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	<title>ENFASEREMfotografía &#8211; ENFASEREM</title>
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		<title>El selfie</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Jun 2014 16:51:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2014/06/selfie-cualquiera1-e1403196622272.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-925" title="selfie cualquiera" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2014/06/selfie-cualquiera1-e1403196622272.jpg" alt="" width="180" height="134" /></a>El selfie se ha instalado en el léxico y la vida —no solo de España— con el ímpetu de la novedad y el júbilo vigoroso de los juegos gratis. El selfie no es exactamente un autorretrato digital. La raíz ‘self-‘ alude no tanto al yo, que puede aparecer acompañado en la foto, como al hacerlo uno mismo. En cualquier caso el binomio autoría/ego es lo que le da tirón al selfie. Por un lado tenemos la casi excesiva facilidad del selfie. Para tomar un selfie no se necesita más que un telefóno móvil: cualquier entorno es válido y no se requiere edad mínima, y la recompensa del gesto es inmediata. Por otro, supone una afirmación instantánea del propio yo. Indudablemente se toman miles de selfies cada hora, pero ninguno es este en concreto, ninguno mi selfie (valga la redundancia). Con la perspectiva de la distancia podemos conceder que se trata de una afirmación casi ridícula del yo, pero en cualquier caso innegable; si no, dejarían de tomarse selfies. Una afirmación que se incrementa exponencialmente y que plantea el dilema del huevo y la gallina con una fuerza sintética que debe de maravillar a los psiquiatras: ¿uno se toma cada vez más selfies porque supone una afirmación del yo o el yo se afirma al tomarse cada vez más selfies? Probablemente ambas cosas. Esta afirmación del yo puede llevar a la creencia de que uno es igual que <strong>James Franco</strong>, <strong>Obama</strong> o cualquier otra celebridad propensa al selfie y, por extensión, cualquier celebridad. Pero el selfie tiene de igualitario lo que tiene de profundo. Se trata de una igualdad virtual, epidérmica, pixelada: igualdad de marco, no de fondo. Cada selfie no es sino una gota de agua en el infinito océano digital, instantes robados a la flecha del tiempo que se deshacen tan pronto como son tomados, indistintos una vez que vertidos en el océano, igual que las lágrimas del replicante de <em>Blade Runner</em><em> </em>se confundían y marchaban para siempre con la lluvia. El selfie es un espejo sin reflejo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 19/6/2014)</p>
<p style="text-align: left;"><a title="@enfaserem" href="https://twitter.com/enfaserem" target="_blank" rel="external nofollow">@enfaserem</a></p>
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		<title>La foto</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Mar 2011 10:28:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas opinión]]></category>
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		<description><![CDATA[El rostro nos mira de lado, y hay en esos ojos, pese a su juventud, una sabiduría antigua, en ellos late concentrada una experiencia de siglos, y sin embargo son también plenamente conscientes del momento. Forman una mirada en absoluto retadora, en absoluto irónica o airada o displicente, pese a que tendrían sobrados motivos para [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El rostro nos mira de lado, y hay en esos ojos, pese a su juventud, una sabiduría antigua, en ellos late concentrada una experiencia de siglos, y sin embargo son también plenamente conscientes del momento. Forman una mirada en absoluto retadora, en absoluto irónica o airada o displicente, pese a que tendrían sobrados motivos para la ira o la displicencia: una mirada neutra, la mirada de quien ha visto el horror y ha sobrevivido para seguir mirando, la mirada de quien no puede permitirse el lujo de la fatiga. Ojos negros como negro es el pelo que enmarca el rostro, cabellera espesa, vigorosa, que cae en cascada rizada hasta los hombros, y cuyo vitalismo no logra contener el pañuelo obligado que medio cubre la cabeza. En ese rostro de rasgos oscuros y étnicos creemos adivinar un origen vagamente árabe, arenoso, un origen férreo que es ya un destino, un origen que determinará de por vida las fronteras de quienes allí nazcan, sin permitirles otro futuro que el que los ojos alcanzan a ver. Pero no son los ojos, ni el cabello, ni los labios cerrados ni los rasgos oscuros lo que imanta nuestra atención. Es el centro de ese rostro, donde debería erigirse la nariz, el lugar al que, con una culpabilidad que quizá no nos queramos confesar, regresamos una y otra vez. En vez de nariz hay un agujero, un hueco, un pozo excavado entre la boca y los ojos. Ese hueco es el hueco del oprobio y la esclavitud de la mujer afgana, pero no solo, de cualquier mujer o ser humano bajo el yugo de la opresión tribal, ese hueco es un grito de auxilio sin voz y atronador, es un índice que nos apunta y ante el que no podemos volver la cara.</p>
<p><em>World Press Photo</em> ha distinguido la imagen como la más memorable del 2011. Con ser sin duda memorable, lo esencial es lo que no muestra: la mujer retratada no es un caso aislado, una anécdota trágica. Detrás de ella hay otras, tantas.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 3/3/2011)</p>
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