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	<title>Basado en hechos ficticios | ENFASEREM - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<title>Basado en hechos ficticios | ENFASEREM - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jul 2011 20:19:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>¿Novela-complot? ¿Novela-acertijo? ¿Novela-red? ¿Contranovela? ¿Metanovela? ¿Meta/metanovela? ¿En qué cajón de esa obsesión editora que es la novela cabe meter <em>Constatación brutal del presente</em>? ¿Acaso importa? Dejémoslo en novela, simple y celianamente. Al artefacto literario ideado por <strong>Javier Avilés</strong> no le hacen falta apellidos, se sostiene por sí solo. Es decir, se sostiene siempre y cuando el lector quiera sostenerlo, y eso pese a que el lector, nos asegura la voz del (los) narrador(es) del texto, es posible que haya muerto.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p><img loading="lazy" class="alignleft" src="//www.que-leer.com/wp-content/uploads/2011/05/critica-aviles.jpg" alt="" width="166" height="250"><em>Constatación…</em> consta de dos partes fundamentales que se alimentan/iluminan recíprocamente, y en este sentido más de un lector – que en el intento no haya muerto – decidirá releer la primera una vez terminada la segunda. En la primera se presentan en contrapunto distintas voces con sus respectivas narraciones, voz una y plural, todas las voces la voz, y en ella se nos refiere una posible entrevista con un cineasta de identidad embozada (volveremos sobre esto más tarde) que ha rodado un documental sobre la falsa existencia de un edificio – La Cúpula – en el que sin embargo el entrevistador ha estado – de hecho narra el encuentro desde allí, si es que hubo encuentro -; una Sección 9 que bien pudiera llamarse Sección (Imposible) Memoria, que explica – o no – la existencia de La Cúpula; y una serie de textos – <em>∑ Fake, Un documental de…</em>, <em>El otro (versión definitiva)</em>,<em> El fin </em>– donde tienen cabida desde la reseña de cine de un documental ficticio hasta una serie de notas o mandamientos (in)conexos sobre la (im)posibilidad de narrar o la presencia del (los) otro(s) en uno. Y todo ello imbricado con el devenir de la peripecia narrativa, que también la hay en <em>Constatación brutal del presente</em>. Esta peripecia se desarrolla de manera velada y rigurosamente lineal en la segunda parte, cuyo título es idéntico al de la novela toda. Tres personajes/voces ya aludidos o mencionados en la primera caminan por un paisaje apocalíptico (pos/preapocalíptico) que acaso remita al lector – si no ha muerto – al <strong>Cormac McCarthy</strong> de <em>La carretera</em>.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Esta sería solo una de las muchas alusiones/elusiones juguetonas que propone el texto y que con gratitud se reciben. Así, en la página 15 creemos adivinar un diálogo entre <strong>Nabokov</strong> y <strong>Borges</strong>, que la siguiente confirma al menos al primero; en la 54 el cineasta, Allen Smithy, enumera algunas perversiones de la producción cinematográfica, entre ellas la de “la autoría apócrifa de obras infames o problemáticas atribuida a autores ficticios”. Bien. El propio Allen Smithy es una ficción: este nombre y sus inmediatas variaciones – Allen Smithee, Adam Smythee, etc. – es el seudónimo utilizado en Hollywood por los directores que no quieren asociar el suyo verdadero a un (sub)producto determinado. El juego, en <em>Constatación brutal del presente</em>, lo lleva, con mucha coherencia, Javier Avilés hasta el límite, y así el fotógrafo que firma su retrato en la contratapa es un tal Alan Smithee.</p>
<p>Este ejemplo nos aboca a uno de los temas fundamentales de <em>Constatación…</em>, el sentido de lo real, la imposibilidad de conocer qué es eso que llamamos “realidad”, y la falacia que supone identificarla con la apariencia inmediata y aceptada por la generalidad. La realidad, como dijo uno de los autores mencionados en esta reseña y que recuerda el texto, es una palabra que siempre habría que escribir entre comillas. Pues resulta imposible aprehenderla en su totalidad, inevitablemente se nos escapa: por cambiante, por múltiple, por tan sin mapa. Convencionalmente asignamos a la realidad el valor de lo aparente, cuando lo aparente es tantas veces solo la máscara de la realidad. Ligado a este tema, el autor se ocupa del de la (im)posibilidad de alcanzar una narración verdadera, una narración capaz de atrapar lo real. Es la impotencia frustrante a la que se refería <strong>Cortázar</strong> en el párrafo inicial de <em>Las babas del diablo</em> – “Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, (…) Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las<br>
nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus<br>
rostros” -. Y es la impotencia congénita del acto de narrar: la imposibilidad de reproducir la pluralidad instantánea de la realidad, todas sus aristas simultáneas, con una herramienta, la escritura, que es sucesiva, lineal. Ni <strong>David Foster Wallace</strong> consiguió con sus notas al pie sortear este escollo consustancial al lenguaje escrito. Otros temas que <em>Constatación…</em> trata son, siempre con el problema de la realidad como referente, el de la falibilidad de la memoria – ¿Somos lo que recordamos o el recuerdo es solo otra forma de la apariencia? – o el de la diferencia entre verdad y verosimilitud. Muchos productores de cine y tv. harían bien en leer los párrafos que JA dedica a la nauseabunda advertencia/zanahoria de “Basado en hechos reales”. La única realidad válida en arte es la realidad del artificio, del objeto artístico, y hasta que no se entienda esto al espectador lo seguirán anegando de basura audiovisual.</p>
<p>Habrá quien considere <em>Constatación…</em> un libro hermético. Lo es. Pero los vericuetos temporales y el vocabulario inusual o inventado – eventrado, clampear… – deberían suponer no un repelente sino un acicate. Javier Avilés exige al lector – o a quien sea que no haya muerto – que ponga algo de su parte, que actúe como lector-macho en lugar de lector-hembra, por acudir de nuevo a Cortázar y a su en este caso discutible nomenclatura. Sí, se trata de un libro hermético. Y extraño y turbador. Y también uno de los que más placer me ha proporcionado en mucho tiempo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, julio de 2011)</p>
</body></html>
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