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	<title>ENFASEREManiversario &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>¿Periodismo terminal?</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Nov 2024 12:40:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¿Ha muerto el periodismo? En una primera aproximación, se diría que todo lo contrario. La sucesión de datos, la rueda de titulares no tiene descanso, en un perpetuo actualizarse, como un uróboros inmortal que no dejase de retroalimentarse a sí mismo. Solo que el dato por el dato no significa nada, el dato por el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Ha muerto el periodismo? En una primera aproximación, se diría que todo lo contrario. La sucesión de datos, la rueda de titulares no tiene descanso, en un perpetuo actualizarse, como un uróboros inmortal que no dejase de retroalimentarse a sí mismo. Solo que el dato por el dato no significa nada, el dato por el dato no es información —mucho menos opinión—; para que haya información, resulta imprescindible discriminar, destilar del magma de datos aquellos que son relevantes, con un criterio insoslayable: la verdad. Una verdad que viene de la contrastación de las fuentes, y de un trabajo de tamiz que nada tiene que ver con el vómito indiscriminado de robots o de trols cuyo único interés está en generar controversia, obtener cuantas más interacciones mejor, sin importar el cómo, sin importar el por qué. Ante este panorama, es esencial una legislación que exija el origen de lo expuesto, saber quién (o qué) ha sido el autor (o &lt;&lt;autor&gt;&gt;) de aquello que se da a conocer. Es —o debería ser— un derecho del ciudadano, inerme sin él ante la avalancha de datos. Como dice el historiador <strong>Yuval Noah Harari</strong>, la propia democracia está en peligro, pues esta se basa en el diálogo, y si uno no sabe si está dialogando con, o recibiendo comunicaciones de, un robot o de un humano, la misma base del sistema se verá resquebrajada.</p>
<p>Es esto por lo que hoy el periodismo, ese periodismo preocupado —y que todavía existe— en contar lo que pasa, sin orillar la crítica ni la dirección ideológica, pero guiándose siempre por unos principios éticos inamovibles, es más necesario que nunca. El periodismo ha de seguir erigiéndose como el contrapoder esencial en una democracia, solo que ahora el poder está difuso, los focos de poder diluidos, y no se identifica como antaño con tal o cual gobernante con nombre y apellidos —no pocos han pasado a la historia universal de la infamia—. Pero la labor, el empeño ha de seguir siendo el mismo, desde la independencia y desde la crítica.</p>
<p>&lt;&lt;Diario independiente&gt;&gt;, reza la cabecera de <em>El Norte de Castilla</em>, y esto implica un compromiso con el lector/ciudadano esencial, que no se puede sortear se trate del tipo de información que se trate, afecte a quien afecte el asunto en cuestión del que se quiere dar noticia. Claro que la labor del diario, ante el panorama expuesto, no es sufieciente: el lector tiene, si no quiere verse arrastrado por el magma, que poner algo de su parte, buscar, comparar, leer con un sentido de la discriminación a añadir al que previamente ha puesto ya el periodista.</p>
<p>Independencia, sí, y libertad. Una libertad que se manifiesta sobre todo en la opinión, un ámbito, como el informativo, en que tampoco vale todo, ni todo vale igual. No es lo mismo el tuit airado y malicioso de un <strong>Elon Musk</strong>, por muchos millones de seguidores que tenga, que la columna o el artículo sopesados, reflexivos. En todo este tiempo <em>El Norte…</em> ha tenido la fortuna de contar con algunas de las plumas —<strong>Miguel Delibes</strong>, <strong>Francisco Umbral</strong>, <strong>Manuel Álcantara</strong>, entre otros— que han hecho de la columna de opinón una referencia indiscutible del mejor periodismo, de ese periodismo que venimos vindicando, independiente y libre.</p>
<p>Y es ahí donde <em>El Norte…</em> sigue y ha de seguir, tomándole el pulso a la actualidad desde la distancia crítica, siendo el alimento informativo de sus muchos lectores que durante años le han otorgado su confianza y su tiempo, sabedores de que en sus páginas iban a encontrar los hechos contados de la manera que se merecen: sin amarillismo, con sensibilidad, en el espacio adecuado.</p>
<p>No, el periodismo no ha muerto, pero ante los retos que se le plantean hoy, ha de mostrarse más firme que nunca en los principios que lo distinguen, como ha venido haciendo <em>El Norte de Castilla</em> en sus ya 170 años de historia.</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>El pintor del jazz</title>
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		<pubDate>Mon, 20 May 2024 09:27:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Ante un siglo que nos ha dado a Arnold Schönberg, a Igor Stravinski o a John Williams, es difícil argüir que el más grande compositor circunscribió su arte a lo que es en esencia una música popular, y sin embargo cabe establecer el caso en favor de Edward &#60;&#60;Duke&#62;&#62; Ellington, el Duque, incluso por músicos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ante un siglo que nos ha dado a <strong>Arnold Schönberg</strong>, a <strong>Igor Stravinski </strong>o a <strong>John Williams</strong>, es difícil argüir que el más grande compositor circunscribió su arte a lo que es en esencia una música popular, y sin embargo cabe establecer el caso en favor de <strong>Edward &lt;&lt;Duke&gt;&gt; Ellington</strong>, el Duque, incluso por músicos considerados &lt;&lt;clásicos&gt;&gt;. Pues muy pocos, si es que alguno, han alumbrado una obra tan varia y extensa, tan rica en color y matices, y sin perder jamás en sus distintas expresiones una voz que se ha podido imitar, pero que resulta inimitable.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/05/dukeellington-e1716196981402.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2456" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/05/dukeellington-e1716196981402.jpg" alt="" width="301" height="228" /></a>Ellington comenzó fogueando su piano con los saltos angulosos del ragtime y del stride, y con las armonías terrenales del blues, pero en cuanto pudo adoptó la orquesta como instrumento. Ellington no tocaba el piano, tocaba una orquesta, la orquesta era su instrumento. (O, mejor dicho, su instrumento principal, pues en paralelo dejó también una carrera a piano solo o en combos reducidos que por sí misma habría valido a cualquier otro para entrar en la historia).</p>
<p>La orquesta de Ellington era para el líder como la paleta para el pintor. La diferencia con otros compositores y arreglistas, aparte de su genio compositivo, se da en los matices que el Duque consigue extraer de la paleta. El juego de timbres, ritmos, tapices sonoros está equilibrado al milímetro para obtener el efecto deseado, teniendo siempre en mente quiénes son esos colores (esos músicos) que van a tocar la pieza. Verbigracia, Ellington no &lt;&lt;solo&gt;&gt; compone un <em>Concierto para trompeta</em>: compone un <em>Concierto para Cootie</em>, teniendo en mente el timbre exacto, la fluidez peculiar del fraseo de la trompeta de <strong>Cootie Williams</strong>. Y así con tantas otras piezas.</p>
<p>La primera gran etapa de la banda es la que surge a mediados de los años veinte con la eclosión del llamado &lt;&lt;sonido de la jungla&gt;&gt;, que en el fondo no abandonaría nunca del todo. En el 27 es contratado en el celebérrimo Cotton Club, donde el Duque comenzó a explorar combinaciones entre las distintas secciones de la orquesta, las sordinas en los metales, los ritmos sincopados que evocan el frenesí de la gran ciudad, las disonancias en ocasiones estridentes&#8230; Una música a la vez de una modernidad inédita y arraigada en la gran tradición, y que en el 38 llegó a un cénit que le permitió realizar su primer viaje Europa, primero de muchos que habrían de llegar.</p>
<p>Por esta época ya se han incorporado algunos de los más míticos solistas de la banda, desde el clarinetista <strong>Barney Bigard</strong> hasta el inmenso saxo barítono <strong>Harry Carney</strong>, y el Duque ya dejado para la historia una serie de piezas —<em>Black and Tan Fantasy</em>, <em>Mood Indigo</em>, <em>Caravan</em>&#8230;— cuya enumeración sería muy fatigosa de agotar.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/05/ellington-y-strayhorn-e1716197151967.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-2457" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2024/05/ellington-y-strayhorn-e1716197151967.jpg" alt="" width="301" height="181" /></a> La segunda gran edad de oro, con la probablemente más alta formación que conoció la orquesta, la conocida como <strong>Blanton</strong>&#8211;<strong>Webster</strong> band, comienza en torno a 1940, momento en que se produce la fundamental incorporación de quien sería el más fiel escudero de Ellington por más de veinticinco años, <strong>Billy Strayhorn</strong>, con el que el Duque formaría una simbiosis compositiva y arreglista de difílcil parangón, suerte de <strong>Lennon</strong>/<strong>McCartney</strong> o <strong>Jagger</strong>/<strong>Richards</strong> en jazz.</p>
<p>Un nuevo hito se establece en el año 43, al dar el Duque a conocer su primera suite orquestal, <em>Black, Brown and Beige</em>, en el Carnegie Hall —recibida con frialdad por una parte no menor de la crítica, y hoy considerada una obra maestra—. Ellington irá con los años privilegiando la forma suite —<em>Liberian Suite</em>, <em>Far East Suite</em>&#8230;—, e incorporando en ellas, trotamundos como fue, las sonoridades étnicas de aquellos lugares que visitaba, e imbricándolas con sus arreglos de un modo que el resultado era un todo orgánico, no una sucesión de pegotes.</p>
<p>Tras componer puntualmente también para el cine, a mediados de los sesenta comenzará su última etapa con lo que él mismo terminaría considerando su mayor logro, la trilogía de conciertos sacros —que merecería, aprovechando la efeméride, una nueva remasterización conjuta—, que en buena medida puede considerarse el canto del cisne de un legado —cincuenta años con más de mil piezas compuestas— tan admirable como sobrecogedor.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 18/5/2024)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>&#8216;Ulises&#8217;</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Feb 2022 11:08:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Predijo Joyce que con su novela iba a tener entrenidos a los críticos durante los trescientos años siguientes. De momento han pasado cien y críticos y público seguimos entretenidos. No siempre en el buen sentido; la predicción de Joyce ha cristalizado hoy, más allá de su novela-mar, en una suerte de crítica cultural que se [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Predijo <strong>Joyce</strong> que con su novela iba a tener entrenidos a los críticos durante los trescientos años siguientes. De momento han pasado cien y críticos y público seguimos entretenidos. No siempre en el buen sentido; la predicción de Joyce ha cristalizado hoy, más allá de su novela-mar, en una suerte de crítica cultural que se centra más en el ruido en torno a la obra que en la obra misma. Se cuentan con detalle puntillista los meses que se ha pasado el actor protagonista aprendiendo las argucias de la esgrima para encarnar a un espadachín, o cómo el músico se ha inspirado en <em>El anillo del nibelungo </em>para armar su último collage electrónico, pero de la interpretación y del collage apenas un pulgar para arriba o para abajo en cuatro líneas.</p>
<p>¿Tiene la culpa la sociedad de la información? La sociedad de la información es más bien la sociedad de la saturación. Para informar con precisión hay que discriminar, y la crítica de un libro o un film es —o debería ser— información: información subjetiva, pero información. Ocurre que es mucho más cómodo y más fácilmente atractivo enrollarse con los vicios o miserias personales de un autor que con el por qué de la metáfora o de las armonías disonantes. <em>Ulises</em> es el vértigo de esta realidad: que si <strong>Homero</strong>, que si las penurias económicas de Joyce, que si el texto se puede leer saltándose los capítulos impares o los pares. Pero de por qué los saltos, poco o muy poco. Y es una lástima, porque el texto recompensa. Idealmente, el lector optimizaría el placer si se sumergiese en <em>Ulises</em> sin ninguna referencia previa. Pero esto, en el mundo de datos apretados en que vivimos, sea acaso eso: un ideal imposible.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castill</em>a, 16/2/2022)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Takeshi Kitano</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Jan 2022 10:26:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Le caen 75 a Takeshi Kitano, y uno comienza a preocuparse por el silencio que lo ha envuelto en los últimos años, al menos en Occidente y en cuanto a cine se refiere. El japonés es un Leonardo contemporáneo, monologuista, novelista, presentador de televisión, pintor… Una prolijidad que —Japón el mismo pecado que España— no [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Le caen 75 a <strong>Takeshi Kitano</strong>, y uno comienza a preocuparse por el silencio que lo ha envuelto en los últimos años, al menos en Occidente y en cuanto a cine se refiere. El japonés es un <strong>Leonardo</strong> contemporáneo, monologuista, novelista, presentador de televisión, pintor… Una prolijidad que —Japón el mismo pecado que España— no le ha sido reconocida en su conjunto. Se diría que solo puede hacerse una cosa bien, y que el salirse de la casilla asignada o es un capricho o un narcisismo. No es imposible que con esta hiperactividad Kitano pretenda, siquiera de forma inconsciente, aplacar una angustia existencial, aunque también, más simplemente, dar gusto a la curiosidad de su espíritu; y no hay que ver en la variedad una falta de vocación verdadera, sino un empeño por descubrirse, por aprender y aprenderse.</p>
<p>Más allá del capricho o el narcisismo, quizá la falta de refrendo se deba a la creencia atávica que distingue entre alta y baja cultura y que persiste, anclada, todavía hoy, pese a la nube inmensa de ruido y furia que las redes sociales suponen, y que todo rasean. Kitano, en su quehacer leonardesco, ha obliterado la frontera baja/alta, y de ahí la posible raíz de no tomar en serio el conjunto de su obra. O quizá, atravesados como estamos por una concepción que considera la igualdad no como el presupuesto común del que partir para desde ahí desarrollarse cada cual, sino como el límite máximo al que todas los tareas han de someterse, el que haya alguien capaz de sobresalir en más de un ámbito resulte una afrenta. Sería una lástima si así fuera. Solo esperamos que, sea donde sea, Kitano no deje, como dijo alguien de don <strong>Quijote</strong>, de inventarse pasiones para ejercitarse.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 19/1/2022)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Dostoyevski</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Nov 2021 10:57:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Uno ve a Dostoyevski como una suerte de Van Gogh literario, paralelos en su turbulencia, en su irreductible honestidad, en su mezcla de ascetismo artístico, fervor religioso íntimo y compasión por el pobre. Sin embargo el tiempo ha colocado al pintor en la cima de aceptación de que nunca gozó en vida, y al escritor, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Uno ve a <strong>Dostoyevski</strong> como una suerte de <strong>Van Gogh</strong> literario, paralelos en su turbulencia, en su irreductible honestidad, en su mezcla de ascetismo artístico, fervor religioso íntimo y compasión por el pobre. Sin embargo el tiempo ha colocado al pintor en la cima de aceptación de que nunca gozó en vida, y al escritor, que sí la gozó por periodos, marginado en una suerte de limbo frío y austero. <em>Crimen y castigo</em>, <em>Los endemoniados</em>, <em>Los hermanos Karamázov</em>, son obras que están ahí (si están), pero como está la Espasa de papel y tapas duras: para no abrirlas, aun sabiendo de las probables grandes verdades que encierran. En un mundo polarizadoramente blanquinegro, donde los matices de pensamiento brillan por su ausencia más y más, y donde rara vez se admite el tener dudas, el universo contradictorio y tosco de Dostoyevski resulta tan extraño como un rabino sin barba. Dostoyevski pelea consigo mismo, trata de sintetizar contrarios, de sacar alguna certeza del caos, sin que la sombra del fracaso lo inhiba al empeño y sin dejar —otro rasgo que lo separa de la actualidad mayoritaria— de reconocer si efectivamente ha fracasado. A dos siglos de su nacimiento, preferimos el libro, tocho o no, fácilmente masticable y digerible, el manual de autoayuda con recetas claras y cortas, el relato sin rincones oscuros ni espejos deformantes.</p>
<p>Y no se debe esta falta de favor general a una reputación inmerecida. Si bien no cabe enmarcar a Dostoyevski entre los grandes formalistas rusos, su estilo es más que eficaz para transmitir lo que pretende. En este caso el problema no radica —aunque no puedan separarse nunca del todo— en las volutas de la sintaxis como en la materia del texto.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 10/11/2021)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>El incansable explorador</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Oct 2021 10:50:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[En una cena dada por el secretario de Estado en la Casa Blanca, la mujer de un político comenzó a inquirirle a Miles Davis si en realidad el jazz era una forma de arte verdadera, si el que fuera una forma americana y esencialmente negra y no europea era la causa de que no se [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En una cena dada por el secretario de Estado en la Casa Blanca, la mujer de un político comenzó a inquirirle a <strong>Miles Davis</strong> si en realidad el jazz era una forma de arte verdadera, si el que fuera una forma americana y esencialmente negra y no europea era la causa de que no se le prestase la debida atención, ¿qué opinaba él, como músico de jazz que era? Miles replicó que él era un músico, punto, no un músico &lt;&lt;de jazz&gt;&gt;, y que si se ignoraba al jazz la razón no era otra que la incapacidad del americano blanco —como la mujer— de admitir, cuando del negro se trata, quién ha hecho qué. La mujer, escaldada, le preguntó al trompetista que en realidad qué había hecho él para estar aquella noche allí, en aquella cena de gala, a lo que Miles contestó: &lt;&lt;He cambiado el curso de la música cinco o seis veces. ¿Qué ha hecho usted, aparte de ser blanca?&gt;&gt;.</p>
<p><img loading="lazy" class="alignleft wp-image-2209" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-1.jpeg" alt="" width="301" height="224" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-1.jpeg 1280w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-1-300x223.jpeg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-1-768x572.jpeg 768w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-1-1024x762.jpeg 1024w" sizes="(max-width: 301px) 100vw, 301px" /></p>
<p>La anécdota es ilustrativa por reflejar, primero, el carácter inflexible y orgulloso de Miles, y segundo, por acotar en pocas palabras, comosus mejores solos la médula de un tema con las notas justas, una trayectoria que se prolongó durante casi medio siglo y que constituye, junto a la de <strong>Duke Ellington</strong>, el mayor legado que nadie a quien se le pueda colgar la etiqueta &lt;&lt;jazz&gt;&gt; haya dejado. Sin embargo, esos cinco o seis cambios que el músico de Illinois refirió en su respuesta no fueron tales en realidad; Miles no cambió los rumbos de la música, sino que afianzó los cambios iniciados por otros. Lo cual no es un reproche. Como decía <strong>Ernesto Sábato</strong>, la originalidad pura no existe, y el genio de Miles, en cuanto que mente musical, así lo prueba; él no descubría tendencias o corrientes, pero sabía como nadie detectar los indicios, los mimbres para, con su talente, llevarlos a otro estadio, asentarlos y hacer que fructificasen (en su trabajo y en la influencia que ejercía en otros).</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/charlie-parker-y-miles-davis-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft wp-image-2207" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/charlie-parker-y-miles-davis-1.jpg" alt="" width="300" height="178" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/charlie-parker-y-miles-davis-1.jpg 660w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/charlie-parker-y-miles-davis-1-300x178.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a>Así, cuando en 1944 llega a Nueva York, <strong>Charlie Parker</strong>, <strong>&lt;&lt;Dizzy&gt;&gt;</strong> <strong>Gillespie </strong>y el resto de los ases del jazz moderno ya habían iniciado la revolución be-bop. Miles se empapó de ella, y tras empaparse rechazó varios de sus postulados; el be-bop le enseñó sobre todo a Miles hasta donde podía llegar como instrumentista, hacerle ver que los arabescos en la cuerda floja de los registros agudo y sobreagudo de un Gillespie o un <strong>&lt;&lt;Fats&gt;&gt;</strong> <strong>Navarro</strong> no eran para él, y que su voz debía surgir de otro enfoque. El primer atisbo de lo que esa voz sería se tiene en el disco que supone el primer gran cambio de rumbo, <em>Birth of the Cool </em>Trabajo que es quizá el mejor ejemplo de eso que hemos apuntado; <em>Birth of the Cool</em>, sí, es un disco fundacional, y el que sin duda más contribuyó al estilo, pero pese a su título (el nacimiento del <em>cool</em>), el estilo ya había nacido: en la orquesta de <strong>Claude Thornhill</strong>, con los futuros colaboradores de Miles en <em>Birth…</em> <strong>Gerry Mulligan</strong> y <strong>Lee Konitz</strong>; o en la de <strong>Woody Herman</strong>, con su célebre cuerda de saxos de los conocidos como Four Brothers (cuatro hermanos). El <em>cool</em> fue una reacción a la agitación abrupta, sísmica del be-bop. Buscaba un enfoque más relajado, una preeminencia de las texturas, el tono y los arreglos musicales sobre los malabarismos del solista y los vertiginosos cambios de acordes; en el noneto de <em>Birth…</em> hay hasta una tuba, algo impensable, por lo que la tuba puede dar, en la formación estándar —quinteto de dos pitos y rítmica— del be-bop.</p>
<p>Tras el <em>cool</em> llegó el hard bop, o sea el tránsito del sonido Costa Oeste al sonido Costa Este. Con una mayor incidencia de los elementos propios del <em>rhythm and blues</em>, del soul y hasta del góspel, y con la formación comentada del be-bop, es en esta fase que Miles forma el que es considerado su primer gran quinteto (además de él, <strong>John Coltrane</strong> al tenor, <strong>Red Garland</strong> al piano, <strong>Paul Chambers</strong> al contrabajo y <strong>&lt;&lt;Philly&gt;&gt;</strong> <strong>Joe Jones</strong> a la batería), y en la que, con un póker de discos antológicos grabados en dos sesiones febriles, ancló para siempre un sonido al que <strong>Art Blakey</strong> y <strong>Horace Silver</strong> habían contribuido como nadie a establecer.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-cannonball-adderley-john-coltrane-y-bill-evans-1.jpeg"><img loading="lazy" class="alignleft wp-image-2212" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-cannonball-adderley-john-coltrane-y-bill-evans-1.jpeg" alt="" width="300" height="187" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-cannonball-adderley-john-coltrane-y-bill-evans-1.jpeg 770w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-cannonball-adderley-john-coltrane-y-bill-evans-1-300x187.jpeg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-cannonball-adderley-john-coltrane-y-bill-evans-1-768x479.jpeg 768w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a> Influido cada vez más por el uso del espacio que hacía el pianista <strong>Ahmad Jamal</strong> y por el hecho de simplificar armónicamente las composiciones sobre las que improvisar, Miles abrazó con fuego lento el jazz modal, y creó el que aún hoy es considerado por muchos el mejor disco del género, y casi con seguridad el de legado más largo e influyente. Un disco construido, según afirmó, en torno al piano de <strong>Bill Evans</strong>, y para el que añadió el saxo alto de &lt;&lt;<strong>Cannonball&gt;&gt; Adderley</strong> y a <strong>Jimmy Cobb</strong>, en lugar de Jones, tras los tambores y los platos. <em>Kind of Blue </em>sigue hoy vendiéndose a un ritmo sostenido (es cinco veces disco de platino, algo inimaginable para una grabación de jazz), un hito que, sin embargo, no carece de contrapartida: el hecho de que una muy notable porción de esos oyentes se han quedado en él, no han ido más allá, y así <em>Kind of Blue </em>supone el punto final de una trayectoria que cuenta con tres décadas más. Otros que sí han ido más allá asocian sin embargo a Miles solo con la estilizada trompeta con sordina y las baladas punzantes; reniegan del Miles de las gafas de sol como pantallas de abeja y la electrónica, cuando precisamente lo que lo distingue y le hace más grande es la conjunción, el haber sido uno y lo otro, la búsqueda infatigable, los oídos siempre alerta.</p>
<p>Con todo, este renegar no suele ser abrupto sino progresivo, y los trabajos del segundo gran quinteto —con <strong>Wayne Shorter</strong>, <strong>Herbie Hancock</strong>, <strong>Ron Carter </strong>y <strong>Tony Williams</strong>—, al mantenerse durante buena parte en los territorios de la instrumentación acústica, son, pese a lo avanzado de la propuesta musical (que no llega a los extremos del free jazz, pese a que a veces se lo ha incluido en la corriente), tolerados e incluso celebrados. Es en el tránsito de este combo difícilmente comparable a su siguiente formación, cuando Miles enchufa la primera guitarra y pasa del piano clásico al Fender Rhodes, que se produce el punto de inflexión a partir del cual se comienza a renegar de él.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-2.jpeg"><img loading="lazy" class="alignleft wp-image-2211" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-2.jpeg" alt="" width="301" height="169" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-2.jpeg 1030w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-2-300x169.jpeg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-2-768x432.jpeg 768w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/10/miles-davis-2-1024x576.jpeg 1024w" sizes="(max-width: 301px) 100vw, 301px" /></a>Y sin embargo lo que queda resulta apasionante. Tras las sesiones de <em>In a Silent Way </em>(una suerte de <em>Kind of Blue </em>eléctrico, y no inferior), Miles se zambulle en el rock con una efusión y una efervescencia ardientes, para alumbrar una obra, <em>Bitches Brew</em> (1970), que atrae a una nueva y más joven generación que hasta entonces no habría pensado en adquirir jamás un disco de jazz. Porque <em>Bitches Brew</em> sigue, pese al corta y pega de la post-producción, pese al pulso binario de muchos temas, pese a la presencia de bajos y pianos eléctricos, siendo un disco de jazz de pleno derecho, pues la improvisación y el swing no dejan de ser los puntales principales sobre los que se arma.</p>
<p>Esta fase de jazz rock o jazz fusión va progresivamente adoptando nuevos contornos (añadiendo elementos funky, reduciendo el número de músicos), para terminar en la última en una suerte de amalgama de eso que se llama &lt;&lt;música del mundo&gt;&gt; —¿y qué música no es &lt;&lt;del mundo&gt;&gt;?— y pop, con elementos del hip-hop en su canto del cisne, <em>Doo-Bop </em>(1991).</p>
<p>Una carrera impar, de aristas múltiples e influencia oceánica que mereció a su hacedor, al concedérsele la Legión de Honor Francesa el año de su muerte (hace treinta), el calificativo de &lt;&lt;<strong>Picasso</strong> del jazz&gt;&gt;. Y el calificativo no resulta excesivo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 15/10/2021)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Divino Dante</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Sep 2021 09:45:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Cubos con hojas]]></category>
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		<description><![CDATA[Sostiene el escritor Martin Amis que un buen criterio para separar el grano literario de la paja de la mercadotecnia es dejar que transcurra un tiempo desde la muerte del autor, y si pasado el tiempo todavía el libro pita, entonces leerlo. Quizá el método es en exceso riguroso, pero también es cierto que no [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sostiene el escritor <strong>Martin Amis</strong> que un buen criterio para separar el grano literario de la paja de la mercadotecnia es dejar que transcurra un tiempo desde la muerte del autor, y si pasado el tiempo todavía el libro pita, entonces leerlo. Quizá el método es en exceso riguroso, pero también es cierto que no puede ser que cada semana se publique —al menos— una obra maestra, como tratan de hacernos creer muchos suplementos y revistas culturales. Como sea, ciertas obras han pasado holgadamente la criba del tiempo y la muerte del autor, tanto que han dado la vuelta al círculo y nadie las hace caso. Dicho de otro modo, ¿quién, siete siglos después de la muerte de <strong>Dante</strong>, lee hoy la <em>Divinia Comedia</em>? ¿Quién la <em>Ilíada</em>, quién la <em>Odisea</em>? Son obras como soles o lunas, que se dan por supuestas y no se les presta mayor atención.</p>
<p>Estos títulos sintetizan un problema más grave; no es que hoy nadie lea la <em>Comedia</em>, es que apenas se lee nada. Porque ¿quién tiene tiempo para leer? Leer es una actividad tan cardinal que casi da igual lo que uno lea, lo que cuenta es hacerlo. Mejor, claro, si la elección recae en el divino Dante que en el olvidable de turno, pero incluso leyendo al de turno cabe extraer algo positivo. Leer, como el ejercicio para el cuerpo, resulta beneficioso, y quizá correr sea mejor que andar, pero andar es mejor que quedarse en la poltrona. Pero claro, el tiempo —siempre el tiempo— no se puede estirar, y el libro ha de competir con la tele, el videojuego, el guasap y el pódcast, cosas todas que producen retribuciones, descargas sinápticas más inmediatas. Y mientras Dante ahí, en el limbo intocado de la estantería, a la espera de que una mano lo rescate.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 29/9/2021)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Proust en la pantalla</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Sep 2021 09:50:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[marcel proust]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[La revolución copernicana en la novela acontece en torno al advenimiento del cine sonoro: Ulises data de 1922; La señora Dalloway y Al faro, respectivamente de 1925 y 1927; Sartoris y El ruido y la furia, de 1927 y 1929; y El tiempo recobrado, volumen final de En busca del tiempo perdido, se publica el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La revolución copernicana en la novela acontece en torno al advenimiento del cine sonoro: <em>Ulises</em> data de 1922; <em>La señora Dalloway</em> y <em>Al faro</em>, respectivamente de 1925 y 1927; <em>Sartoris</em> y <em>El ruido y la furia</em>, de 1927 y 1929; y <em>El tiempo recobrado</em>, volumen final de <em>En busca del tiempo perdido</em>, se publica el mismo año en que se estrena <em>El cantor de jazz</em>, 1927.</p>
<p>La conjunción no es una mera casualidad vacía. El sonido, más allá de eliminar los intertítulos y barnizar las escenas con un fondo de percusión, metales y cuerdas, influye de manera decisiva en las herramientas narrativas del cine (él mismo es una herramienta), al punto de que la versión en pantalla de las grandes obras de la revolución se antoja imposible sin su empleo. Cabe —complicada empresa, pero factible— imaginar una versión muda de <em>Madame Bovary</em> o de <em>Crimen y castigo</em>, pero resulta casi imposible ver cómo se podrían verter cualquiera de los títulos citados sin el abanico de posibilidades —desde la voz en <em>off</em> hasta la escucha de pensamientos o recuerdos de hechos que no se están desplegando en pantalla— que abre el empleo del sonido. Imposible, claro, si se pretende que la versión fílmica conserve el aroma del original literario y no suponga una mera ilustración, más o menos pulida, de la peripecia argumental.</p>
<p>En cualquier caso, aun con el empleo del sonido la adaptación de <strong>Faulkner</strong> o <strong>Virginia Woolf</strong> es un reto mayor que la de <strong>Flaubert</strong> o <strong>Dostoyevski</strong>, y ello por la naturaleza esencialmente fenomenológica, observacional que tiene el cine. ¿Qué equivalente fílmico hay del monólogo interior, cómo trasladar a la pantalla las enroscadas, larguísimas frases de Woolf o <strong>Proust</strong>?</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/marcel-proust-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-2194" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/marcel-proust-1.jpg" alt="" width="300" height="189" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/marcel-proust-1.jpg 620w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/marcel-proust-1-300x189.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a>El caso de Proust supone quizá el Everest literario en el problema de la adaptación: por la inagotable riqueza sensorial y reflexiva de su prosa; por lo intrincado de esta; porque todo <em>En busca del tiempo perdido</em> está narrado a través de la lente del subjetivismo, lo que se opone al &lt;&lt;ojo de la cámara&gt;&gt;, naturalmente objetivo; y, desde luego, por la extensión de la obra. No obstante —o acaso debido a— la magnitud del empeño, <em>En busca…</em> no ha dejado de atraer a cineastas, y cineastas de talento, cada cual con su particular manera de acometerlo.</p>
<p>La versión más célebre de todas es también la que menos riesgos toma. <em>El amor de Swann </em>(<strong>Volker Schlöndorff</strong>, 1983) no asume el reto de hallar la correspondencia cinematográfica de Proust, y salda la mayoría de obstáculos mencionados por el eficaz método de dejarlos de lado; no la emprende ni con la subjetividad ni con la extensión, y su <em>Swann</em> —traslación a la pantalla de la segunda parte del primer tomo— es un ejemplo plano de eso que hemos llamado ilustración pulida: un elenco internacional de reconocimiento inmediato (<strong>Jeremy Irons </strong>en el papel de <strong>Swann</strong>, <strong>Ornella Muti </strong>como <strong>Odette </strong>y <strong>Alain Delon </strong>como el <strong>Barón de Charlus</strong>) y una escenografía suntuosa para contar un melodrama sin pellizco. Está puesto en escena con oficio, sin duda, pero deja un regusto desabrido, la sensación de que igual que Proust podría tratarse de <strong>Edith Wharton</strong> y no se notaría la diferencia (de hecho, <em>La edad de la inocencia </em>de <strong>Scorsese</strong> resulta mucho más proustiana).</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/la-cautiva.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft wp-image-2189" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/la-cautiva.jpg" alt="" width="302" height="170" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/la-cautiva.jpg 1280w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/la-cautiva-300x169.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/la-cautiva-768x432.jpg 768w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/la-cautiva-1024x576.jpg 1024w" sizes="(max-width: 302px) 100vw, 302px" /></a>En los antípodas de la epidérmicamente fiel versión de Schlöndorff se encuentra <em>La cautiva</em> de <strong>Chantal Akerman</strong>. La cineasta belga prefiere también centrarse en una de las partes de la monumental obra (<em>La prisionera</em>), pero esto es lo único que su propuesta comparte con la del alemán. Akerman utiliza a Proust como trampolín para explorar el tema de los celos, y aquí termina la fidelidad: ubica temporalmente en la actualidad la historia del <strong>Narrador</strong> y <strong>Albertine</strong>, a quienes cambia el nombre (<strong>Marcel</strong> pasa a ser <strong>Simon</strong>, Albertine a ser <strong>Ariane</strong>); elimina cualquiera de las reflexiones sobre el arte o el tiempo de la novela, y el tira y afloja sentimental de los dos protagonistas (<strong>Stanislas Merhar</strong> y <strong>Sylvie Testud</strong>) tiene por momentos más de suspense que de melodrama (con no pocos que recuerdan inevitablemente a <em>Vértigo</em>, si bien Akerman restó importancia al influjo de <strong>Hitchcock</strong>). Esta versión, pese a la traición en las formas, tiene sin embargo un espíritu más cercano a Proust, un pellizco más perturbador.</p>
<p>La tercera y más sugestiva propuesta es la del cineasta chileno <strong>Raúl Ruiz</strong>, a quien no le amilanan ni la extensión ni las innovaciones formales de la novela. En las dos horas y cincuenta minutos de <em>El tiempo recobrado</em> consigue tratar los siete volúmenes mediante un ejercicio de poesía impresionista, de síntesis lírica, en el que el espectador sí siente en parte ese &lt;&lt;algo&gt;&gt; inasible, mezcla de regocijo, asombro y trascendencia, que produce la lectura de Proust. El modo de operar de Ruiz es tanto naturalista como de vanguardia; no orilla el cuidado de la puesta en escena, la delectación por el detalle del brocado o el corsé, pero tampoco se deja ahogar por ellos; con no menos atención y el empleo sorprendente y agudo de recursos fílmicos (flashbacks, voz en <em>off</em>, insertos…) trata de trasponer a la pantalla el mismo acto de creación artística y de la memoria involuntaria (el mundo mental) que experimenta el Narrador, así como de hallar las figuras cinematográficas que correspondan a las figuras y recursos literarios empleados (v.gr., el plano secuencia como trasunto de la frase proustiana).</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/harold-pinter-the-proust-screenplay-2.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft wp-image-2192" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/harold-pinter-the-proust-screenplay-2.jpg" alt="" width="301" height="158" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/harold-pinter-the-proust-screenplay-2.jpg 1200w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/harold-pinter-the-proust-screenplay-2-300x158.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/harold-pinter-the-proust-screenplay-2-768x403.jpg 768w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2021/09/harold-pinter-the-proust-screenplay-2-1024x538.jpg 1024w" sizes="(max-width: 301px) 100vw, 301px" /></a> ¿Es pues la de Ruiz la versión definitiva? Por suerte, en arte no hay nada definitivo. Y en el caso de Proust y el cine, tal vez menos; pues puede que alguien se decida a filmar el extraordinario guion que <strong>Harold Pinter</strong> escribiera para <strong>Joseph Losey</strong> (quienes colaboraron en tres notables filmes), guion que presenta un enfoque impresionista similar al de Ruiz, pero mucho más fragmentario. Complejo, pero escrito con una claridad encomiable, leerlo es en buena medida ver la película —sin que haya apenas indicaciones de cámara, o más bien sin que se note que las hay—. Pero esta visión, disfrute inmenso, no basta, al contrario: azuza el deseo de que se materialice. Sin embargo este es uno de esos proyectos en el limbo —como el <em>Napoleón</em> de <strong>Kubrick</strong> o el <em>Cosecha roja </em>de <strong>Bertolucci</strong>— ante los que, ay, se tiene la sospecha de que ahí se quedará.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 17/9/2021)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
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		<title>&#8220;Homo sovieticus&#8221;, 30 años</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Sep 2021 10:43:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Estonia, Letonia, Ucrania, Bielorrusia… por estos días se cumplen tres décadas del goteo de independencias que dejaron a la Unión Soviética como un recuerdo estéril en los libros de historia. El intento de golpe de Estado contra Gorbachov no hizo sino legitimar, siquiera en los titulares de la prensa occidental, el goteo: una legitimación de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estonia, Letonia, Ucrania, Bielorrusia… por estos días se cumplen tres décadas del goteo de independencias que dejaron a la Unión Soviética como un recuerdo estéril en los libros de historia. El intento de golpe de Estado contra <strong>Gorbachov</strong> no hizo sino legitimar, siquiera en los titulares de la prensa occidental, el goteo: una legitimación de análisis grueso, de borrón y cuenta nueva, de pasado óseo y futuro alado.</p>
<p>Solo que las cosas nunca son tan blanquinegras, y el &#8220;Homo sovieticus&#8221;, según cuenta <strong>Svetlana Aleksiévich</strong>, no era monolítico, y si le sentaba a cuerno quemado hacer colas de tres horas por media barra de pan duro, no menos tener que escarbar —sin horarios y con plena libertad— entre contenedores de basura para dar con un mendrugo o medio limón. La mayoría quería una vida confortable pero sin angustiosa incertidumbre, y con lo que se encontraron fue que habían tenido que cambiar su anterior trabajo de ingeniero nuclear por otro de taxista sin taxi, solo con licencia.</p>
<p>¿Pudo darse la perestroika sin vuelco, por etapas? Quizá no. Quizá, como el propio capitalismo, exigía de la inmediatez, y la única vía posible para el cambio fuera la de los enfebrecidos entusiastas, proporcionalmente más numerosos entre la <em>intelligentsia</em> que entre el pueblo (<strong>Kásparov</strong> llegó a decir que la perestroika la habían hecho entre Gorbachov y él). Occidente, en esencia, no hizo más que dar palmaditas verbales en la espalda, y esa falta de compromiso la ha mantenido hasta hoy. Rusia se ha arrogado la condición de <em>primus inter pares</em> por medios que tienen de democráticos lo que <strong>Putin</strong> de sumiso, y mientras el &#8220;Homo sovieticus&#8221; sigue ahogado.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 1/9/2021)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Sonic, treintañero</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Jun 2021 10:22:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas opinión]]></category>
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		<description><![CDATA[Sonic irrumpió en el mundo vibrante y adictivo del videojuego como la némesis azul, punki y rebelde de ese fontanero asentado, conservador y bigotudo que era/es Mario Bros. Velocidad giratoria y perfil filoso frente a bonachonería y saltos de rana. Uno era de Sonic y no de Mario Bros como era de los Pistons y [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Sonic</strong> irrumpió en el mundo vibrante y adictivo del videojuego como la némesis azul, punki y rebelde de ese fontanero asentado, conservador y bigotudo que era/es <strong>Mario Bros</strong>. Velocidad giratoria y perfil filoso frente a bonachonería y saltos de rana. Uno era de Sonic y no de Mario Bros como era de los Pistons y no de los Lakers. Cierto que pronto Sonic perdió la singularidad de su mundo de plataformas, anillos y zapatillas rojas; los directores de la compañía, casi seguro asombrados por la acogida de su creación, comenzaron a exprimirle las púas hasta que cayera el último yen. Hoy siguen cayendo yenes en forma de tazas de café, camisetas, películas, series de televisión… Sonic se ha convertido en una franquicia, que es a lo que suelen verse abocados todos los productos —y muchas personas, que en sentido económico no son sino productos— en nuestro sistema. Franquiciar (o &lt;&lt;reinventar&gt;&gt;, como gustan de decir) el producto es uno de los axiomas de los que nadie se aparta, aun a riesgo de que, al cabo, se borre la idiosincrasia del original. Por muy atractivo que sea, el producto es siempre un medio para ganar dinero y nunca un fin, y de ahí en gran medida la práctica de producir con vocación de caducidad, para no durar; esto conlleva además la imposibilidad de establecer una relación sentimental con el objeto adquirido, adherirle recuerdos, dotarle de un aura.</p>
<p>Por esta diversificación, el nervio del Sonic original, al cumplir los treinta, se ha visto inevitablemente desleído, pero quiere uno pensar que todavía le queda algo y que es capaz de excitar las pupilas y los reflejos de algún adolescente curioso, y no solo de adultos atravesados de nostalgia.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 23/6/2021)</p>
<p>@enfaserem</p>
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