{"id":648,"date":"2018-05-07T23:19:45","date_gmt":"2018-05-07T22:19:45","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/cosas-como-son\/?p=648"},"modified":"2018-05-07T23:19:45","modified_gmt":"2018-05-07T22:19:45","slug":"la-primera-mirada","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/cosas-como-son\/2018\/05\/07\/la-primera-mirada\/","title":{"rendered":"La primera mirada"},"content":{"rendered":"<p>Hace a\u00f1os le\u00ed un texto de <strong>Le\u00f3n Tolstoi<\/strong> titulado \u201cLa mu\u00f1eca de porcelana\u201d. Parec\u00eda la descripci\u00f3n de un sue\u00f1o er\u00f3tico: el protagonista acariciaba a una mujer mientras ella iba desapareciendo entre sus manos, hasta reencontrarla en medio de la almohada, convertida en una figura min\u00fascula, del tama\u00f1o de una de esas v\u00edrgenes de marfil fosforescente de nuestra infancia, que luc\u00edan en la oscuridad.\u00a0 Cu\u00e1l no ser\u00eda mi sorpresa cuando hace muy poco, leyendo las memorias de Tolstoi, me encuentro con un recuerdo que tiene con aquel relato una gran similitud.\u00a0 Cuenta el autor de Ana Karenina c\u00f3mo ve\u00eda a su madre mientras de ni\u00f1o conversaba con ella en la cama antes de dormirse:<\/p>\n<p><em>Cuando tras haber acabado mi taza de leche bien azucarada se me cerraban los ojos llenos de sue\u00f1o, permanec\u00eda quieto y me quedaba escuchando a mam\u00e1 (\u2026) La miraba fijamente con los ojos ofuscados por el sue\u00f1o y en mis pupilas se hac\u00eda peque\u00f1a, peque\u00f1a; su rostro no era mayor que uno de los botones de mi chaqueta, pero lo distingo claramente y veo que me mira y me sonr\u00ede \u00a1Qu\u00e9 bueno es tener una mam\u00e1 tan peque\u00f1ita! Cierro a\u00fan m\u00e1s los p\u00e1rpados\u00a0 y va disminuyendo, disminuyendo; ya no es m\u00e1s grande que la imagen de un ni\u00f1o en el fondo de una pupila<\/em>.<\/p>\n<p>He tra\u00eddo a colaci\u00f3n este texto porque es un recuerdo de la madre particularmente original. La madre, que sin duda ocupa el lugar central entre las figuras infantiles, sin embargo, en los libros de las memorias suele ser evocada por medio de lugares demasiado comunes. Normalmente todos coinciden en atribuirle una belleza y una dulzura excepcionales, por lo que los relatos de los escritores m\u00e1s diversos pueden resultar intercambiables. Las escritoras, al contrario, revelan en sus autobiograf\u00edas relaciones dif\u00edciles con sus madres, ante las que manifiestan incluso una suerte de rivalidad. Los a\u00f1os pasados no borran de la memoria de <strong>Rosa Chacel<\/strong>, por ejemplo, la virulencia de las ri\u00f1as con su madre, cuando \u00e9sta ejerc\u00eda con ella la doble tarea de madre y maestra:<\/p>\n<p><em>Se levantaba de la mesa, me reconven\u00eda o me insultaba, pero el furor le cortaba la palabra y se echaba a llorar. Andaba de un lado para otro de la habitaci\u00f3n sollozando, y cuando ya no pod\u00eda contenerse daba con la cabeza en la pared como si fuese una cabeza ajena (\u2026) Yo en estos casos no dec\u00eda nada: lloraba desesperadamente y todo terminaba as\u00ed, las dos llor\u00e1bamos mucho rato y luego dej\u00e1bamos de llorar.<\/em><\/p>\n<p>Sin duda, lo que enfrentaba a Rosa Chacel con su madre era la conciencia de ser menos inteligente de los que ella hubiera deseado que fuera su hija, en la que proyectaba sus propias frustraciones. Muy semejante es el reproche que Esther Tusquets hace a su madre cuando recuerda su relaci\u00f3n infantil con ella:<\/p>\n<p><em>Pero si nuestra relaci\u00f3n se quebr\u00f3, si en alg\u00fan momento de la adolescencia me enfrent\u00e9 a ti y no baj\u00e9 durante tantos a\u00f1os la guardia, no fue por nada que me dijeras, me hicieras, me dejaras de hacer, por nada que dijeras, o hicieras o dejaras de hacer a otros. Fue porque comprend\u00ed \u2013 en una s\u00fabita revelaci\u00f3n que deb\u00eda de haber madurado largo tiempo en secreto en mi interior- que nunca (y, en cuanto se relaciona contigo \u201cnunca\u201d es un nunca sin paliativos ni esperanza), por mucho que me aplicara, lograr\u00eda tu aprobaci\u00f3n. (\u2026) y por consiguiente el \u00fanico modo de afirmarme y de no sucumbir era enfrentarme a ti. Pero descubr\u00ed algo todav\u00eda m\u00e1s grave y por igual irreversible, y era que tampoco nunca, por mucho que nos esforz\u00e1ramos, ibas a permitir que te hici\u00e9ramos feliz. <\/em><\/p>\n<p>Al contrario que Esther Tusquets, las escritoras que rememoran una relaci\u00f3n apacible con la madre son las que encontraron en la figura materna una complicidad a la hora de realizar su vocaci\u00f3n art\u00edstica. As\u00ed recuerda <strong>Carmen Mart\u00edn Gaite<\/strong> a su madre, como una aliada, al menos en el deseo de escapar de la realidad cotidiana por medio de la imaginaci\u00f3n:<\/p>\n<p><em>Mi madre siempre tuvo la costumbre de acercar a la ventana la camilla donde le\u00eda o cos\u00eda, y aquel punto del cuarto de estar era el ancla, era el centro de la casa. Yo me ven\u00eda all\u00ed con mis cuadernos para hacer los deberes, y desde ni\u00f1a supe que cuando abandonaba sobre el regazo la labor o el libro y empezaba a mirar por la ventana, era cuando se iba de viaje. \u201cNo encend\u00e1is todav\u00eda la luz \u2013dec\u00eda-, que quiero ver atardecer\u201d. Yo no me iba, pero casi nunca hablaba porque sab\u00eda que era interrumpirla. Y en aquel silencio que ca\u00eda con la tarde sobre su labor y mis cuadernos, de tanto envidiarla y de tanto mirarla, aprend\u00ed no s\u00e9 c\u00f3mo a fugarme yo tambi\u00e9n.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a0<\/em>Y la madre pobre, la madre inculta, la madre zafia y fea \u2013habremos de convenir que tambi\u00e9n existir\u00eda-, \u00bfc\u00f3mo es recordada? La miseria en nada contribuye a la expresi\u00f3n de los afectos, es verdad, sin embargo las escritoras poseen una sensibilidad especial para distinguir los gestos con los que sus madres pobres manifestaban un amor nunca expresado con palabras. <strong>Herta M\u00fcller<\/strong>, en el discurso de recepci\u00f3n del Premio Nobel, nos ofrece un relato insuperable del hilo secreto que le un\u00eda a su madre, recordando la pregunta que ella le hac\u00eda cada vez que sal\u00eda de casa para ir al trabajo:<\/p>\n<p><em>\u00bfTienes un pa\u00f1uelo? me preguntaba mi madre cada ma\u00f1ana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no ten\u00eda el pa\u00f1uelo, y como no lo ten\u00eda, regresaba a la habitaci\u00f3n y sacaba un pa\u00f1uelo. No ten\u00eda el pa\u00f1uelo cada ma\u00f1ana, porque cada ma\u00f1ana aguardaba la pregunta. El pa\u00f1uelo era la prueba de que mi madre me proteg\u00eda por la ma\u00f1ana. A otras horas del d\u00eda, m\u00e1s tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de m\u00ed misma. La pregunta \u00bfTienes un pa\u00f1uelo? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no exist\u00eda entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. S\u00f3lo as\u00ed pod\u00eda decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera \u00e1spera realzaba incluso la ternura. Cada ma\u00f1ana estaba yo una vez sin pa\u00f1uelo en la puerta, y una segunda vez con pa\u00f1uelo. S\u00f3lo despu\u00e9s sal\u00eda a la calle, como si con el pa\u00f1uelo tambi\u00e9n estuviera mi madre.<\/em><\/p>\n<p>Todas las madres citadas aparecen como madres reales, que vivieron al lado de sus hijos. Y sin embargo es la madre de la que el ni\u00f1o recuerda apenas el grito que dio al morir la protagonista del relato a mi entender m\u00e1s revelador de la relaci\u00f3n intima entre madre e hijo. Me refiero a la madre enso\u00f1ada de <strong>Aharon Appelfeld<\/strong>, que se muestra en su imaginaci\u00f3n con un realismo inalterable despu\u00e9s de muerta. Appelfeld huy\u00f3 de un campo de concentraci\u00f3n nazi a los 8 a\u00f1os, y estuvo vagando por los campos a punto de morir de sed. Habiendo hallado un arroyo providencial, dio el primer sorbo de agua, y fue entonces cuando se le apareci\u00f3 su madre, tal como \u00e9l la recordaba, antes de que fuera asesinada por los nazis:<\/p>\n<p><em>Me arrodill\u00e9 y beb\u00ed. El agua me abri\u00f3 los ojos y vi a mi madre, que hac\u00eda d\u00edas que hab\u00eda desaparecido de mi mente. Al principio la vi junto a la ventana, de pie, observando, como ten\u00eda por costumbre hacer, pero de pronto volvi\u00f3 su cara hacia m\u00ed. Se asombr\u00f3 de que estuviera solo en el bosque. Fui a su encuentro, aunque enseguida comprend\u00ed que si me alejaba no volver\u00eda a encontrar el arroyo, y me qued\u00e9 de pie. Volv\u00ed para mirar el c\u00edrculo peque\u00f1o por el que mi madre se me hab\u00eda aparecido y el c\u00edrculo se cerr\u00f3.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a0<\/em>Es curioso que escritores con infancias tan opuestas como Le\u00f3n Tolstoi y Aharon Appelfeld coincidan en hacer disminuir la figura de la madre hasta que desaparece en su memoria. Sin embargo, el sentimiento de su proximidad invisible sigue siendo, en los dos casos, igual de consolador. Pienso ahora, comparando ambos textos, que quiz\u00e1 el agujero por el que desaparece y vuelve a asomarse la madre en los momentos decisivos puede ser la pupila del ni\u00f1o que conserva su imagen peque\u00f1a mientras, ya grande, observa las presencias del mundo. S\u00ed, quiz\u00e1 por debajo de todas esas presencias, asoma el rostro en cuyos ojos nos vimos por vez primera como en un espejo min\u00fasculo. Y quiz\u00e1, para todos, la madre sea eso exactamente: la primera mirada.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hace a\u00f1os le\u00ed un texto de Le\u00f3n Tolstoi titulado \u201cLa mu\u00f1eca de porcelana\u201d. 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