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Carlos Aganzo

El Avisador

Emilio Lledó o el poder generador de la palabra

El filósofo y humanista Emilio Lledó, Premio Nacional de las Letras 2014, posando en su casa de Madrid

El filósofo y humanista Emilio Lledó , Premio Nacional de las Letras 2014, posando en su casa de Madrid

Zoon politikón, pero fundamentalmente zoon phonón: es decir, animal que habla. Así desde Platón y Aristóteles hasta hoy, a lo largo de todas las corrientes hermenéuticas que se han ido sucediendo, una tras otra, en la historia de la filosofía. Pocos pensadores y escritores como Emilio Lledó, el último de una valiosa saga de defensores de la palabra como conformadora esencial del ser humano, tienen tan merecido el Premio Nacional de las Letras españolas. Letras que forman palabras. Palabras que articulan el lenguaje. Lenguaje que define el perfil del hombre sobre el mundo.
Los alumnos que pasaron por sus manos nunca han olvidado sus clases. En el instituto de Valladolid, en las universidades de La Laguna, Barcelona, Madrid. Un estilo forjado desde su propia peripecia vital como sevillano de Triana, madrileño de Vicálvaro, maestro en tránsito, ciudadano del mundo. Ciudadano muy especialmente atento a las grandes corrientes del pensamiento europeo de posguerra. Con el inconfundible toque alemán, eso sí, de sus maestros Gadamer y Löwith. Y de Otto Regenbogen, quien le alumbró en el camino de la filología clásica como piedra toral del conocimiento filosófico.


Porque la primera lección de Emilio Lledó, sin duda, es la del hallazgo del poder generador de la palabra. La del valor del lenguaje como elemento conformador del hombre. Immanuel Kant dice en su “Crítica de la razón pura”: «La ligera paloma que en fácil vuelo corta el aire, sintiendo al par la resistencia que le ofrece, podría pensar que en un espacio sin aire volaría mejor». Y Emilio Lledó le responde: «ese aire es, precisamente, el que le permite el vuelo. (…) El aire del pensamiento es el lenguaje».

Junto a este principio, que alumbra algunos de sus trabajos principales, como “Filosofía y lenguaje” o “El silencio de la escritura”, con el que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo, la segunda gran aportación del pensador es su profundización en la relación entre escritura y memoria, igualmente como elementos que definen al hombre. «Ser es ser memoria -escribe Lledó-. Nuestro cuerpo, nuestra persona como sujeto personal e inconfundible, es lo que ha sido. El latido de cada presente no sólo se esfuma como gota del tiempo, sino que va creando y configurando nuestra propia consistencia, nuestra personalidad. De ahí la importancia que tiene el cultivo de un pasado que llega a nosotros a través de la escritura. Las letras son privilegiados testigos del tiempo, la eterna presencia de los textos. Ese inmenso horizonte de experiencia que constituye la escritura frente a la inmediata y efímera oralidad precisa hoy un ajuste más afinado para que la historia que nos ha precedido, esa maravillosa herencia de arte, de literatura, de filosofía, de historia, sirva de enseñanza, de estímulo, y sea capaz de enganchar a los hombres en nuevas formas de solidaridad y compañía». Reivindicación de la memoria que ocupa buena parte de otros libros importantes suyos, como “Lenguaje e historia” o “El surco del tiempo”.
Con esta amalgama sustancial ha forjado Emilio Lledó, a lo largo de una carrera incansable, su ética y su estética particulares. Cerca de sus maestros clásicos, pero vestido también de un espíritu epicúreo que le ha llevado a aceptar con naturalidad el Premio de las Letras, respetando, eso sí, a quienes se han negado a recibir otros premios nacionales; o a mostrar claramente su preocupación por la educación de las nuevas generaciones, como ha hecho recientemente al recibir el Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña, que le otorgó la Academia Mexicana de la Lengua. Vivimos, decía Emilio Lledó al otro lado del Atlántico, en una sociedad «inerme», al carecer del conocimiento y de la cultura suficientes o al haberlos perdido. Vivimos en la palabra, sí; y precisamente por eso estamos expuestos permanentemente a ser manipulados a través de ella: «una educación manipulada pretende deteriorar nuestra mente».
Aprender a pensar es tan importante, si no más, que aprender a hablar. Y aprender a escribir, además, nos permite fijar el pensamiento a través de esa extraordinaria cualidad del ser humano que es la memoria. «En el mundo de la realidad estamos; pero en el mundo del lenguaje, de los libros, somos», nos dice nuestro último Premio Nacional de las Letras. Ése, con toda seguridad, es el mejor camino camino hacia la plenitud del ser.


mayo 2015
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