Los incondicionales de Woody Allen, que son legión, dicen que al maestro sólo le salen bien las películas que se estrenan en años nones. Y ponen como ejemplo, sólo por hablar de los últimos años, los éxitos incontestables de “Match point” (2005), “Mid-night in Paris” (2011) y “Blue Jasmine” (2013) o, sensu contrario, los fracasos de “Vicky Cristina Barcelona” (2008), “Conocerás al hombre de tus sueños” (2010) y “A Roma con amor” (2012). Así que esta última, “Magia a la luz de la luna”, no viene en principio suficientemente bendecida por la numerología.
En realidad ésta no es más de una de las innumerables mitomanías que rodean la leyenda de Woody Allen. La leyenda de un héroe imperfecto y contradictorio que, sin embargo, ha rodado algunas de las películas más extraordinarias de la historia del cine en los últimos 45 años: los que han transcurrido desde que se estrenó, en 1969, “Toma el dinero y corre”. Una contradicción que se manifiesta en todas las facetas de su vida y de su obra.
Por ejemplo, en su relación con sus compañeros cineastas estadounidenses. No deja de ser curioso que el más neoyorquino de todos los directores americanos sea mucho más apreciado en Europa que en los Estados Unidos. Quizás por la persistencia en él de la herencia judía ruso-austríaca (viene de una familia «burguesa, bien alimentada, bien vestida e instalada en una cómoda casa») de sus abuelos. O quizás por su negativa perenne a acudir a la ceremonia de los Oscar, alegando sus conciertos de los lunes con la The New Orleans Jazz Band; excepción hecha del día que acudió al show de la Academia de Hollywood para abogar por que se siguieran rodando películas en Nueva York, después de los atentados del 11de Septiembre. O simplemente por las facilidades que sigue encontrando en Europa, a pesar de la crisis, para financiar sus filmes, aprovechando el tirón turístico y mediático de su presencia.
Como contradictoria es su necesidad de exhibirse continuamente en sus propias películas, de llevar hasta el extremo la confusión de su persona con la de sus personajes (en el vestir, en el hablar, en el comportarse?), con la realidad de un carácter neurótico, de timidez y pudor recalcitrantes, que precisa desde la juventud del tratamiento del psicoanalista. Un antihéroe que nació el mismo día que, en un ataque de pánico escénico en el mítico Blue Angel, se dio cuenta de que su torpeza, sus balbuceos, su aparente complejo de inferioridad podían ser uno de los rasgos más atractivos de su propuesta. Algo que él ha explicado mil veces como fruto de su infancia en una «escuela para maestros con trastornos emocionales» y de su adolescencia representando el papel «de ese chico con gafas que nunca consigue a la chica, pero que es divertido y cae bien a todo el mundo».
Un obseso del orden que, sorprendentemente, confía al cien por cien en la improvisación y en la espontaneidad de sus actores a la hora de rodar algunos de sus memorables planos secuencia. Un enfermo, al mismo tiempo, de agorafobia y de claustrofobia. Un narcisista que se regodea en su propia obra y que no tiene empacho en repetirse a sí mismo una y otra vez (conocido es, por ejemplo, el troceo que hizo del guion original de “Annie Hall” para construir después las historias de “Delitos y faltas” y “Misterioso asesinato en Manhattan”) y que desconfía a la vez del resultado artístico de sus películas, hasta el extremo de llegarles a pedir a los productores, en alguna ocasión, que no las estrenaran. Un niño frágil e inseguro que sigue sorprendido por el mundo de la magia (una de las más claras señas de identidad de sus películas, junto con la cultura urbana y la música de jazz), y que es capaz, sin embargo, de lucir durante casi cinco decenios las mismas gafas de pasta. Esas míticas gafas que, durante años y por centenares, alguien se ha dedicado inútilmente a robar de su escultura en la calle Milicias Nacionales de Oviedo. «Conoces a muchos genios. Deberías conocer gente tonta de vez en cuando. Podrías aprender algo», le dice Isaac Davis (Woody Allen) a Tracy (Mariel Hemingway) en “Manhattan”. Eterna contradicción.