«Escribo porque me salva, porque es lo único que me queda, porque fija un sonido, unas luces, el final de un acto de amor, el escenario de unas horas de deseo», confiesa Javier Lostalé en el pórtico de su último libro. Hay mucho amor y mucho deseo, mucho mar y muchos pájaros; hay pasión, manos y temblores; hay luz, pureza y transparencia; ausencias, huecos, espejos…, un «ciego crepitar humano» que marca la obra del poeta madrileño desde que publicó, en 1976, “Jimmy, Jim-my”, hasta los últimos versos vibrantes de su libro inédito “El pulso de las nubes”, que asoma los ojos tímidamente, pero con fuerza deslumbrante, como colofón de la antología “Azul relente”.
Ya en el prólogo del libro José Cereijo, responsable de la selección y de la edición, advierte de que la obra de Lostalé «no es un monumento, sino una compañía». Poesía que revela «un espacio en nosotros mismos» donde una voz, «nunca oída antes, encuentra sin embargo un eco», y de esa manera «amplía nuestra conciencia, nos hace crecer». Y así es, absolutamente, tanto en los dos libros mencionados como en el resto de los que han servido para confeccionar este volumen, primorosamente editado por Renacimiento: “Figura en el paseo marítimo” (1981), “La rosa inclinada” (1995), “Hondo es el resplandor” (1998), “La estación azul” (2004) y “Tormenta transparente” (2010).
Junto a este valor, tan dual, de ensimismamiento compartido, el editor del volumen también nos hace ver la aparente dicotomía que existe, en el caso de Javier Lostalé, entre el poeta profundo que saben unos pocos escogidos y el incansable activista cultural que conoce la mayoría de sus seguidores. Y en cierta manera es así. Todo el pudor, la mesura, la exquisita factura intelectual del trabajo de Lostalé como divulgador literario se vuelve desnudez y alto riesgo en su poesía. Descalzamiento del alma que despoja al poeta de todo envoltorio inútil, que lo deja al relente («En la madrugada / todos los trenes tienen los ojos azules / y la memoria de un cuerpo es azul relente», dicen los versos que dan título a la antología); que lo abandona a merced de la intemperie.
Litúrgico en los inicios, pasional en los centros, y místico y sublime en sus últimas fronteras, el amor es el protagonista absoluto de la poesía de Javier Lostalé. Un amor que se configura como un destino platónico anterior a la propia existencia de los hombres («muertos yacen los amantes antes de haber nacido», dice el poeta). Un amor que es al mismo tiempo, y cada día, muerte y resurrección, renacimiento, transparencia: «Basta con que olvidemos nuestro nombre en el bautismo universal de la luz del amanecer para que, abrazados, arribemos todos a la estación azul». Un amor que se trasciende en la contemplación absoluta de la belleza desnuda. Siempre así, desde el primero hasta el último de sus libros, pero tal vez más, mucho más, en lo que ya aflora del último, como ese sobrecogedor poema, titulado “Desnudo”, al que pertenece este fragmento: «Tu desnudo tiene la quietud / de una rosa antes del amanecer. / Abandonado en el límite / de la esencia más pura / emite una luz / en la que entera leo mi vida / sin alterar el secreto de la tuya, / pues quien así se entrega / es sólo ascensión sin tacto, / eternidad de lengua absuelta».
Vamos, con Lostalé, a los límites del amor («única luz del mundo») y del abandono como fuimos en su día con Luis Cernuda; vamos con el poeta, como también lo hicimos con Vicente Aleixandre, hasta los límites de la destrucción o el amor; pero sobre todo volvemos a ver arder en sus versos, como lo vimos en los versos de Juan de la Cruz, un alma que, tocada del amor, se sitúa en los propios límites de la condición humana.
Un camino de casi cuarenta años de poesía en el que el el escritor madrileño ha crecido y se ha hecho sabio, ha adquirido ese conocimiento profundo de las cosas que solo se gana con la edad y las campañas interiores, pero sin perder, ni siquiera un ápice, del temblor inicial que le arrojó en su día a la hoguera de la escritura. «Escribo -dice al cabo Lostalé- para ser joven y alimentar una esperanza radical, para tener lo que tengo y escuchar lo que nunca me dijeron. Escribo porque nunca fue más bello el engaño».