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Carlos Aganzo

El Avisador

La muerte y las mujeres

 

De entre todas ellas, sin duda la más universal es la historia de Alfonsina. Su suicidio sacramental en el mar de la pureza forma parte del imaginario colectivo sobre la difícil relación, tantas veces, entre la mujer y la poesía, entre la mujer y el amor, entre la mujer y la vida. Los versos de la canción de Ariel Ramírez y Félix Luna -«y si llama él no le digas que estoy, / dile que Alfonsina no vuelve, / y si llama él no le digas nunca que estoy, / di que me he ido»- están escritos casi al pie de la letra de lo que ella misma dejó como testamento sólo unos días antes de su muerte, para el diario “La Nación”, en el poema “Voy a dormir”: «Gracias. Ah, un encargo: / si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido».

Junto a Alfonsina Storni (en la imagen de la izquierda), las chilenas Violeta Parra y Teresa Wilms, la uruguaya Delmira Agustini, la costarricense Eunice Odio, la argentina Alejandra Pizarnik, la portorriqueña Julia de Burgos, la española Carolina Coronado, la nicaragüense Clementina Suárez y la colombiana María Mercedes Carranza protagonizan el volumen “Poetisas suicidas y otras muertes extrañas”, en el que la escritora y editora Luzmaría Jiménez Faro investiga la particular, enfermiza relación con la «siempre oscura» de un ramillete de extraordinarias poetas en lengua castellana. Nómina en la que Jiménez Faro, poeta ella misma de larga trayectoria y albacea de Carmen Conde y de Gloria Fuertes, también incluye, en capítulo aparte, otras poetas quizás menos célebres, como la venezolana Miyó Vestrini, las peruanas Miyó Vestrini, la argentina Delfina Tiscornia o la española Paula Sinos, que huyó de la vida colocándose delante del tren Bilbao-Portugalete en 1981.
«Un día estaré muerta, blanca como la nieve, / dulce como en los sueños de la tarde que llueve./ Un día habré logrado el sueño vespertino, / el sueño bien amado donde acaba el camino», dice Alfonsina Storni en su poema “Irremediablemente”. Poetas suicidas como ella lo fueron Violeta Parra, la «santa de pura greda» que cantara Pablo Neruda, que entró en la muerte con un disparo después de haber escrito “Gracias a la vida”, uno de los cantos a la existencia más bellos que se han compuesto nunca; Alejandra Pizarnik, quien escribía poemas «para reparar la herida, la desgarradura», y que murió por sobredosis de barbitúricos mientras oía el “Adagio” de Albinoni («¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba», escribió); Teresa Wilms (fotografía inferior), que fue encerrada por su marido en un convento, del que escapó, que enamoró a todos los hombres que se cruzaron en su camino, que se transtornó cuando un adolescente de 19 años se quitó, despechado, la vida ante ella, y que murió por sobredosis de Veronal con 28 años; o María Mercedes Carranza, que se quitó la vida a base de pastillas y de whisky dejando sobre la mesa un poema se su padre, el gran Eduardo Carranza, que decía: «Te llamarás silencio en adelante y el sitio que ocupabas en el aire se llamará melancolía…»


Y al lado de ellas, otras víctimas del desamor, el desasosiego, la melancolía, la obsesión, la incomprensión, el exceso o la intolerancia, como Carolina Coronado, que vivió veinte años con el cadáver momificado de su esposo en la capilla del palacio familiar; como Clementina Suárez, que murió brutalmente asesinada (le partieron los huesos, le desfiguraron la cara y le destrozaron el cráneo) en su propia casa); como la bellísima Delmira Agustini, a quien su propio marido, con el que jugaba a ser amante, la mató de dos disparos en la habitación de un hotel antes de suicidarse; como la deslumbrante Eunice Odio, a la que encontraron misteriosamente muerta en la bañera, o como Julia de Burgos, que terminó enterrada en una fosa común después de hallarla desfigurada, terriblemente envejecida con sólo 39 años y comida por el alcohol, en las calles anónimas de Nueva York…
Vidas marcadas que sumaron en su tragedia una doble penitencia: la de luchar, siendo mujeres, en un mundo de hombres, y la de vivir, siendo poetas, en un mundo que les mostró su rostro más inhumano.


marzo 2015
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