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Carlos Aganzo

El Avisador

Lewis Carroll: ¿Inocencia o perversión?

James Barrie, el mítico autor de ‘Peter Pan’, decía en uno de sus comentarios más célebres: «Dios fulmine a todo aquel que escriba una biografía sobre mi persona». Sus deseos no se cumplieron. Algo parecido le ocurrió al diácono Charles Dogson, más conocido por su seudónimo literario, Lewis Carroll, cuyos fanáticos seguidores buscaron, después de su muerte, todo tipo de justificaciones a su genial invención del mundo onírico de ‘Alicia en el País de las Maravillas’: que si se excedía con el láudano que tomaba como remedio para la artritis; que si preparaba sus propios compuestos de setas alucinógenas; que si el ‘mal nocturno’ al que aludía en sus primeros escritos era una manera piadosa de hablar de los abusos sexuales a los que era sometido siendo adolescente; que si pidió, ya con 31 años cumplidos, la mano de su adorada Alicia, cuando ella sólo tenía once; que si su tartamudez le hizo rechazar el sacerdocio y refugiarse en su particular universo de ninfas y seres irreales…

De hecho, el paralelismo entre Dogson y Barrie, dos maravillosos productos literarios de la moral de la Inglaterra victoriana, no se limitó a la comparación enfermiza de sus carencias y defectos físicos o morales (hay quien ha reducido el personaje de Peter Pan a un trasunto del enanismo psicogénico que sufrió su autor). Ambos eran hijos de familias numerosas (Dogson era el primero de once hermanos, Barrie el segundo de diez). Ambos tuvieron una estrecha amistad con otras familias ajenas a la suya (Dogson con los Liddell, Barrie con los Llewelyn Davies). Ambos amaron profundamente la poesía y el teatro. Y ambos vivieron por igual el éxito y la persecución de la sociedad. Y aún un detalle. Aunque el de Dogson fue un final casi feliz, con una Alicia real que vivió hasta una edad bien avanzada bendiciendo su relación con el escritor, Barrie tuvo la terrible experiencia de ver morir a dos de sus queridos niños Llewelyn Davies: George cayó como soldado en la Primera Guerra Mundial, y Michael se ahogó de manera misteriosa un mes antes de cumplir los 21 años, según algunos como consecuencia de sus relaciones homosexuales con otro muchacho; Peter, otro de los hermanos, escritor y editor, se arrojó al paso del metro de Londres cuando tenía 63.

Los escándalos provocados por los desnudos infantiles de Dogson le obligaron a dejar la fotografía, después de haber sido discípulo aventajado del pionero Óscar Gustav Rejlander y retratista de la buena sociedad de su tiempo, lo que no impidió que años después de su muerte, gracias a la reivindicación de los fotógrafos pictorialistas ingleses y del Círculo de Bloomsbury, alrededor de Virginia Woolf, fuera reconocido como un predecesor de la fotografía artística moderna y como uno de los grandes artistas de la época victoriana. Su obra literaria, sin embargo, corrió mejor suerte. Aunque el poema satírico ‘Solitude’, con el que estrenó su seudónimo Lewis Carroll (de Lutwidge, el apellido de su madre, y Charles, su propio nombre), pasó completamente desapercibido en 1856, las ediciones de ‘Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas’ (1865) y ‘A través del espejo’ (1871) se convirtieron enseguida en grandes éxitos de ventas, lo que le permitió seguir adelante con otras obras menos conocidas, como la parodia ‘La caza del Snark’ (1876) o los dos volúmenes de ‘Silvia y Bruno’ (1889 y 1893), su última obra.

Pese a que durante decenios las obras de Carroll, especialmente la maravillosa edición de ‘Alicia’ ilustrada por John Tenniel, tuvieron una aceptación del público de la que no gozó tanto la figura de su autor, lo cierto es que al entrar de pleno en el siglo XX la versión reduccionista de las películas de Walt Disney (de nuevo el paralelismo con Barrie) terminó alejando el mundo de Carroll de sus verdaderas pretensiones artísticas. Regresar al espíritu original de ‘Alicia’, lo mismo que hacerlo a las verdaderas esencias de ‘Peter Pan’, es siempre volver a escarbar en las contradicciones de la moral que produjo una sociedad puritana y reprimida, pero también obras de arte que trascendieron su tiempo y traspasaron todas las culturas para hacerse universales.

Pese a la fácil crítica actual sobre la estrechez de aquella moral y aquella manera de interpretar el mundo, lo cierto es que si Charles Dogson viviera en nuestro tiempo, seguramente habría pasado un proceso judicial y un linchamiento moral tan doloroso como el que pasó en su día el cantante Michael Jackson, otro ‘Peter Pan’ que vivió siempre en el filo de la navaja. Si entonces los límites entre el arte y la pedofilia pudieron ser, verdaderamente, la razón que propició que este diácono nunca llegara a ser sacerdote, a pesar de lo cual se le permitió seguir dando clase en Oxford durante cincuenta años, para la moralidad de hoy todavía resulta difícil entender dónde empieza esa búsqueda de la belleza, esa reivindicación de la «divinidad innata» del ser humano, ese sentimiento de pérdida de la inocencia, ese rechazo del pecado original y el sentimiento de culpa que Lewis Carroll siempre reivindicó en su obra, y dónde termina una cierta obsesión enfermiza, por no decir una clara perversión. Aunque no olvidemos que la relación entre el arte y la perversión es tan antigua como el hombre. Si no más.

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