{"id":781,"date":"2020-02-14T23:45:32","date_gmt":"2020-02-14T22:45:32","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/cosas-como-son\/?p=781"},"modified":"2020-02-14T23:45:32","modified_gmt":"2020-02-14T22:45:32","slug":"la-primera-casa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/cosas-como-son\/2020\/02\/14\/la-primera-casa\/","title":{"rendered":"La primera casa"},"content":{"rendered":"<p>Grande o peque\u00f1a, rica o pobre, la casa de la infancia posee un magnetismo especial. El ni\u00f1o la siente como prolongaci\u00f3n del ed\u00e9n primordial del que ha sido arrancado al nacer y como sede del primer recuerdo constatable.\u00a0 Janet Frame comienza as\u00ed sus memorias: \u201cSalida del primer lugar de l\u00edquida oscuridad, y ya en el segundo lugar de aire y luz, registro por escrito la siguiente cr\u00f3nica\u2026\u201d. Por eso no es extra\u00f1o que muchas autobiograf\u00edas comiencen con la descripci\u00f3n detallada de la casa familiar. Amos Oz inicia as\u00ed el relato de su vida: \u201cNac\u00ed y crec\u00ed en un piso muy peque\u00f1o, de techos bajos y unos treinta metros cuadrados: mis padres dorm\u00edan en un sof\u00e1 cama que ocupaba su habitaci\u00f3n casi de pared a pared cuando lo abr\u00edan por las noches (\u2026) As\u00ed pues, su habitaci\u00f3n serv\u00eda de dormitorio, estudio, biblioteca, comedor y sal\u00f3n\u201d. M\u00e1s humilde a\u00fan era la casa de Albert Camus, cuyo dormitorio describe en \u201cEl primer hombre\u201d: \u201cEl ni\u00f1o se volv\u00eda entonces hacia la habitaci\u00f3n casi desnuda, encalada, con una mesa cuadrada en el centro, pegados a las paredes un aparador y un peque\u00f1o escritorio llenos de cicatrices y manchas de tinta, y directamente en el suelo, un colchoncito cubierto con una manta\u201d. Sin embargo, Camus no hubiera sido el escritor que fue sin ese espacio que rememoraba muchos a\u00f1os despu\u00e9s con estas palabras: \u201cese secreto de luz, de c\u00e1lida pobreza que me hab\u00eda ayudado a vivir y a vencerlo todo\u201d. Adem\u00e1s, la noci\u00f3n que tiene el ni\u00f1o de las dimensiones est\u00e1 distorsionada por su propia peque\u00f1ez. \u00a1Cu\u00e1ntas sorpresas nos hemos llevado al regresar a lugares que en la infancia nos parec\u00edan gigantescos y el paso del tiempo parece haber jibarizado! La memoria nos muestra esos lugares por medio de secuencias simult\u00e1neas, sin una idea del tiempo lineal. Es lo que expresan estos versos profundos de Tom\u00e1s Salvador: \u201cUn ni\u00f1o aguarda en el umbral\/ en la casa de la primera nieve\/ mi abuelo me dio un sello\/ madre cortaba las rosas del corpus\/ dej\u00f3 caer las rosas, las l\u00e1grimas\/ en la casa de la primera nieve\/ encontraron el abrigo en la le\u00f1era\/ una alcoba, dos zapatos, dos cirios\/ el miedo era dorado, era de oro\/ en la casa de la primera nieve\/ un ni\u00f1o aguarda en el umbral\u201d. Y es que al ni\u00f1o sus sentidos le remiten a un mundo donde nada es banal, donde todo es fruto de un designio. En \u201cArde Madrid\u201d, de Kiko Herrero, cada rinc\u00f3n de la casa representa una met\u00e1fora de las diferentes relaciones familiares. En su familia numeros\u00edsima, el espacio com\u00fan era el largo pasillo: \u201cUn pasillo largo y estrecho distribuye las habitaciones. Es la gran arteria. Nos cruzamos, nos chocamos, nos paramos a charlar. Las puertas est\u00e1n siempre abiertas. Mi madre proh\u00edbe cerrarlas (\u2026) Si queremos hablar con un miembro de la familia, no entramos en su habitaci\u00f3n. Nos apoyamos en el quicio de la puerta y decimos lo que tengamos que decir. Es una pr\u00e1ctica que puede durar horas (\u2026) Mi madre es la mayor adicta al quicio. Siempre atareada, va y viene por el pasillo. Lo ha recorrido tanto, que ha creado un surco en el parqu\u00e9. De vez en cuando se para y, apoyando el hombro en el quicio, te cuenta historias por cap\u00edtulos, historias infinitas\u2026\u201d Y entre los distintos lugares de la casa, hay algunos que poseen un atractivo especial, por ejemplo, las viejas buhardillas llenas de objetos aparentemente inservibles. En \u201cD\u00edas de desv\u00e1n\u201d, Luis Mateo D\u00edez atribuye a este espacio misterioso el atractivo de lo prohibido: \u201cEl desv\u00e1n conten\u00eda una polvorienta acumulaci\u00f3n de secretos que yac\u00edan en la penumbra con la misma paciencia que los objetos, diseminados en el desorden que suscita el abandono (\u2026) Era un espacio que subsist\u00eda fuera de la vida, al menos fuera de la vida dom\u00e9stica, cotidiana, en la cima de una casa que lo relegaba con la indolencia de los territorios prohibidos\u201d. \u00bfEl valor simb\u00f3lico del espacio es propio del ni\u00f1o o se lo atribuimos los adultos al transitarlo en el recuerdo? Cuando comenc\u00e9 a escribir mi libro de memorias \u201cLas cosas como eran\u201d no sab\u00eda la trascendencia que iba a tener su primera frase: \u201cEn mi casa hab\u00eda dos casas\u201d. Hasta despu\u00e9s de haber publicado el libro no me di cuenta de que esas dos casas superpuestas representaban los dos matrimonios de mis padres, las dos familias que convivieron con sus memorias comunes, y en definitiva, las dos Espa\u00f1as que se solapaban en un mismo espacio de secreto. La casa de Amos Oz, a la que alud\u00eda al comienzo de este art\u00edculo, pose\u00eda tambi\u00e9n un misterio que el ni\u00f1o explicaba a su manera: \u201cEra un piso soterrado: el bajo del edificio excavado en la ladera de un monte. Ese monte era nuestro vecino, un inquilino recio, introvertido y silencioso, un monte viejo y melanc\u00f3lico que hac\u00eda vida de soltero y manten\u00eda siempre un silencio absoluto. Era un monte adormecido, invernal, que nunca arrastraba muebles ni ten\u00eda invitados, no alborotaba ni molestaba, pero a trav\u00e9s de las dos paredes que compart\u00edamos con \u00e9l se filtraba siempre, como un ligero y persistente olor a moho, el fr\u00edo, la oscuridad, el silencio y la humedad de ese melanc\u00f3lico vecino\u201d. As\u00ed como ese extra\u00f1o vecino representaba la sombra que se cern\u00eda sobre la familia, muchas casas de las familias espa\u00f1olas de posguerra escond\u00edan tambi\u00e9n lo innombrable, el topo del que los ni\u00f1os no deb\u00edan hablar&#8230; Luis Mateo termina as\u00ed su descripci\u00f3n del desv\u00e1n:\u00a0 \u201cLa tragedia, como en todo tipo de posguerra, y ese es el tiempo que el desv\u00e1n revela, es lo que nombra, con aire de met\u00e1fora griega y aliento de desgracia, una contienda fratricida que tambi\u00e9n hab\u00eda llenado de desolaci\u00f3n el Valle, en cuyo centro estaba la casa del Desv\u00e1n\u201d. El ni\u00f1o se da cuenta de que, aunque est\u00e1 protegido dentro de las paredes del hogar, hay una amenaza que puede desencadenar la tragedia. No otra cosa revelan los relatos tradicionales en que los protagonistas se pierden en los bosques y buscan la salvaci\u00f3n en la luz que ven a lo lejos. Aunque sea la casa del ogro, esa luz les anuncia que existe para ellos un destino en la noche del mundo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Grande o peque\u00f1a, rica o pobre, la casa de la infancia posee un magnetismo especial. 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