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Carlos Aganzo

El Avisador

María Moliner, la académica que no tenía sillón

Dámaso, Lapesa y Laín la propusieron en 1972, pero «esas circunstancias especiales en que se han desenvuelto siempre los temas que rodean a la presencia de mujeres en la Academia», en palabras de Miguel Delibes, impidieron a María Moliner ser la primera dama en ocupar un sillón de la docta casa. Algo que recordaría en su discurso de ingreso, seis años después, Carmen Conde, a quien cupo finalmente tal honor ya en plena Transición. La autora del ‘Diccionario de uso del español’, con su elegancia habitual, nunca acusó de machismo a los académicos que la dejaron fuera, limitándose a apuntar que si su obra monumental la hubiera escrito un varón, cualquiera habría dicho en esta circunstancia: «¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!».

Sea como fuere, durante decenios el diccionario de María Moliner compitió con el diccionario de la RAE, y aún hoy, 45 años después de su publicación por la editorial Gredos, sigue siendo una referencia más que académica en lo que se refiere a la correcta utilización de nuestra lengua. «El diccionario de la Academia –dijo también en cierta ocasión– es el diccionario de la autoridad; en el mío la autoridad no se ha tenido demasiado en cuenta». En el fondo, su obra pone en evidencia que el esfuerzo, el método, la conciencia y la dedicación a una materia son a veces más valiosos que ningún otro certificado de garantía institucional. Y en su caso, además, la fortuna de la coincidencia de una serie de condiciones: el impulso de don Américo Castro en sus primeros pasos en la Institución Libre de Enseñanza de Madrid, siendo aún una niña, y el de Dámaso Alonso, mucho tiempo después, en los años más arduos de trabajo con su diccionario; su larga experiencia en archivos y bibliotecas de diferentes ciudades de España, y el ‘hallazgo’ del ‘Learner’s Dictionary of Current English’, de A. S. Homby (1948), que se empeñó en trasladar al español en una tarea que calculó «para dos añitos» y terminó costándole más de quince.

Todos los que, de una u otra manera, trabajamos con el lenguaje, hemos recurrido en alguna ocasión a la autoridad de María Moliner a la hora de rematar una frase, fijar una expresión o encontrar la construcción sintáctica más correcta. En las mesas de los escritores, en las bibliotecas de las universidades, en las redacciones de los periódicos que se preciaran de adornar la edición de cada día con el mejor uso posible de la lengua española, las consideraciones, las investigaciones y los ejemplos de María Moliner han servido para que nuestro idioma, tan atacado desde fuera como desde dentro en los últimos años, siga manteniendo hoy gran parte de su esplendor.

En 1994, la RAE se rindió a la propuesta de María Moliner de ordenar la ‘Ll’ dentro de la ‘L’ y la ‘Ch’ dentro de la ‘C’ en el diccionario; entre tanto, muchos de aquellos académicos que le negaron la entrada en el 72 fueron sustituidos por académicos nuevos que no dudaron en otorgarle a María Moliner en 1973, por unanimidad, el premio Lorenzo Nieto López, «por sus trabajos en pro de la lengua». Tarde. Yo siempre me la he imaginado caminando al lado de Max Estrella, detenidos los dos por la pareja de guindillas de ‘Luces de Bohemia’, y presentándose ante Serafín el Bonito con la cantinela: «Tengo el honor de no ser académico». Afortunadamente hoy la docta casa es otra cosa. Hasta se toma whisky en el salón de té de los caballeros, al menos desde que le tocó hacer su discurso de ingreso a otra mujer de armas tomar: Ana María Matute. Pero esa es otra historia…

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