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Carlos Aganzo

El Avisador

Jorge de Arco: cuando el tiempo tiene labios de fuego

El tiempo tiene labios de fuego, pero a veces, «se le quedan al par silenciosos y helados». Detener el tiempo, deleitarse en él, tratar de vendimiar en su quietud racimos de verdad eterna es, seguramente, una de las más viejas ambiciones de los poetas de todos los tiempos. Así ocurre también, con emoción inusitada, en el último poemario de Jorge de Arco, ‘Las horas sumergidas’, flamante ganador del I Premio de Poesía José Zorrilla, un libro que continúa por la senda profunda de su anterior entrega poética, ‘La casa que habitaste’, con el que obtuvo precisamente el San Juan de la Cruz.
Hablar de una «etapa castellana» en la obra de Jorge de Arco (Madrid, 1969) es dar testimonio de un camino de perfección poética que comenzó en 1993 con el libro ‘Las imágenes invertidas’, todavía fuertemente influido por el desarraigo de su vida como profesor en Alemania, que continuaría después con ‘Lenguaje de la culpa’, ‘De fiebres y desiertos’ y ‘La constancia del agua’, y que alcanzará su máximo nivel expresivo a partir de ‘La casa que habitaste’, donde la preocupación por el tiempo y la memoria, por el horizonte de la vida y la inquietud de la eternidad cobra una presencia que define ya muy claramente la singularidad de su voz poética.
El paso del tiempo o, más concretamente, «la indecisa luz que suele derramarse / por los vacíos pétalos del tiempo» es sin lugar a dudas el protagonista principal de este libro, donde el poeta sube trabajosamente «las empinadas cuestas de la memoria», en ocasiones para evocar una infancia de faros, de bahías y de azules gaditanos, pero en otras también para indagar sobre ese sentimiento de culpa, de pecado original, de pura inconsistencia de ser hombre que marca toda su producción poética, desde los primeros versos. Una nostalgia del Sur que, en los versos de Jorge de Arco, se confunde peligrosamente con la nostalgia del paraíso perdido de la infancia, de un tiempo gastado que no se podrá recobrar jamás. Sobre «el tacto ardiente y julio de la cal» de Andalucía, la «quimera cautelosa de los días», cuya superposición va trazando inexorablemente el retrato del hombre presente, el que siente atardecer en su boca y en su espíritu, el que no termina de encontrar el camino de regreso a la luz.
Cierto es que en este camino –manos de luna y verdes ojos de la amada-, el poeta no esta solo. La «mortal, inolvidable danza» del amor agita su corazón y lo enciende para salvarlo de la noche. Pero en ocasiones ni siquiera esto parece suficiente. Las palabras, perdidas o amarillas, las que el poeta rescata de la región «más árida del sueño», con facilidad se convierten en «mentiras con sabor a hierbabuena», en placebos que, en cuanto baja la guardia, le vuelven a dejar indefenso frente a la intemperie de las horas.
Y es aquí donde, paradójicamente, la última poesía de Jorge de Arco empieza a encontrar otra llama, otro tiempo, otro perfil de la noche, otro ramillete de «horas sumergidas» que le hacen perderse gozosamente en el baile de los milenios, para reencontrarse después  en un horizonte nuevo, misterioso, en una nueva realidad vital y poética. Es aquí donde los versos de Jorge de Arco, después de haberse dorado al aire de tantos soles, empiezan ahora a buscar, incluso con denuedo, la «metáfora infinita» de la luz necesaria, de la luz inmortal; la materia del alma y su certeza interior.
«En el pincel del tiempo / te copio. / Y me reflejas», dice, sencillamente, en este cortísimo poema, Jorge de Arco. Una bella pugna poética; la razón vigorosa de una batalla perdida de antemano por asir lo inasible, por explicar lo inexplicable, por detener el mundo y volverlo a interpretar desde el fondo del alma. Un gran libro en un momento muy especial de lucidez de su autor.

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