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Carlos Aganzo

El Avisador

Escenario mayor del sueño de Valladolid

«Fingimos lo que somos; seamos lo que fingimos», escribió don Pedro Calderón de la Barca. Desde que el hombre es hombre, es decir, desde que tiene la conciencia de poder representarse a sí mismo, el teatro ha reflejado fielmente lo que somos en realidad, lo que aparentamos ser delante de los demás, lo que los demás esperan que seamos delante de ellos y lo que terminamos siendo, al fin, con referencia a los otros. Nos guste o no nos guste. Así ha sido en todos los momentos de la historia, y así lo era en España, sin duda especialmente, en los últimos años del reinado de Isabel II, pasados el bienio progresista y el bienio moderado y en vísperas de la Revolución del 68: un hervidero social donde nada, ni las instituciones, ni los partidos políticos, ni las personas, parecían ser lo que eran, y en el que las artes escénicas, fundamentalmente la ópera y el teatro, brillaban con absoluto esplendor. Quizás como espejo cierto de todas aquellas turbulencias.
En Europa, la alta burguesía había hecho de los coliseos el espacio de la exhibición social por excelencia; en Madrid, el Teatro Real se había convertido en el mentidero más bullicioso de la corte isabelina, y Valladolid no quería ser menos. En este contexto, las páginas de El Norte de Castilla, que había nacido diez años antes con el nombre de El Avisador, daban cuenta en septiembre de 1864 de la flamante inauguración del Teatro Calderón de la Barca, levantado sobre el solar de lo que fuera el antiguo palacio del Almirante de Castilla; un edificio medieval que fue propiedad del Duque de Osuna y del que hoy apenas nos quedan testimonios. La obra elegida para el estreno: “El alcalde de Zalamea”, pieza mayor del gran teatro clásico español y maravillosa metáfora del momento en el que vivía la ciudad del Pisuerga.
Jerónimo de la Gándara, el arquitecto al que se le encargó el proyecto, consiguió entregar a los vallisoletanos uno de los teatros más modernos y deslumbrantes de la época. Alumno de Antonio de Zabaleta, viajero por Alemania e Inglaterra, presumía de ser el primer arquitecto español que había registrado en directo, con sus dibujos, las piedras del Partenón ateniense, y firmaría a lo largo de su carrera otras obras tan relevantes como el Teatro Lope de Vega, de Valladolid, o el antiguo teatro de la Zarzuela, de Madrid. Al Calderón le dio un aire clasicista con toques de Renacimiento, y un cierto tono germánico que rendía homenaje a la obra del arquitecto Friedrich Schinkel. Desde el mismo día de su inauguración, se convirtió en el favorito de la burguesía vallisoletana para su representación social.
Desde entonces hasta ahora, 150 años cumplió el pasado año, el Calderón ha vivido todo tipo de acontecimientos. No sólo musicales y teatrales, con el paso de grandes nombres como los de Julián Gayarre, María Guerrero o Tomás Bretón, sino también literarios, cinematográficos o puramente sociales. La presencia de algunos mitos del cine, durante la Seminci, o el gran Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en octubre de 2001, forman parte de su leyenda más cercana, tanto como la biblioteca secreta que se descubrió, diez años antes, en el transcurso de unas obras…
Desde entonces hasta ahora, con la excepción, sin duda, de la Catedral, ningún otro edificio de la ciudad ha sido testigo de la vida del “todo Valladolid” como el viejo y flamante Teatro Calderón. De la vida de todos y de la vida, también, en gran manera, de cada uno de los vallisoletanos que han pasado por este teatro a lo largo de las generaciones. Pues la vida al cabo, desde su misma esencia colectiva, es puro teatro, como nos enseñaron los clásicos y como nos siguen señalando los modernos. Un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción… un sueño extraordinario, como dejó escrito para siempre el genio.


marzo 2015
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