsele a sus versos profundos, generalmente cargados de hondura metafísica, es que la voz que se escucha en ellos sea la de alguien que sabe demasiado, cuando el poeta suele saber muy poco del propósito con el que escribe y apenas lograría explicar las imágenes que dibujan sus palabras. Esto ocurre en algunos poemas de<i style=""> “</em>Cumpleaños lejos de casa”, que es el título de su obra poética completa. Ocurre fundamentalmente en poemas de carácter autobiográfico, en los que describe personajes y situaciones genéricas, pero cargadas de intimidad y lirismo, como los dedicados a los mendigos, a las madres que se preparan para ir al cine o a las viejas criadas. Algunos personajes aparecen incluso con nombre propio, y en ese caso el texto adquiere un carácter marcadamente narrativo. Lo único que sustrae estos poemas a la narración es la utilización del pretérito imperfecto, y no del pretérito perfecto simple, forma verbal propia del relato. El orden cronológico de “Cumpleaños lejos de casa” subraya su vinculación con la biografía del autor. Y sin embargo, en “Intramuros” Merino ha explicado cómo la memoria no se expresa cronológicamente, ni avanza desde un principio a una meta, ni se puede ordenar sin arrancarla de su ámbito mítico: “el tiempo de la infancia no pasa, está ahí, detenido sobre los campos de la memoria como una enorme nube opalina<i style="">…”<o:p></o:p></em></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Por todo lo dicho, prefiero los poemas que se salen de ese marco histórico demasiado definido y que, paradójicamente, muestran una cercanía al punto neurálgico de la personalidad poética del autor. En ellos la experiencia sigue viva, como una mariposa que no se dejara atrapar nunca para ser traspasada por el alfiler del tiempo narrativo. Me refiero a poemas como “Mi prehistoria es Mambrú volviendo a casa”. En él, el poeta se interna por el espacio oscuro de la verdadera poesía. Es el mismo espacio prehistórico de la infancia, en donde el niño, en su confusión, percibe lo que los adultos ignoran: que la ciudad ha desaparecido, que la verdadera  existencia reside en otra dimensión ajena al mundo racional de los adultos, la dimensión en la que viven los que no han renunciado al mito, los que no  admiten la domesticidad del lenguaje, los que quieren que Mambrú no regrese nunca y que su canción se siga escuchando en una ciudad viva, poética y presente.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Quizá precisamente por el carácter poético del sentido y la construcción de “Intramuros”, esta obra puede decepcionar a los lectores que esperan que sea un relato de costumbres, una reconstrucción narrativa sociológica, centrada en los personajes y el ambiente. Por la misma razón, “Intramuros” entusiasma a los amantes de la poesía. Decía Mandelstam que la sucesión del tiempo, por lo que tiene de conmensurable, es un término ajeno a la poesía. La narración, en cambio, es el género en el que el tiempo es un elemento central. También para Juan Ramón Jiménez la poesía es estación total, tiempo detenido que confunde el transcurso cronológico en una única experiencia cíclica. Por algo el libro en el que Juan Ramón Jiménez expresa con más intensidad el entusiasmo poético se titula “Espacio”, porque la poesía resuelve pasado y futuro en espacio infinito, en eternidad. Esa ausencia de tiempo es propia de la poesía y también de la memoria no manipulada por la conciencia, como el propio Merino señala en este fragmento de “Intramuros”: “Los recuerdos son simultáneos, brotan todos de un mismo espacio, se ofrecen a la vez como las hojas de un árbol, como los pájaros de una bandada, como las nubes del cielo, y unos tapan a los otros o los cubren sin dejar ver claramente la forma de cada uno”<i style="">.</em> Quizá a ello se debe también que la forma verbal predominante en “Intramuros”<i style=""> </em>sea el presente actual, forma propia de la poesía por su carácter más presentativo que representativo. En absoluto este presente sustituye al pasado, no es un presente histórico, no sirve para acercar lo remoto a la actualidad, porque es el autor el que desea retrotraerse al momento mismo en que se producen las percepciones por primera vez, a la manera proustiana. Y lo consigue. Si releemos el texto fijándonos en ese aspecto, enseguida comprobamos que el paso del tiempo en “Intramuros” aparece como el recorrido del niño por una ciudad que retorna sobre sí misma eternamente. Leemos, por ejemplo: “recuerdas los territorios de tu reino, y sobre todo el mes de <span style="color: black;">María</span>, y el tiempo del verano, como un espacio cuajado de días luminosos, donde también las noches estaban cuajadas de resplandor. Ese tiempo gira incólume sobre los campos de la memoria”.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">La transformación del tiempo en espacio hace de la muerte un hecho incomprensible y, por tanto, inaceptable para el pensamiento infantil: “Y nadie ha muerto”, esta frase la escuchamos repetidamente a lo largo del libro. Y, sin embargo, a medida que el autor avanza por la ciudad confusa de la memoria, sobre todo cuando ya se ha soltado de la mano de su madre, mientras va ingresando en el mundo de las cosas, la muerte va encontrando un lugar donde situarse. Y leemos: “pero al final, como una meta, se encuentra el gran espacio abuhardillado, donde los murciélagos pueden desplegar su inesperada acometida…”  Ese lugar es el ámbito del sobresalto, del temor escondido e inconfesable, del topo que cada uno lleva dentro desde que se convierte en adulto y tiene idea de la muerte.  El niño no lo reconoce todavía, como tampoco sabe que ha habido una guerra civil antes de su nacimiento. Porque es niño nadie se lo explica, aunque la guerra exista en el no saber de su conciencia, como amenaza confusa. (Un inciso: ¿a qué viene la ilustración de unos zapatos viejos y vacíos al final de cada capítulo?, ¿no son esos zapatos imagen de la muerte que, sin muertos, espera?)<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">La muerte aparece asociada al tiempo como conclusión final, y esta es su interpretación más común. Pero, si lo pensamos bien, es en el momento de la muerte cuando todos los recuerdos se hacen simultáneos, cuando la vida, transformada en espacio,  aparece en la mente del agonizante a la manera de un tapiz en donde los acontecimientos más importantes de la vida estuvieran representados. Eso dicen los que regresan después de haber estado al borde del abismo de la muerte: que han visto su vida entera de manera simultánea. El Nacimiento al que muchas veces se refiere Merino, tanto en “Intramuros” como en sus poemas, es también un espacio que recoge simultáneamente acontecimientos sucesivos: el portal con el niño recién nacido, los Reyes Magos, el castillo de Herodes, la adoración de los pastores…  Así dicen que veremos nuestra vida en el segundo de la muerte, convertida en espacio, como se diseminan las figurillas de un Belén. ¿Será acaso que los que van a morir regresan en ese último momento a la percepción confusa primigenia, al recinto poético donde se escucha todavía la canción de Mambrú?<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">Hay otro detalle que asocia la elaboración de “Intramuros” con la poesía: la voz de “Intramuros” pertenece a un sujeto que, como sucede en la poesía, no se identifica exactamente con el autor ni con el narrador. Esa extrañeza entre sujeto y texto se expresa con la segunda persona. La segunda persona produce una sensación de perplejidad, propio del que se ha introducido en un territorio en donde los límites del que habla no se distinguen claramente. El sujeto se asoma entre la niebla de un magma confuso que el niño describe con visión panteísta: “Es el verano y tú eres un cangrejo, pero antes, donde las aguas fluyen en una corriente clara que apenas se remansa, has sido una trucha, como has sido una golondrina, posada en el hilo de la luz, un saltamontes en la hierba de la orilla, una brizna de esa misma hierba”. Y esto es precisamente lo que pretende el poeta, no hablar del cangrejo, de la trucha, del saltamontes o de la brizna de hierba, sino hacer que el poema sea el agua donde nadan las truchas y en cuya orilla se escucha mecerse a la hierba. Es decir, no representar el mundo, sino ser el mundo. Porque el poeta es el que atiende a la voz de lo que no tiene labios, de lo que habla sin lenguaje, como la hierba o el saltamontes. Esa es la voz que se escucha en el lugar que Heidegger denominaba La casa del Ser.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;"><o:p> </o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.1pt 0cm; text-indent: 35.4pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Times;">En nuestro recorrido por la ciudad de “Intramuros” hemos llegado a la Casa del Ser. Y aquí nos quedamos. Mientras José María Merino sigue ahondando en las imágenes de sus sueños y construyendo, en consecuencia, su rico edificio de ficción narrativa. Pero deseamos que en sus noches de desvelo recuerde esa ciudad que le espera, la poética ciudad de su memoria, no completamente explorada en su obra. Porque puede ocurrir que su verdadera identidad como escritor esté por descubrir o quién sabe… puede que José Mª Merino haya soñado que era un poeta y al despertar no haya sabido si era un novelista que había soñado con un poeta o un poeta que soñaba con ser un novelista.<o:p></o:p></span></p>
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		<title>Sobre Miguel Delibes</title>
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		<pubDate>Thu, 06 May 2010 20:34:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Textos críticos]]></category>

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		<description><![CDATA[UNA MILANA MÁS O MENOS Se titulaba “Los santos inocentes” y era el primer artículo que publiqué en un periódico. Para mí fue emocionante verlo al frente de la página nueve de El Norte de Castilla. Esta novela de Delibes me había impresionado como pocas habían logrado hacerlo en mi vida. Yo no soy buena [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>   <meta name="Title" content=""> <meta name="Keywords" content=""> <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"> <meta name="ProgId" content="Word.Document"> <meta name="Generator" content="Microsoft Word 2008"> <meta name="Originator" content="Microsoft Word 2008"> <link rel="File-List" href="file://localhost/Users/esperanzaortega/Library/Caches/TemporaryItems/msoclip/0clip_filelist.xml">
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;">UNA MILANA MÁS O MENOS</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style=""></span><span style=""></span><span style=""></span><span style=""></span><span style=""></span><span style=""></span>Se titulaba “Los santos inocentes” y era el primer artículo que publiqué en un periódico.<span style="">  </span>Para mí fue emocionante verlo al frente de la página nueve de El Norte de Castilla. Esta novela de Delibes me había impresionado como pocas habían logrado hacerlo en mi vida. Yo no soy buena lectora de novelas. Debo de ser malísima lectora de novelas porque he dejado muchas sin terminar, y en algunas ocasiones me doy cuenta, mientras leo una novela, de que, dejándome llevar por la sugerencia de una frase, una imagen o una palabra, me he olvidado del argumento y no me estoy enterando de lo que sucede. Por eso digo que no me gustan los novelistas, que únicamente me gustan los poetas que escriben novelas. Me refiero a poetas como Cervantes, Proust o Kafka, por citar tres nombres conocidos. </p>
<p class="MsoNormal"><o:p> </o:p></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;">Cuento todo esto porque creo que muchas de las páginas de “Los santos inocentes” están escritas por el poeta Miguel Delibes. Me refiero a aquellas que yo hubiera leído con el mismo entusiasmo aunque sufriera de amnesia y se me hubiera olvidado repentinamente el argumento; páginas que se sostienen por sí mismas y que desearía leer en alto, como se leen los poemas. Ya sé que es un lugar común, pero me refiero, por ejemplo, a aquellas páginas en las que Azarías repite con tono de oración, de susurro erótico o de estertor final: “milana bonita, milana bonita”. Tengo mala memoria para las novelas, ya lo he dicho, pero nunca olvidaré la voz de aquel hombre que imaginaba grandullón, sucio y delicado, el mismo que todos los lectores reconocimos nada más verlo aparecer en la película de Mario Camus.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><o:p> </o:p></p>
<p class="MsoNormal"><span style="">            </span>En Grecia destinaban para el oficio de aedo a los jóvenes inútiles para la guerra, deformes, tullidos, ciegos incluso, como el mismo Homero. Como no podían “hacer”, les dedicaban a narrar las “hazañas” ajenas. Pero ningún aedo era sordo, porque el oído es fundamental para un escritor. El escritor es antes que nada un escuchador, atento siempre a las voces tanto interiores como exteriores. El escritor aprende pronto a reproducir esas voces, incluso a crear voces nuevas, fundiéndolas como mezcla el pintor sus colores, hasta que un día descubre su propia voz entre ellas. Yo estoy segura de que cuando Delibes oyó la voz de Azarías se dio cuenta de que había una novela en aquella historia que estaba escribiendo, lo que no sé es si se dio cuenta de que tenía entre las manos una de esas novelas que solo escriben los poetas, una<span style="">  </span>novela en la que se podría prescindir de los sucesos y del tiempo, ingredientes fundamentales en toda narración. Mandelstam afirmaba que allí donde existe el tiempo de la narración las sábanas no han sido usadas, es decir, que la poesía no ha pasado la noche. Es una afirmación un poco exagerada y algo grosera, pero contiene una gran verdad. La poesía sitúa a las palabras en un vacío temporal para que<span style="">  </span>puedan desenvolverse con libertad, ajenas a las ataduras y responsabilidades del contexto.<span style="">  </span>Y esa voz que se sostiene sin tiempo, que perdura cuando la historia ha sido olvidada, es la voz de Azarías. ¿Muere o no muere Azarías en la novela? No me acuerdo. Y sin embargo, siento aún su dolor<span style="">  </span>al ver caer a la milana, siento que desde entonces el cielo será una tumba para él. Ya no levantará nunca los ojos del suelo.<span style="">  </span></p>
<p class="MsoNormal"><o:p> </o:p></p>
<p class="MsoNormal"><span style="">            </span>Cuando hablo de los poetas que escriben novelas no me refiero a los que escriben eso que algunos han llamado “prosa rítmica”. No, a eso no en absoluto. Hay gente que piensa que lo que distingue a la poesía es que suena bien y, en consecuencia, todo aquel que no desafina en su prosa es un poeta. Sé<span style="">  </span>incluso de alguien que ha escrito que “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, es un gran poema porque su prosa tiene un carácter rítmico. Lo más gracioso es que el autor de este ensayo llega a poner en verso pasajes enteros de “Pedro Páramo”<span style="">  </span>para demostrarlo. Y es verdad que Juan Rulfo tenía buen oído y que quizás de “Pedro Páramo” pudiera hacerse una ópera. Lo que pasa es que eso nada tiene que ver con la poesía, aunque sí tenga que ver con la música.</p>
<p class="MsoNormal"><o:p> </o:p></p>
<p class="MsoNormal"><span style="">            </span>Con lo que tiene que ver la poesía de “Los santos inocentes” es con la llamada que hace regresar a la milana hasta el hombro de Azarías, y con las palabras que expresan el deseo de que regrese: “milana bonita”. Las palabras son el poso que queda en el crisol cuando el tiempo ha arrastrado las anécdotas. “Milana bonita” es una frase tan hermosa y tan triste que parece que nos va a hacer llorar, y a la vez nos llena de satisfacción escucharla. El candor, el dolor, la esperanza… Todo está condensado en esas dos palabras. </p>
<p class="MsoNormal"><span style=""> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="">            </span>El mejor poema de Juan Ramón Jiménez no está escrito en verso. Se titula “La negra y la rosa”: una mujer negra sostiene una rosa en el metro de Nueva York. Sostiene la rosa mientras dormita inconsciente. Ese cuidado con el que sostiene su rosa la salva a ella y salva a todos los que la contemplan. Salva a la mujer negra de la vulgaridad y tristeza que la rodea, de la oscuridad del túnel por el que se desplaza. Porque ella cuida la rosa blanca de la poesía, como Azarías cuida a su milana. Azarías también nos salvaba a todos sus pobres lectores de la miseria, por eso nos dio tanta rabia que el señorito impertinente acabara con su milana, con nuestra milana. Todos somos Azarías cuando oímos el ruido del peso de la milana al chocar con la tierra; justo en ese momento levantamos los ojos del libro y el vacío del cielo nos acierta en el pecho.<span style="">  </span></p>
<p class="MsoNormal"><span style=""> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="">            </span>Hay muchos otros textos de Delibes en los que palpita una emoción poética semejante. Nunca olvidaré las cartas de la DESI en “La hoja roja” o algunos de los diálogos del “Diario de un emigrante”<i style="">. </em>Pero ahora voy a referirme solamente al cuento titulado “Los nogales”<i style="">, </em>que, por varias razones, me parece su obra mejor. Solo dos personajes, Nilo el viejo y Nilo el joven, padre e hijo enfrentados a la supervivencia. El padre trabajador y el hijo inútil. El padre desesperado ante la miseria que les espera y el hijo confiado, contemplando las nueces que penden de los nogales, sin esforzarse en golpearlos para recogerlas. Nilo el viejo y Nilo el joven encarnan el deseo y la fascinación en el sentido en el que los entiende Pascal Qignard. Quignard afirma en “Vida secreta” que el deseo implica el vacío, la ansiedad y la esperanza, y puede acarrear la decepción, mientras que la fascinación nos sitúa en la plenitud, donde no se carece de nada porque nada se imagina más hermoso que lo ya existente. Cernuda decía que el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe, pero los santos inocentes, Azarías y Nilo el joven, nada se preguntan porque viven en un estado de fascinación permanente. El mundo les habla sin que ellos le hayan preguntado. Embelesados ante la maravilla de la creación contestarían, como Jorge Guillén, que el mundo está bien hecho. Eso es precisamente lo que le responde Nilo el joven a su padre cuando se impacienta: “el maeztro dice que laz cozaz de Dioz eztán bien hechaz”. Así justifica la existencia de un ser inútil y deforme como él mismo. Nilo el joven está bien hecho porque ha sido creado, porque, igual que los nogales y las milanas, es un ser vivo, una criatura de Dios. </p>
<p class="MsoNormal"><o:p> </o:p></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><span style=""> </span>Ni Azarías ni el hijo de Nilo el viejo pertenecen a este mundo, sino al mundo de la realidad invisible que Juan Ramón Jiménez identificaba con la poesía. Están fuera de una historia que no<span style="">  </span>entienden y podrían pertenecer a cualquier época porque a ellos el tiempo no les transforma: no aprenden, siguen en el rincón de la inocencia, viven en el presente como lo hacen los animales y los niños, fascinados por un sonido, por un olor, por las alas de una pájaro. Cuando termina el relato, se quedan suspendidos, sin bajar a la tierra, y persisten allí, en el aire. Por eso sus historias no tienen desenlace posible, como tampoco lo tiene un poema.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;"><o:p> </o:p></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt;">En el tiempo en que yo publicaba mi primer artículo en el Norte de Castilla, leía con mucha atención a Carlos Marx. Ahora recuerdo, como si estuviera otra vez ante<span style="">  </span>sus páginas, nada más abrir el primer tomo de “El Capital”, la diferencia que Marx establecía entre valor de uso y valor de cambio. Me doy cuenta de que el poeta es el que<span style="">  </span>nos descubre el valor de uso de las palabras, palabras sustraídas al valor de cambio del lenguaje. ¿Qué vale “milana bonita”? Nada vale una milana más o menos- eso es lo que diría el señorito con la escopeta en la mano. Pero<span style="">  </span>Delibes, como Azarías, sigue esperando a su<span style="">  </span>milana. La llama, la escucha volar, la aguarda en el aire y ella viene hasta él. Es la milana de la poesía. Entonces la sostiene sobre su hombro con el mismo cuidado con el que la mujer negra sostenía su rosa blanca. Allí, en la atmósfera inocente de su propia escritura, encuentra Miguel Delibes su valor. Allí la deja volar y allí espera el regreso. Sabe que el valor de su obra depende de una milana más o menos.<span style="">  </span></p>
<p class="MsoNormal"><o:p> </o:p></p>
<p class="MsoNormal">(Este texto apareció en un libro-homenaje dedicado a Miguel Delibes, coordinado por Pilar Celama y publicado por la Universidad de Valladolid)</p>
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