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	<title>ENFASEREMClaves sonoras &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>El pintor del jazz</title>
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		<pubDate>Mon, 20 May 2024 09:27:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Ante un siglo que nos ha dado a Arnold Schönberg, a Igor Stravinski o a John Williams, es difícil argüir que el más grande compositor circunscribió su arte a lo que es en esencia una música popular, y sin embargo cabe establecer el caso en favor de Edward &#60;&#60;Duke&#62;&#62; Ellington, el Duque, incluso por músicos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ante un siglo que nos ha dado a <strong>Arnold Schönberg</strong>, a <strong>Igor Stravinski </strong>o a <strong>John Williams</strong>, es difícil argüir que el más grande compositor circunscribió su arte a lo que es en esencia una música popular, y sin embargo cabe establecer el caso en favor de <strong>Edward &lt;&lt;Duke&gt;&gt; Ellington</strong>, el Duque, incluso por músicos considerados &lt;&lt;clásicos&gt;&gt;. Pues muy pocos, si es que alguno, han alumbrado una obra tan varia y extensa, tan rica en color y matices, y sin perder jamás en sus distintas expresiones una voz que se ha podido imitar, pero que resulta inimitable.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/05/dukeellington-e1716196981402.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2456" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/05/dukeellington-e1716196981402.jpg" alt="" width="301" height="228" /></a>Ellington comenzó fogueando su piano con los saltos angulosos del ragtime y del stride, y con las armonías terrenales del blues, pero en cuanto pudo adoptó la orquesta como instrumento. Ellington no tocaba el piano, tocaba una orquesta, la orquesta era su instrumento. (O, mejor dicho, su instrumento principal, pues en paralelo dejó también una carrera a piano solo o en combos reducidos que por sí misma habría valido a cualquier otro para entrar en la historia).</p>
<p>La orquesta de Ellington era para el líder como la paleta para el pintor. La diferencia con otros compositores y arreglistas, aparte de su genio compositivo, se da en los matices que el Duque consigue extraer de la paleta. El juego de timbres, ritmos, tapices sonoros está equilibrado al milímetro para obtener el efecto deseado, teniendo siempre en mente quiénes son esos colores (esos músicos) que van a tocar la pieza. Verbigracia, Ellington no &lt;&lt;solo&gt;&gt; compone un <em>Concierto para trompeta</em>: compone un <em>Concierto para Cootie</em>, teniendo en mente el timbre exacto, la fluidez peculiar del fraseo de la trompeta de <strong>Cootie Williams</strong>. Y así con tantas otras piezas.</p>
<p>La primera gran etapa de la banda es la que surge a mediados de los años veinte con la eclosión del llamado &lt;&lt;sonido de la jungla&gt;&gt;, que en el fondo no abandonaría nunca del todo. En el 27 es contratado en el celebérrimo Cotton Club, donde el Duque comenzó a explorar combinaciones entre las distintas secciones de la orquesta, las sordinas en los metales, los ritmos sincopados que evocan el frenesí de la gran ciudad, las disonancias en ocasiones estridentes&#8230; Una música a la vez de una modernidad inédita y arraigada en la gran tradición, y que en el 38 llegó a un cénit que le permitió realizar su primer viaje Europa, primero de muchos que habrían de llegar.</p>
<p>Por esta época ya se han incorporado algunos de los más míticos solistas de la banda, desde el clarinetista <strong>Barney Bigard</strong> hasta el inmenso saxo barítono <strong>Harry Carney</strong>, y el Duque ya dejado para la historia una serie de piezas —<em>Black and Tan Fantasy</em>, <em>Mood Indigo</em>, <em>Caravan</em>&#8230;— cuya enumeración sería muy fatigosa de agotar.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/05/ellington-y-strayhorn-e1716197151967.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2457" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/05/ellington-y-strayhorn-e1716197151967.jpg" alt="" width="301" height="181" /></a> La segunda gran edad de oro, con la probablemente más alta formación que conoció la orquesta, la conocida como <strong>Blanton</strong>&#8211;<strong>Webster</strong> band, comienza en torno a 1940, momento en que se produce la fundamental incorporación de quien sería el más fiel escudero de Ellington por más de veinticinco años, <strong>Billy Strayhorn</strong>, con el que el Duque formaría una simbiosis compositiva y arreglista de difílcil parangón, suerte de <strong>Lennon</strong>/<strong>McCartney</strong> o <strong>Jagger</strong>/<strong>Richards</strong> en jazz.</p>
<p>Un nuevo hito se establece en el año 43, al dar el Duque a conocer su primera suite orquestal, <em>Black, Brown and Beige</em>, en el Carnegie Hall —recibida con frialdad por una parte no menor de la crítica, y hoy considerada una obra maestra—. Ellington irá con los años privilegiando la forma suite —<em>Liberian Suite</em>, <em>Far East Suite</em>&#8230;—, e incorporando en ellas, trotamundos como fue, las sonoridades étnicas de aquellos lugares que visitaba, e imbricándolas con sus arreglos de un modo que el resultado era un todo orgánico, no una sucesión de pegotes.</p>
<p>Tras componer puntualmente también para el cine, a mediados de los sesenta comenzará su última etapa con lo que él mismo terminaría considerando su mayor logro, la trilogía de conciertos sacros —que merecería, aprovechando la efeméride, una nueva remasterización conjuta—, que en buena medida puede considerarse el canto del cisne de un legado —cincuenta años con más de mil piezas compuestas— tan admirable como sobrecogedor.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 18/5/2024)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Muertos prematuros</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Apr 2024 09:25:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Aunque puede sostenerse que toda muerte es prematura en un sentido existencial —incluso la de un centenario—, las vidas que truncan la realización de una o varias promesas factibles son más prematuras que otras. En arte esto se siente de manera especial —¿qué habría alumbrado Mozart si no hubiera muerto a los 35 años, qué [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque puede sostenerse que toda muerte es prematura en un sentido existencial —incluso la de un centenario—, las vidas que truncan la realización de una o varias promesas factibles son más prematuras que otras. En arte esto se siente de manera especial —¿qué habría alumbrado <strong>Mozart</strong> si no hubiera muerto a los 35 años, qué <strong>Jimi Hendrix</strong> si no a los 27?—, y en jazz, quizá incluso más que en el rock, el número de muertos prematuros es tal que casi se tiene la tentación sombría de pensar que el morirse temprano va con el oficio, una circunstancia que puede o no tocarte, como te puede tocar el dar con un mánager honesto o con un ventajista, con un bajista zurdo o diestro. <strong>Charlie Parker </strong>y <strong>Billie Holiday </strong>representan, por la excelencia de su arte, el epítome de los prematuros, pero la nómina de estos incluye nombres tan seminales como los de <strong>Lee Morgan </strong>—asesinado—, <strong>Eric Dolphy </strong>—una diabetes no diagnosticada— o <strong>John Coltrane</strong>. Coltrane podría desde luego incluirse en la cima Parker/Holiday, y si no lo hacemos es porque las muertes prematuras en jazz están atravesadas, en muchos de los casos, por las arenas movedizas de la droga (al genio místico del saxofón también le succionaron durante un tiempo, pero él pudo escapar).</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/04/sonny-clark-e1712568110990.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2444" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/04/sonny-clark-e1712568110990.jpg" alt="" width="301" height="301" /></a>El (ab)uso de la droga llegó a cotas de casi —o quizá sin casi— epidemia en los cuarenta, con el auge del bebop; no había la información que hay ahora, y la droga era con frecuencia vista como la vía para la revolución musical: si Parker se drogaba y tocaba así, había que drogarse para tocar como Parker; luego, cuando el músico se daba cuenta de que la droga no ayudaba, de que Parker tocaba como tocaba no gracias a sino a pesar de la heroína, ya era casi siempre tarde, y entonces la muerte prematura por sobredosis o problemas de salud derivados del consumo. <strong>‘Fats’ Navarro</strong>, <strong>Sonny Clark</strong>, <strong>Paul Chambers</strong>, <strong>Richard Twardzik</strong>&#8230; son nombres cuyos logros llevan en no pocas ocasiones al aficionado a preguntarse, como con Hendrix o Mozart, qué habrían podido alcanzar si no hubieran tentado los paraísos artificiales de las sustancias ilícitas.</p>
<p>Pero la droga no es solo una epidemia de los 40/50; todavía en la década de los noventa se dieron ejemplos, y en sus recientes memorias <strong>Brad Mehldau</strong> —el ejemplo más señero— se pregunta por qué varios de sus amigos no músicos murieron por sobredosis y él no, cuando llegó a perder el conocimiento más de una y más de dos veces (y estando solo); pese a conocerse en toda su crudeza los efectos de la droga, todavía se seguía consumiendo, en algunos casos para aliviar el estrés de la vida en la carretera y por conseguir contratos en los clubes, en otros como recreación ocasional (hasta que dejaba de serlo).</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/04/kenny-kirkland-e1712568196411.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2445" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/04/kenny-kirkland-e1712568196411.jpg" alt="" width="301" height="302" /></a>Un último ejemplo que sintetiza lo expuesto hasta ahora, muerto en 1998 a los 43 años, y que quizá no venga tan de súbito a la mente pero que es de justicia mencionar, es el del pianista <strong>Kenny Kirkland</strong>. Kirkland ha quedado como acompañante (solo tiene un disco a su nombre), pero acompañante de tales músicos —no solo de jazz: <strong>Sting</strong>, <strong>Joni Mitchell</strong>, <strong>Youssou N’Dour</strong>&#8230;— que basta un rápido repaso para darse cuenta de que hay ahí un maestro y no un advenedizo por cuajar. En jazz, sus dos mayores valedores fueron <strong>Wynton</strong> y sobre todo <strong>Branford Marsalis</strong>, junto a quien participó en ocho discos, entre ellos el que ahora cumple veinticinco años desde su publicación, <em>Requiem</em>, última grabación de Kirkland antes de morir, trabajo memorable y una puerta única a lo que su pianismo podría haber deparado.</p>
<p><em>Requiem</em> puede no ser la más pulida grabación que el oyente encuentre; de título dado por Marsalis tras conocer de la muerte de su colega y amigo, compila los temas según fueron registrados meses antes de lo que iba a ser su versión definitiva, tras haberlos trabajado en los escenarios de distintas giras. Pero es justamente esta falta de acabamiento una de sus cualidades mayores, la música tiene una franqueza y un regocijo —pese a la melancolía que impregna temas como <em>A Thousand Autumns</em>— de altísima intensidad, y el conjunto es una de las más satisfactorias muestras que pueden encontrarse de jazz en formación clásica de cuarteto (saxofón más sección rítmica) en toda la década de los noventa y aun de otras.</p>
<p>Aun lo dicho hasta ahora, no debería olvidarse en cualquier caso que si bien las adicciones han cercernado o acortado las vidas de tantos jazzistas de mérito, lo que no cabe sino lamentar, en todo caso lograron dejar un legado siempre vivo, capaz de procurar nuevas sensaciones en cada escucha.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 6/4/2024)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Demiurgos anónimos</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Feb 2024 09:38:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[&#60;&#60;¿Cuántos son ustedes en el cuarteto?&#62;&#62;, le preguntó un camarero al exquisito Paul Desmond, y así pensó este en titular sus memorias (truncas apenas comenzadas). Pero la respuesta al camarero no es tan obvia como parece, pues en un combo de jazz siempre son los miembros del combo más uno, cuatro más uno, tres más [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&lt;&lt;¿Cuántos son ustedes en el cuarteto?&gt;&gt;, le preguntó un camarero al exquisito <strong>Paul Desmond</strong>, y así pensó este en titular sus memorias (truncas apenas comenzadas). Pero la respuesta al camarero no es tan obvia como parece, pues en un combo de jazz siempre son los miembros del combo más uno, cuatro más uno, tres más uno, una orquesta de veinte más uno. Solo que el rostro del uno no aparece ni en el cuadernillo ni mucho menos en la portada del disco, es un tipo que no toca ningún instrumento y suele estar más inclinado hacia la ciencia que hacia el arte, o al menos en igual medida. Y sin embargo, es él gran culpable de que los oídos del oyente perciban lo que perciben, de cómo lo perciben, y un cuarteto con el mismo plantel de saxofón, piano, contrabajo y batería pero con un ingeniero de sonido distinto no suena igual, por mucho que no se suela reparar en estos señores maniáticos y pulcros, que han de bregar con la condena del anonimato salvo que su labor no haya sido la adecuada: el oyente solo se acuerda del ingeniero de sonido cuando la mezcla de los instrumentos no está equilibrada, cuando la reverberación es excesiva, cuando el contrabajo apenas se oye&#8230; Como con el entrenador de fútbol, se repara en él si tiene una mala decisión, pero no cuando, con constancia y desde la retaguardia, hace por que todo funcione con armonía y lo consigue. (Solo que los ingenieros de sonido hablan en susurros y no hacen aspavientos).</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/02/rudy-van-gelder-e1707738307912.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2432" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/02/rudy-van-gelder-e1707738307912.jpg" alt="" width="301" height="227" /></a>Hay excepciones a este anonimato. En el mundo del rock cualquier modesto aficionado ha oído hablar de la expresión &lt;&lt;muro de sonido&gt;&gt;, referida al bastante abrumador y tupido enfoque acústico que <strong>Phil Spector</strong> solía infundir a las grabaciones que producía (y cuyos resultados no siempre dejaban satisfechos a los músicos). En jazz, las excepciones que han trascendido el manto del anonimato son fundamentalmente dos: una es la del productor <strong>Manfred Eicher</strong> —con la ejecución a los mandos de sobre todo <strong>Martin Pearson</strong>—, que desde el año 69 lleva produciendo el &lt;&lt;sonido más hermoso después del silencio&gt;&gt; en la discográfica ECM, un sonido cristalino, de una riqueza de matices enorme pero que no agobia, matices que respiran, un sonido que una vez se ha escuchado resulta muy difícil de olvidar, singularísimo (al punto de que un crítico llegó a escribir que este sonido era casi &lt;&lt;un género en sí mismo&gt;&gt;); y la segunda excepción —indudable— es la de <strong>Rudy Van Gelder</strong>.</p>
<p>Optometrista para ganarse el pan, ingeniero de sonido autodidacta —el propio estudio de sonido lo había construido él en su domicilio—, apasionado hasta la médula del jazz, Van Gelder es el principal responsable de eso que se ha dado en llamar &lt;&lt;sonido Blue Note&gt;&gt;, etiqueta legendaria que, a partir de 1952, lanzaría en los quince años siguientes una ristra de grabaciones que a día de hoy todavía se siguen admirando en el plano artístico como en el técnico (si es que no es arte el toque Van Gelder, y “solo” artesanía). No solo para Blue Note trabajó VG; Prestige, CTI o Impulse! son otros sellos que contaron con sus servicios, pero en ninguno se logró reproducir ese sabor intransferible de los álbumes de la discográfica de <strong>Alfred Lion</strong>. Y esto gracias también a Alfred Lion, que concedía a los músicos unas condiciones —tiempo y dinero— que a los otros no les importaban tanto o no les podían conceder.</p>
<p>Van Gelder era implacable en sus dominios. La comida y la bebida estaban prohibidas, nadie —ni siquiera el trompetista líder para enfocarlo hacia la campana de su trompeta— podía cambiar la ubicación de ningún micrófono —tocarlo, en realidad—, y él se ponía guantes de cirujano para manejar su equipo —sobre el que previamente había pegado cinta adhesiva opaca en los nombres de la marca y el modelo para que no se vieran—. Se pueden adosar varios adjetivos a <em>sonido</em> para tratar de describir el que obtenía Van Gelder —diáfano y cálido, sofisticado y cercano, redondo, equilibrado—, pero en última instancia permanece un reducto inefable que se resiste a categorizaciones y es su esencia, aquello que le otorga la magia. Esa magia que puede escucharse en <em>Blue Train</em>, <em>Song For My Father </em>o <em>Page One</em>. ¿<strong>John Coltrane</strong>, <strong>Horace Silver</strong>, <strong>Joe Henderson</strong>? Desde luego. Pero no nos olvidemos del demiurgo anónimo que está detrás, y así, cuando <strong>Branford Marsalis</strong> afirma que &lt;&lt;todo depende de la banda&gt;&gt;, tiene en mente también, casi con plena certeza, a <strong>Rob “Wacko” Hunter</strong>.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 10/2/2024)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Memorias sincopadas</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Dec 2023 12:15:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Quizá por su carga mitómana, el jazz es un mundo pródigo en anécdotas, verdaderas y dudosas, cuando no simplemente falsas (suelen ser las más jugosas). Charles Mingus que compraba dos billetes de avión cuando tenía que viajar, para su contrabajo y para él, uno en turista y el otro en primera: en primera sentaba al [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/12/charles-mingus-e1702296525681.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2415" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/12/charles-mingus-e1702296525681.jpg" alt="" width="301" height="452" /></a>Quizá por su carga mitómana, el jazz es un mundo pródigo en anécdotas, verdaderas y dudosas, cuando no simplemente falsas (suelen ser las más jugosas). <strong>Charles Mingus </strong>que compraba dos billetes de avión cuando tenía que viajar, para su contrabajo y para él, uno en turista y el otro en primera: en primera sentaba al contrabajo. <strong>Charlie Parker </strong>que de camino al oeste ve desde el coche a una vaca pastando y le pide al conductor que se detenga; se baja del coche, se planta delante de la vaca y se pone a improvisar con una energía digna de una noche en el Birdland con lleno a rebosar. Y tantas otras. Anécdotas que en su gran mayoría se transmiteron durante mucho tiempo de forma oral —como de forma oral se transmitieron las enseñanzas musicales: incontables jazzmen aprendieron más en <em>jam sessions </em>trufadas de humo y alcohol que en las aulas de las escuelas de música—. Así, no es imposible que sea esta conjunción de mitomanía y oralidad lo que haga que, más que escritas, la gran mayoría de las memorias de músicos de jazz parezcan haber sido registradas por escrito, y casi siempre no por el músico sino por un colaborador, un familiar o un autor de su confianza. Además de la oralidad, se nota en los textos la tendencia abrumadora en favor de un estilo no deslavazado pero impresionista, una exposición que da la imagen final del artista y su época a base de la ilación de recuerdos, no de fechas; una cronología con saltos, que la hace más viva, pues con saltos suele funcionar la memoria.</p>
<p>De entre las editadas en español cabe destacar, aparte de las más conocidas de <strong>Billie Holiday </strong>(<em>Lady sings the blues</em>) y <strong>Duke Ellington</strong> (<em>La música es mi amante</em>), las muy poéticas de <strong>Chet Baker </strong>(<em>Como si tuviera alas</em>), las de <strong>Dizzy Gillespie </strong>(<em>To be or not to be bop </em>—título genial—), las indómitas de <strong>Charles Mingus</strong> (<em>Como si fuera un perro</em>) y, sobre todo, <em>Una vida ejemplar</em>, del saxofonista <strong>Art Pepper</strong>, un libro que merece estar no solo en la cima del género memorial-jazzístico sino en cualquier cima.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/12/dance-of-the-infidels-1-e1702296026666.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2414" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/12/dance-of-the-infidels-1-e1702296026666.jpg" alt="" width="301" height="460" /></a>Con probabilidad, la mayor carencia sea la de las memorias de <strong>Bud Powell</strong>, que no son en realidad de Bud Powell sino de <strong>Francis Paudras </strong>a través del prisma de Bud Powell, y libro en que <strong>Bertrand Tavernier</strong> se basó para la más que notable <em>Alrededor de la medianoche</em>. Titulado <em>La danse des infidèles </em>(o en su versión inglesa, <em>The Dance of the Infidels </em>—<em>La danza de los infieles</em>—), es la recopilación que hace Paudras de la relación que mantuvo con el pianista americano, primero en su imaginación de joven fanático —no espere el lector encontrar un perfil imparcial—, y más tarde en la función que el destino le deparó y su generosidad quiso aceptar, la de ángel de la guarda de Powell en París, a quien acogió en su apartamento —con momentos nada fáciles—, le pagó las facturas del hospital y, en definitiva, le proporcionó, hasta donde le fue posible, estabilidad y consuelo. La muerte de Powell, ya de vuelta en Estados Unidos, a la edad de 41 años, cierra el libro de manera abrupta, seca, sin un párrafo tras el conocimiento de la noticia por el ángel de la guarda francés, apenas la constatación de su dolor inmenso y punto y final.</p>
<p>El retrato que Paudras da de Powell es el de un genio atravesado por la tragedia. La vida del pianista cambió el día en que salió en defensa de su amigo y tutor <strong>Thelonious Monk</strong>, presto a ser detenido, y un policía lo despachó a porrazos. De ahí a las migrañas insoportables y la hospitalización y los electroshocks fue todo uno, y ello repercutió en su legendaria destreza pianística (pero no al punto en que habitualmente se dice, como Paudras no se cansa de subrayar a lo largo del texto). Si a lo dicho se añade la muerte en accidente de tráfico de su hermano pequeño, el también pianista <strong>Richie Powell</strong>, a los 24 años, no es difícil imaginar las ausencias, los súbitos raptos infantiles, la dipsomanía, la resignación de marioneta ante quien se decía su mujer (y a quien Paudras no soportaba)&#8230; Todo lo cual no le hizo perder la conciencia de su genio y del valor de los otros músicos, es decir de la música. En conjunto, el libro es un retrato de una figura contradictoria (muchos genios lo son) y fascinante y —como se ha dicho— un autorretrato desde el prisma de esa figura, además de la crónica de una época con una efervescencia jazzística, sobre todo en Francia, que es probable no se vuelva a repetir.</p>
<p>Por último, no puede dejar de mencionarse un título de reciente aparición: <em>Formation: Building a Personal Canon</em>, las memorias del casi con toda seguridad más importante músico de jazz de los últimos treinta años, el pianista <strong>Brad Mehldau</strong>. A diferencia de las mencionadas, Mehldau sí escribe sus recuerdos, y ha de incidirse en el verbo: es escritura de altos vuelos (la literatura es su otra gran pasión), que relata una vida de tristeza y de dolor, pero también de amistad y de un amor infatigable por el arte. Esperemos que la falta de versión en español se deba a que <em>Formation</em>&#8230; es la primera parte de las memorias, y que cuando Mehldau saque las segundas, se publiquen ambas de golpe. Por esperar que no quede.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 2/12/2023)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Un pianista de cóctel</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Oct 2023 09:59:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Pocos años después de que Ahmad Jamal se decidiera a abrazar definitivamente el islam y cambiarse de nombre, el célebre crítico Nat Hentoff iba diciendo por ahí, a quien quisiera escucharlo, que el de Pittsburgh no era más que &#60;&#60;un pianista de cóctel&#62;&#62;. Jamal había irrumpido en la escena jazzística con una concepción que escapaba [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/10/ahmad-jamal-e1696498788159.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft wp-image-2400 size-full" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/10/ahmad-jamal-e1696498788159.jpg" alt="" width="301" height="301" /></a>Pocos años después de que <strong>Ahmad Jamal </strong>se decidiera a abrazar definitivamente el islam y cambiarse de nombre, el célebre crítico <strong>Nat Hentoff</strong> iba diciendo por ahí, a quien quisiera escucharlo, que el de Pittsburgh no era más que &lt;&lt;un pianista de cóctel&gt;&gt;. Jamal había irrumpido en la escena jazzística con una concepción que escapaba de la entonces instalada hasta suponer una reconvención indirecta de la misma —aun cuando Jamal no tuviera en absoluto tal intención—. Sí, formalmente la propuesta a trío de Jamal (piano acompañado de guitarra y contrabajo, sin batería) no era inédita: había tenido el precedente, en los 30 y los 40, del trío de <strong>Nat King Cole </strong>—curiosamente, Jamal comenzó a hacerse un hueco el mismo año, 1951, en que el trío de Cole se disolvió; así que puede verse como una entrega de testigo—; lo que sí era inédito era la manera de enfocar la interpretación. Jamal y Cole compartían la sutileza, pero el trío del segundo era, a fin de cuentas, una voz directriz más dos acompañantes; sin ser meras comparsas, y disponiendo de tiempo para expresarse, no dejaban de estar en segundo plano. Este primer trío de Jamal —&lt;&lt;el trío de cuerdas&gt;&gt;, con <strong>Ray Crawford </strong>a la guitarra e <strong>Israel Crosby </strong>al contrabajo— sonaba más orgánico si cabe que el de Cole, y tenía una concepción global, en la que el diálogo, la interacción entre los tres instrumentos, aun con la presencia primera del piano, era mucho más igualitaria, trascendiendo el esquema clásico de solos sucesivos. Concepción que a partir del 59 <strong>Bill Evans </strong>desarrollaría hasta el extremo; por entonces, sin cambiar en absoluto el enfoque —en realidad ahondando en él—, Jamal había sustituido la guitarra de Crawford por la batería de <strong>Vernel Fournier</strong>. Lo que no había cambiado era la apreciación de la crítica.</p>
<p>¿Qué se le achacaba a Jamal? En síntesis, la falta de filo, la escasa pimienta que había en sus rendiciones, habitualmente de estándares que, en efecto, podrían sin empacho formar parte del repertorio de un pianista de cóctel. Tuvo que ser <strong>Miles Davis </strong>—no precisamente la persona más dada al elogio gratuito— quien saliera en defensa de Jamal con un fervor como no volvería a demostrar. (Alguien dijo que un genio solo puede ser descubierto por otro genio, y este es un buen ejemplo de la verdad de la frase).</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/10/miles-davis.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2403" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/10/miles-davis-e1696499527166.jpg" alt="" width="301" height="198" /></a>Tras la vindicación del trompetista, los críticos comenzaron a prestar más atención, y de a poco a rendirse ante la evidencia (decir en favor de Hentoff que no tuvo ningún empacho en admitir que estaba errado por completo). La combinación única de los rasgos del pianismo de Jamal les comenzó a seducir como un mandala abstracto. El más evidente, y que Miles exprimiría como nadie, era el manejo del espacio, el uso del silencio como parte integral, generatriz del discurso musical, componente inseparable y enriquecedor de las notas tocadas. En los antípodas de un <strong>Oscar Peterson</strong>, Jamal exponía frases oblicuas, de recorrido sucinto, de apariencia inconexa pero que, tomadas en conjunto, pintaban un lienzo de una originalidad fuera de serie, donde encontrar un cliché —ese recurso al que tarde o temprano se ve abocado, aun inconscientemente, casi todo improvisador— resulta tan difícil como encontrar hielo en el Sáhara. Este discurso minimalista alcanza toda su fuerza gracias a un manejo magistral de la dinámica pianística: Jamal era capaz de pasar del <em>piano</em> al <em>fortissimo</em> con una soltura extraordinaria, así como de hacer uso con igual seguridad de las 88 teclas; a diferencia de tantos pianistas que se acotan en gran medida al registro medio y medio-agudo del teclado, Jamal exploraba el piano cual orquesta, el completo abanico de sus voces. Este uso de la dinámica puede darse no únicamente dentro de un solo, sino también dentro del tema; no es infrecuente que tras una intervención —con su propia gama de recursos— venga otra que contrasta con ella, pero no como mera oposición o yuxtaposición, sino como complemento —y ello a la vez que conversa con el contrabajo y la batería—. Todo lo cual, según se ha señalado, dé acaso una impresión de discurso deslavazado, pero hay que insistir en que tal es solo la primera: con el oído alerta uno se da cuenta de la prodigiosa capacidad espacial de Jamal (hemos hablado de lienzo; habría quizá que hablar de esculturas sonoras).</p>
<p>Y este obstáculo es el rasgo esencial que sí compartía Jamal con los pianistas de cóctel, que muy pocos les escuchan y están ahí, en un rincón de la sala, como poco más que muebles sonoros. A lo cual —cabe suponer— los pianistas se resignan, va con el oficio, pero no por ello deja de afligir, siquiera un poco. Gracias a su arte uno, aunque no lo perciba, se siente más tranquilo y la bebida le sabe mejor. Quizá no fuera mala idea brindar por el legado que nos ha dejado Jamal envueltos en las notas susurradas de estos creadores de consuelo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés,</em> 30/9/2023)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Panorámica de un festival</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Jul 2023 07:48:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[El jazz es un género musical especialmente poroso, que no solo admite sino que se beneficia de la contaminación, del intercambio con y de los préstamos de otros géneros; con una condición: que en dicha mezcla la improvisación sea el eje en torno al cual el resto de elementos se articulen; o dicho de otro [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/07/omara-portuondo-e1689528946114.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2393" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/07/omara-portuondo-e1689528946114.jpg" alt="" width="201" height="124" /></a>El jazz es un género musical especialmente poroso, que no solo admite sino que se beneficia de la contaminación, del intercambio con y de los préstamos de otros géneros; con una condición: que en dicha mezcla la improvisación sea el eje en torno al cual el resto de elementos se articulen; o dicho de otro modo, no puede haber jazz sin creación espontánea. Es por esto que resulta discutible incluir en un festival de jazz a la vocalista cubana <strong>Omara Portuondo</strong>. Es cierto que en el arranque de su carrera versionó a <strong>Ellington</strong> y colaboró con <strong>Nat</strong> ‘<strong>King’</strong> <strong>Cole</strong>, pero incluso en esas grabaciones resulta dudoso calificarla de vocalista de jazz; arreglos de metales o el acompañamiento más o menos libre de un piano no bastan: el fraseo vocal en jazz es distinto —y distintivo—. Hoy Portuondo, nonagenaria, sigue pisando los escenarios con una entrega admirable, acunando sones y boleros, capaz incluso de rapear, y sin dejar su voz de emocionar.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/07/trilok-gurtu-e1689528984849.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2394" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/07/trilok-gurtu-e1689528984849.jpg" alt="" width="201" height="149" /></a>La música del compositor y percusionista indio <strong>Trilok Gurtu</strong> se suele englobar en esa categoría un tanto inane de &lt;&lt;músicas del mundo&gt;&gt; (cabe preguntarse qué música no es del mundo); favorece pues la fusión tanto instrumental, con instrumentos acústicos y eléctricos, como de géneros y fronteras: desde la música clásica india al pop africano o al jazz cool. Se incline más hacia un territorio o a otro, la música de Gurtu no deja de estar abierta a la sorpresa, con una vocación muchas veces lúdica, festiva. Verlo detrás de los parches, cajas, tablas y demás accesorios que utiliza constituye un espectáculo cinético en sí mismo, y una clase magistral de flexibilidad rítmica y sobre las posibilidades melódicas que tiene la percusión.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/07/jerry-bergonzi-e1689529022771.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2395" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/07/jerry-bergonzi-e1689529022771.jpg" alt="" width="201" height="112" /></a>Hace ya más o menos medio siglo que el saxo tenor <strong>Jerry Bergonzi </strong>se destacó entre la pléyade de &lt;&lt;postcoltrainianos&gt;&gt; que surgieron tras la muerte del genio. Desde entonces no ha hecho sino asentar/incrementar esa reputación, situándolo en el panteón de saxos tenores blancos junto a <strong>Stan</strong> <strong>Getz</strong>, <strong>Warne</strong> <strong>Marsh</strong> o <strong>Michael</strong> <strong>Brecker</strong>. Bergonzi cuenta con una discografía como líder con más de cuarenta referencias, y es uno de los pedagogos más reputados e infatigables en todo el mundo, profesor en el New England Conservatory of Music de Boston y autor de una serie de libros, cedés y vídeos sobre la improvisación que son de cabecera de una infinidad de estudiantes, profesores y músicos. Su sonido, redondo, rotundo, bebe quizá ante todo de <strong>Coleman</strong> <strong>Hawkins</strong>, aunque la influencia de <strong>Coltrane</strong> en su soplo resulte también incuestionable, sobre todo en ese eco de espiritualidad que consigue insuflar a sus improvisaciones. Poseedor de un conocimiento armónico vastísimo, que le permite moverse con igual soltura por un blues clásico como por una composición de vanguardia, y de una imaginación siempre renovada, poder disfrutar de su magisterio junto a tres músicos capaces de arroparlo sin fisuras es una suerte enorme para cualquier aficionado al jazz.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/07/julian-lage-e1689529063904.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2396" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2023/07/julian-lage-e1689529063904.jpg" alt="" width="201" height="137" /></a>Quizá desde la aparición de <strong>Brad</strong> <strong>Mehldau</strong> ningún otro instrumentista haya aglutinado la efervescencia (casi) unánime, tanto en crítica como en público, que ha obtenido <strong>Julian</strong> <strong>Lage</strong>. Guitarrista con una técnica superlativa —y con el buen gusto de no hacer ostentación gratuita de ella—, la formación que privilegia como líder es la de trío con contrabajo y batería, que es la que presenta en el festival. A las cuatro cuerdas lo acompaña el contrabajista peruano <strong>Jorge</strong> <strong>Roeder</strong>, cuyo primer encuentro con Lage se remonta al 2005, y tras la batería se sienta el estadounidense <strong>Joey</strong> <strong>Baron</strong>, el veterano —de largo— del trío, que a sus 68 años presenta un currículum deslumbrante, habiendo prestado su pulso rítmico a figuras tan incontestables como <strong>Dizzy</strong> <strong>Gillespie</strong>, <strong>Fred</strong> <strong>Hersch</strong> o <strong>John</strong> <strong>Zorn</strong>. Los tres son músicos de una versatilidad pasmosa, y de quien cabe esperar una velada memorable como cierre para la XXI edición de Universijazz.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 17/7/2023)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Tradición actualizada</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2022 08:01:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Una de las voces más reconocidas del piano durante los últimos treinta años —instrumento que en este tiempo ha proporcionado alguna de las de mayor interés en el panorama jazzístico—, Bruce Barth es un músico capaz de moverse con igual soltura en cualquiera de los puntos del arco que va desde la los standards añejos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una de las voces más reconocidas del piano durante los últimos treinta años —instrumento que en este tiempo ha proporcionado alguna de las de mayor interés en el panorama jazzístico—, <strong>Bruce Barth</strong> es un músico capaz de moverse con igual soltura en cualquiera de los puntos del arco que va desde la los standards añejos hasta el neo-bop. Esto no quiere decir que sea la suya una propuesta conformista; si bien no se aventura por los territorios en que suelen un <strong>Vijay Iyer </strong>o un <strong>Craig Taborn</strong>, Barth consigue actualizar los clásicos y darle un brillo al bop con una originalidad fuera de toda duda; el suyo es un jazz al que cabe colgar la etiqueta de &#8216;mainstream&#8217;, pero que nada tiene de convencional en el sentido de acomodaticio o falto de riesgo. Dotado de una prodigiosa técnica —más parece una suerte de movimientos naturales que un ejercicio—, es capaz de desplazarse por los registros grave, medio y agudo del piano con la misma seguridad, y su inagotable inventiva melódica y armónica le permiten construir unos solos que, por mucho que se alarguen, jamás pierden la cohesión y sobre todo jamás pierden el swing, gracias en buena medida a una portentosa mano izquierda.</p>
<p>Muy interesante compositor y director de proyectos, Barth ha transitado con mayor frecuencia el formato reducido —piano solo, duetos, trío…—, aunque no exclusivamente, y de su magisterio como acompañante da fe la nómina de primeras espadas —<strong>Terence Blanchard</strong>, <strong>George Rusell </strong>o <strong>Peter Bernstein</strong>— que han reclamado sus servicios.</p>
<p>No menos talentoso es el músico asociado al trío, el trompetista de Miami <strong>Terell Stafford</strong>. De minuciosa formación clásica, Stafford —protegido, o al menos tutorado, de <strong>Wynton Marsalis</strong>—, con un sonido de bronce brillante —ni ácido ni opaco—, comparte con Barth muchos, si no todos, los rasgos señalados para el pianista: técnica envidiable, gran inventiva melódica y un swing muy fluido. Quizá ello, además de sus similares planteamientos musicales, los haya llevado a colaborar desde hace más de dos décadas, construyendo bolo a bolo y disco a disco una de esas compenetraciones que se dan a veces en jazz y que por momentos parecen telepáticas.</p>
<p>A los dos los arropan el contrabajista <strong>Mark Hodgson </strong>y el baterista <strong>Stephen Keogh</strong>, habituales de Barth y pilar rítmico del todo fiable.</p>
<p>Así pues, cabe anticipar una noche plena de música sugerente y grata, muy apropiada para poner el broche a este veinte cumpleaños de Universijazz.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 15/7/2022)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Llega un mito</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2022 08:01:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[El escenario de Universijazz recibe esta noche una de esas figuras rodeadas de un halo mítico —cada vez, ay, más escasas— que de tanto en tanto tenemos la suerte de que pongan pie en el festival. La trompeta de Arturo Sandoval no ha dejado de impartir magisterio desde que en el 74 se incorporase a [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El escenario de Universijazz recibe esta noche una de esas figuras rodeadas de un halo mítico —cada vez, ay, más escasas— que de tanto en tanto tenemos la suerte de que pongan pie en el festival. La trompeta de <strong>Arturo Sandoval</strong> no ha dejado de impartir magisterio desde que en el 74 se incorporase a <strong>Irakere</strong>, la con probabilidad más celebrada banda cubana en jazz, una banda que dota al con frecuencia abusado y viciado concepto de &#8216;fusión&#8217; de todo su sentido. Gracias en buena medida al éxito de Irakere allende la isla pudo Sandoval exiliarse en Estados Unidos con ciertas garantías de supervivencia, no sin antes haber entrado en contacto con la persona que se convertiría en su faro musical (hasta el día de hoy): el histórico <strong>Dizzy Gillespie</strong>. Las concomitancias entre ambos no son baladíes; más allá del dominio absoluto de la trompeta —en especial en lo que se refiere al registro agudo, donde se mueven con un brillo y una fluidez intimidantes—, Sandoval, como Gillespie, ha prestado una muy especial atención a la composición, a la formación y dirección de una banda —elección minuciosa de los músicos precisos para cada proyecto, concesión a cada uno de libertad sin que se pierda la cohesión orgánica— y a la importancia que tiene el estudio del piano para cualquier instrumentista. Gillespie fue uno de los jazzistas no pianistas que más divulgaron esta necesidad (entre otros, a <strong>Miles Davis</strong>) y que con más devoción tocó, pero en este plano el alumno incluso ha aventajado al maestro. Sandoval no es solo que tenga al piano como herramienta compositiva e instrumento ocasional, es que hace del piano un medio de expresión autónomo. No alcanza —es lógico— el virtuosismo que con la trompeta, pero sin duda escucharlo a las 88 teclas supone un deleite, especialmente en piezas a tempo lento.</p>
<p>Lo arropa un conjunto de plenas garantías: el robusto saxofonista de cálido sonido <strong>Michael Tucker</strong>; el muy fino guitarrista <strong>William Brahm</strong>; <strong>Maxwell Haymer</strong>, pianista interesantísimo (en línea está disponible su grabación, a trío, de &#8216;Whirlwind: Live at Sam First&#8217;, trabajo más que recomendable); el sólido <strong>John Belzaguy </strong>al bajo, y poniendo los acentos donde hay que ponerlos y sin perder nunca el swing, <strong>Tiki Pastillas </strong>(percusión) y <strong>Johnny Friday </strong>(batería). Entre todos arman un mundo sonoro basado en el bop, en el jazz afrocubano, en distintos ritmos latinos, en la balada, pero también en otros géneros más urbanos como el funk o aun el acid-jazz.</p>
<p>Propuesta pues de lo más variado y de muy alta calidad para franquear el ecuador de esta vigésima edición de Universijazz.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 14/7/2022)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Trascender la rutina</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2022 08:01:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Un estándar es un patrón, un modelo, un tipo; pero también algo que sigue los caminos conocidos, que no se arriesga, que no se aventura por terrenos ignotos. En jazz, <em>standard</em> alude a aquellos temas que han pasado a formar parte del catálogo que todo músico debe dominar dormido. ¿Cómo conciliar este estatismo de biblioteca con la exploración que ha de suponer el jazz? No hay tal contradicción; es a partir de la estructura armónica de los standards que el jazzista estira y contrae la melodía, da la vuelta a los acordes, salpimienta el ritmo… pero sin dejar de tener como referencia el tema original. Así, interpretar un standard no solo es —no debe ser— un ejercicio rutinario, sino un trampolín para la aventura; de hecho, suponen un reto no menor, por la exigencia de extraer algo nuevo a partir de una base tratada mil y una veces.</p>
<p>Aunque suele identificarse a los standards con los temas clásicos —esencialmente del gran cancionero americano— que van, más/menos, de los veinte a los sesenta del pasado siglo, otros posteriores y de otros géneros, y muy recientes, han adquirido tal condición. El pop por ejemplo no ha sido ajeno al jazz —desde la versión de <strong>Miles Davis</strong> del <em>Time After Time</em> de <strong>Cyndi Laupe</strong>r hasta la de, por no irnos más lejos, <strong>Stanley Jordan</strong> del <em>The Lady In My Life</em> de <strong>Michael Jackson</strong>—. En el par de últimas décadas quienes más han hecho por dotar al pop de médula jazzística quizá hayan sido los tríos de <strong>The Bad Plus </strong>y sobre todo los dos de <strong>Brad Mehldau</strong>; ambos no solo han versionado a los grandes del género (<strong>The Beatles</strong>, <strong>David Bowie</strong>, <strong>Paul Simon</strong>), sino a iconos más recientes como <strong>Nirvana</strong> o <strong>Radiohead</strong>. Esta es la propuesta que también presenta <strong>Modern Standards Supergroup </strong>(MSS), con lecturas de temas pop actuales firmados por artistas de difusión masiva como <strong>Miley Cyrus</strong>, <strong>Shakira</strong> o <strong>The Weeknd</strong>.</p>
<p>La notabilísima formación de MSS está más que bregada en integrar pop y jazz. <strong>Bill Evans </strong>(saxos tenor y soprano), junto, entre otros, a Miles Davis en el aludido periodo del trompetista; <strong>Randy Brecker</strong> (trompeta), con —pero no solo— <strong>Steps Ahead</strong>; <strong>Billy Cobham </strong>(batería), de forma intermitente durante toda su carrera. <strong>Linley Marthe </strong>(bajo) quizá sea el miembro que menos haya transitado el sendero pop, pero no es ajeno a la mezcla del jazz con otros géneros, y su increíble versatilidad con las cuatro cuerdas es una garantía para el latido rítmico de la banda. Todos ellos, bajo la dirección artística del compositor y gran pianista danés <strong>Niels Lan Doky</strong>, hacen presagiar una velada muy amena.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 13/7/2022)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Algo más que técnica</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2022 08:15:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Stanley Jordan </strong>no es, en sentido estricto, &lt;&lt;solo&gt;&gt; un virtuoso, un <strong>Liszt</strong> o un <strong>John McLaughlin </strong>(aunque McLaughlin se cuenta entre sus declaradas influencias); un virtuoso agota las posibilidades expresivas del instrumento, pero Jordan va más allá: las ha expandido. Con su técnica del <em>tapping</em> —pulsación de los trastes del mástil con las dos manos— es capaz de hacer sonar simultáneamente una melodía, acordes de acompañamiento y una línea de bajo; su interpretación a guitarra solo de <em>Jumpin&#8217; Jack </em>en el célebre concierto <em>One Night with Blue Note</em> es una muestra palmaria de esta propuesta. A la sazón, Jordan contaba con 25 años, y junto al asombro general le llegó también una condena con la que ha tenido que bregar desde entonces: la de que el árbol de la técnica no deja ver el bosque de la música. La técnica, con todo lo abracadabrante que pueda ser, no es sino un medio, nunca un fin en sí mismo; no pocos comentadores y oyentes se quedan en el ejercicio de digitación, sin referirse a la extraordinaria construcción y musicalidad de los solos de Jordan, a su inagotable inventiva. (No ayuda a superar este obstáculo el que el músico de Chicago incurra a veces en otra práctica sorprendente, la de tocar piano y guitarra a la vez; pero de forma similar, este combo es medio y no fin).</p>
<p>A SJ pudimos verlo en Universijazz como acompañante del bajista <strong>Charnett Moffett</strong>; pero las cuatro cuerdas del titular deslizaron aquel concierto hacia territorios casi del hard-rock, y la intervención del guitarrista prácticamente se limitó a un arropamiento de acordes contundentes, sin apenas espacio para la improvisación. En el concierto de esta noche, con él al frente, es de prever tenga el espacio necesario, y pueda explayarse sin otra frontera que su inspiración y sus ganas. Lo secundan en la sección rítmica el bajista <strong>Christian Gálvez</strong> y <strong>Gabor Dornyei</strong> y <strong>Kornel Horvath</strong>, respectivamente a la batería y a las percusiones. Gálvez —también compositor y productor— es, como Jordan, un músico sin etiquetas; si bien hace de la espontaneidad la piedra angular sobre la que erige su discurso, este puede adoptar las formas de la fusión, del rock o incluso de la música sinfónica. Completo dominador de su instrumento, es además de acompañante un dotadísimo solista, y junto a los citados Dorney y Horvath (muy solicitados ambos por su seguridad y flexibilidad rítmica) arman un cuarteto del que cabe esperar suponga un memorable arranque para esta —se dice pronto— vigésima edición de Universijazz.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 12/7/2022)</p>
<p>@enfaserem</p>
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