Su editora pensó en titularla ‘Sexo y música’ o, quizás con menos sensacionalismo, ‘Amor y música’; sin embargo, Guillermo Cabrera Infante se acordó de la ‘Oda a Salinas’ de Fray Luis de León («la música extremada / por vuestra sabia mano gobernada») y se decidió a encabezar con el título de ‘Mi música extremada’ la selección de textos narrativos y artículos que forman su antología más completa, reunida por la periodista Rosa María Pereda en 1996.
El amor y la música, decía el escritor cubano ese mismo año, eran las grandes pasiones de su vida, por encima de otros vicios más conocidos, como el cine, el humo de los cigarros o la crítica permanente a las dictaduras de Fulgencio Batista, primero, y de Fidel Castro, después. «Mozart no componía contra el emperador austríaco ni Bach contra los marqueses y duquesas alemanas», decía desde su exilio londinense el escritor cuyo compromiso ético y estético le había llevado a abandonar Cuba después de haber colaborado estrechamente con el régimen castrista en las primeras etapas de la revolución.
Este amor por la música, el arte que, en palabras de Fray Luis, nos viste «de hermosura y luz no usada», impregna toda la obra, de arriba abajo, de Cabrera Infante. No sólo en la recurrencia de los títulos, sino en la propia esencia de algunos de sus libros y relatos más conocidos. En 1979 escribió su autobiografía ‘La Habana para un infante difunto’, jugando ya con el título de la ‘Pavana para una infanta difunta’ de Ravel, y en 1995 reunió en un solo volumen tres extraordinarios cuentos, dos de los cuales estaban inmersos de lleno en la atmósfera del apogeo del bolero, bajo el título de ‘Delito por bailar el chachachá’. Sin duda una de sus novelas más sabrosas es ‘Ella cantaba boleros’ (1996), ambientada en la vida nocturna de La Habana de finales de los cincuenta, y protagonizada por aquella Freddy la Estrella que ya aparecía en su celebrada ‘Tres tristes tigres’, ganadora en 1964 del premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Freddy era «una mulata enorme, gorda gorda, de brazos como muslos y de muslos que parecían dos troncos sosteniendo el tanque de agua que era su cuerpo»; una cantante que un día sin orquesta y sin acompañante, comenzó a cantar «una canción desconocida, nueva, que salía de su pecho, de sus dos enormes tetas, de su barriga de barril, de aquel cuerpo monstruoso», y apenas le dejó al narrador acordarse «del cuento de la ballena que cantó en la ópera, porque ponía algo más que el falso, azucarado, sentimental fingido sentimiento de la canción, nada de la bobería amelcochada, del sentimiento comercialmente fabricado del ‘feeling’, sino verdadero sentimiento y su voz salía suave, pastosa, líquida, con aceite ahora, una voz coloidal que fluía de todo su cuerpo como el plasma de su voz».
Incluso cuando hablaba de novela, de narrativa pura, Guillermo Cabrera Infante no podía dejar de referirse al sonido de las palabras, a su música, como envoltura superior de la idea o del argumento. Así decía que el éxito de sus ‘Tres tristes tigres’, con la que se dio a conocer como una de las voces más firmes de la nueva literatura iberoamericana, se debía a que estaba escrito «en cubano», es decir: «en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba y la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo, como aquel que dice. Las distintas formas del cubano se funden o creo que se funden en un solo lenguaje literario. Sin embargo, predomina como un acento el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna, que como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto. La reconstrucción no fue fácil y algunas páginas se deben oír mejor que se leen, y no sería mala idea leerlas en voz alta». Sin duda la búsqueda de la música de la palabra ha sido una de las señas de identidad más conocidas de la literatura de Guillermo Cabrera Infante.
Admirador del mambo, del bolero y del chachachá, y quizás de todos los géneros musicales de una isla mundialmente conocida «fundamentalmente por sus músicos y por sus escritores», tan sólo le puso un pero a cierta corriente de la nueva trova cubana, «demasiado influida por Joan Baez y por Massiel». Y eligió Londres, una de las grandes capitales musicales del mundo, para su exilio: un consuelo para la frialdad del desarraigo que le acompañó hasta los últimos días de su vida.
Hoy, en Cuba, sus libros clandestinos siguen corriendo como corre la música de las canciones prohibidas en toda dictadura. Y su castellano del Caribe, su español dulzón, indiano y negroide, sigue sonando maravillosamente bien. Leyendo a Guillermo Cabrera Infante, o mejor dicho, escuchándole, como le ocurrió a Fray Luis con el catedrático de Música de Salamanca Francisco Salinas, «despiertan los sentidos / quedando a lo demás amortecidos».