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	<title>ENFASEREMarte &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>Takeshi Kitano</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Jan 2022 10:26:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Le caen 75 a Takeshi Kitano, y uno comienza a preocuparse por el silencio que lo ha envuelto en los últimos años, al menos en Occidente y en cuanto a cine se refiere. El japonés es un Leonardo contemporáneo, monologuista, novelista, presentador de televisión, pintor… Una prolijidad que —Japón el mismo pecado que España— no [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Le caen 75 a <strong>Takeshi Kitano</strong>, y uno comienza a preocuparse por el silencio que lo ha envuelto en los últimos años, al menos en Occidente y en cuanto a cine se refiere. El japonés es un <strong>Leonardo</strong> contemporáneo, monologuista, novelista, presentador de televisión, pintor… Una prolijidad que —Japón el mismo pecado que España— no le ha sido reconocida en su conjunto. Se diría que solo puede hacerse una cosa bien, y que el salirse de la casilla asignada o es un capricho o un narcisismo. No es imposible que con esta hiperactividad Kitano pretenda, siquiera de forma inconsciente, aplacar una angustia existencial, aunque también, más simplemente, dar gusto a la curiosidad de su espíritu; y no hay que ver en la variedad una falta de vocación verdadera, sino un empeño por descubrirse, por aprender y aprenderse.</p>
<p>Más allá del capricho o el narcisismo, quizá la falta de refrendo se deba a la creencia atávica que distingue entre alta y baja cultura y que persiste, anclada, todavía hoy, pese a la nube inmensa de ruido y furia que las redes sociales suponen, y que todo rasean. Kitano, en su quehacer leonardesco, ha obliterado la frontera baja/alta, y de ahí la posible raíz de no tomar en serio el conjunto de su obra. O quizá, atravesados como estamos por una concepción que considera la igualdad no como el presupuesto común del que partir para desde ahí desarrollarse cada cual, sino como el límite máximo al que todas los tareas han de someterse, el que haya alguien capaz de sobresalir en más de un ámbito resulte una afrenta. Sería una lástima si así fuera. Solo esperamos que, sea donde sea, Kitano no deje, como dijo alguien de don <strong>Quijote</strong>, de inventarse pasiones para ejercitarse.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 19/1/2022)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Ástor Piazzolla</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Mar 2021 11:04:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La experiencia política demuestra que el de &lt;&lt;revolución&gt;&gt; es un término que suele significar desencanto. Los ideales de origen, al triunfar y ejecutarse, conforman una realidad que en nada se asemeja a ellos, con frecuencia más brutal que la derrocada. En el extremo opuesto se sitúa la ciencia: si la revolución científica se prueba, guste o no toca trabajar a partir de ella hasta que la siguiente —que puede no llegar— pruebe en contra, matice, y así se adopte como nuevo paradigma y vuelta a empezar.</p>
<p>¿Y en arte? En arte se puede hablar de revolución pero no de evolución; no hay en arte un &lt;&lt;progreso&gt;&gt; como en la ciencia; una obra de un arte, por darse más tarde, no es más avanzada (ni menos). Una revolución artística aporta otra capa, otro aroma, pero no cabe hablar de progreso en <strong>Kandinsky</strong> o <strong>Picasso</strong> respecto de <strong>Velázquez</strong>, o en <strong>Schöenberg</strong> respecto de <strong>Bach</strong>. Sin embargo, cada vez que surge un artista revolucionario, los guardianes de las formas (las suyas) aúllan a coro: &lt;&lt;¡Destrucción!&gt;&gt;. De <strong>Ornette Coleman</strong> se dijo que practicaba anti-jazz; de <strong>Ástor Piazzolla</strong>, que iba a dinamitar el tango. Pero el juicio insobornable del tiempo demuestra que las innovaciones artísticas revolucionarias —cuando lo son, y no meras imposturas ocurrentes— se asumen y no solo no arruinan el arte, sino que amplían sus horizontes. En el centenario de su nacimiento, si el tango sigue vivo —insisto: también el anterior a él— se debe en buena medida gracias a la idiosincrasia del bandoneonista y compositor de Mar del Plata, y negarlo es como negar que la Tierra gira alrededor del Sol.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 17/3/2021)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Bill Evans</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Sep 2020 17:16:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[&#60;&#60;El suicidio más largo de la historia&#62;&#62; concluyó como caen las hojas de otoño en el estándar de Joseph Kosma que tantas veces versionó: sin sorpresa y sin estruendo. Tampoco lo hubo conocido el hecho. Hubo, sí, incomprensión soterrada, incluso un rescoldo de rabia hacia el propio muerto, por cómo la manera en que decidió [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&lt;&lt;El suicidio más largo de la historia&gt;&gt; concluyó como caen las hojas de otoño en el estándar de <strong>Joseph Kosma</strong> que tantas veces versionó: sin sorpresa y sin estruendo. Tampoco lo hubo conocido el hecho. Hubo, sí, incomprensión soterrada, incluso un rescoldo de rabia hacia el propio muerto, por cómo la manera en que decidió vivir adelantó sin duda la aparición de la muerte. El jazz no es desde luego un ámbito ajeno a la adicción: tampoco a la belleza. Si el caso de <strong>Evans</strong> sigue, cuarenta años después, produciendo perplejidad, no se debe tanto a la incapacidad del aficionado por conciliar en la misma figura esos dos conceptos, sino a que la figura los llevó al extremo, y además escapaba del molde en que se supone ha de encajar el adicto; puede entenderse en un negro criado en el Bronx que toca el saxofón de oído, no en un pianista blanco de formación clásica y clase media que estudia por gusto a <strong>Jung</strong>, filosofía platónica y religiones orientales, y que además lleva gafas.</p>
<p>Pero Evans siempre respiró en tres por cuatro, o sea a su aire: no por ir a la contra, sino porque sentía que ese era su camino; y a su camino se dedicó, sin dejar de explorarlo, mimarlo y pulirlo como el jardinero con su jardín de atrás. Quiere decirse que su inmensa influencia se dio —y no ha dejado de darse— de algún modo a pesar suyo (va más allá de las 88 teclas, y hasta más allá del jazz).</p>
<p>¿Habría hoy, en nuestro mundo enfermo de urgencia, hueco para su enfoque paciente y minucioso? La pregunta es quizá huera; lo seguro es que él, artista verdadero, no se resignaría a fingir su voz.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 16/9/2020)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Apocalipsis crítica</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Jul 2020 16:22:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[El estreno del &#60;&#60;montaje definitivo&#62;&#62; de Apocalypse Now, cuarenta años después, ha sentado en la primera fila de butacas muchos de los peligros en que la crítica de arte, y en especial la de cine, incurre hoy. Acaso el más nocivo, casi seguro el más común, el de haber permutado crítica por chismorreo. O &#60;&#60;información&#62;&#62;, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El estreno del &lt;&lt;montaje definitivo&gt;&gt; de <em>Apocalypse Now</em>, cuarenta años después, ha sentado en la primera fila de butacas muchos de los peligros en que la crítica de arte, y en especial la de cine, incurre hoy. Acaso el más nocivo, casi seguro el más común, el de haber permutado crítica por chismorreo. O &lt;&lt;información&gt;&gt;, que es lo mismo pero vestido con traje y corbata. <em>AN</em> es un paradigma de la plaga; difícilmente podrá encontrarse un film que permita lecturas en más planos que la cinta de <strong>Coppola</strong>. Por desgracia, también difícilmente otro cuya gestación más fértil en anécdotas abracadabrantes.</p>
<p>Visto con dos pasos de distancia, cualquiera concluiría que el deber del crítico es enjuiciar la obra. Esta obviedad es no obstante el primer compromiso deontológico del crítico con el lector/espectador (y antes, con él mismo). Leer un libro o ver una película implica una inversión de tiempo y/o dinero, y en último extremo la labor del crítico ha de consistir en determinar si esa inversión resulta rentable o no. Nadie se sienta dos horas delante de una pantalla porque la pareja protagonista se haya enrollado durante el rodaje (y si alguien lo hace, al crítico debería darle igual): se sienta si el rollo de la pareja en la película resulta interesante. El crítico ha de justificar si lo es, y —un &lt;&lt;y&gt;&gt; insoslayable, otra obviedad cada vez más infrecuente— argumentar mayoritariamente su postura con razones literarias, cinematográficas, según. Para eso le pagan.</p>
<p>Aunque tal vez este sea el problema: que cada vez le pagan menos.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 8/7/2020)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Arte nutritivo</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Dec 2019 17:42:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Sabíamos que el arte era nutritivo para el alma. Lo que no sabíamos es que también puede ser nutritivo para el cuerpo. Quizá esto era lo que pretendía demostrar el performer que en la Art Basel de Miami ha despegado un plátano fijado a la pared con cinta adhesiva y se lo ha zampado con [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sabíamos que el arte era nutritivo para el alma. Lo que no sabíamos es que también puede ser nutritivo para el cuerpo. Quizá esto era lo que pretendía demostrar el <em>performer</em> que en la Art Basel de Miami ha despegado un plátano fijado a la pared con cinta adhesiva y se lo ha zampado con deleite. El plátano —de supermercado, sin ningún barniz o tratamiento— era la obra, y ya había sido vendido por la jugosa cantidad de 120.000 dólares; de hecho, se habían vendido tres plátanos. La propietaria se lo ha tomado con saludable humor: &lt;&lt;Yo había comprado una idea. Refleja nuestro tiempo, la absurdidad de todo&gt;&gt;. Este tipo de absurdo es un privilegio que solo se puede permitir la clase más pudiente y ociosa, pero no por privilegiado resulta menos extremo; como crítica no es original (el urinario de <strong>Duchamp</strong> tiene más de un siglo), e ideas hay infinitas más brillantes. Y gratis.</p>
<p>El mercado del arte, esa escalada de ocurrencias, recuerda a la fábula de <em>El traje nuevo del emperador</em>: el artista como los pícaros sastres que pretenden sacar partido del esnobismo y la inseguridad de la opinión propia frente a la de la masa. Con una diferencia: el artista, hoy, se barniza de <strong>Pepito Grillo</strong> moral, y pretende —eso afirma— despertar las conciencias, mostrar las contradicciones ilógicas de un fenómeno agotado.</p>
<p>O quizá no agotado. La obra comestible plantea alguna pregunta de interés casi metafísico u ontológico: el <em>performer</em> glotón, ¿vale ahora 120.000 dólares más que antes de ingerir el plátano? ¿Se ha convertido, por ese acto, él mismo en una obra de arte viviente? ¿Y qué ocurrirá cuando, siguiendo el curso natural del organismo, los restos del plátano no absorbidos se defequen? ¿Seguirán valiendo dinero como escultura, como en el cuento <em>El canal del sufrimiento </em>de <strong>Foster Wallace</strong>? ¿Y cómo separar la mierda —el arte— que corresponde al plátano de la que a otros alimentos ingeridos por el <em>performer</em>, sin otro valor que el de posible abono? Mmm…</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 12/12/2019)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
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		<title>El conejo</title>
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		<pubDate>Thu, 23 May 2019 18:38:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace apenas una semana que el mercado del arte se superó a sí mismo y estableció un nuevo récord por el pago de una obra: 91,1 millones de dólares, por Rabbit (Jeff Koons, 1986), conejo de acero inoxidable que da la impresión de estar hecho con globos plateados, como los que se encuentran en las [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace apenas una semana que el mercado del arte se superó a sí mismo y estableció un nuevo récord por el pago de una obra: 91,1 millones de dólares, por <em>Rabbit</em> (<strong>Jeff Koons</strong>, 1986), conejo de acero inoxidable que da la impresión de estar hecho con globos plateados, como los que se encuentran en las barracas de feria.</p>
<p>Pero el precio es lo de menos —pronto será superado—, como lo es la obra. Según leemos la noticia nos interrogamos sobre el sentido, la racionalidad de pagar tal cantidad por tal objeto, pero esto es solo un reflejo atávico, un residuo mental producto de una tradición intelectual adquirida que poco a poco se va depurando por mera evolución adaptativa, social, y que en unos años lo habrá hecho del todo (apenas es perceptible ya en las generaciones más jóvenes). Desde que <strong>Duchamp</strong> (y/o <strong>Elsa von Freytag-Loringhoven</strong>) introdujese(n) un urinario en un museo, la pregunta qué es el arte dejó de ser pertinente, porque ya solo cabía una respuesta: arte es todo aquello por lo que alguien paga como arte. La belleza, la capacidad de la obra de deleitar al espectador, de hacerle descubrir en sí mismo algo que desconocía, incluso de trascenderlo… Todo esto, al fin y al cabo criterios porosos y subjetivos, pasaron a ser prejuicios obsoletos de un tiempo anterior, que ningún valor tenían fuera de la curiosidad histórica. Si todavía algunos insisten en aplicar a una obra categorías estéticas, y por tanto morales, es porque el hombre prefiere el terreno conocido, aunque esté yermo, y porque la tribu de los apocalípticos se resiste, muchas veces por esnobismo, a integrarse.</p>
<p>Haríamos mejor todos en seguir el ejemplo de los hermanos <strong>Chapman</strong>, ese par que en 2003 adquirió la serie de los grabados originales de <em>Los desastres de la guerra </em>de <strong>Goya</strong> y tatuaron encima una esvástica, un monigote, una cara de payaso… ¿Por qué? Habían pagado por ellos y ahora los grabados eran suyos. ¿Es que se necesita otra razón?</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla,</em> 23/5/2019)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
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		<title>Leonardo pop</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Dec 2018 10:29:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[¿Dónde establecer el Rubicón del rigor cultural que señale la frontera entre la divulgación y el show huero? ¿Y quién ha de establecerlo? Estas dos son las cuestiones que partidarios y detractores de la exposición &#8216;Leonardo da Vinci: los rostros del genio&#8217; no han dejado de marear. Cuando no se les puede dar respuesta cierta, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Dónde establecer el Rubicón del rigor cultural que señale la frontera entre la divulgación y el <em>show</em> huero? ¿Y quién ha de establecerlo? Estas dos son las cuestiones que partidarios y detractores de la exposición &#8216;<strong>Leonardo da Vinci</strong>: los rostros del genio&#8217; no han dejado de marear. Cuando no se les puede dar respuesta cierta, salvo la muy prosaica de: quien pague la exposición, que pondrá el Rubicón donde se le antoje. Fuera de esto, reprochar a <strong>Christian Gálvez</strong> que banaliza la figura del genio es como reprochar a <strong>Antonio Banderas</strong> que banaliza la Semana Santa porque todos los años carga con la <strong>Virgen de la Esperanza</strong>: a la obra de Leonardo no le afectan las devociones de Gálvez —como tampoco le afectarían las diatribas—, ni tampoco las del más enclaustrado y ceñudo estudioso de su figura; la obra —que es Leonardo— se basta y sobra para defenderse sola. Es la obra lo que al final importa, más allá del ruido a favor/en contra, la obra la que despierta el interés.</p>
<p>Y aquí se llega al quizá más grande desconsuelo que está dejando todo este ajetreo por la pureza cultural, la de tratar al posible visitante con un paternalismo infame, como si no fuese él en último término quien decide si ir o no a ver la exposición, y por qué motivos (entre los cuales el azar y el instinto juegan, en el inabarcable universo de oferta cultural en que vivimos, un papel mucho más relevante del que por lo común se les quiere conceder). El otro gran desconsuelo ha sido el dardo de &lt;&lt;intrusismo&gt;&gt; arrojado a Gálvez, que no hace sino constatar la permanencia del tan extendido complejo español, no solo en el ámbito académico, por el que si alguien hace algo bien, automáticamente no puede hacer bien nada más. El origen de la polémica parece elegido a propósito: caso de que Leonardo hubiera nacido en Burgos en lugar de en Florencia, se habría visto obligado a emigrar solo por no aguantar a los índices censores de los vecinos ante sus varias empresas.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 27/12/2018)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
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		<title>Artísticos millones</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Jan 2018 12:26:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Desde el urinario de Duchamp sabemos que las dos notas para que un objeto pueda calificarse de artístico son que sea expuesto y que alguien pague por él como tal objeto de arte. Por tanto, el valor artístico de ese objeto tiene una faz doble, a la vez contradictoria y complementaria: la faz estética y [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde el urinario de <strong>Duchamp</strong> sabemos que las dos notas para que un objeto pueda calificarse de artístico son que sea expuesto y que alguien pague por él como tal objeto de arte. Por tanto, el valor artístico de ese objeto tiene una faz doble, a la vez contradictoria y complementaria: la faz estética y la faz económica. El urinario de Duchamp, que es tanto &lt;&lt;ironiario&gt;&gt; como urinario, presenta escaso valor estético, por no decir nulo, pero en el plano económico un valor incalculable, y por tanto también incalculable es su valor artístico. ¿Qué indica esto del mundo del arte? Lo primero, que si existe una jerarquía entre las dos faces, es la económica la que mayor peso tiene; lo segundo, que el sentido estético es como un partido de fútbol: cada espectador ve lo que quiere ver; y lo tercero, que las conclusiones uno y dos son por todos —artistas, galeristas, marchantes, compradores— conocidas, y no solo conocidas sino incuestionables.</p>
<p>¿Incuestionables? &lt;&lt;Pagar 382 millones por un cuadro me parece una inmoralidad&gt;&gt;, ha dicho la coleccionista, mecenas y filántropa venezolana <strong>Patricia Phelps de Cisneros</strong>, en el reciente acto de donación de 202 obras de su colección a distintos museos de todo el mundo. El cuadro en cuestión —<em>Salvator Mundi</em>, de <strong>Leonardo da Vinci</strong>— no tiene nada que ver con la afirmación; de hecho, la valentía de esta radica precisamente, en gran medida, en que la obra a la que se refiere pertenece, como su autor, al canon de las intocables.</p>
<p>Pero con toda la honestidad y buena voluntad de doña Patricia, parece un poco ingenuo aliar dinero y moral. El capital no tiene otro punto de referencia que sí mismo; solo busca perpetuarse/multiplicarse, y su fuerza radica en que no tiene límites. Ante una cuestión moral el capital ni siquiera se encoge de hombros. Han sido 382 pero igual podían haber sido 3820. Y sí, se agradece que por lo menos haya alguien que haga notar la locura, pero es la locura no solo del arte sino del mundo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 18/1/2018)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
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		<title>Rusia</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Sep 2017 10:43:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace cien años que Rusia se proclamó república, poniendo así fin a un imperio de salones, chorreras y arañas de cristal cuyo rigor esencial, sin embargo, se mantiene hasta hoy, pues forma parte indisoluble de ese ente misterioso y sugestivo que se dio en llamar alma rusa. La fascinación que despierta (la historia de) Rusia [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace cien años que Rusia se proclamó república, poniendo así fin a un imperio de salones, chorreras y arañas de cristal cuyo rigor esencial, sin embargo, se mantiene hasta hoy, pues forma parte indisoluble de ese ente misterioso y sugestivo que se dio en llamar alma rusa. La fascinación que despierta (la historia de) Rusia es la fascinación que despiertan las contradicciones, y en este sentido no hay otra nación que mejor simbolice/sintetice el siglo XX, esa contradicción coagulada entre la Primera Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín.</p>
<p>Rusia —y tómese Rusia como sinécdoque de la U.R.S.S., que es como el inconsciente colectivo la tomó en el siglo pasado y aún la sigue tomando— quiso con <strong>Lenin</strong> materializar una utopía de más de veinte millones de kilómetros cuadrados, y he ahí la contradicción de base de la que podrían derivarse las demás, si no fuera porque las demás son anteriores a Lenin y serán posteriores a <strong>Putin</strong>, pues no solo transmigran las naciones sino el alma del pueblo que les da vida. Rusia es capaz de donar 27 millones de compatriotas para detener al nazismo y después purgar a más de veinte millones en el archipiélago del Gulag; Rusia conjuga el formalismo más depurado con la emoción más visceral (<strong>Eisenstein</strong>), el folclore estepario con la poesía futurista, las acuarelas de veleros al pastel con la geometría estricta de <strong>Kandinsky</strong> o el blanco al cuadrado de <strong>Malévich</strong>; Rusia es el religioso que no tiene religión, el estoico melancólico, el físico trascendente. Solo un fatalismo que no se resigna y que excede el carácter, algo anclado en el alma, invisible pero tan real, si no más, que eso que llamamos realidad, es capaz de sobreponerse a un cataclismo de la magnitud de la disgregación de la U.R.S.S. y el aterrizaje brutal del capital sin freno.</p>
<p>Con el cambio de siglo llegó Putin, y una república con Putin como jefe de Estado es una contradicción que, ay, acaso ni Rusia sea capaz de conciliar.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 14/9/2017)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
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		<title>&#039;Moonlight&#039;</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Mar 2017 18:32:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El error al anunciar el Oscar a mejor película tiene el carácter de esos lapsus freudianos que revelan una verdad mayor que lo voluntariamente expresado. En este caso, del inconsciente colectivo de la Academia, y aun de la sociedad en su conjunto. En cuanto que cine, anteponer Moonlight a La La Land —y a otra [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El error al anunciar el Oscar a mejor película tiene el carácter de esos lapsus freudianos que revelan una verdad mayor que lo voluntariamente expresado. En este caso, del inconsciente colectivo de la Academia, y aun de la sociedad en su conjunto.</p>
<p>En cuanto que cine, anteponer<em> </em><em>Moonlight</em> a <em>La La Land</em> —y a otra docena de títulos— es como anteponer el retrato escolar que un niño pinta de su mamá con un bidé de <strong>Antonio López</strong>. El niño ha podido meter mucho cariño, pero ha metido poca pintura. <em>Moonlight</em> es una sucesión infatigable de elecciones rutinarias (plano medio, medio-corto o primer plano para subrayar de menos a más la  <<emoción>> de lo que dice el personaje) junto a  ocasionales efectismos, como el plano-abejorro de la primera escena o el secuencia sobre la nuca del protagonista adolescente. Narrativamente, ¿qué sentido tiene recurrir a las elipsis si lo que en ellas acontece se explicita acto seguido en el diálogo? Y la conversación central en la cafetería entre el abusón y el objeto de deseo del protagonista es un pegote tan forzado como inverosímil, solo para justificar lo que viene después (pegotes hay varios).</p>
<p>Pero es en la intención —que la forma esbozada apuntala— donde más avergüenza. ¿Alguien puede creer que ningún hombre —periodo en la cárcel incluido— haya vuelto a tocar al protagonista en quince años desde que de adolescente le hicieran el trabajillo manual en la playa? Como si la necesidad de afecto estuviera reñida con la expresión sexual. Claro que los gais son más sensibles, y el gay negro se siente especialmente oprimido, pues en su impío mundo no se le permite mostrar debilidad.</p>
<p>De una obra artística se puede desprender una enseñanza moral, por supuesto; lo malo es que la enseñanza condicione la realización de la obra. <em>Moonlight</em> es un síntoma atronador de la tendencia abrumadora de evaluar el arte por sus intenciones aleccionadoras y no por sus valores estéticos —que por cierto son morales también—.</p>
<p><a title="@enfaserem" href="https://twitter.com/enfaserem" target="_blank" rel="external nofollow">@enfaserem</a></p>
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