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	<title>Antonio Colinas o el alma que no muere | El Avisador - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<title>Antonio Colinas o el alma que no muere | El Avisador - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Apr 2011 18:12:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><img src="/elavisador/files/248033_tranvia.JPG" id="img_0" class="imgizqda">Tengo entre mis manos, al lado del  precioso volumen de la ‘Obra poética  completa’ de Antonio Colinas que acaba de editar Siruela, un no menos  valioso ejemplar de ‘Sepulcro en Tarquinia’, «ese viejo poema que  siempre regresa», caligrafiado e iluminado primorosamente por Javier  Alcaíns, en una edición limitada de la Editora Regional de Extremadura.  En el primero, una acertada versión en blanco y negro del ‘Retrato de  Simonetta Vespucci’, de Botticelli, uno de los ejemplos canónicos de la  belleza femenina, preside una portada que, de alguna manera, subraya la  gran filiación clásica de la obra de Colinas. En el segundo, la  idealizada silueta de un ciprés de jardín italiano trae a la absoluta  modernidad la antigua maravilla de la iluminación de los códices  medievales. Así es la obra de Antonio Colinas, y así se muestra en su  conjunto: heredera del venero más puro de la vieja poesía latina, pero  con el testimonio vivo, intenso, palpitante, de la palabra de nuestro  tiempo, abismado entre el final de una centuria y el principio de la  siguiente.</p>
<p> Aunque a él le gusta citar entre sus mentores a Aleixandre y a María  Zambrano, por la parte española, y a Quasimodo y a Leopardi, por la  italiana, a mí muchas veces me ha dado por pensar la coincidencia vital,  literaria y paisajística entre Antonio Colinas y Miguel de Cervantes.  Los dos se formaron con aromas italianos, los dos se forjaron al aire  del Mediterráneo, y los dos regalaron al mundo lo mejor de su palabra  cuando sacaron del corazón las verdaderas esencias de las tierras del  interior de España. En el caso del escritor alcalaíno, esa Mancha ya  mítica y universal sobre cuyas llanuras cabalgó Don Quijote, el más  universal de los personajes literarios. En el caso del poeta leonés,  ahora ya también hijo adoptivo de Salamanca, esa Castilla eterna que  viene de Jorge Manrique, pasa por San Juan de la Cruz y desemboca en las  claridades últimas de Claudio Rodríguez, que no son un mal equipaje  para quien aspira a instalarse en una noche que está más allá de la  noche.</p>
<p> Entre Bérgamo y León, entre Milán, Ibiza y Salamanca, Antonio Colinas ha  escrito, y sigue escribiendo por fortuna, una de las obras más sólidas y  personales con las que cuenta la poesía en castellano de nuestro  tiempo. Podemos quedarnos con la gracia grecolatina  de aquel  «hay  tanta nieve fuera y sin embargo» que se repite como una letanía en  ‘Sepulcro en Tarquinia’; podemos retirarnos a hablar con el mar de  frente a frente, como hace cada verano el autor de ‘Tiempo y abismo’, o  podemos elegir, mejor, esa comunión profunda del hombre con el universo,  la naturaleza y sus silencios que se propone en el ‘Libro de la  mansedumbre’; pero estaremos, en todo caso, dando vueltas sobre el mismo  concepto poético: un afán encendido, una luz respirada, una sed  insaciable de belleza. Si nos dijo Platón que «lo propio del amor es  engendrar en belleza», Colinas nos habla, en el último poema de su  poesía completa, de una «revelación del alma que no muere». Por encima  de los siglos. Por encima del tiempo.</p>
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