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Carlos Aganzo

El Avisador

¿Literatura juvenil o literatura social?

La infancia, la familia, la educación, la religión, la desigualdad, la situación de la mujer, la libertad, la justicia… La confrontación entre los sueños y la realidad. La probabilidad, siempre, de encontrar personajes malvados en entornos seráficos, pero también personajes heroicos en sociedades corrompidas… Todo tiene que ver con los valores cuando hablamos de “Celia”, la extraordinaria serie de novelas infantiles y juveniles nacida del ingenio literario de Elena Fortún. La combinación original de los principios de una católica convencida y de una mujer liberal que creyó firmemente en las posibilidades de la República para luchar contra el analfabetismo, fomentar la cultura y mejorar la situación de las clases y colectivos menos favorecidos en su tiempo.


Todavía está por ver, en su justo término, de qué manera la obra de escritores «juveniles» del siglo XIX, como Emilio Salgari y Julio Verne, o de principios del XX, como Enid Blyton, han servido para conformar la educación sentimental de muchos de los que hoy mismo, en pleno siglo XXI, rigen los destinos de nuestra sociedad. A este mismo grupo de predilección pertenece, sin lugar a dudas, Elena Fortún, cuyos personajes deslumbraron a las lectoras de los años treinta y cuarenta, más tarde a sus hijas, después a las hijas de sus hijas, y así hasta la multitudinaria reedición de la colección a partir de la serie televisiva de finales de los noventa. Detrás de Sandokán, del piloto del Danubio, de los Cinco, de los Siete Secretos o de Celia, encuadrados en una larga lista de grandes éxitos de la literatura juvenil, vinieron los tebeos, y detrás las series de televisión o fenómenos editoriales como el de Harry Potter; siempre con la misma capacidad de forjar sueños y espíritus, pero no siempre con la misma vocación de despertar sensibilidades.

Con la excusa de mirar el mundo desde los ojos, aparentemente inocentes, de un niño, seguramente una buena parte del secreto del éxito de “Celia” ha estado en su capacidad de mostrarles a lectores de muy distintas épocas las contradicciones de una sociedad que se retrata fielmente a través de personajes sencillos, cotidianos, de la calle o de todos los días; con línea fina y humor más fino todavía, sin necesidad de recurrir al drama desgarrado o a la tragedia demoledora. Pura literatura social capaz de conmover a los mayores, pero sobre todo de penetrar en lo más profundo del corazón de los niños.

Una condición, la de mostrar sin desgarrar, que se corresponde también con la propia vida de la escritora. Una autora de éxito a la que mimaron las editoriales y a la que su pluma le sirvió para aliviar no pocas penurias en el trauma de la guerra civil y el exilio; pero también una mujer que vivió de lleno la tragedia de su tiempo, que vio morir a su hijo de diez años, suicidarse a su marido y amargarse sin remedio a su otro hijo, hasta hacerse insostenible la vida junto a él… Una defensora de causas perdidas que aprendió “braille” para colaborar con la asociación de Mujeres Amigas de los Ciegos; que luchó por los derechos de la mujer al lado de Victoria Kent o Zenobia Camprubí desde el grupo del Lyceum Club, y que se preocupó por las condiciones de vida de los niños militando en diferentes organizaciones benéficas. Por esos niños que le enseñaron a mirar el mundo con los ojos de Celia, y a juzgarlo con su mentalidad, tan limpia como indagadora. Una escritora incomprendida por muchos, pero seguida también por decenas de miles de lectoras incondicionales, así como por un grupo selecto de amigas que siempre la apoyaron, entre ellas María Lejárraga, quien le animó a escribir sobre las historias que anotaba en su acuaderno escolar mientras sacaba a jugar a sus niños al madrileño parque del Retiro, o Mercedes Hernández, cuyos hijos, convirtiendo a Florinda en Celia y a Félix en Cuchifritín, le sirvieron de modelo para sus personajes.

La escritora que sorprendió a los lectores de “Blanco y negro” en 1928, en un tiempo en el que todo parecía posible, con “Celia dice”, el primer capítulo de su larga serie de éxitos. La misma que nos dejó como testamento, inédito hasta 25 años después de su muerte, “Celia en la revolución”, memoria ya teñida de negrura, de todo cuanto vino después.

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