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Carlos Aganzo

El Avisador

La aventura europea de Charlot

Todo empezó con una visita a su amigo Montague Glass en Pasadena, un día de 1921. La velada, en la que además de la esposa y la hija del escritor estaban presentes el ilustrador Lucius Hitchcock y su mujer, incluía un pastel de carne y riñones que era una verdadera «sinfonía», un cálido ambiente familiar y canciones interpretadas al piano. Y a Charles Chaplin, agobiado por las presiones de Hollywood, se le encendieron las luces de la nostalgia. De regreso a su casa, el telegrama en el que le anunciaban el estreno en Londres de ‘El Chico’ fue la excusa perfecta para dejar por un tiempo los estudios y embarcarse en un extraordinario viaje de iniciación por Inglaterra, Francia y Alemania.

Traducido al español ocho años después como ‘Mis andanzas por Europa’, ‘My Trip Abroad’ se publicó por primera vez en Nueva York en 1922. Interesado por conocer «qué aspecto tendría Europa después de la guerra», Chaplin quiso consignar en un libro todas sus experiencias en tal aventura, y escribió a su regreso una maravillosa crónica que ahora sirve para inaugurar la colección El Periscopio, de Ediciones Evohé, al lado del no menos fascinante ‘Singladuras’, de Concha Espina, un libro de viajes en el que, sensu contrario, la autora de ‘La niña de Luzmela’ relata su periplo americano solo unos años más tarde.

Cautivador, pues quien nos habla es, en palabras de Luis Alberto de Cuenca, prologuista de esta nueva edición, «uno de los cuatro o cinco nombres más relevantes del siglo XX», el libro no solo traza un retrato preciso de la Europa de entreguerras, sino que permite, además, descubrir perfiles literarios y poéticos tal vez poco conocidos del cineasta. Por ejemplo cuando, caminando al lado del escritor Thomas Burke por las calles del mismo Londres en el que Charlie había sido un atormentado niño de orfanato, escribe: «He aquí una pequeña porción de designio divino en el que el amor va de la mano con la muerte, en el que la poesía canta en marchitos corazones de Mongolia, mientras se hunden cuchillos en pechos de nívea blancura y cuellos morenos». O, un poco más adelante: «Tengo la sensación de que, tras las puertas cerradas, ocurren cosas triviales, portentosas, hermosas, sórdidas, rastreras, gloriosas, sencillas, memorables, odiosas, amables». Entre otras muchas anécdotas, resulta impagable el relato de sus entrevistas con H.G. Wells. Después de estar a punto de cancelar su primera cita a causa de una falsa llamada, que le proponía la alternativa de un encuentro con el príncipe de Gales, Chaplin y Wells, dos de los mayores genios que vio la pasada centuria, tuvieron tiempo para conocerse, para conversar e, incluso, para cambiar opiniones sobre España y sobre los toros. A Chaplin, quien amaba «los sentimientos mucho más que los detalles», le interesaban las corridas porque encerraban «algo crudamente elemental», algo que «necesariamente tiene que atraer a cualquier artista». A Wells, sin embargo, le parecía que era un espectáculo «demasiado cruel para los caballos»…

En su recorrido Europeo Chaplin no vino a España, ni tampoco fue a Rusia para conocer a Lenin y a Trotsky, como era su intención, pero sí pasó por Francia y por Alemania. En Francia, donde supo por primera vez que le llamaban Charlot, respiró con intensidad el aroma de París, a la que calificó como «una obra maestra entre las ciudades»; «¿Puede alguien –dice- concebir tal creación, un lugar de tal gozo ininterrumpido?» De Alemania, entre otras muchas cosas escribió: «La gente se agolpa en los campos, labrando el suelo, trabajando febrilmente sin descanso mientras nuestro tren cruza raudo. Hombres, mujeres y niños están trabajando. Están haciendo frente a su problema y reconstruyendo. Un gran pueblo, pervertido por y para unos pocos».

De regreso por barco a casa, Chaplin no puede dejar de reseñar su pequeña historia afectiva con una niña de ocho años. Al mejor estilo de Lewis Carroll, el cómico cuenta la gracia y la coquetería de la pequeña quien, para darle su beso de despedida, le lleva a un aparte y le dice: «Charlie, no te podía besar ahí fuera, delante de todo el mundo. Adiós, querido. Cuídate»; «Esto es auténtico amor», escribe el viajero. Tras una visita a la cárcel de Sing Sing, donde deja de manifiesto su oposición a la pena de muerte («Yo aboliría las prisiones. Las llamaría hospitales y trataría a los prisioneros como pacientes»), Charlot cruza los Estados Unidos en tren para regresar a Hollywood. Su retorno coincide con la Conferencia de Desarme, y la experiencia europea le sirve para soñar con un mundo que aprenda por fin de sus errores; de hecho, el libro se cierra con el fragmento de un poema de Tennyson que dice: «¿Cuándo será el bien de todos los hombres / la norma de cada hombre, y cuándo la paz universal / brillará como un haz de luz a lo largo del camino / y como una capa de fulgores atravesando el mar?». Nada más lejos de la realidad. En paralelo al regreso de Chaplin al olor del celuloide y al fragor de la vida hollywoodiense, Hitler está pasando sus primeros tres meses en prisión por las palizas de los SA, los temidos camisas pardas del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Pero ésa es otra historia.

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