{"id":246,"date":"2015-03-27T19:37:08","date_gmt":"2015-03-27T18:37:08","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/elavisador\/?p=246"},"modified":"2015-03-27T19:37:08","modified_gmt":"2015-03-27T18:37:08","slug":"retratos-de-la-mirada-del-alma","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/elavisador\/2015\/03\/27\/retratos-de-la-mirada-del-alma\/","title":{"rendered":"Retratos de la mirada del alma"},"content":{"rendered":"<p>El retrato de &#8220;El caballero de la mano en el pecho&#8221; (1585), de El Greco, refleja quiz\u00e1s mejor que ninguna otra obra de un pintor espa\u00f1ol el alma del \u00faltimo Renacimiento de Castilla. Su honrosa hidalgu\u00eda, su tristeza espiritual, la suntuosa austeridad del imperio venido a menos. Nadie sabe a ciencia cierta si el adelgazamiento ps\u00edquico de las figuras que pint\u00f3 en los \u00faltimos a\u00f1os de su vida es fruto del misticismo, del astigmatismo o del propio genio de Dom\u00e9nikos Theotok\u00f3poulos; o de las tres cosas a la vez. Pero lo que parece indudable es que sus retratos, por encima incluso de sus grandes composiciones religiosas, se terminaron situando en las mismas fronteras del esp\u00edritu, del arte y de la condici\u00f3n humana. Basta con detenerse en la serie del Apostolado, tomada, seg\u00fan las cr\u00f3nicas, de los rostros m\u00e1s expresivos del manicomio toledano, para darse cuenta de este gusto enfermizo por los l\u00edmites. Una colecci\u00f3n de rostros fantasmales, sin espacio ni tiempo, profundamente afectados por la agitaci\u00f3n del alma, que conmueve los cimientos del espectador.<br \/>\nAlgo tiene que ver en esta sacralidad de los rostros de El Greco su experiencia primera como maestro de iconos ortodoxos en su Creta natal. Y algo m\u00e1s su incorporaci\u00f3n plena a la exaltaci\u00f3n del Renacimiento con Tiziano (a quien sigui\u00f3 en la colocaci\u00f3n y en la elecci\u00f3n de los fondos neutros para sus retratados) y con Tintoretto en Venecia, y con Miguel \u00c1ngel en Roma. Pero sobre todo su larga etapa (37 a\u00f1os, la mitad casi exacta de su vida) en aquella Toledo de finales del XVI que fue capital religiosa de Castilla, expresi\u00f3n profunda de la Contrarreforma y ciudad de grandes mecenas que no acababan de hacer bien las cuentas cuando se trataba de pagar a sus artistas. No le terminaron de creer en Roma cuando le asegur\u00f3 al papa P\u00edo V, inclinado a cubrir los desnudos de Buonarotti en la Capilla Sixtina, que \u00e9l era capaz de ejecutar una nueva pintura \u00abcon honestidad y decencia y no inferior a \u00e9sta en buena ejecuci\u00f3n pict\u00f3rica\u00bb. Ni le termin\u00f3 de gustar a Felipe II el resultado de las dos primeras obras que le encarg\u00f3 para la magna pinacoteca de El Escorial. Pero en Toledo encontr\u00f3 valedores y seguidores entusiastas que no se cansaban de encargarle obras nuevas o, incluso, copias de sus originales, con el consiguiente l\u00edo que se han tra\u00eddo los catalogadores de su pintura hasta la fecha.<\/p>\n<p><a href=\"\/elavisador\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2015\/03\/NF0D1IP1.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignright  wp-image-247\" style=\"margin: 8px;\" title=\"DOCU_NORTECASTILLA\" src=\"\/elavisador\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2015\/03\/NF0D1IP1.jpg\" alt=\"\" width=\"325\" height=\"400\" \/><\/a><br \/>\nEn Toledo se convirti\u00f3 en un pintor de \u00e9xito, en un intelectual que ten\u00eda en su biblioteca 130 vol\u00famenes (un aut\u00e9ntico lujo para la \u00e9poca), y en un espa\u00f1ol tan genuino como sus contempor\u00e1neos San Juan de la Cruz o Cervantes, s\u00f3lo unos a\u00f1os m\u00e1s j\u00f3venes que \u00e9l. Genuino en el genio como en la figura. Esa figura extravagante que retrataron sus coet\u00e1neos y ese genio que s\u00f3lo empezar\u00eda a apreciarse, en su verdadera dimensi\u00f3n, muchos a\u00f1os despu\u00e9s de su muerte. Si al verdadero Cervantes lo olvidaron los espa\u00f1oles y lo rescataron del olvido los rom\u00e1nticos europeos, a El Greco lo coloc\u00f3, como precursor indiscutible de la modernidad de Cez\u00e1nne, Monet, Degas o Renoir, un extraordinario cr\u00edtico y escritor germ\u00e1nico llamado Julius Meier-Graefe, autor de &#8220;Spanische Reise&#8221;, y una de las figuras claves del arte europeo de finales del siglo XIX y principios del XX.<br \/>\n\u00abPor medios simples, el artista crea una memorable caracterizaci\u00f3n que le coloca en el m\u00e1s alto rango de los retratistas, junto a Tiziano y Rembrandt\u00bb, escribi\u00f3 sobre El Greco, decenios m\u00e1s tarde, Harold Wethey, egregio profesor de Arte de las universidades de Washington y Harvard. Los ojos de sus ap\u00f3stoles y de sus santos, muy especialmente los de sus versiones de San Francisco (hasta 25 pint\u00f3 de su mano y hasta un centenar en total salieron de su taller), perdidos entre la inspiraci\u00f3n, la santidad, el hallazgo o la locura, dan testimonio del estado de gracia de un artista que, desafiando a su tiempo, se atrevi\u00f3 a pintar el alma de los hombres.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El retrato de &#8220;El caballero de la mano en el pecho&#8221; (1585), de El Greco, refleja quiz\u00e1s mejor que ninguna otra obra de un pintor espa\u00f1ol el alma del \u00faltimo Renacimiento de Castilla. Su honrosa hidalgu\u00eda, su tristeza espiritual, la suntuosa austeridad del imperio venido a menos. 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