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	<title>La pasión del arqueólogo | ENFASEREM - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<title>La pasión del arqueólogo | ENFASEREM - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Mar 2012 17:27:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>Una célebre cadena de distribución y exhibición cinematográfica se promociona equiparando el placer que se obtiene viendo la película en alguna de sus salas con el que viéndola en casa. Se han pues invertido los términos —el lugar ideal para ver una película es sentado en el sofá, ya no en el templo histórico y mítico de la sala—, y lo que es más importante: tal inversión ha sido aceptada, y adoptada, por los en teoría interesados en que el público siga dándose el paseo. ¿Ha muerto entonces el cine? No pocos así lo estiman. Creo que yerran. El cine, pese a la realidad innegable de que la gran mayoría de películas son hoy solo un vehículo para vender palomitas industriales, y de hecho resultan tan vacías como estas, no ha muerto: ha mutado la forma de verse. El 3D es el (pen)último, más voluntarioso reclamo de las productoras por seguir llevando público a las salas, pero pronto todas las pantallas domésticas vendrán con 3D de serie, y las películas se distribuirán directamente en los hogares, cumpliéndose así la profecía que hiciera <strong>Coppola</strong> en los setenta.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p><img loading="lazy" class="alignleft" src="//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/a/aa/Martin_Scorsese_by_David_Shankbone.jpg/200px-Martin_Scorsese_by_David_Shankbone.jpg" alt="" width="200" height="272">El cine, sí, no ha muerto. Mientras permanezca la magia de la conexión entre la película y el espectador el cine seguirá. Y no otro cosa que un canto a esta magia mutable del cine son las dos cintas más premiadas del año, <em>The artist</em>, de <strong>Michel Hazanavicius</strong>, y <em>Hugo</em>, de <strong>Martin Scorsese</strong>. Un canto y una prueba: la magia puede darse muda y en blanco y negro o en tres dimensiones y con dolby surround; en una sala repleta o solo en tu salón. En el caso de Scorsese, <em>Hugo</em> es el canto en el plano de la ficción de la labor que en el mundo real viene realizando desde que en el año 90 fundara <em>The Film Foundation</em> y casi veinte después <em>World Cinema Foundation</em>, asociaciones con las que por amor al arte —o sea sin ánimo de lucro— se ha empeñado en restaurar obras maestras y en descubrir minoritarias que no pocas veces se revelan maestras también. Si algo define el trabajo de Scorsese es la pasión del descubrimiento, la celebración del acto creativo. <em>Hugo</em> es la materialización del sueño de un niño explorando, fascinado, un juguete nuevo, pero ese ansia por descubrir y explorar se da igualmente, y de manera no menos obsesiva, en sus largometrajes documentales y, sin duda, en su trabajo al frente de las dos fundaciones citadas. Uno sospecha incluso que la obra de la que Scorsese más orgulloso se sienta es la realizada en estas, es decir mimando la obra de otros.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><img loading="lazy" class="alignleft" src="//1.bp.blogspot.com/-7Misqac83sI/T0gn2jvuiDI/AAAAAAAACQI/Xa-lmEHDgyw/s1600/27536_132043850146378_5529_n.jpg" alt="" width="180" height="164"> El dato sin duda sorprenderá: el 50% de las películas americanas hechas antes de 1950 y más del 90 de las hechas antes del crac del 29 se han perdido. Dato que resulta lamentable más allá del fetichismo fílmico; casi siempre la mejor manera de conocer el presente es buceando en el pasado, y en eso el cine es un medio insuperable, el barómetro perfecto para tomarle la temperatura a una época, para imbuirnos del <em>Zeitgeist</em> de un periodo determinado. Uno entiende de forma más inmediata, sintética, la hipocresía suburbana de jardines como postales de los años 50, y toda la violencia sexual y racial subyacente a ella, viendo <em>Lejos del cielo</em> que leyendo los tratados sociológicos de la época. No es que la visión de la película sustituya la lectura, pero lo que esta nos da en gráficos y tablas olvidables, aquella nos lo da en un plano que se fija para siempre en la memoria, aunque luego no nos acordemos de él. Y por supuesto resulta una forma mucho más divertida.</p>
<p>Pero no solo de América vive el cine, y la labor arqueológica de búsqueda y restauración de películas la desarrolla el director italoamericano en gran medida en países que no cuentan con los recursos necesarios (la voluntad de hacerlo ni se les plantea). El placer del arqueológo es el placer del descubrimiento —y del redescubrimiento—, y este placer es uno de los más específicamente cinematográficos. Por muy pocas cosas cambiaría un cinéfilo el placer de toparse con una buena película antigua que no conocía. Scorsese se ha entregado a este placer con un deber infatigable, y a ese deber se abandona con una autoimposición sacrificial, religiosa, con toda la devoción sacerdotal del sacerdote que no pudo ser, en busca quizá de una suerte de redención fílmica por pecados que como director no ha cometido nunca o casi nunca, desde que siguiera el consejo de su maestro <strong>Cassavetes</strong> de filmar solo lo que en verdad le interesase y no proyectos ajenos a su sentir. Scorsese, pues, quiere devolverle al cine parte de lo mucho que el cine le ha dado, y trata así de preservar y compartir ese amor de la mejor manera que existe: con el propio cine, con lo que hace que el cine sea en definitiva lo que es, las películas.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/03/Un_viaje_personal_con_Martin_Scorsese_a_traves_del_cine_americano_TV-879885798-large-e1330795583388.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-332" title="Un_viaje_personal_con_Martin_Scorsese_a_traves_del_cine_americano_TV-879885798-large" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/03/Un_viaje_personal_con_Martin_Scorsese_a_traves_del_cine_americano_TV-879885798-large-e1330795583388.jpg" alt="" width="123" height="175"></a>Esta labor arqueológico-restauradora se completa con la labor documental divulgativa de <em>Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano</em> y <em>Mi viaje a Italia</em>, donde Scorsese traza su particular genealogía fílmica y familiar, de <strong>Orson Welles</strong> a <strong>Sam Fuller</strong>, de <strong>Antonioni</strong> a <strong>Fellini</strong>, de manera tan arbitraria como brillante, y que tiene la gran virtud no solo de despertar el deseo de ver las películas que uno no ha visto sino de revisar las que sí. Genealogía fílmica y familiar, hemos dicho, pues en el caso de Scorsese son inseparables y se alimentan mutuamente. Scorsese encarna la máxima de <strong>Truffaut</strong> de que quien ama el cine, ama la vida, y la lleva más allá: para Scorsese el cine <em>es</em> la vida.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 3/3/2012)</p>
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