{"id":288,"date":"2014-02-11T23:16:01","date_gmt":"2014-02-11T22:16:01","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/cosas-como-son\/?p=288"},"modified":"2014-02-11T23:16:01","modified_gmt":"2014-02-11T22:16:01","slug":"la-infanta-los-cupcapes-y-el-fin-del-mundo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/cosas-como-son\/2014\/02\/11\/la-infanta-los-cupcapes-y-el-fin-del-mundo\/","title":{"rendered":"La infanta, los cupcapes y el fin del mundo."},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;<\/p>\n<p class=\"MsoNormalCxSpFirst\" style=\"text-align: justify; text-justify: inter-ideograph; line-height: 150%;\"><span style=\"font-family: 'American Typewriter';\">Iba en el tren leyendo la prensa, cuando el peri\u00f3dico se me cay\u00f3 de las manos, invadida por una s\u00fabita somnolencia. Mi compa\u00f1ero de asiento, un hombre con bigote, raya al medio y pajarita, que nada m\u00e1s verle me hab\u00eda recordado a Proust, coment\u00f3 en voz alta al ver la fotograf\u00eda de la princesa entrando en los juzgados: \u00a1El fin del mundo! Y como yo le devolviera la mirada con gesto de estupor, sigui\u00f3 con su delirio: \u00bfNo ve que es el fin del mundo? No s\u00e9 -le contest\u00e9-, y cerr\u00e9 los ojos. Quiz\u00e1 fue su aspecto, unido al comentario sobre la noticia, el que relacion\u00f3 en mi subconsciente la magdalena de Proust con la infanta desmemoriada. El aroma de las magdalenas que de ni\u00f1o le daba<span style=\"mso-spacerun: yes;\">\u00a0 <\/span>su t\u00eda propici\u00f3 que Proust reconstruyera su tiempo perdido. As\u00ed lo cuenta al principio de la obra: \u201cMe llev\u00e9 a los labios una cucharada de t\u00e9 en el que hab\u00eda echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, toc\u00f3 mi paladar, me estremec\u00ed, fija mi atenci\u00f3n en algo extraordinario que ocurr\u00eda en mi interior (\u2026) En cuanto reconoc\u00ed el sabor del pedazo de magdalena<span style=\"mso-spacerun: yes;\">\u00a0 <\/span>vino<span style=\"mso-spacerun: yes;\">\u00a0 <\/span>la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto,<span style=\"mso-spacerun: yes;\">\u00a0 <\/span>y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina en todo su tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que segu\u00edamos cuando hac\u00eda buen tiempo\u2026.\u201d En mi sue\u00f1o aparec\u00eda la infanta caminando hacia los juzgados con una bandeja de cupcapes, esas magdalenas que no huelen a nada y tienen un sabor empalagoso a colorante artificial y sacarina, muy acorde con las fundas de lunares en las que se ofrecen y con su decoraci\u00f3n mojigata, propia de un monumento a la cursiler\u00eda. La bandeja de la infanta era dorada, pero estaba cubierta con una servilleta de cuadros, como la de los manteles de diario de la infancia de cualquiera . Lo curioso es que la infanta del sue\u00f1o no acababa nunca de llegar a la puerta del juzgado. Estas cosas ocurren en los sue\u00f1os, cuando tiempo y espacio se confunden. Al despertar, volv\u00ed a leer el resumen del interrogatorio con la respuesta reiterada: \u201cNo lo s\u00e9, no recuerdo\u201d. Sin duda hab\u00eda tenido una revelaci\u00f3n, as\u00ed que me decid\u00ed a interpretarla con el m\u00e9todo del b\u00edblico Jos\u00e9: el juez deber\u00eda haberle ofrecido a la infanta no una magdalena, sino una bandeja de cupcapes para ayudarle a recordar. Los cupcapes hubieran hecho aparecer en su mente las reuniones de Noos, el momento en que falsificaba los documentos de <\/span><span style=\"font-family: 'American Typewriter'; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman';\">compraventas ficticias, las<\/span><span style=\"font-family: 'American Typewriter';\"> conversaciones con su marido sobre el la manera de hacer frente a los gastos del palacete, las consultas a su viejo profesor sobre c\u00f3mo eludir los pagos a Hacienda\u2026 Y la bandeja pertenec\u00eda a una de las vajillas que compr\u00f3 con la tarjeta que pagamos todos menos ella. \u00bfPero la servilleta?, \u00bfQu\u00e9 pintaba all\u00ed aquella servilleta ordinaria? Era la servilleta que cubr\u00eda la bandeja vac\u00eda el d\u00eda en que yo misma me devor\u00e9 la fuente de magdalenas en una travesura infantil, sin tener en cuenta que hab\u00eda dejado en ayunas al resto de la familia. Mi madre la agitaba mientras afeaba mi comportamiento. Yo reconoc\u00ed mi culpa, no dije \u201cno lo s\u00e9, no recuerdo\u201d, porque en ese tiempo tal respuesta no se hubiera considerado ni medio aceptable. Ten\u00eda raz\u00f3n el doble de Proust, est\u00e1bamos en el fin de un mundo que no volver\u00e1, el mundo de la verdad y la responsabilidad, que nada tiene que ver con los cupcapes ni con las novelas er\u00f3tico-rosadas en las que suelen paladearlos sus protagonistas. Un mundo que permanecer\u00e1 siempre en mi memoria asociado a la buena literatura y al olor inolvidable de aquellas maravillosas magdalenas. <span style=\"mso-spacerun: yes;\">\u00a0<\/span><\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Iba en el tren leyendo la prensa, cuando el peri\u00f3dico se me cay\u00f3 de las manos, invadida por una s\u00fabita somnolencia. 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