Desde hace varias horas, sigo con expectación ese Gran Hermano que han montado (perdón, que hemos montado) los medios de comunicación con el rescate de los 33 mineros encerrados durante 70 días a 700 metros de profundidad. Me estremezco con solo pensar en vivir algo semejante; yo, que odio subir en ascensor, montar en avión y tomar el sol en esas sandwicheras gigantes de los centros de estética. Hay que reconocer que la historia de esos 33 hombres nos ha fascinado e intrigado por un igual. Por su dureza, por su contención, por su saber estar (encerrados)… pero, sobre todo, por haber burlado a la muerte. Le han sacado la lengua a la de la guadaña (de momento) y eso les hace depositarios de la simpatía de millones de personas en el mundo. Dicen que las buenas noticias no venden, pero en este caso, este final está siendo retransmitido por las televisiones, radios y portales digitales de todo el planeta. Les vemos subir en la cápsula y salir uno a uno, delgados, humildes, deseosos de abrazar a sus familias. Seguramente tendrán secuelas psicológicas y físicas. Les entrevistarán y fotografiarán hasta la saciedad. Contarán una y mil veces su proeza. Protagonizarán las portadas de los periódicos durante días, semanas, tal vez un mes. En diciembre, volverán al ‘candelabro’ de los resúmenes anuales de noticias y luego resucitarán con la efeméride. Mientras tantos, los medios auparemos a otros héroes, a otras víctimas, a otros protagonistas. Y los 33 mineros seguirán con una vida que se han ganado a pulso. Si les dejan.