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	<title>ENFASEREMgarcía márquez &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>De viaje por Europa del Este (y II)</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Aug 2018 09:49:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#160; Uno se da cuenta desde el primer momento de que la vida es dura, de que se ha sufrido mucho con las grandes catástrofes y de que hay un drama nacional de minúsculos problemas domésticos. &#160; … los feroces bigotes de Stalin… &#160; Los hornos crematorios están al final de un sistema de tres [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/08/de-viaje-por-europa-del-este.jpg"><img loading="lazy" class="wp-image-1516 aligncenter" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/08/de-viaje-por-europa-del-este.jpg" alt="de-viaje-por-europa-del-este" width="219" height="373" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/08/de-viaje-por-europa-del-este.jpg 340w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/08/de-viaje-por-europa-del-este-176x300.jpg 176w" sizes="(max-width: 219px) 100vw, 219px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Uno se da cuenta desde el primer momento de que la vida es dura, de que se ha sufrido mucho con las grandes catástrofes y de que hay un drama nacional de minúsculos problemas domésticos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>… los feroces bigotes de Stalin…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hornos crematorios están al final de un sistema de tres cuartos; el primero es una pequeña sala de baño con dos docenas de duchas. Cuando las comisiones de la Cruz Roja Internacional inspeccionaban el campo los nazis les mostraban aquellos cuartos inocentes para convencerlas de la organización de la higiene. Uno no se explica cómo esas comisiones no se daban cuenta de que no había tubos de desagüe. Nunca salió agua por esas duchas: salió gas venenoso mientras las finanzas de Hitler alcanzaron para esos lujos. Después salió sencillamente el humo de los hornos crematorios conectados al sistema de duchas. El segundo es una cámara refrigerada. Se calcula que en determinado momento los nazis ejecutaban 250 personas por día. Los hornos crematorios no daban abasto. Aún en invierno, los cadáveres tenían que esperar el turno en su purgatorio refrigerado. La única diferencia entre un horno crematorio y un horno de pan es la puerta blindada. En Auschwitz están todavía las parihuelas en que metían a asar los cadáveres. La operación duraba una hora. Los encargados de los hornos la ocupaban jugando al póquer, como esperan las señoras jugando canasta a que se dore el pollo. La diferencia es que el humo de los cadáveres se escapaba por las duchas para asfixiar doce personas más. Era una progresión geométrica: tres cadáveres proporcionaban el material para producir doce.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El atroz cientificismo de los nazis se aprecia muy bien en Auschwitz. Las salas de cirugía donde los médicos de Himmler hacían sus experiencias de esterilización humana son impecables. Hay —intacto— un laboratorio de elaboración de sustancias humanas. Por una puerta entraba un hombre vivo y por la otra salía el bagazo. Adentro quedaba todo lo que una pesona tiene de materia prima. Se organizó una próspera industria de cuero humano, de textiles de cabellos humanos, de derivados de la manteca humana. En Austria vi un enorme pedazo de jabón de pino adornado con flores. Alguien tenía motivos para creer que aquel jabón era de su tío. En Auschwitz hay una exposición de estos artículos y uno comprende que esa industria siniestra tenía un excelente porvenir en el mercado: una maleta fabricada con cuero de hombre es de una calidad superior. Yo no creía que un hombre sirviera para tanto, que sirve inclusive para hacer maletas.</p>
<p>Los polacos no dan cifras. Se limitan a mostrar. Cuando uno ve esas cosas y sabe que tiene que contarlas por esrito, comprende que tiene que pedirle permiso a Malaparte. Hay una galería de vitrinas enormes llenas hasta el techo de cabellos humanos. Una galería llena de zapatos, de ropa, de pañuelitos con iniciales bordadas a mano, de las maletas con que los prisioneros entraban a ese hotel alucinante y que tiene todavía etiquetas de hoteles de turismo. Hay una vitrina llena de zpatitos de niños con herraduras gastadas en los tacones; botitas blancas para ir a la escuela y porrones de botas de los que antes de morir en campos de concentración se habían tomado el trabajo de sobrevivir a la parálisis infantil. Hay un inmenso salón atiborrado de aparatos de prótesis, millares de anteojos, de dentaduras postizas, de ojos de vidrio, de patas de palo, de manos sin la otra mano con un guante de lana, todos los dispositivos inventados por el ingenio del hombre para remendar al género humano.</p>
<p>Yo me separé del grupo que atravesó en silencio la galería. Estaba moliendo una cólera sorda porque tenía deseos de llorar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es comprensible que en la Unión Soviética los trenes no sean sino hoteles ambulantes. La imaginación humana tiene dificultades para concebir la inmensidad de su territorio. El viaje de Chop a Moscú, a través de los infinitos trigales y las pobres aldeas de Ucrania, es uno de los más cortos: cuarenta horas. De Vladivostok —en la costa del Pacífico— sale los lunes un tren expreso que llega a Moscú el domingo en la noche después de hacer una distancia que es igual a la que hay entre el ecuador y los polos. Cuando en la península de Chukotka son las cinco de la mañana, en el lago de Baikal, Siberia, es la medianoche, mientras en Moscú son todavía las siete de la tarde del día anterior. Esos detalles proporcionan una idea aproximada de ese coloso acostado que es la Unión Soviética, con sus 105 idiomas, sus 200.000.000 de habitantes, sus incontadas nacionalidades de las cuales una vive en una sola aldea, veinte en la pequeña región de Daguestán y algunas no han sido todavía establecidas y cuya superficie —tres veces los Estados Unidos— ocupa la mitad de Europa, una tercera parte de Asia y constituye en síntesis la sexta parte del mundo, 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los moscovitas —de una espontaneidad admirable— manifestaban una resistencia sospechosa cuando se insistía en visitar sus casas. Muchos cedían: el hecho es que ellos creen que viven muy bien y en realidad viven muy mal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pregunté:</p>
<p>—¿Un hombre puede tener cinco apartamentos en Moscú?</p>
<p>—Naturalmente —me respondieron—. Pero ¿cómo diablos puede hacer un hombre para vivir en cinco apartamentos a la vez?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No se venden revistas y periódicos del exterior, salvo algunos de los partidos comunistas europeos. Es indefinible la sensación que produce hacer un chiste sobre Marilyn Monroe y que la ocurrencia se quede en las nubes. Yo no encontré un soviético que supiera quién es Marilyn Monroe.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Stalin sentó las bases de una estética que los críticos marxistas —entre ellos el húngaro Georg Lukács— empiezan a demoler. El director de cine más famoso en los medios especializados —Sergio Eisenstein— es desconocido en la Unión Soviética: Stalin lo acusó de formalista.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La explicación parece radicar en que la Unión Soviética, en cuarenta años de revolución, decidió dedicar todos sus esfuerzos, toda su potencia de trabajo, al desarrollo de la industria pesada, sin prestar mayor atención a los artículos de consumo. Así se entiende que hayan sido los primeros en lanzar al comercio de la navegación aérea internacional el avión más grande del mundo, mientras la población tiene problemas de zapatos. Los soviéticos que se esforzaban por hacernos entender estas cosas, hacían un énfasis especial en el hecho de que aquel programa de industrialización en grande escala había sufrido un accidente colosal: la guerra. Cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética, el proceso de industrialización estaba llegando a su punto culminante en Ucrania. Por allí entraron los nazis. Mientras los soldados se encargaban de frenar la invasión, la población civil, en una de las grandes movilizaciones de la historia, desarmó pieza por pieza el sistema industrial de Ucrania. Fábricas enteras fueron transportadas a Siberia, el gran traspatio del mundo, donde se las reconstruyó apresuradamente y se las puso a producir a marchas forzadas. Los soviéticos piensan que aquella mudanza espectacular retrasó en veinte años la industrialización.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando yo entraba en los bares el tableteo se convertía en denso rumor. Nadie quiso hablar. Pero cuando la gente se calla —por miedo o por prejuicio— hay que entrar a los sanitarios para saber lo que piensa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tít.: <em>De viaje por Europa del Este</em></p>
<p>Autor: Gabriel García Márquez</p>
<p>Ed.: Penguin Random House</p>
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		<title>De viaje por Europa del Este (I)</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Aug 2018 11:32:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cubos con hojas]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías. &#160; —Qué horror —murmuró Franco—. Nunca había visto gente tan desesperada. Yo no sentía horror. Sentía lástima. &#160; Como no hay patrones, como nadie los despide, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/08/de-viaje-por-europa-del-este.jpg"><img loading="lazy" class="wp-image-1516 aligncenter" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/08/de-viaje-por-europa-del-este.jpg" alt="de-viaje-por-europa-del-este" width="221" height="377" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/08/de-viaje-por-europa-del-este.jpg 340w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/08/de-viaje-por-europa-del-este-176x300.jpg 176w" sizes="(max-width: 221px) 100vw, 221px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>—Qué horror —murmuró Franco—. Nunca había visto gente tan desesperada.</p>
<p>Yo no sentía horror. Sentía lástima.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como no hay patrones, como nadie los despide, como no entienden qué significa el socialismo sin zpatos, los encargados del servicio se cruzan de brazos mientras los clientes esperan y no les importa que hagan cola toda la tarde de un domingo para tomarse una limonada. Desde los ministerios hasta las cocinas hay un complejo embrollo burocrático que sólo un régimen popular podría desenredar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cada organismo soviético importante organiza una recepción con invitados de todas las delegaciones. Cada una de las 382 delegaciones invitó a una recepción a las otras delegaciones. Sólo la delegación francesa —sin contar los representantes culturales, deportivos y científicos— tenía casi 3.000 miembros. En las horas menos recargadas había que escoger entre el circo chino, una visita con Pablo Neruda, una entrada el Kremlin, una muerstra de la cocina japonesa, una invitación a una granja colectiva, las marionetas checas, el ballet hindú, un encuentro de fútbol entre húngaros e italianos o una entrevista privada con una delegada sueca. Todo eso apelotonado en un estrecho margen de quince días y en una ciudad aplastante donde se necesita una hora para llegar a cualquier parte. Yo creo sinceramente que algunos delegados no tuvieron tiempo de ver un ruso.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los moscovitas —que en la calle son locuaces y comunicativos— viajan en el metro con el mismo fervor con que viajan las señoras occidentales en el tranvía metafísico de la misa de cinco.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hay en Checoslovaquia una cosa notable, diferente a todo lo que yo había visto hasta entonces: los militares. Es sorprendente la manera como están incorporados a la vida civil. En la estación del ferrocarril hacen cola para comprar los tiquetes, se pelean con los civiles por un puesto en el vagón, cargados de malestas y cacharros, y ponen la gorra para guardar el puesto mientras llevan a orinar a los niños. No parecen militares, sino civiles vestidos de militar. En el comercio de Praga hacen el mercado con sus mujeres, llevando de un lado al niño menor y del otro la bolsa con los pañales y el tetero. Yo vi un oficial con la gorra en la mano, llena de tomates, esperando que su mujer desenredara la cremallera de una bolsa para meterlos. Otro tenía a su hijo acaballado en la nuca para que pudiera ver por encima de la multitud una vitrina de marionetas. Se puede pensar que esto es una falta de dignidad profesional. Es más probable que sea una valerosa prueba de dignidad humana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tít.: <em>De viaje por Europa del Este</em></p>
<p>Autor: Gabriel García Márquez</p>
<p>Ed.: Penguin Random House Grupo Editorial</p>
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		<title>El coronel no tiene quien le escriba</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Jul 2018 10:41:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#160; Durante cincuenta y seis años —desde cuando terminó la última guerra civil— el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban. &#160; Otras mujeres vestidas de negro contemplaban el cadáver con la misma expresión con que se mira la corriente de un río. &#160; Regresaron [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/07/el-coronel-no-tiene-quien-le-escriba-e1532342426279.jpg"><img loading="lazy" class=" wp-image-1511 aligncenter" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/07/el-coronel-no-tiene-quien-le-escriba-e1532342426279.jpg" alt="el-coronel-no-tiene-quien-le-escriba" width="226" height="410" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Durante cincuenta y seis años —desde cuando terminó la última guerra civil— el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otras mujeres vestidas de negro contemplaban el cadáver con la misma expresión con que se mira la corriente de un río.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Regresaron en silencio. El médico concentrado en los periódicos. El coronel con su manera de andar habitual que parecía la de un hombre que desanda el camino para buscar una moneda perdida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Un poco después de las siete sonaron en la torre las campanadas de la censura cinematográfica. El padre Ángel utilizaba ese medio para divulgar la calificación moral de la película de acuerdo con la lista clasificada que recibía todos los meses por correo. La esposa del coronel contó doce campanadas.</p>
<p>—Mala para todos —dijo—. Hace como un año que las películas son malas para todos.</p>
<p>Bajó la tolda del mosquitero y murmuró: &lt;&lt;El mundo está corrompido&gt;&gt;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>—Nunca es demasiado tarde para nada —dijo el coronel.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo sintió completamente humano, pero inasible, como si lo estuviera viendo en la pantalla de un cine.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Masticó oraciones hasta un poco después del toque de queda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tít: <em>El coronel no tiene quien le escriba</em></p>
<p>Autor: Gabriel García Márquez</p>
<p>Ed: BIBLIOTEX SL</p>
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		<title>Apunte</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Apr 2014 21:11:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Si en un sueño nos hubieran dicho que habría un solo hombre que alcanzaría la inmortalidad, muchos hubiéramos soñado/pensado en él, como si esa condición que algunos de sus personajes rozaron no fuera imposible para quien los creó. No ha sido así, por supuesto, lo malo de los sueños es que tarde o temprano uno [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si en un sueño nos hubieran dicho que habría un solo hombre que alcanzaría la inmortalidad, muchos hubiéramos soñado/pensado en él, como si esa condición que algunos de sus personajes rozaron no fuera imposible para quien los creó. No ha sido así, por supuesto, lo malo de los sueños es que tarde o temprano uno tiene que abrir los ojos, como tarde o temprano llega un día en que uno los cierra para siempre. Se ha repetido casi con exceso en las horas siguientes a su muerte que <strong>García Márquez</strong> ha alcanzado la inmortalidad gracias a su obra, y aunque no es ni mucho menos el primer creador —no solo escritor— de quien se ha dicho esto, el poder de seducción que tiene aquella, capaz de aglutinar tantas y tan dispares sensibilidades, de generar una adhesión casi universal y sin matices, hace que en su caso el tópico parezca menos tópico, casi una apreciación novedosa. No obstante cabe preguntarse: ¿inmortalidad? En un mundo ávido de información, en el que hemos permutado la memoria por unos y ceros, donde lo que es al instante siguiente es menos o ya no es, hasta una obra de la frondosidad de la de García Márquez corre el peligro de perderse por el desagüe del olvido. Y eso que ni siquiera <strong>Francisco Umbral</strong> dejó un vacío comparable.</p>
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		<title>Gabo en blanco</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jun 2012 13:35:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Aseguran los escasos afortunados que lo tratan que el maestro ya no los reconoce. Aseguran que repite las mismas, educadas, blancas preguntas una y otra vez, con la misma emoción y curiosidad por saber la respuesta que se le ha dado dos minutos antes, como un pez infantil que te mirase de plano y humilde. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/06/gabriel-garcia-marquez-e1339680748630.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-481" title="gabriel-garcia-marquez" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/06/gabriel-garcia-marquez-e1339680748630.jpg" alt="" width="139" height="200" /></a>Aseguran los escasos afortunados que lo tratan que el maestro ya no los reconoce. Aseguran que repite las mismas, educadas, blancas preguntas una y otra vez, con la misma emoción y curiosidad por saber la respuesta que se le ha dado dos minutos antes, como un pez infantil que te mirase de plano y humilde. Aseguran que no es capaz de citar los títulos de sus novelas, esas a las que ha dedicado su vida y que millones de lectores en todo el mundo llevan más de medio siglo fatigando incansables, siempre a la espera de una sorpresa que saben terminará surgiendo, quizá en ese pasaje que tienen subrayado y han leído mil veces. Es así de triste: la más perfecta prosa en castellano del siglo, la más imitada, la más inimitable, la más querida, es incapaz de recordarse. <strong>García Márquez</strong> ha logrado sortear el ogro del cáncer pero no el desagüe del alzhéimer. Así, el último gran proyecto literario de su vida, la trilogía de sus memorias, quedará trunco, reducido a un solo volumen cuya cita de apertura reza: <<La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla>>. Es decir: que la falta de memoria es la muerte en vida, porque al perder la memoria el hombre pierde su identidad. <strong>Marcel Proust</strong> ha sido con casi toda seguridad el escritor que más hondamente ha buceado en las aguas de la memoria, en sus mecanismos, sus caprichos y sus subterfugios. Demostró con una magdalena y una taza de té que la memoria que cuenta es la memoria involuntaria, pues es esta la que de verdad ha retenido lo que merece la pena retener, y es a la que se refiere García Márquez en la cita comentada. Pero para despertar la memoria involuntaria, incluso para despertar la memoria falsa, la de recuerdos creados, es necesario contar con memoria; Proust quizá lo dio por supuesto porque la suya era excepcional. La de Gabo torna blanca día a día, otra víctima de una plaga que marchita el mundo y que es quizá lo que uno más teme.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 14/6/2012)</p>
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		<title>Gabo electrónico</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Mar 2012 10:20:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/03/CIEN-A1-e1331202136789.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-341" title="CIEN-A~1" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/03/CIEN-A1-e1331202136789.jpg" alt="" width="96" height="160" /></a>El hijo del telegrafista cumple 85 años y el recuerdo biográfico viene acompañado del anuncio mediático de una nueva edición de la por todos considerada su obra magna. El oportuno (re)lanzamiento de <em>Cien años de soledad </em>al precio de una entrada de cine y en formato digital supone el reto definitivo a partir del cual evaluar el potencial del libro electrónico en lengua española, pues si hay algún libro para el hispanohablante que aúne capacidad sugestiva con inventiva lingüística, adicción infatigable con asombro perpetuo, popularidad con celebración académica, ese es el que narra las venturas y desventuras de la estirpe de los Buendía.</p>
<p>Concedamos que la versión digital se mantendrá impoluta de erratas —lo cual no es poco conceder, teniendo en cuenta la habitual dejadez electrónica y la frondosidad de la prosa de <strong>García Márquez</strong>— y admitamos la ventaja que es poder disfrutar, por un cuarto de su precio en papel, del mismo libro; la pregunta por tanto a plantear es: ¿se trata en verdad del mismo libro, o es un mero sosias desvaído? ¿Supondrá para el lector la misma experiencia, obtendrá de los píxeles el mismo placer estético y moral que de la tinta? Porque lo que parece indudable es que el cambio de envase afecta al contenido; no es lo mismo leer página a página que clic a clic, como no sabe igual un vino bebido en copa que en botella (y no quiero dar a entender que en botella sepa necesariamente peor). Acaso la experiencia no sea inferior sino distinta: un placer con otras aristas, con otros brillos. Tal sería lo ideal siempre que los nuevos brillos no implicasen la pérdida, total o parcial, de los anteriores conocidos, que no se limitasen a pasear al lector por la superficie de Macondo sino seguir sumergiéndolo en su universo inagotable. Experiencia así enriquecedora, complementaria y no sustitutiva.</p>
<p>Ideal hasta ahora inalcanzado. <em>Cien años…</em> puede conseguir, otra vez, el milagro de convertir el ideal en mágica realidad.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 8/3/2012)</p>
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