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	<title>Sábato | ENFASEREM - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<pubDate>Thu, 05 May 2011 20:59:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><img loading="lazy" class="alignleft" src="//limaenescena.lamula.pe/files/2011/04/sabato_ernesto_efemerides2.jpg" alt="" width="164" height="242">Muere <strong>Ernesto Sábato</strong> (y disculpen la tilde, pero uno comenzó a leerlo con tilde) cuando apenas le faltaba un paso para cruzar la frontera del siglo. La vida, por larga que sea, nunca alcanza para aprender el oficio de vivir, como el escritor, que era el hombre, bien sabía. Escribir y vivir son dos y un mismo oficio, y tampoco a escribir, por fortuna, se aprende nunca del todo. Sábato cambió la física atómica por las novelas porque era eso lo que tenía hacer, pero tan ético hubiera sido el abandono contrario. Postulaba la soledad creadora como requisito primero y necesario para el acto de escribir, la soledad como territorio de encuentro del escritor y su escritura, del hombre con lo que quiere decir que, una vez descubierto, en él revierte y lo conforma. El escritor como detective de sí mismo y a la vez detective del mundo. El individuo no por encima <em>sino antes</em> de las pasiones, de los temas: antropocentrismo ético, que el artista encarna con vocación fatal. Así, ironizaba con un punto de desprecio la teoría que encumbra la obra de <strong>Flaubert</strong> como la de un monumento al objetivismo; el ego gordo y con bigotes tupidos que se transmutó en <em>Madame Bovary</em> si algo no era, no podía ser, era objetivo, objetivista, su simple condición de escritor lo impedía.</p>
<p>Recuerdo cómo entré a Sábato: no por la puerta principal de la novela sino por la de atrás de los ensayos, inevitablemente menos transitados. <em>Uno y el Universo </em>y <em>El escritor y sus fantasmas</em> de inmediato se hicieron un hueco perpetuo en esa estantería mental que nos acompaña donde quiera que vayamos y que no siempre coincide con la que nos queda al alcance de la mano. Fue un maestro que nunca buscó discípulos. Alguien que supo que en el silencio hay más verdad que en la palabra rutinaria o de compromiso; que no solo lo supo – muchos lo saben – sino que practicó el ejercicio del silencio con igual compromiso que el de la voz, hablada o escrita. Nos queda esta última, río que no se detiene.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 5/5/2011)</p>
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