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	<title>Mudos de asombro - The artist | ENFASEREM - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<title>Mudos de asombro - The artist | ENFASEREM - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Jan 2012 20:30:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>El único deber del artista, sí, es decir la verdad, pero la verdad <em>artística</em>; la verdad que la obra —cuadro o novela, sinfonía o película— lleva dentro de sí, y que el trabajo del artista, si es justo, será capaz de revelar. Verdad de la obra que, además, coincide con la verdad del artista. Porque se trata de <em>su</em> verdad artística, la verdad —esa, no otra— que el artista siente encierra la obra. El ejemplo más gráfico, histórico, es quizá el <em>David</em> que <strong>Miguel Ángel</strong> le sacó al bloque de mármol, que el bloque de mármol guardaba dentro de sí esperando a que alguien se lo sacara. <strong>Leonardo</strong> a lo mejor le hubiera sacado un <em>Moisés</em> al mismo bloque, que sería tan verdad como el <em>David</em>. Cuestión concomitante: ¿qué se propone esta película, qué se propone su creador? Nada, es decir: ser —o sea todo—. Y este ser tiene su plasmación práctica en el cumplimiento del apotegma &gt;. Si el espectador siente le están haciendo perder el tiempo, el artista no ha cumplido su objetivo, por mucho que su obra trate de las más elevadas cuestiones del alma y la carne. Sin entretenimiento no hay comunicación.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p><img loading="lazy" class="alignleft" src="//alienzone.net/wp-content/uploads/2011/10/wpid-artist_2011_.jpg" alt="" width="150" height="150"><em>The artist</em> cuenta la historia de <strong>Norma Desmond</strong> aderezada con hechos o rumores biográficos de la <strong>Garbo</strong> y otros y otras estrellas de la época en que los estudios tenían personalidad y un actor era algo más que un saco de anabolizantes con obsesión por el pasado —ese vacío— de su personaje. Cuenta también el tránsito de un mundo que muere a otro que se levanta como un dinosaurio súbito —digamos el tránsito del papel al píxel, puesto a día de hoy—, y las dudas y angustias que todo tránsito conlleva en quienes de algún modo se habían hecho un hueco, siquiera privado, en el mundo que muere.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Carta de amor al cine, por supuesto, pero también a una forma de entender la vida donde el honor y la buena educación eran dos cerezas de un mismo racimo, donde el silencio, y por tanto la palabra, tenían su peso, su tiempo, su pulso; donde la fidelidad no dependía solo de los ceros de un cheque sino de las experiencias compartidas, donde los <em>scripts</em> vestían pajarita y no zapatillas de deporte. Como carta de amor al cine, uno de los mayores logros del film consiste en insertar sus homenajes sin que chirríen, eso que tantos intentan y tan pocos consiguen, convencidos con que vale hacer la mención a la referencia para dotar de contenido el plano o la frase. Me vienen a la cabeza algunos: el descubrimiento en el desván de las sábanas que cubren las otrora posesiones del protagonista, cuyo último picado, con las sábanas en el suelo, remite a <em>Ciudadano Kane</em> y sus portadas esparcidas; el plano en el que, en el cristal del escaparate, se funden el cuerpo del protagonista y el esmoquin empeñado, que a <em>Ninotchka</em> —¿no tienen además los rombos de la tela del fondo del escaparate el mismo dibujo que aquel ante el que la Garbo escupía: &gt;?—, o el baile de colofón, con pasos tomados de, al menos, <em>Un día en Nueva York</em>, <em>Cantando bajo la lluvia</em> y juraría que también <em>Sombrero de copa</em>. Hablando de planos, los hay que pasarán, o deberían pasar, directamente al imaginario colectivo del cinéfilo: el del whisky invertido en la mesa de cristal, el del diálogo de escalera que señala la ruptura, sin ellos saberlo, de su relación profesional, ya iniciada, y de la personal en ciernes; sobre todo el de ella abrazándose a través del esmoquin de él, y que es sin duda el momento cinematográfico del año, de la década, de lo que se quiera.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/the-artist.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-thumbnail wp-image-250" title="the artist" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/the-artist.jpg" alt="" width="150" height="150"></a> El hasta hoy desconocido director —&gt;, se escuchaba al salir de la sala— emplea todos los recursos del cine mudo, que siguen siendo los del cine, con una delicadeza que es también, a la vez, homenaje y creación, y entre los que destaca una fotografía en inmortal blanco y negro amorosa como la piel de un edredón de plumas. Como ocurría en el cine mudo, los actores tienen un peso abrumador, omnipresente, en la película. Apuntar solo que ella —<strong>Bérénice Bejo</strong>—no está inferior a él —<strong>Jean Dujardin</strong>—, aunque cuente con menos minutos; y que él tiene no solo gestos sino cara de cine mudo, entre <strong>Melvyn Douglas</strong>, <strong>Valentino</strong> y <strong>Errol Flynn</strong>. Ambos merecen todos los laureles, que ojalá les abran puertas a proyectos de (su) interés. Y antes de acabar, no olvidar que detrás del milagro hay un guion preciso como un rayo de sol, sobre el que el milagro descansa en primer y último término. Les dejará mudos de asombro.</p>
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