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	<title>ENFASEREMgenocidio &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>Realidad y representación</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Dec 2018 11:34:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Desde la pantalla]]></category>
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		<description><![CDATA[The Act of Killing da no solo una segunda vuelta a la paradoja wildeana de que la realidad imita al arte sino una tercera. La segunda la dieron los asesinos que aparecen en el documental en el año 1965, cuando, fanáticos del cine americano macho (John Wayne, Victor Mature), fueron reclutados por los sagaces golpistas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>The Act of Killing</em> da no solo una segunda vuelta a la paradoja wildeana de que la realidad imita al arte sino una tercera. La segunda la dieron los asesinos que aparecen en el documental en el año 1965, cuando, fanáticos del cine americano macho (<strong>John Wayne</strong>, <strong>Victor Mature</strong>), fueron reclutados por los sagaces golpistas militares que derrocaron al gobierno indonesio y pasaron de ser delincuentes de medio pelo que trapicheaban con entradas de cine en el mercado negro a integrantes de los escuadrones de la muerte que, literalmente, se dedicaron noche sí y noche también a arrebatar las vidas que les señalaban, las de todos aquellos a quienes se les atribuyera siquiera el más lejano vínculo o empatía con el comunismo, para lo que ponían en práctica las técnicas que habían visto a sus héroes emplear en la pantalla. La tercera vuelta es la que registra el film: casi 50 años después, los asesinos son invitados por el director <strong>Joshua Oppenheimer</strong> (y por el anónimo codirector, que como muchos otros integrantes del equipo no se dan a conocer en los créditos por las posibles represalias) a recrear delante de las cámaras, sin atrezo alguno o solo con los más rudimentarios —un cable del suelo, un cubo de basura— las atrocidades que entonces cometieron, tanto en el rol de ejecutor como en el de verdugo.</p>
<p><em><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-3.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-1694" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-3.jpg" alt="the-act-of-killing-3" width="300" height="169" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-3.jpg 727w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-3-300x169.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a>The Act…</em> procede en tres planos, cuya presencia conductora es <strong>Anwar Congo</strong>, venerable abuelito que no ha dejado de cultivar la que él considera estética del gánster <em>cool</em> —&lt;&lt;gánster significa hombre libre&gt;&gt;, no se cansa de repetir—: ropa chillona, gafas de sol y cigarrillo en la comisura. El primer plano o plano-eje es el de la recreación de los asesinatos cometidos en el 65 por Congo y sus drugos. Para ello acuden a los lugares donde los crímenes tuvieron lugar (una azotea, bajo un árbol junto al río), y explican a cámara los distintos métodos empleados, cómo Congo prefería por ejemplo el estrangulamiento a la manera de cierta cinta de cine negro, u otro el culatazo repetido en la nuca. Resulta fascinante —y enmudecedor— ser testigo del empeño obsesivo de los ahora actores para que la recreación se ajuste lo más posible a (su recuerdo de) lo acontecido. En realidad no importa si los asesinatos se ejecutaron o no exactamente así; importa que se ejecutaron, y lo moralmente tenebroso del asunto es que a los asesinos no les preocupa este hecho sino si la pierna derecha de la víctima estaba cruzada sobre la izquierda durante el estrangulamiento o si era al revés, su frustración al verse en la grabación y darse cuenta de que cuando mataron al tipo aquel no llevaban pantalones blancos.</p>
<p>¿Puede hablarse, por tanto, de objetividad documental? No puede hablarse porque tal no existe. El mero hecho de seleccionar y ordenar el material ya imprime una huella subjetiva en él. <em>The Act of Killing </em>agudiza sin embargo la cuestión. Siendo como es un registro en presente, el discurrir general de varias escenas ha sido hablado de antemano. Se trata en buena medida de una película del género &lt;&lt;cine dentro del cine&gt;&gt;, y además resulta evidente que en muchos casos la imagen que los asesinos proyectan está adulterada por la presencia de la cámara, que prende su narcisismo y los envalentona. ¿Se banaliza, al recrearlas así, la magnitud de las atrocidades? ¿Cabría reprocharle a Oppenheimer laxitud moral, en el sentido de sacrificar el drama de la verdad en favor de una puesta en escena inédita, de una obra de arte original? En modo alguno. Precisamente mediante ese prisma inédito, el ominoso contenido adquiere una fuerza que casi seguro no tendría de mostrarse tal cual (estamos tan acostumbrados a las imágenes crudas que apenas nos afectan ya). Esta puesta en escena, de una desnudez total, es sin embargo también de un total surrealismo, no solo por la situación registrada sino porque el espectador tiene que imaginarse lo que la imagen le muestra: la imagen es y a la vez no es; es en sí misma —unos gánsteres de pacotilla fingiendo que torturan, fingiendo los instrumentos y fingiéndose víctimas— y a la vez es vía para otra imagen fantasmal, pesadillesca, la que surge en la mente de quien mira —la imagen soñada de la tortura real, que por soñada tiende de forma natural a dotarse con los contenidos más extremos—.</p>
<p>El segundo plano es el cotidiano: los asesinos no recrean nada, se limitan a proceder en el ahora, en el ruido de la calle; la cámara los acompaña en sus quehaceres diarios: extorsionar a los tenderos del mercado (escena sin preparar; después el director les repuso los importes de su bolsillo), jugar con el perro y los nietos, emborracharse en un bar, acudir a la concentración del grupo paramilitar Pemuda Pancasila (Juventud Pancasila)… Fragmentos que se intercalan con las escenas recreacionales del primer plano y funcionan como contrapeso, como anclaje en la realidad: nos confirman que no nos hallamos ante enfermos mentales sin remedio sino ante hombres, pese a todo, funcionales, capaces de desenvolverse en el entorno que habitan, lo cual añade otra capa de perpleja congoja.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the_act_of_killing-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-1695" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the_act_of_killing-1.jpg" alt="the_act_of_killing-1" width="301" height="170" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the_act_of_killing-1.jpg 928w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the_act_of_killing-1-300x169.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the_act_of_killing-1-768x433.jpg 768w" sizes="(max-width: 301px) 100vw, 301px" /></a>Y el tercero es un plano ficticio: la observación de la inclasificable película (emplasto de musical de Bollywood, cine gore, de gánsteres…) que los asesinos producen, con un guion propio basado en parte en los crímenes que cometieron, y que se diferencia de las recreaciones no solo en contar con guion sino con maquillaje, vestuario, plató, etc. También aquí se intercalan fragmentos cotidianos: del fuera de campo, mientras se hallan en camerinos o durante las pausas para el cáterin. Son momentos que radiografían las personalidades de la cuadrilla con mayor claridad: está el ufano voceón que se sabe a salvo por la seguridad del respaldo gubernamental; el que por si acaso prefiere no abrir la boca, no vaya a ser que la grabación pudiera hacer prueba en el caso —remotísimo, pero posible— de que fueran juzgados por genocidio, que no prescribe; quienes como un mantra se justifican con que los ejecutados eran comunistas y eso bastaba…</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-2.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-1696" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-2.jpg" alt="the-act-of-killing-2" width="300" height="169" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-2.jpg 1000w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-2-300x169.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/12/the-act-of-killing-2-768x432.jpg 768w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a>Dos momentos sintetizan el viaje interior de Anwar Congo; en el primero, levanta a sus nietos de la cama para que vean cómo torturan al abuelo en la película que está rodando. Y dice a cámara: &lt;&lt;He sentido lo que sentían aquellos a quienes yo torturaba&gt;&gt;. Oppenheimer le replica en off, obvio: &lt;&lt;No, tú sabías que era una película. Ellos sabían que iban a morir&gt;&gt;. Lo trágico es que Congo no termina de convencerse. En el segundo momento Congo parece haber adquirido conciencia, tras el tiempo transcurrido durante la filmación del documental y de su propia película, de la magnitud de sus actos. Y le dan arcadas: una, dos. Pero el contenido que vomita es casi solo aire.</p>
<p><em>The Act…</em> tiene una suerte de segunda parte de obligado visionado, <em>The Look of Silence</em>. Aquí se adopta el punto de vista de las víctimas, y es una cinta mucho menos audaz formalmente pero no menos conmovedora. Nos recuerda —con sencillez frontal, sin el menor énfasis—, a través del protagonista <strong>Adi</strong>, que el ser humano es también capaz del heroísmo y la compasión, que la muerte es el final común pero los caminos hasta ella no tienen por qué serlo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 15/12/2018)</p>
<p>@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Título: <em>The Act of Killing </em></p>
<p>Año: 2012</p>
<p>Dirs.: Joshua Oppenheimer; Anónimo</p>
<p>Ints.: Anwar Congo, Herman Coto</p>
<p>Dinamarca/Reino Unido/Noruega, documental, color, 117 mins. (159 en el montaje del director)</p>
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		<title>Colón, genocida</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Nov 2018 11:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas opinión]]></category>
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		<description><![CDATA[No era imperialmente ecuestre, solo una modesta talla a pie de tamaño medio, pero la modestia material no ha evitado la retirada; el poder de un símbolo no se mide por centímetros cuadrados (una bandera) o cúbicos (una estatua), y lo que representa Colón hay que desterrarlo de las calles y condenarlo al infierno de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No era imperialmente ecuestre, solo una modesta talla a pie de tamaño medio, pero la modestia material no ha evitado la retirada; el poder de un símbolo no se mide por centímetros cuadrados (una bandera) o cúbicos (una estatua), y lo que representa <strong>Colón</strong> hay que desterrarlo de las calles y condenarlo al infierno de la villanía. Pues como cualquiera sabe —no solo el concejal de Los Ángeles <strong>Mitch O&#8217;Farrell</strong>, promotor de la iniciativa—, los indígenas y demás pueblos nativos vivían en un estado idílico de armonía roussoniana que el arribo del genovés transformó en muerte y solo muerte, &lt;&lt;el mayor genocidio de la historia&gt;&gt;.</p>
<p>He aquí otra muestra de ese revisionismo histórico que uno no sabe si le produce más desazón por la ignorancia que denota o por el hecho de que sea un síntoma del sentir general. El de genocidio es un concepto que surge a raíz de un acontecimiento muy concreto e inédito (el Holocausto), donde lo central no es la matanza sino la motivación de tal matanza (la raza, la etnia) y el método para llevarla a cabo (científico, industrial, lo más eficiente posible). Ni siquiera importa si la explotación —que la hubo— de Colón a los indios fue por orden o de &#8216;motu proprio&#8217;; condenarlo por exterminio sistemático es como condenar a <strong>Enrique VIII</strong> por comer con los dedos. Desconozco quién es el prohombre que los nativos de América tienen en el altar; sí sé —desconociéndolo— que no tuvo una vida inmaculada: no si la juzgamos desde los parámetros, legales y morales, de hoy, que es en lo que O&#8217;Farrell y colegas —y gran parte del pueblo, ojo— se han empeñado.</p>
<p>Pero dudo que el concejal ignore todo esto. Ocurre que es mucho más fácil y concede un rédito mucho mayor y más rápido enarbolar la bandera del agravio —pues se tiene la certeza del éxito, al ampararse en un asunto tabú, blindado a críticas— que ponerse a trabajar en mejorar la congestión de las autopistas o la recogida de basuras en Chinatown, esas pequeñeces del día a día.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 22/11/2018)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
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		<title>Eichmann/Taylor: medio siglo de espera</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jun 2012 11:16:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[‘Round about midnight ahorcó Israel al cerebro oficial del exterminio metódico y masivo, a las neuronas arias más dedicadas y ceñudas, al prófugo más buscado. ‘Round about midnight, hace medio siglo, el hombre que con mayor dedicación puso en práctica la teoría de Mein Kampf, en muerte la letra, conoció qué siente uno como negativo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/06/eichmann1-e1338635463863.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-456" title="eichmann1" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/06/eichmann1-e1338635463863.jpg" alt="" width="250" height="103" /></a>‘Round about midnight</em> ahorcó Israel al cerebro oficial del exterminio metódico y masivo, a las neuronas arias más dedicadas y ceñudas, al prófugo más buscado. <em>‘Round about midnight</em>, hace medio siglo, el hombre que con mayor dedicación puso en práctica la teoría de <em>Mein Kampf</em>, en muerte la letra, conoció qué siente uno como negativo del verdugo. Israel, sí, ahorcó a <strong>Eichmann</strong> en un juicio inadmisible, cuyas garantías jurídicas, desde el momento de la detención hasta el de abrir la trampilla bajo los pies, ni siquiera se molestaron en maquillar. De entrada, Eichmann debió ser juzgado por un Tribunal Internacional, no por uno poco menos que <em>ad hoc</em>, donde la separación entre juzgador y acusador no era ni mucho menos diáfana, y en un proceso cuyo fallo —pena de muerte—no existía en la legislación israelí; así que no solo el tribunal sino también el contenido de la pena fue <em>ad hoc</em>. Aparte del fallo histórico, el proceso sirvió como excusa para el libro por el que <strong>Hannah Arendt</strong> es recordada, aunque Arendt no es autora de un solo libro y <em>Eichmann en Jerusalén &#8211; Un estudio sobre la banalidad del mal</em> no puede entenderse aisladamente del resto de su obra. La expresión <<banalidad del mal>> inició un debate interminable, acaso por la lectura sesgada de <em>Eichmann…</em>, reduciendo el pensamiento de la autora a que Eichmann era poco menos que una marioneta obediente, un mero brazo ejecutor sin seso. Pero Arendt nunca niega la responsabilidad moral del individuo; uno es uno y sus circunstancias, desde luego, pero ante todo es uno. La única persona que no distingue entre las categorías del bien y el mal (o el Bien y el Mal, si se prefiere) es el psicópata, es decir alguien que ante todo <em>no</em> es normal. Lo que ocurre es que no hace falta ser un monstruo para realizar monstruosidades, o que cualquiera puede volverse monstruo según qué circunstancias. Es en este sentido en el que dice <strong>David Mamet</strong> que no le gusta <em>La lista de Schindler</em> porque nosotros <<no somos peores que esos malvados nazis>>; la moralina blanquinegra de <strong>Spielberg</strong> nada tiene que ver con la complejidad de una situación en la que el hombre se ve desbordado por el entorno. No cabe duda de que el grupo abriga —léase/véase <a title="el (in)conformista" href="https://blogs.elnortedecastilla.es/enfaserem/2011/11/05/el-inconformista/" target="_blank"><em>El conformista</em></a>, de <strong>Moravia</strong>/<strong>Bertolucci</strong>—, y de que el hombre es capaz de renunciar a su capacidad crítica, a su individualidad, en favor de la seguridad grupal, siquiera transitoria. Pero la conciencia permanece, y la mano que firma la sentencia de muerte ha sido previamente ordenada por la cabeza y el corazón.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/06/Charles-Taylor-e1338635536758.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-457" title="Charles-Taylor" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/06/Charles-Taylor-e1338635536758.jpg" alt="" width="165" height="103" /></a>Coincidiendo con el aniversario de la ejecución de Eichmann, hemos conocido esta semana la no menos histórica sentencia por la que <strong>Charles Taylor</strong> ha sido condenado por crímenes de guerra y contra la humanidad cometidos en Liberia y en Sierra Leona. En este caso el fallo por un Tribunal Internacional —ha sido el primer jefe de Estado condenado por un TI—; en este caso no la infamante pena de muerte. Han tenido que pasar 50 años, pero creo que algo hemos ganado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Reportaje del horror</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Apr 2012 11:15:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[La literatura del horror tiene en su vertiente uno de sus más inagotables filones. La cantidad de páginas dedicadas a la infamia de los campos supera en proporción abrumadora la dedicada a otros genocidios no menos metódicos, inconcebibles y descorazonadores, digamos el armenio o el ruandés, y este volumen inmenso no deja de crecer temporada [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La literatura del horror tiene en su vertiente <<Campos de concentración>> uno de sus más inagotables filones. La cantidad de páginas dedicadas a la infamia de los campos supera en proporción abrumadora la dedicada a otros genocidios no menos metódicos, inconcebibles y descorazonadores, digamos el armenio o el ruandés, y este volumen inmenso no deja de crecer temporada a temporada. Pero tampoco la atención prestada a los campos es más o menos paritaria, y los del exterminio nazi siguen recibiendo mucha más que los del estalinismo, a los que aún hoy cubre una bruma de confusión, cuando no de ignorancia, entre una parte no desdeñable del público. Auschwitch se ha convertido en sí mismo en un género literario, mientras que Kolimá o cualquier otra isla de muerte del archipiélago Gulag suenan a terrores lejanos, esteparios, que no nos atañen de una manera tan directa, tan medular, pese a que la suma de víctimas en ellos fuera mayor. Y no se trata de establecer jerarquías del horror. No es que unos campos fueran “peores” que otros. Se trata simplemente de ser conscientes de que el Horror es uno y múltiple.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/04/un-mundo-aparte-e1335611370751.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-411" title="un mundo aparte" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/04/un-mundo-aparte-e1335611370751.jpg" alt="" width="178" height="275" /></a>Con todo, esta hegemonía del horror ha venido siendo corregida editorialmente en España, en los últimos años, con una serie de libros entre los que <em>Un mundo aparte</em>, por primera vez traducido al español a partir del original polaco, ha de ocupar desde ya un lugar de referencia. El libro de <strong>Gustaw Herling-Grudziński</strong> fue uno de los primeros —en 1951— en dar a conocer en Occidente la infamia del Gulag, pero una serie de avatares —entre los que la ceguera voluntaria de una gran parte de la izquierda (por así llamarla) ortodoxa europea tuvo no poca parte de culpa— lo relegaron al ostracismo público hasta la década de los noventa. Etiquetado como “novela autobiográfica”, me parece sin embargo más preciso ubicarlo en esa categoría híbrida y vibrante que es el Nuevo Periodismo: <em>Un mundo aparte </em>es Nuevo Periodismo con quince años de adelanto. En efecto: la crónica narrada en <em>Un mundo…</em> se ajusta a los hechos acontecidos con un rigor que la novela, aun la novela autobiográfica, no tiene por qué mantener, basta con que la inspiren; en cambio, todo lo que se cuenta en <em>Un mundo…</em> acontenció tal cual —y además el lector lo sabe de entrada—, como en un reportaje; el que para contar tales hechos se haya recurrido a las técnicas propias de la ficción solo subraya la audacia del autor. Los hechos del horror los podemos consultar en otros lados, en la enciclopedia, en internet, en <strong>Solzhenitsyn</strong> (cuyo <em>Archipiélago Gulag</em> solo tiene un fallo: el de ser ilegible), pero al cabo casi seguro terminemos desbordados por ellos, desorientados. Herling-Grudziński supo o tuvo la intuición artística de que con las técnicas de la ficción se puede desflorar una verdad mucho más palpitante; de que así, paradójicamente, es muy probable que la verdad llegue de manera más directa al lector que con la enumeración desnuda de los horrores, pues se aúna la fascinación de la ficción con la fuerza de la realidad. Ejemplos de los hallazgos estilísticos de H-G son: <<… el helecho de hielo que crecía en el cristal>> (para describir la escarcha); <<… se dirigían al campo las brigadas cual cortejos fúnebres de sombras llevando a hombros sus propios restos mortales>>; <<Me atraía… su fanática solidaridad>>; <<… experimentando el mayor privilegio que le puede ser concedido a alguien que se está muriendo, el privilegio de evocar recuerdos.>></p>
<p>El periplo narrado en <em>Un mundo…</em> es el que H-G pasó en el “campo de trabajo” —eufemismo infamante— de Yártsevo desde noviembre/diciembre de 1940 hasta enero del 42, más un epílogo de retorno y casi euforia al conocer de la caída de París, donde el azar recompensa finalmente al autor con el nacimiento de una amistad fugaz y duradera. Un colofón adecuado como rúbrica  y resumen de la sensación que le gana al lector en el momento de cerrar el libro: la de que el hombre, animal de inagotable inventiva para la infamia y el dolor gratuito, es también capaz del heroísmo, y que gracias a héroes callados el mundo sigue, pese a todo, girando.</p>
<p>El único reproche que se le puede hacer a la presente edición de <em>Un mundo aparte</em> es la excesiva cantidad de erratas que se han deslizado en el texto —<<el estigma de la tragedia marcada en el rostro>>, en vez de marcado; <<seis menos cuatro>> en lugar de menos cuarto; <<sonreir>> sin tilde, etc.— que merecen sin duda una corrección urgente de cara a futuras ediciones. Una lástima, pues si existe la categoría de libros necesarios, <em>Un mundo aparte </em>merece pertenecer a ella por pleno derecho.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 28/4/2012)</p>
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