Qué vamos a hacer ahora sin una cabeza como esta, decía el día 1 de enero Amancio Prada en Valladolid. Desaparecidos Agustín García Calvo y Chicho Sánchez Ferlosio, al que, por cierto, el Ateneo de Madrid rindió homenaje el martes, la voz de la denuncia permanente contra el sistema ha quedado seriamente mermada. Más cuando el autor de ‘Lecturas presocráticas’ y ‘Contra la realidad’ estuvo al pie del cañón hasta el último momento. Cada miércoles acudía a su tertulia del Ateneo madrileño, y cada jueves a las concentraciones del movimiento 15-M para debatir con los jóvenes, cambiar impresiones y seguir animándoles en su actitud contestataria. Queda, como testimonio de esta actitud irreductible, la película que Martín Patino estrenó en la pasada edición de la Seminci, ‘Libre te quiero’: título y banda sonora que rinden homenaje al célebre poema de Agustín García Calvo musicado por Amancio Prada.
Lingüista, pensador, poeta, dramaturgo y traductor, Agustín García Calvo era el último de una serie de grandes clasicistas que emplearon la cultura, a la que no dudaron en incluir también en el objeto de su crítica, como lucha por la libertad individual y colectiva. Alumno de Antonio Tovar, el maestro abandonó su cátedra universitaria en solidaridad con el alumno aventajado cuando fue expulsado, en 1965, de la Complutense, al lado de Santiago Montero, Enrique Tierno Galván y José Luis López Aranguren, por sumarse a las protestas de los estudiantes contra el régimen. Después, en su exilio de París, García Calvo sentó la cátedra de la oposición intelectual al franquismo ya desde las aulas de la Universidad de Lille y del Collège de France, ya desde las mesas de La Boule d’Or, cita de centenares de españoles comprometidos en la causa. A su regreso a España, sin embargo, la misma indignación que le provocó la dictadura del general le empezaron a provocar enseguida las contradicciones de un sistema democrático donde se repetían, sobre una estructura teórica distinta, los mismos esquemas de poder, de opresión, de sometimiento a los dictados del dios dinero y de falta de coherencia intelectual. ‘Que no, que no’, se titulaba uno de sus más conocidos ensayos, símbolo de su negativa permanente a conformarse con cotas de libertad insuficientes. Tal vez, de no ser tan terne la costumbre de los españoles de importar todo tipo de principios, el icono del lanzamiento de los indignados y del 15-M español habría podido ser el propio García Calvo, al lado, por ejemplo, de José Luis Sampedro, en lugar del viejo diplomático francés Stéphane Hessel, el autor de ‘¡Indignaos!’, sobre quien se construyó la parte más teórica del movimiento. Pero esa es harina de otro costal.
Hoy, además de con su impronta contestataria, en la hora de su desaparición conviene reivindicar, con la misma fuerza o más que sus escritos filológicos y ensayísticos, la vigencia de su temperatura poética. «Ser un mal poeta, / fatal si es necesario,/ y por la mañana levantarte muy tarde», reivindicaba como ideal de vida el autor de ‘Canciones y soliloquios’, ‘Libro de conjuros’, ‘Ramo de romances y baladas’, ‘Sermón de ser y no ser’ o ‘Relato de amor’. A medio camino entre lo socrático puramente griego y lo místico castellano, como corresponde a un hombre que miró la vida tantas veces desde las alturas de Zamora, en este último libro escribió versos como estos: «Si el silencio oyes escucha. / No sé si he muerto. / No sé si lo estoy. / Nadie hay que presuma / saber aquí nada. / No sé. No lo sé. / Mil veces en una, / no sé. No lo sé. / Y mi voz, al callar, responde segura». Hablando del amor supo hablar del sentido de la vida, y hablando de la justicia o la libertad terminó tocando el pulso de la propia existencia humana, siempre cerca de los grandes maestros de la cultura grecolatina con los que dormía debajo de la almohada. E incluso tuvo un burro, durante largo tiempo, al que contarle sus hallazgos y sus inquietudes.
¿Qué vamos a hacer ahora sin una cabeza como esta?