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	<title>ENFASEREMfoster wallace &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>Más allá de la ficción</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Oct 2013 18:25:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Todas las historias de amor son historias de fantasmas (Debate), por D.T. Max, es una de las primeras biografías publicadas de una rentrée otoñal cargada de ellas. Las biografías como género presentan una serie de problemas de difícil solución. El primero y más evidente es que la vida íntima de los grandes hombres suele ser [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/foster-bio-e1381861321657.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-779" title="244_C922935.jpg" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/foster-bio-e1381861321657.jpg" alt="" width="180" height="277" /></a>Todas las historias de amor son historias de fantasmas</em> (Debate), por <strong>D.T. Max</strong>, es una de las primeras biografías publicadas de una rentrée otoñal cargada de ellas. Las biografías como género presentan una serie de problemas de difícil solución. El primero y más evidente es que la vida íntima de los grandes hombres suele ser tan aburrida como la de cualquiera; un hombre se hace un nombre en la Historia justamente por lo que hace, por lo que lleva a cabo; son las obras las que quedan, pero las biografías inevitablemente conceden la misma relevancia a las minucias domésticas que a los logros fuera de lo común de la vida pública. En este sentido la vida de un escritor es de las menos atractivas que puedan relatarse. Sin embargo los biógrafos se empeñan en escarbar en la rutina de los días y las horas con la esperanza de encontrar la clave que desvele el misterio de la obra. Harían mejor en escarbar en la obra.</p>
<p>En cualquier caso parece que el interés está ahí, debido en parte a la obsesión actual por conocer las miserias ajenas, que también como cualquiera algunos grandes hombres padecen. El personaje <strong>Wallace</strong> es de entrada ideal para la autopsia de la miseria: el escritor más hermético y singular de su generación, autor de uno de las novelas más revolucionarias de finales del siglo XX, fue también un hombre inseguro que padeció durante toda su vida <<el agujero negro con dientes>> de la depresión y adicciones de drogas sucesivas, hasta que terminó por propia mano con ella a la edad de 46 años. D.T. Max tiene no obstante el buen sentido estético y moral ―suelen ir de la mano― de guardar una distancia justa, ni desapasionadamente clínica ni cercanamente amarillista, y aunque hay un evidente afecto en el retrato que hace de Wallace, este resulta sobrio y honesto.</p>
<p>El segundo problema de las biografías deriva de su propia estructura. Al, en definitiva, ceñirse el biógrafo a registrar a posteriori un suceso detrás de otro, al final su voz como escritor se pierde, y así infinidad de biografías parecen escritas por el mismo negro literario, sin apenas variaciones. El estilo es monocorde, intercambiable, como si se tratasen de atestados de accidentes de quinientas páginas. Esta es una pega de la que D.T. Max no logra sustraerse, aunque la exposición que hace resulte clara y no demasiado exhaustiva, lo que siempre se agradece. Es en resumen un trabajo pulcro y bien sostenido, pero que desvela muy poco de aquello que más importa, la poliédrica obra de DFW.</p>
<p>Para quienes no la conozcan, un barómetro más fiable de lo que esta les puede reportar lo tienen en <em>En cuerpo y en lo otro</em> (Mondadori), recopilación de quince piezas de no ficción —ensayos breves, reseñas, crónicas— de FW inéditas en español, de temática varia —tenis, cine, filología, literatura sobre todo.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/en-cuerpo-y-en-lo-otro-e1381861375678.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-780" title="en cuerpo y en lo otro" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/en-cuerpo-y-en-lo-otro-e1381861375678.jpg" alt="" width="180" height="307" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/en-cuerpo-y-en-lo-otro-e1381861375678.jpg 180w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/en-cuerpo-y-en-lo-otro-e1381861375678-176x300.jpg 176w" sizes="(max-width: 180px) 100vw, 180px" /></a>En cierto momento de <em>Todas las historias…</em> la madre de FW dice que <<la mente de David simplemente lo absorbía todo>>. Como escritor, la formidable capacidad receptiva de Wallace puede resultar agotadora y en último extremo tediosa, y esto donde mejor se aprecia es en las crónicas y reportajes —verbigracia, el dedicado al Open USA del 95—, géneros en los que el autor se ve obligado sobre todo a describir. FW hay veces que vomita todo lo que su mente atesora: un vómito ordenado, higienizado por la sintaxis, pero un vómito al fin y al cabo. Y no es que carezca del don poético de la síntesis: <<Lo que pasa con <strong>Federer</strong> es que es <strong>Mozart</strong> y <strong>Metallica</strong> al mismo tiempo>>, dice en la última nota al pie del artículo, una imagen mucho más reveladora que todo el desglose explicativo de páginas y páginas anteriores sobre ángulos liftados, empuñaduras, materiales de raqueta y demás circunstancias que hacen del tenis moderno lo que es hoy. No carece del don poético, como tampoco del humorístico, y es capaz de escribir con ternura, y con desapego y melancolía, pero estos dones en ocasiones se ven oscurecidos cuando no logra domar su deseo de transmisión. Cuando lo logra, el otro gran punto fuerte de Wallace, su capacidad analítica, alcanza cotas de una lucidez difícilmente superables, capaz de producir en el lector, como muy pocos autores, ese rarísimo placer híbrido que forman el deslumbramiento intelectual y el gozo estético. Por oposición a la crónica-reportaje, es en las críticas y reseñas donde esta capacidad analítica se percibe con mayor esplendor.</p>
<p>Todo creador es a la vez un crítico, y como crítico DFW tiene muy pocos rivales. Para empezar, porque tiene la honradez de no limitarse a dejar caer pedazos de su vastísima cultura ni de su inteligencia superior: él se halla en las antípodas del tipo de reseñador que no sale del me gusta/no me gusta, sino que utiliza su cultura e inteligencia como base para dar razones específicamente literarias —o específicamente cinematográficas, o de la materia que sea—  que justifiquen por qué se ha formado esa opinión (curiosamente, solo una vez es maniqueo y simplista: con <strong>Rafa Nadal</strong>). Valga como ejemplo el final del artículo sobre <strong>Borges</strong>, en el que se tiene la sensación de que borgianamente logra FW ―él sí acude a la obra― desvelar el misterio de la escritura del genial ciego en apenas dos páginas.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/foster-wallace-e1381861502844.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-782" title="foster wallace" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/foster-wallace-e1381861502844.jpg" alt="" width="180" height="180" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/foster-wallace-e1381861502844.jpg 180w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2013/10/foster-wallace-e1381861502844-150x150.jpg 150w" sizes="(max-width: 180px) 100vw, 180px" /></a>A veces me gana la impresión de que la escritura, con su linealidad consustancial, fue una herramienta insuficente para la mente-esponja de FW, capaz de registrar simultáneamente un torrente de estímulos brutal. Estímulos y conexiones que a la vez pretendía transmitir, y para cuya transmisión ideó la forma de las notas al pie, un recurso que muchas veces resulta tan agotador como incómodo, y que tiene la enorme pega de romper el flujo natural, la música de la prosa, así como el hilo de la narración o el razonamiento, al que siempre hay que prestar extraordiaria atención.</p>
<p>Mi recomendación es leer a Wallace sin detenerse en las notas al pie. Es decir: terminar el texto de corrido y solo después leer las notas, que por otro lado muchas veces forman textos autónomos y que leídas así ayudan de recordatorio del texto principal. Soy consciente de que se trata de una recomendación anti-Wallace, siendo como son las notas al pie la marca de fábrica por la que ha quedado el escritor de Ithaca, y de que se deba acaso a una insuficiencia personal, que haya quien no pierda el hilo musical ni el semántico del texto con las interrupciones que las notas exigen, pero yo no soy capaz, y para mí el latido, el boom de la prosa, es un atributo irrenunciable —latido que, suprimiendo las notas al pie, y dentro de estas, la prosa de Wallace tiene más que ajustado.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 12/10/2013)</p>
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		<title>El canto del cisne de Foster Wallace</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Jan 2012 21:27:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Al acometer la lectura de El rey pálido se yerguen ante el lector un par de dudas intimidantes. La primera y más obvia es la energía y el tiempo que la empresa va a requerir de él; no solo por la extensión de la obra —550 páginas a letra de biblia— sino por la previsible [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/el-rey-palido1-e1326575916346.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-263" title="el-rey-palido" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/el-rey-palido1-e1326575916346.jpg" alt="" width="150" height="256" /></a>Al acometer la lectura de <em>El rey pálido</em> se yerguen ante el lector un par de dudas intimidantes. La primera y más obvia es la energía y el tiempo que la empresa va a requerir de él; no solo por la extensión de la obra —550 páginas a letra de biblia— sino por la previsible densidad literaria, por así llamarla, que aquella ha de contener, teniendo en cuenta quién la firma y lo que ello implica: <strong>David Foster Wallace</strong>, acaso el autor más conscientemente formalista/experimentalista de los surgidos en el último cuarto del siglo pasado, al menos entre los que han alcanzado gran repercusión pública. La segunda duda es complemento de la primera y afecta al hecho mismo de la autoría. Casi seguro el posible lector de <em>El rey pálido</em>, inmersos como estamos en una sociedad que entiende la difusión cultural más como la publicitación de las miserias de alcoba y drogas de un autor que como la del estudio de la obra que ha producido, conozca el desventurado final biográfico del firmante del texto. No pretendemos alimentar el morbo; si lo mencionamos, es porque la abrupta muerte de DFW incide directamente en la configuración final del volumen. No solo por el hecho de que se trata de una novela inacabada, con todo lo que ello implica en cuanto al nivel de exigencia del texto que se nos presenta —¿Realmente el autor estaba conforme, lo consideraba digno de publicarse?—, sino por la magnitud de esa falla: la marea de notas, apuntes y archivos encontrados sugieren que DFW proyectaba una novela de más de mil páginas y con el triple de capítulos que la publicada; además, lo encontrado se hallaba en un orden caótico colosal, con indicaciones escasas o incluso contradictorias sobre el orden de capítulos y párrafos y del contenido de estos. Nos encontramos, pues, ante una obra en gran medida de autoría compartida: por DFW y por <strong>Michael Pietsch</strong>, editor, quien en la nota del prólogo reconoce que reducir esta vastísima cantidad de material a la forma de un libro publicable ha sido <<el desafío más grande al que me he enfrentado>>. Ninguna de las dos dudas expuestas debería cohibir de la lectura. Indiscutiblemente el libro armado por Pietsch no es el libro que hubiera armado DFW, incluso aunque se hubiera decidido por recortarle hasta poco más de la mitad de su cálculo inicial. Pero también es indiscutible que Pietsch ha superado el desafío con <em>summa cum laude</em> —ayudado en castellano por una traducción ejemplar de <strong>Javier Calvo</strong>—: la versión publicada de <em>El rey pálido </em>bien puede considerarse definitiva, y lamentarse por el que pudo ser y no ha sido es solo un ejercicio inane; lo único de lo que cabe lamentarse es de que la aventura literaria de DFW haya llegado a su fin con este título.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/David-Foster-Wallace-e1326576171230.png"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-264" title="David-Foster-Wallace" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/David-Foster-Wallace-e1326576171230.png" alt="" width="200" height="150" /></a> Con él, aquel se propuso un reto aun mayor que el asumido con <em>La broma infinita</em>, la cuarta vuelta sin red tras el éxito del triple mortal. Y es que <em>El rey pálido</em> pretende interesar al lector con una narración sobre el tedio; el tedio absoluto, burocrático, informe e interminable que, entre los años 1985 y 1986, soportan los funcionarios del Centro 047 de la Agencia Tributaria, situada en Peoria, Illinois, algo así como el equivalente geográfico del centro mismo de la nada, entre los que se encuentra un tal David Wallace, quien en un prefacio inserto en el capítulo 9 nos asegura que en realidad no tenemos entre manos una novela sino algo más cercano a la autobiografía. Pero Wallace no es el narrador. Su (anti)peripecia, su (anti)historia es solo uno de los muchos cristales que forman el caleidoscopio que es la Agencia, un mundo, como el de <strong>Huxley</strong>, estratificado con rigor matemático y que muy poco tiene de feliz, si por felicidad entendemos la realización de los anhelos, pues los mandamases, pasapáginas, mierdifantes, examinadores y demás fauna que pueblan la Agencia mayormente se dedican a estar, sin otro horizonte que el de su mesa de trabajo de sucedáneo de madera y su nómina federal a fin de mes. Para contar este universo DFW exprime un abanico de técnicas narrativas donde tienen cabida no las más o menos previsibles, si es que un adjetivo así es aplicable a DFW, del monólogo interior, el diálogo <em>stacatto</em>, la descripción objetivista o el narrador omnisciente, sino hasta la “transcripción” fonográfica o de un informe burocrático, todas ellas con otros tantos tonos —irónico, trágico, elegiaco, desprendido, etc.— emotivos. Habrá quizá quien entienda esta decisión como puro manierismo, que el formalismo/experimentalismo de DFW citado al principio solo enmascara el vacío. Se equivocaría. No hay manierismo en la escritura de Wallace sino una honestidad desarmante, y todas estas voces forman una orquesta orgánica en la que la del autor no deja nunca de llevar la batuta. Igual que <strong>Joyce</strong> logró en <em>Ulises</em> la tragedia sin héroe trágico, DFW ha logrado, también con el solo bastón de su estilo, sostener una abrumadora narración sobre el hastío sin que el interés decaiga un instante.</p>
<p>Obra monumental, imperfecta, fascinante, <em>El rey pálido</em> es el canto del cisne de un genio solitario cuya vocación y compromiso suponen un referente moral innegable para todo el que entienda la literatura como una herramienta —perfectible, desde luego, pero insustituible — para comprender la realidad.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 14/1/2012)</p>
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		<title>Dimitir de la vida</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Sep 2008 19:55:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas opinión]]></category>
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		<description><![CDATA[En una sociedad cuyo tratamiento de la muerte resulta esquizoide además de hipócrita (no se puede hablar de ella pero sí lucrarse a su costa, estilizándola en videojuegos manga y cine de kétchup), el suicidio se ha convertido no en el problema filosófico por excelencia, como quería Camus, sino en el tabú más hermético. Así, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" class="alignleft" src="//3.bp.blogspot.com/_VpyEEFR-Hsc/TD8Boh8b7oI/AAAAAAAAARQ/B0Uhr22WsCI/s200/4339.jpg" alt="" width="200" height="133" />En una sociedad cuyo tratamiento de la muerte resulta esquizoide además de hipócrita (no se puede hablar de ella pero sí lucrarse a su costa, estilizándola en videojuegos manga y cine de kétchup), el suicidio se ha convertido no en el problema filosófico por excelencia, como quería <strong>Camus</strong>, sino en el tabú más hermético. Así, tras el suicidio por soga al cuello del escritor <strong>David Foster Wallace</strong> han asomado las periódicas, habituales muestras de impotencia que brotan cuando un fenómeno se niega a encasillarse en esos parámetros asumidos que consideramos inamovibles. Cómo alguien a quien han sonreído el éxito en su profesión y la espuma de la fama, alguien con una mujer a su lado que le quería, alguien con sólo 46 años ha podido&#8230; Porque lo único innegable es que ha podido. Quienes escupen estas preguntas sin destinatario (el único que hubiera podido responderlas es el muerto) parece a veces que se toman una decisión sobre la propia vida de alguien a quien no han conocido como una afrenta personal y deliberada por causarles dolor. Y el fatigar sus escritos en busca de “pistas reveladoras”, conscientes o no, de su futura decisión constituye un ejercicio tan estéril como insincero, es sólo el disfraz con el que se pretende entretener la impotencia ante un hecho que desborda la comprensión, en el sentido de facultad para entender y casi siempre también en el de tolerancia. Dicen buscar una razón, pero sólo hacen como que la buscan: la tienen delante y no quieren verla. Ni <strong>Virginia Woolf</strong> ni <strong>Primo Levi</strong> ni Foster Wallace comparten otra cosa que la de haber dicho basta. La depresión, la angustia, la fatiga, esos caudales irregulares y caprichosos, sencillamente a veces llegan con un volumen que no se puede achicar acudiendo a los habituales cubos de socorro: el amor, el trabajo, el futuro &#8211; el Futuro -, los piolines culturales; y entonces es mejor dejarlo, acudir a la armería o a la farmacia más cercanas y fin.</p>
<p>Esta ceguera voluntaria nada tiene que ver con la humana incomprensión que nace de nuestra incapacidad para meternos en la piel – en la cabeza – del suicida. El suicidio nos sitúa pues de la manera más radical ante lo que con respecto a la eutanasia <strong>Salvador Pániker</strong> ha llamado “derecho a dimitir de la vida”. ¿Por qué no va a tener derecho a dimitir alguien cuyos – acudiendo a la expresión de que se vale nuestro código penal &#8211; “graves padecimientos permanentes” se nos han pasado por alto? ¿O ha de ser la evidencia terminal perceptible por cualquiera para que admitamos el ejercicio de atributos como libre albedrío, autonomía, etc., supuestamente indisociables de la persona? Por supuesto que tal decisión siempre va a resultar en mayor o menor grado incomprensible para quienes quedamos de este lado, y admitirla se vuelve más y más difícil cuanto más estimemos-queramos-amemos al suicida. Pero no debe olvidarse el Perogrullo – y con frecuencia se olvida &#8211; de que, por mucho sufrimiento que pueda causar en quienes por ahora hemos decidido seguir en la rueda de las horas y los días, quien más sufre en un suicidio es el suicida, por la sencilla razón de que es irreversible, y que su sufrimiento hasta llegar al suicidio ha sido tal que le ha hecho optar por un naipe sin vuelta atrás.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, septiembre de 2008)</p>
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