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Carlos Aganzo

El Avisador

Una palabra, un millón de imágenes

La palabra y la imagen han vivido un idilio largo y fructífero a través de los siglos. Aunque también han tenido sus diferencias. Hubo un tiempo, que se prolonga hasta la actualidad, en el que miles de artistas plásticos de todo el mundo se plantaron, reclamando igualdad en una relación que, hasta la fecha, había estado marcada por la preminencia verbal. Y colocaron en sus obras los letreros de “Sin título”, para abundar en la necesidad de despojar a la obra visual de todo contenido lingüístico, dejándola en su pura expresión plástica.
«Prefiero dibujar a hablar -dijo Le Corbusier-. Dibujar es más rápido, y deja menos espacio para la mentira». Y ya el propio Goethe, desde el gremio de los artistas de la palabra, había dejado escrito: «Me gustaría renunciar por completo del habla y, al igual que la naturaleza orgánica, comunicar todo lo que tengo que decir visualmente». Sensu contrario, en la actualidad son millones de voces las que claman por los excesos de una civilización marcada por la dictadura de la imagen, por el abuso de lo visual frente al deterioro creciente del valor de la palabra. De todo hay.
En el mundo del libro, sin embargo, la asociación de la imagen y de la palabra ha vivido momentos de verdadera inspiración. En la Edad Media, por ejemplo, los libros «iluminados» daban ya luz, en el sentido etimológico del término, al verdadero sentido de la ilustración como «adorno» o «documentación» de un texto. Desde la aparición de la imprenta, los volúmenes ilustrados mostraron, desde el primer momento, su inmensa capacidad para atraer a las personas, desde niños, al mundo de la lectura. En nuestro tiempo, hay millones de personas que se han convertido en lectores empedernidos gracias a esta iluminación, llámense libros ilustrados o llámense también tebeos o cómics. «Tengo muy clara cuál es mi mayor bondad -ha dicho Quino-: cada día, muchos padres me agradecen que, gracias a Mafalda, sus hijos empezaron a leer». No es exagerado decir que la palabra, en este caso supeditada necesariamente a las exigencias de la imagen, adquirió en el siglo XX una nueva significación, absolutamente cautivadora, gracias al mundo del cómic.
Tan cierto puede ser afirmar que una imagen vale más que mil palabra como decir que una palabra, una sola, contiene en su interior millones de imágenes que se iluminan automáticamente en la mente del que la lee o la escucha. El libro ilustrado es, en la actualidad, la suma de estas dos verdades. Las palabras hablan por sí mismas, deben hacerlo con independencia de las imágenes, y a las imágenes les ocurre igual: están concebidas para no necesitar de las palabras para contar su propia historia. Pero juntas, palabras e imágenes, cobran sin duda una nueva dimensión: se transforman, se traspasan, se enriquecen, se trascienden… Del mismo modo que los artistas que ilustran libros han encontrado un lenguaje plástico propio, un lenguaje vibrante y extraordinario que exige su propio capítulo en la historia del arte contemporáneo, los escritores de libros ilustrados han aprendido a buscar una palabra que sugiera, que necesite, que exija una ilustración a su lado para complementarse. Una simbiosis extraordinaria.
¿Aprendió el hombre a dibujar antes que a hablar? No lo sabemos. Pero sin duda aprendió antes a dibujar que a escribir. De hecho la escritura no es más que una estilización en el empeño de trasladar la palabra a un soporte para perpetuarla en el tiempo. Signos que se dibujan para representar palabras.
Después de inventar los libros ilustrados, de inventar el cómic o de inventar el cine (donde además era posible encontrar a imagen y palabra unidos, fundidos con la música), el hombre del siglo XXI vive una auténtica revolución cultural donde, al lado de las nuevas tecnologías virtuales, las “viejas” expresiones artísticas (la poesía, el teatro, la novela, las artes plásticas, la danza, el cine…) alcanzan cotas extraordinarias de expresión. El mundo de la ilustración es, sin duda, un ejemplo magnífico de ello. No hay un precedente igual en la cantidad, en la calidad y en la originalidad de la propuesta de tantos y tan maravillosos artistas del arte de la iluminación.Para todas las edades. Y en todas las dimensiones imaginables.


marzo 2015
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