Instalada «en ese mercadillo de las apariencias y de la pillería, que coincide con la actual crisis de la política y del concepto de cultura», como tan bien apunta Antonio Piedra en el prólogo de la obra, ‘La semana cultural’, el último texto dado a la imprenta por José Luis Alonso de Santos, acaba de unirse a la lista de clásicos de la colección ‘El Parnasillo’, tan conocida por lo cuidado de su edición como por lo reducido de su formato: 6,8 por 11,5 centímetros.
Siete personajes principales, con el aditamento de un pertinaz gaitero, un cronista de voz en ‘off’ y un convidado que no aparece en escena, pero a cuyo alrededor se urde toda la obra, le bastan a José Luis Alonso de Santos para construir esta historia radicalmente contemporánea que se teje alrededor de las maniobras de un alcalde, su concejal de Cultura y su jefa de prensa para ofrecer en un pueblo cualquiera de España una rimbombante semana cultural. Un texto delicioso que rescata las mejores cualidades del autor de ‘La estanquera de Vallecas’ o ‘Bajarse al moro’ para mostrar, a través de la escena, el espejo convexo de la sociedad de nuestro tiempo.
Aunque, como ocurre siempre con el buen teatro, cualquier parecido con la realidad ha de ser pura coincidencia, uno no puede evitar ponerle rostro muy concreto a cada uno de los personajes creados por Alonso de Santos. No hace falta especificar a quiénes tan atinadamente alude el dramaturgo en su texto, porque por encima de la verosimilitud del retrato predomina ese valor de representación universal que denuncia la hipocresía y las maquinaciones del poder en una socieda fácilmente manipulable.
«Mi padre, que en paz descanse, que era labrador, cuando le enseñaban un libro decía siempre que la cultura era un invento del gobierno para sacarle a uno los dineros y la señora, a ser posible». Así se expresa, en uno de los pasajes de ‘La semana cultural’, Saturnino, el conserje, una especia de Sancho Panza del siglo XXI víctima de los manejos de los poderosos hombres a los que sirve. Sin llegar a eso, y aunque en la obra dineros y señora terminan formando parte también del engaño, Alonso de Santos llama en esta obra la atención sobre el mal uso que hace nuestra sociedad del que quizá sea uno de sus bienes más preciados: la cultura. Una cultura que se corrompe desde la raíz en el mismo momento en que celebra su maridaje con el mundo de la política de los intereses creados. «La culpa la tiene este oficio mío de conserje, que no es bueno y crea resquemor en el alma», dice también este personaje, paradig- ma de un pueblo que, por otra parte, se viste con los mismos vicios y virtudes de sus gobernantes, aunque acaso tenga menos ocasiones que ellos de poner a prueba su capacidad de fraude.
De cómo cualquier sentido verdadero de la cultura se pudre al contacto con los vicios del poder, y de cómo el poder ha utilizado y utiliza en nuestro tiempo la cultura como herramienta de manipulación, habla este texto jocoso, que utiliza el humor, y la aparente ligereza de situaciones tragicómicas rayanas en el surrealismo, para expresar su verdad con toda contundencia. «Un obús lanzado a la línea de flotación de una cultura en entredicho que constituye una de las bases de nuestra sociedad democrática», vuelve a señalar Antonio Piedra en su prólogo. Y ahí está verdaderamente el sentido de la oportunidad de esta obra, en un momento en el que las bases mismas de nuestra convivencia están en gran manera en entredicho, y en el que algunas de nuestras grandes palabras, como la propia palabra cultura, se han ensuciado hasta hacerse irreconocibles.
Los años setenta y ochenta del pasado siglo, en los que el teatro, al hilo de la transición política, devolvieron a la escena española su proverbial capacidad de expresar, quizás mejor que ningún otro testimonio, las contradicciones de su tiempo, dieron también la oportunidad de descubrir a un creador como José Luis Alonso de Santos, en su nivel más alto de expresividad. Entrados ya en el segundo decenio del siglo XXI, se echaban de menos obras como esta que, sobre las viejas y eternas reglas del teatro, nos ayudan a entender un poco más quiénes somos y por qué nos comportamos así.