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Carlos Aganzo

El Avisador

Tundidor o la vida como acontecimiento

La tierra que le vio nacer. La tierra donde aprendió la lengua que más ama. La tierra donde vivió las experiencias emocionales que conformaron su “primera personalidad creadora”. ‘Zamora’: ésa es la tierra y ése el título bajo el cual Jesús Hilario Tundidor reunió, en el año 2001, en una espléndida edición no venal, todos sus poemas “argumentados con estímulos que habían tenido como fondo vivencias y entornos zamoranos”. La misma que ahora, corregida y aumentada con poemas de sus dos libros publicados más tarde (‘Junto a mi silencio’, 2002, y ‘Fue’, 2008), conforma el volumen ‘Elegía en el alto de Palomares’, recientemente aparecido bajo el sello de Difácil.

Jesús Hilario Tundidor, en su última visita a Valladolid.

La última entrega del flamante Premio de las Letras de Castilla y León 2013 viene, pues, vestida de nostalgia. Envuelta en la memoria de aquella ciudad suya “de tejas hondas y silente alma” donde, siendo niño, aprendió a tener respeto por las aguas turbulentas y profundas del río, pero también admiración por la belleza de sus calles y sus monumentos, todos ellos representados poéticamente en la majestuosa cúpula gallonada de la catedral: “Rumor de tiempo y mar, de trigo amigo, / el Duero al fondo del amor te acosa / y te corteja. Silenciosa rosa, / callada rosa, en el azul testigo”, como la describe el poeta en uno de sus sonetos más conocidos.
Rumor del tiempo y la memoria, pero sobre todo rumor del río que pasa junto a la ciudad. Un Duero manriqueño por cuyas “aguas marchitas” el poeta ve correr la niñez y la desesperanza, el “tiempo derrumbado” y una “memoria de inocencia” que “inunda la larga longitud del corazón…” Aguas en proceloso movimiento (“madre lenta y cauce largo”), sobre las que Tundidor construye la metáfora mayor de la existencia. El río y, fluyendo con él, toda la tierra de Zamora, esa tierra “puesta al sol, al aire, a la mañana, / igual que un denso amor que nos redime”; tierra que “es nuestra vida, es nuestra / soledad y es nuestro gozo”; tierra de llanos y de montañas eternas, “cogedoras de sol”; tierra del vino, tierra del pan y “tierra de Campos sola”, donde a veces da la impresión de que los pueblos viven “en olvido” y en “silenciosa aceptación del llanto”, aunque sigan mostrando con orgullo, a los ojos del poeta, su condición de patria de “gentes del sol y de la encina, ganaderos, tundidores, pastores ricos en greda libre, en aire hermoso libre, en romero y jaral, en descampado y noche estrellada”.
Zamora se constituye así en un espacio mítico donde Tundidor comparte el pan de la palabra y el vino de las alucinaciones con León Felipe y Claudio Rodríguez, pero también, en plena exaltación poética, con Eliot y Baudelaire: “ah, señores poetas: partons à cheval sur le vin pour le ciel”. Un territorio ideal en el que surge, ya desde la niñez del escritor, la necesidad de la poesía, la necesidad del canto. La evocación, una y otra vez, del momento de la creación, el instante maravilloso “cuando se hace lenguaje el corazón y canta”, cuando el alma se estremece ante “esta sorpresa de la semántica, ese tejido de las palabras”.
Aunque Tundidor es poeta de ancha lengua española, escritor de canto universal, ¿sería posible entender su obra, su propio ser de poeta, sin esa vibración primera del corazón al contacto con la belleza de su tierra zamorana? Tras la lectura de este libro parece evidente que no. Con la remembranza de la ciudad, del río, de la tierra, de toda esa naturaleza tan distinta del Madrid en el que el poeta vive de continuo,Tundidor va forjando un corazón de “honda verdad”; un corazón ganado por el ansia de la belleza donde late también, en el fondo, esa necesidad de misterio que nos pide siempre la poesía. La necesidad de irse hacia “el pleno centro” del alma, de sentir el silencio y el temblor de otros poetas de Castilla, como sus vecinos Juan de Yepes y Teresa de Cepeda, que “bajan de Dios y escriben en la prora / el verso blanco de la luz ilesa”. Saber que “todo es un vuelo y más, es más que un vuelo”, como dice el poeta.
Y al final en este libro, tan vivo y palpitante como el resto de la fecunda serie de sus otros poemarios, lo que verdaderamente vuelve a caracterizar la escritura de Tundidor, por encima de cualquier otra condición, es su capacidad de interpretar “la vida como acontecimiento”, la vida como un cuerpo enamorado y tendido al sol, como un canto poético alto y permanente. Así lo reconoce en ese rompedor final de ?Pasiono?, otro de sus poemas más conocidos, cuando nos dice sim ambages: “es mi empeño / la luz, la luz hermosa y perseguida / y amo, tal como es, la puta vida”. Genio y figura.

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