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	<title>ENFASEREMcrítica &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>Apocalipsis crítica</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Jul 2020 16:22:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[El estreno del &#60;&#60;montaje definitivo&#62;&#62; de Apocalypse Now, cuarenta años después, ha sentado en la primera fila de butacas muchos de los peligros en que la crítica de arte, y en especial la de cine, incurre hoy. Acaso el más nocivo, casi seguro el más común, el de haber permutado crítica por chismorreo. O &#60;&#60;información&#62;&#62;, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El estreno del &lt;&lt;montaje definitivo&gt;&gt; de <em>Apocalypse Now</em>, cuarenta años después, ha sentado en la primera fila de butacas muchos de los peligros en que la crítica de arte, y en especial la de cine, incurre hoy. Acaso el más nocivo, casi seguro el más común, el de haber permutado crítica por chismorreo. O &lt;&lt;información&gt;&gt;, que es lo mismo pero vestido con traje y corbata. <em>AN</em> es un paradigma de la plaga; difícilmente podrá encontrarse un film que permita lecturas en más planos que la cinta de <strong>Coppola</strong>. Por desgracia, también difícilmente otro cuya gestación más fértil en anécdotas abracadabrantes.</p>
<p>Visto con dos pasos de distancia, cualquiera concluiría que el deber del crítico es enjuiciar la obra. Esta obviedad es no obstante el primer compromiso deontológico del crítico con el lector/espectador (y antes, con él mismo). Leer un libro o ver una película implica una inversión de tiempo y/o dinero, y en último extremo la labor del crítico ha de consistir en determinar si esa inversión resulta rentable o no. Nadie se sienta dos horas delante de una pantalla porque la pareja protagonista se haya enrollado durante el rodaje (y si alguien lo hace, al crítico debería darle igual): se sienta si el rollo de la pareja en la película resulta interesante. El crítico ha de justificar si lo es, y —un &lt;&lt;y&gt;&gt; insoslayable, otra obviedad cada vez más infrecuente— argumentar mayoritariamente su postura con razones literarias, cinematográficas, según. Para eso le pagan.</p>
<p>Aunque tal vez este sea el problema: que cada vez le pagan menos.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 8/7/2020)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Harold Bloom</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Oct 2019 16:31:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[De unos años a esta parte se había puesto de moda desdeñar a Harold Bloom, dinosaurio apolillado y elitista, el más representativo espécimen de un linaje a extinguir. Y acaso fuese inevitable que se tratase de la moda, pues si a algo se dedicó Bloom fue a plantarse contra la moda. Pero en tiempos de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De unos años a esta parte se había puesto de moda desdeñar a <strong>Harold Bloom</strong>, dinosaurio apolillado y elitista, el más representativo espécimen de un linaje a extinguir. Y acaso fuese inevitable que se tratase de la moda, pues si a algo se dedicó Bloom fue a plantarse contra la moda. Pero en tiempos de pensamiento único (y esto es una contradicción en términos) y de lo políticamente correcto llevado al rídiculo, una voz libérrima —que tampoco se genuflexiona ante la academia— constituye el blanco ideal, pese al caudal intimidante de su sabiduría (o quizá por este, al desvelar por contraste la pobreza impotente de los argumentos de sus justicieros, que así se irritan y atacan con mayor fe). Estos justicieros confunden igualdad con igualitarismo, y no entienden o no quieren entender que no toda obra merece el tiempo del lector ni que la literatura no es el territorio para ventilar discriminaciones sexuales o étnicas; una obra literaria puede tratar estas cuestiones, por supuesto, pero tales no pueden ser el barómetro primero con el que juzgarla. Bloom aplicó el barómetro contrario, mucho más simple y justo: la obra literaria como artefacto literario, a juzgar según criterios literarios, estéticos. (Dicho así, suena a perogrullo, pero basta echar un ojo al abanico de la crítica para darse cuenta de que ojalá lo fuera). Y recalquemos: la obra, no el autor; HB, al margen también de la corriente mayoritaria, evaluaba títulos, no nombres: así calificó <em>Vineland</em>, de su por lo general admiradísimo <strong>Pynchon</strong>, de &lt;&lt;completo desastre&gt;&gt;.</p>
<p>Este enfoque brutalmente honesto se funda en última instancia en, y quiere subrayar la insustituible necesidad de, la lectura. Su gran legado es la (re)afirmación de que leer es un acto esencialmente creativo. También lo es el ejercicio de la crítica —no un residuo para escritores frustrados y rencorosos— cuando se realiza con la honestidad, profundidad y gracia de este <strong>Charles Laughton</strong> letraherido e irrepetible.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 17/9/2019)</p>
<p>@enfaserem</p>
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		<title>Jazz en negro sobre blanco</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Feb 2017 19:47:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[La relación entre literatura y jazz ha sido por lo general una relación cosmética en la que la primera se ha valido del segundo para aromarse de prestigio o enmarcar el lienzo narrativo, pero no adoptado en la manera de ejercerse, en gran parte porque es imposible, el rasgo fundamental que distingue al jazz: la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2017/02/jack-kerouac-e1486237437637.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1217" title="jack kerouac" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2017/02/jack-kerouac-e1486237437637.jpg" alt="" width="240" height="159" /></a>La relación entre literatura y jazz ha sido por lo general una relación cosmética en la que la primera se ha valido del segundo para aromarse de prestigio o enmarcar el lienzo narrativo, pero no adoptado en la manera de ejercerse, en gran parte porque es imposible, el rasgo fundamental que distingue al jazz: la improvisación. El ejercicio literario más próximo a la esencia del jazz sería la llamada escritura automática, la cual difícilmente puede sostenerse más allá de unos pocos versos, y que cuando aplicada en prosa suele tener una función, la de dejar que manen notas del inconsciente para luego seleccionarlas y corregirlas y así apilar una base desde la que comenzar, pero rara vez valen como texto definitivo, aun los ocasionales hallazgos; la obra no suele quedar orgánica, entera, y desde luego no pulida. En verso <strong>Breton</strong> y los surrealistas fueron quienes más insistieron en la técnica, y en prosa quizá <strong>Jack Kerouac</strong>, aunque tampoco puede hablarse en sentido estricto de escritura automática: el que el famoso rollo de ‘En el camino’ no presente enmiendas no significa que se haya escrito del tirón, en un trance, sino que el autor se ha obligado a no corregir lo escrito, como, sin ir más lejos, ensayó <strong>Juan Benet</strong> con ‘Una meditación’.</p>
<p>El de elemento decorativo, o como fondo para crear ambiente sobre el que desarrollar la peripecia principal, ha sido el más frecuente empleo que en narrativa se ha hecho del jazz (las novelas negras en las que el detective entra en un club y suena un saxofón nocturno son incontables). Asimismo se ha empleado el término como metáfora: en los ‘Cuentos de la era del jazz’ de <strong>Fitzgerald</strong>, de la efervescencia loca de los felices 20; en ‘Jazz blanco’, de <strong>James Ellroy</strong>, de la droga y la corrupción. Pero títulos que exploren lo que es el jazz como forma de vida, viajes en autobús y disputas con los dueños de los clubes por cobrar y dudas creativas y práctica del instrumento y pago del alquiler, son mucho menos frecuentes, con ‘El chico de la trompeta’ de <strong>Dorothy Baker</strong> como la quizá excepción más notable; lo habitual es que el retrato se centre meramente en las adicciones que aquejan al músico protagonista, pero dejando de lado los otros aspectos, menos dramáticos —o eso se cree—, como en la célebre obra de teatro ‘The Connection’, de <strong>Jack Gelber</strong>, donde no se perdería nada sustancial en el plano del jazz si en lugar de jazzistas los personajes que esperan la llegada de la dosis fueran conductores de autobús.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2017/02/art-pepper-una-vida-ejemplar-e1486237542623.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1218" title="art pepper - una vida ejemplar" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2017/02/art-pepper-una-vida-ejemplar-e1486237542623.jpg" alt="" width="240" height="367" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/02/art-pepper-una-vida-ejemplar-e1486237542623.jpg 240w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/02/art-pepper-una-vida-ejemplar-e1486237542623-196x300.jpg 196w" sizes="(max-width: 240px) 100vw, 240px" /></a>Es en el campo biográfico/memorialístico donde se ha dado en literatura la visión más completa de lo que es el jazz, tanto en términos musicales como vitales —si es que no son lo mismo—. Con frecuencia los libros escritos por los propios músicos no solo no tienen que envidiar nada a lo que habría hecho un escritor &#8220;profesional&#8221;, sino que el lector tiene la invencible sensación de que jamás se habría alcanzado ese nivel literario si la voz no hubiera sido la del propio músico. Ineludible es ‘Una vida ejemplar’, de <strong>Art Pepper</strong>, un harakiri tan brutal como emotivo y cercano, puesto en negro sobre blanco con la misma asombrosa fluidez con la que el genio del saxo alto construía sus solos. Más célebres, debido al nombre de los firmantes, son ‘La música es mi amante’ y ‘Lady sings the blues’. En el primer título, el compositor americano más relevante del pasado siglo traza, con la elegancia, el amor por el detalle y la fina ironía que todo duque debería poseer, la narración de una vida tan dinámica, vibrante y saludablemente obsesiva, tan en definitiva plena, que uno no puede sino calificarla, pese a las inevitables madrigueras negras, de feliz; si hay algo que transmiten las páginas de las memorias de <strong>Duke Ellington</strong> es gratitud: por el don recibido y por la oportunidad de ejercerlo sin descanso. En el extremo opuesto del espectro se hallan las de ‘Lady sings the blues’. En modo alguno puede calificarse de feliz la vida de <strong>Billie Holiday</strong>. Para BH vivir fue sobrevivir. Sus memorias desarman, pero no por la concatenación de sucesos truculentos sino, sobre todo, por la sencillez infantil con que están contados, como quien cuenta un cuento o canta una nana; una limpieza que es también moral en el sentido de que la dama dolida de la canción no cae en el fácil ajuste de cuentas, ni se olvida de los momentos de brillo, que por contraste resultan, si cabe, más preciosos.</p>
<p>El caso de <strong>Miles Davis</strong> es un claro ejemplo de la posición aquí expuesta: entre ‘Miles —La autobiografía’, que aunque es en realidad una biografía oral transcrita sin apenas retoques por el poeta <strong>Quincy Troupe</strong>, encaja perfectamente bajo el paraguas de memorias, y ‘Miles Davis: la biografía definitiva’, escrita por el trompetista y periodista <strong>Ian Carr</strong>, profusamente documentada y pulcramente redactada, con precisos análisis de los solos de Davis y hondas explicaciones sobre el enfoque modal de improvisación, uno no puede evitar preferir el primero, siendo desde luego menos &#8220;útil&#8221;. Y no es que el biógrafo deba abstenerse del análisis crítico: es sencillamente que en este caso falta la voz, la vibración, ese algo indefinible que define al jazz. Sí posee vibración y erudición, pulso y conocimiento y equilibrio la excelente biografía de <strong>Peter Pettinger</strong> ‘Vida y música de Bill Evans’, notabilísimo retrato del quizá mayor poeta que haya dado el piano en jazz. Y hablando de poetas, una advertencia para terminar: no cometan el error de abrir la tremebunda, por amarillista, ‘Deep in a dream —La larga noche de Chet Baker’, de <strong>James Gavin</strong>; en cambio, si se topan con ‘Como si tuviera alas’, apenas un dedo de hojas a letra gorda apiñadas por el propio trompetista, no lo duden: hay ahí una voz auténtica.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 4/2/2017)</p>
<p style="text-align: left;"><a title="@enfaserem" href="https://twitter.com/enfaserem" target="_blank" rel="external nofollow">@enfaserem</a></p>
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		<title>Zarzuela punk</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jun 2016 17:10:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La que se ha montado con el montaje. El responsable, Miguel del Arco, se ha justificado: . No son extremos excluyentes. Cualquiera puede citar una docena de propuestas con voluntad transgresora que lo único que provocan es hastío. Aparte de que el no tiene por qué implicar transgresión. Toda obra de arte provoca una reacción [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2016/06/cómo-está-madriz-e1466183386244.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1173" title="cómo está madriz" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2016/06/cómo-está-madriz-e1466183386244.jpg" alt="" width="240" height="158" /></a>La que se ha montado con el montaje. El responsable, <strong>Miguel del Arco</strong>, se ha justificado: <<Prefiero provocar que aburrir>>. No son extremos excluyentes. Cualquiera puede citar una docena de propuestas con voluntad transgresora que lo único que provocan es hastío. Aparte de que el <<provocar>> no tiene por qué implicar transgresión. Toda obra de arte provoca una reacción en el receptor, solo faltaba, y aun la obra que no es de arte: recibir por sorpresa un escupitajo en la cara seguro que provoca un sentimiento visceral e inmediato en el alcanzado, y no cabe calificar de arte tal acción bucal.</p>
<p>Pero tenga más o menos mérito la versión de del Arco, lo único que resulta ofensivo en todo el asunto es el empeño de ciertos espectadores por reventar la función sin haberla visto. Presentarse en el teatro silbato en boca es como si un juez se presentase a la vista preliminar con la sentencia ya firmada. Aquí en Seminci se tiene la saludable costumbre de patear la proyección que no gusta, pero se patea después. Primero —aparte de por el respeto que se le debe al elenco, trabajadores haciendo su trabajo—, por una cuestión de urbanidad básica, en la que parece los del silbato no han reparado: que a lo mejor al vecino de butaca si le está gustando la proyección; o no le está gustando, pero no quiere que lo interrumpan, que para eso ha pagado sus buenos euros por la entrada. <strong>Ruiz-Gallardón</strong> se levantó en mitad de la representación y abandonó la sala en silencio, acaso para depurarse en su salón escuchando exquisitamente a <strong>Bach</strong>. Bien por él. Y segundo, porque con tanto ruido contra/pro todavía uno no ha conseguido dar con una crítica que se refiera a lo único que debiera importar: la obra. ¿Es un bodrio, una medianía, una genialidad? No se sabe. Una falta de juicio que, cabe sospechar, es lo que más lamentan los participantes en el  montaje.</p>
<p style="text-align: right;">(El Norte de Castilla, 16/6/2016)</p>
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		<title>Crítica terminal</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jan 2016 13:15:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Hoy la crítica cultural en los medios de comunicación se mantiene más por inercia histórica, y por un vago complejo de culpa, que por verdadera necesidad. La saturación casi infinita de opiniones que han habilitado las redes sociales ha generalizado la confusión, no por extendida menos errónea, de identificar el principio de que toda opinión [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2016/01/like-dislike-e1452431661510.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1110" title="like-dislike" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2016/01/like-dislike-e1452431661510.jpg" alt="" width="220" height="121" /></a>Hoy la crítica cultural en los medios de comunicación se mantiene más por inercia histórica, y por un vago complejo de culpa, que por verdadera necesidad. La saturación casi infinita de opiniones que han habilitado las redes sociales ha generalizado la confusión, no por extendida menos errónea, de identificar el principio de que toda opinión merece ser oída con el de que toda opinión merece ser respetada (valorada) por igual. Pero, como es obvio, una opinión que defienda la necesidad de arrear unos cuantos latigazos en la espalda cada vez que el hijo no quiera terminarse el plato de lentejas no merece respetarse como la que defienda una firmeza comprensiva, racional. En el ámbito cultural ocurre lo mismo, o debería ocurrir; si no lo hace es porque la función primera de la crítica consiste en discriminar, en ubicar la obra comentada en un escalón/escalafón dentro de una escalera implícita de obras del mismo tipo, lo que choca frontalmente con el (injusto) igualitarismo que la facilidad de opinión ha generado, y porque la materia cultural es porosa y está siempre tamizada por el gusto personal. Solo que el gusto no basta. Para sostener una opinión necesita concretarse, articularse, fundamentarse —y fundamentarse con razones específicas del ámbito a que se refiere—, y la inmensa mayoría de las opiniones que se vierten en la aldea digital simplemente son la traslación en bruto del gusto propio. Ese salto, ese plus de fundamentación entre el gusto y la opinión que supone el ejercicio de la crítica es lo que se está perdiendo, y ya los grandes medios de producción están optando por dar el sí o el no a un producto en función solo de la inmediata recepción del público mayoritario: Amazon produce el piloto de una serie ‘on line’ y lo saca a la palestra; si recibe más de tres estrellas, hace la serie; si no, pasa al siguiente. No quieren ver que la buena crítica es creadora, y su defunción supondría la defunción misma del arte.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 7/1/2016)</p>
<p style="text-align: left;"><a title="@enfaserem" href="https://twitter.com/enfaserem" target="_blank" rel="external nofollow">@enfaserem</a></p>
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		<title>Honesto Guantánamo</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Apr 2015 14:02:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Al político, como al crítico literario o al médico, la honestidad se le supone. Y precisamente porque se le supone, el que enarbole como un escudo contra los posibles reproches a su gestión el haber actuado con honestidad da bastane grima. O debería darla; si no la da, es porque la general y diariamente aireada [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2015/04/guantánamo.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1009" title="Detention center at Guantanamo Bay US Naval Base, in Cuba" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2015/04/guantánamo.jpg" alt="" width="220" height="146" /></a>Al político, como al crítico literario o al médico, la honestidad se le supone. Y precisamente porque se le supone, el que enarbole como un escudo contra los posibles reproches a su gestión el haber actuado con honestidad da bastane grima. O debería darla; si no la da, es porque la general y diariamente aireada corrupción que se estila entre el gremio hace que la honestidad sea tomada como excepción y no como norma. Imaginen que no se le pudiera reprochar a un delantero centro el haber errado un gol a puerta vacía porque puso todo su empeño en meter la pelota entre los tres palos. Pues esta es la vara de medir con la que cada día más políticos piden que se les juzgue.</p>
<p><strong>Barack Obama</strong> dijo a finales del pasado año que <<haría todo lo posible>> por cerrar Guantánamo. Desde que manifestase el mismo propósito por primera vez han pasado más de siete años, pero Estados Unidos sigue considerando que estos señores de color butano pueden permanecer indefinidamente encerrados e incomunicados sin que medie acusación formal contra ellos, y haciendo el avestruz ante las denuncias periódicas de torturas y abusos que —supuestamente— algunos padecen. Obama pues le seguirá metiendo mucha y muy buena voluntad al asunto, dando entrevistas en horas de máxima audiencia y apretando la mandíbula en el Congreso cuando se dirija al elefante republicano, y que ningún analista político se atreva a señalar este o aquel movimiento dudoso porque el presidente hace todo lo que puede, y a conciencia. <<A conciencia>> es la bula lingüística que utiliza la administración americana para blindarse preventivamente al reproche, como <<limbo legal>> es la bula jurídica para seguir con la prisión operativa. Si al final Guantánamo se termina cerrando —que se terminará— será debido antes al chorreo de dólares que supone para las arcas americanas el mantenerla abierta que por la violación continuada de los derechos humanos. Y es que la voluntad del dólar sí que es incontestable.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 9/4/2015)</p>
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		<title>El Gabarrón</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Oct 2012 18:19:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/10/stanley_crouch_22-e1350584258717.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-608" title="stanley_crouch_22" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/10/stanley_crouch_22-e1350584258717.jpg" alt="" width="200" height="120" /></a>En una semana reventona de premios literarios, el Gabarrón ha ido a caer en <strong>Stanley Crouch</strong>: polemista para todo con varias ficciones publicadas y crítico cultural, especialmente de jazz. Elección tan original como discutible. Este “gran pensador” ―según consta en el fallo― capaz de emprenderla a puñetazos con quienes le discuten sus posturas es esencialmente un racista de la peor calaña, y no solo porque haga una lectura racial de cualquier tema que se le ponga delante, ya sea <em>Pulp Fiction</em> o la Declaración de Independencia, sino porque esa lectura viene sesgada de entrada por sus prejuicios y la falta de matices (el mayor pecado que puede cometer un pensador), que en el ámbito musical alcanza unas cotas de miseria y cerrazón difícilmente comparables. <strong>Bill Evans </strong>era un punk que no sabía tocar (doble insulto: para Crouch ser punk es también pecado) y <strong>Chet Baker</strong> y <strong>Art Pepper</strong>, dos playboys engominados sin otro talento que el de meterse heroína. Pero su rencor no solo recae sobre los blanquitos, también <strong>Miles Davis </strong>murió el primer día en que metió un enchufe en el estudio de grabación. Estima que el roncanrol, el funk y el hip-hop son música degenerada (igual que los nazis dijeron del jazz, y alguien debería hacerle notar que hoy probablemente <strong>Louis Armstrong </strong>estaría recitando rap, que no viene sino del scat vocal), y, en suma, todo lo que se salga del blues de doce compases merece su desprecio. Hasta reniega del surrealismo: ¿se puede concebir un amante del jazz que reniegue del surrealismo, si el jazz no es otra cosa que el equivalente musical de esa corriente?</p>
<p>A Crouch se le califica de conservador; no lo es: es un reaccionario, algo muy distinto. Hace de la negritud una bandera y de la pureza, esa entelequia infame, el motor de su acción. Y sus perlas sobre las mujeres me las ahorro porque se me acaba el espacio. Este es el señor al que le han dado el Gabarrón. Para que luego nos quejemos del Nobel o el Planeta.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 18/10/2012)</p>
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