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Carlos Aganzo

El Avisador

Regionalismo viario o qué lejos está Soria

Con el pretexto de una lectura pública, en el machadiano Círculo de la Amistad de Soria, de la obra de Miguel Delibes ‘Cinco horas con Mario’, he tenido la oportunidad de regresar al yacimiento romano-celtibérico de Tiermes. Ya estuve allí hace veinte años, ‘descubriendo’ a golpe de pala, carretilla y cepillo los cimientos de aquellas viviendas rupestres que constituyen la imagen más sugerente de este extraordinario enclave soriano, y ha sido maravilloso comprobar de qué manera aquel incipiente hallazgo arqueológico se ha convertido, con el paso del tiempo, en uno de los más sólidos núcleos de turismo cultural de esta provincia. Las puertas de acceso a la ciudad, los pavimentos del foro, las gradas del auditorio, los oscuros y desasosegantes conductos del viejo acueducto labrado en la roca viva…, todo ha ido ‘surgiendo’ poco a poco de las entrañas de la tierra para poder contar al visitante, entre aromas de tomillo y el sonido festivo de los rebaños, con sus corderos recién paridos, un pedazo de la historia de este rincón de Castilla, desde los tiempos de los arévacos hasta su desaparición entre las brumas de la Edad Media.

Viajar desde Valladolid hasta Soria, sin embargo, me ha hecho volver a ser consciente de las enormes distancias que separan a las capitales de Castilla y León. Dos horas y media de viaje sorteando camiones, conductores noveles con su ‘L’ a la espalda y ráfagas de luces largas que avisan de la presencia de una patrulla de la Benemérita son muchas horas para llegar hasta la ciudad de Machado, Bécquer y Gerardo Diego. No digamos ya cuando el viaje se realiza desde León o desde Salamanca. Cuando percibimos lo cerca que pueden estar los capiteles del atrio de la iglesia de Santa María de Tiermes de otros atrios hermanos de Zamora o de Palencia, sorprende todavía más lo lejos que pueden llegar a estar unos de otros, lo ancha que sigue siendo Castilla a pesar del gran desarrollo de las infraestructuras en los últimos años. No se trata, naturalmente, de construir una autovía que llegue hasta Montejo de Tiermes, ya que el tránsito por carreteras secundarias y el descubrimiento del estallido de colores con que se viste el campo soriano en estos días primaverales forman parte de la mejor experiencia de la visita a la antigua Termancia; pero sí de empezar por cerrar, de una vez por todas, el mapa de las comunicaciones de la comunidad. El Objetivo 1 y los fondos europeos se nos fueron sin ver cumplida la vieja aspiración de tener unidas todas las capitales castellanas y leonesas por autovía, y la cruda realidad de la crisis económica hace poco creíble que esos Ave anunciados estos días para Ávila o para Salamanca lleguen a volar en un tiempo mínimamente útil para salir del atolladero económico. De hecho, la lista de obras necesarias para que ninguna de nuestras provincias pueda seguir diciendo que se siente aislada debe ser tan larga como el número de estacas de madera que hizo clavar Escipión a lo largo de los siete cerros que rodeaban Numancia para sitiar la ciudad en el año 134 a.C.

Los discursos y manifiestos políticos de estos días, alrededor de la fiesta de la comunidad, han coincidido en hablar de unidad de acción y de suma de voluntades no sólo para salir de la crisis, sino también para acabar de forjar, de una vez por todas, una conciencia regional que se nos sigue escapando 27 años después de la constitución de la autonomía castellana y leonesa. Reconocer la identidad común, más evidente cuanto más lejanos son los territorios de la región que se comparan, será sin duda mucho más fácil cuando los ciudadanos de esta región puedan viajar cómodamente de una ciudad a otra sin tener que jugarse la vida en la carretera.

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