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	<title>ENFASEREMpanteón de plata &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>Una cuestión de semántica</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jun 2018 11:10:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Con su habitual puntería disparó el maestro Lázaro Carreter uno de sus dardos lingüísticos en la diana del mal uso que suele hacerse del término semántica. Se escucha: &#60;&#60;Es solo una cuestión de semántica&#62;&#62;; o bien: &#60;&#60;Nuestras diferencias son solo semánticas&#62;&#62;. &#60;&#60;Solo semánticas&#62;&#62;, como si fueran diferencias cosméticas, detalles sin importancia fácilmente reparables. En realidad [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con su habitual puntería disparó el maestro <strong>Lázaro Carreter</strong> uno de sus dardos lingüísticos en la diana del mal uso que suele hacerse del término <em>semántica</em>. Se escucha: &lt;&lt;Es solo una cuestión de semántica&gt;&gt;; o bien: &lt;&lt;Nuestras diferencias son solo semánticas&gt;&gt;. &lt;&lt;Solo semánticas&gt;&gt;, como si fueran diferencias cosméticas, detalles sin importancia fácilmente reparables. En realidad la semántica se refiere al significado, al contenido; una diferencia semántica es una diferencia sobre el fondo, sobre la raíz del asunto: una diferencia esencial, quizá irreconciliable. Lo que no quiere decir que el significado de un término se agote en la letra de su definición. El significado es un campo al que, en función del contexto, de las circunstancias del momento, se le da un sentido u otro —hasta el punto de poder dar a entender lo contrario de lo que se dice—; pero por otro lado sí, el significado es también la letra, la literalidad más seca de la definición. Esta ambivalencia del lenguaje es uno de sus rasgos más fascinantes, y de los más delicados cuando de lenguaje legal se trata. Casi todas las leyes son interpretables, y el problema por tanto se desplaza del objeto al sujeto: ¿quién tiene el poder para imponer su interpretación?</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/06/politist-adjectiv-e1527937607466.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1474" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/06/politist-adjectiv-e1527937607466.jpg" alt="politist-adjectiv" width="320" height="178" /></a>No otro es el obstáculo con que se topa <strong>Cristi</strong> (<strong>Drago</strong><strong>ş </strong><strong>Bucur</strong>), el omnipresente protagonista de <em>Policía, adjetivo</em>. El departamento ha recibido un soplo sobre un adolescente que fuma droga y acaso trafique; a Cristi se le encomienda que lo siga. Basta una semana y un día para ratificar su sospecha inicial: el chaval ni siquiera recibe un dinero a cambio, todo lo que hace es compartir el hachís con un par de colegas del instituto a la salida de las clases. Sin embargo, la ley rumana pena con hasta siete años de prisión la simple tenencia y consumo; en algunos países esta conducta no constituye siquiera delito, en otros la consecuencia es infinitamente más benigna. ¿Va a arruinarle la vida al chaval por una nimiedad así? Más aún cuando todo apunta, diga lo que diga el fiscal a quien visita, a que en no demasiado tiempo Rumanía habrá de plegarse a la realidad social y relajar la ley a la altura de los países del entorno. Otra duda le surge: los motivos del soplón, supuesto amigo del chico, para denunciarlo. Cristi decide cambiar de objetivo y seguir al soplón: no le reporta más que la corazonada de que el traficante es el hermano del chaval, residente en otra ciudad, y que lo lógico sería dejar el caso en curso —dos, tres semanas máximo— hasta reunir las pruebas suficientes que les permitan ir a por el probable pez gordo. Pero esa otra realidad aplastante que es la burocracia departamental exige cumplir con una cuota de arrestos, y como lo único seguro es el chaval, al chaval hay que apresar, testifique o no contra su hermano luego.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/06/corneliu-porumboiu-e1527937778808.jpeg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1476" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/06/corneliu-porumboiu-e1527937778808.jpeg" alt="corneliu-porumboiu" width="320" height="213" /></a>El seguimiento del policía es narrado por <strong>Corneliu Porumboiu</strong>, responsable también del guion, con una objetividad paralela al conflicto moral que se le plantea a aquel entre la letra y el espíritu de la ley. El espectador se convierte en vigilante del vigilante; lo ve resguardarse de la fría lluvia bajo una marquesina, atisbar la boca del metro desde una esquina al otro lado de la calle: el policía espera, y el espectador espera con él. Se trata de observar, de tener paciencia, de no forzar la revelación; igual que a <strong>Antonioni</strong> se le reprochaba la sucesión de “tiempos muertos” en que consistían las tramas de sus cintas, así se le ha reprochado a Porumboiu, pero si algo no está muerto en uno y otro es el tiempo. A través de los gestos del policía, el espectador, grano a grano, ahonda en lo que piensa, en lo que siente el personaje (y él mismo, por identificación especular). Que no haya disparos ni cortes de plano cada par de segundos no quiere decir que no haya acción. Porumboiu, quizá más que nadie de los cineastas de la llamada Nueva Ola rumana, hace del plano secuencia —rasgo estilístico de casi todos ellos— un uso tan congruente en el aspecto narrativo como arriesgado en el formal. Por otro lado, el seguimiento no se adereza (no se edulcora) con acompañamiento musical: oímos un claxon que protesta o un autobús que frena de golpe, o el rumor de las hojas de un árbol movidas por el viento. Suficiente. Así, cabe calificar a <em>Policía, adjetivo </em>de contrathriller: nos enseña todo lo que el manual de estilo del thriller omite, vida doméstica del investigador incluida, de manera similar a como <strong>Linklater</strong> enseñaba en <em>Boyhood </em>todo lo que omiten los relatos de maduración. El resultado no es menos asombroso. Porumboiu consigue, sin subrayados melodramáticos, retratar el clima de grisura social y grasura mental de la Rumanía pos-<strong>Ceau</strong><strong>şescu</strong> con una sobriedad de enorme poder (lo había logrado ya, a través del humor, en <em>12:08 al este de Bucarest</em>), sin por ello resignar la peripecia policial.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/06/politist-adjectiv-2-e1527937825193.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1477" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/06/politist-adjectiv-2-e1527937825193.jpg" alt="politist-adjectiv-2" width="320" height="179" /></a> Que alcanza su clímax en la escena aludida, penúltima del filme, en la que el fiscal, leídos los áridos informes del policía, ordena en todo caso llevar a cabo la redada. Es un clímax de cerca de veinte minutos (sí, es posible un clímax de veinte minutos) y con contados cambios de plano, donde la humillación a que el fiscal somete al policía, ante los reparos de &lt;&lt;conciencia&gt;&gt; que este muestra, se siente hasta un extremo casi sólido. Humillación para la que no necesita ni del insulto ni de la amenaza, una humillación tranquila y por ello más dolorosa; el fiscal ni siquiera es el verdugo, lo es un objeto imparcial que, para más inri, le permite manipular al policía: un diccionario. Tras pedirle que defina <em>conciencia</em> —&lt;&lt;algo dentro que me impide hacer algo malo&gt;&gt;—, y <em>malo</em> —&lt;&lt;algo por lo que me arrepentiría&gt;&gt;—, ordena que le entren un diccionario en su despacho, y a Cristi buscar <em>conciencia</em>. Este lee que una conciencia limpia exige &lt;&lt;no haber transgredido una ley moral o estatal&gt;&gt;. Cosa que no le basta: no aplicar la ley que ordena la prisión por compartir un porro no le crearía ningún conflicto; por indicación del fiscal comienza a saltar de palabra en palabra a partir del significado de la anterior: de <em>conciencia</em> pasa a <em>ley</em>, a <em>pesar</em>, a <em>moral</em>. Tras el peregrinaje léxico, la conclusión es c(l)ara: o cumple la ley estatal o su particular ley moral, con la cesación de cargo que tal supondría —y la posibilidad, entiende el espectador entre líneas, de que Cristi en un futuro realice buenas acciones—. Ante el vértigo paralizante del momento, el fiscal le dice que busque <em>policía</em>. ¿Cómo escindir del concepto ‘Cristi’ el sustrato-policía, y cómo escindir el sustrato-conciencia? ¿Cómo no ser uno mismo? ¿Qué respuesta tomar?</p>
<p>Solo una cuestión de semántica.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 2/6/2018)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Tít: <em>Policía, adjetivo </em>— <em>Politist, adjectiv</em></p>
<p>Año: 2004</p>
<p>Dir: Corneliu Porumboiu</p>
<p>Int: Dragoş Bucur, Vlad Ivanov, Ion Stoica</p>
<p>Rumanía, color, drama, 115 mins.</p>
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		<title>Todos los días el día</title>
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		<pubDate>Sat, 12 May 2018 10:21:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/05/harold-ramis-e1526120489764.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1457" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/05/harold-ramis-e1526120489764.jpg" alt="harold-ramis" width="340" height="227" /></a>En la turbadora y magistral <em>El sacrificio de un ciervo sagrado</em>, un adolescente anhelante invita al cirujano que operó a su padre a cenar y ver una película en su casa, junto a su madre y él; añade: &lt;&lt;Era la película preferida de mi padre&gt;&gt;. No se menciona, pero se vislumbran un par de fotogramas mientras los tres la están viendo; se trata de <em>Atrapado en el tiempo</em>. Difícil dar con una cinta que contrapese mejor la atmósfera, la estética, el tipo de risas de <em>El sacrificio…</em> que la dirigida por <strong>Harold Ramis</strong> hace un cuarto de siglo. El tópico afirma que con buenos sentimientos solo se escriben malas narraciones, pero el tópico, como suele, desbarra; en este caso, en la concepción que da a &lt;&lt;bueno&gt;&gt;. Los sentimientos de <strong>Yorgos Lanthimos</strong> y de Ramis, cuyos filmes distan tanto en tantos aspectos, son los mismos e igual de buenos: rendirse a la idea que hizo surgir el film y no regatearla cuando surjan obstáculos; puede tratarse de una idea errada, se puede errar en la realización, pero el impulso es el mismo: un impulso ético. Un film como <em>Anticristo</em>, con toda su &lt;&lt;dureza&gt;&gt; y &lt;&lt;gravedad&gt;&gt;, no es más que un empeño viciado (e ingenuo) por tratar de escandalizar; en otras palabras, pornografía. En cambio <em>Atrapado en el tiempo</em>, producto que a quien se acerque por primera vez a él sin referencias es muy probable le produzca un prejuicio de banalidad, hasta de tontería, logra conmover como una pieza musical favorita, despertar la risa más natural, mover a la reflexión e incluso a la especulación filosófica; y sin énfasis, con la sola narración de un cuento que, de modo paralelo a la peripecia que acontece al protagonista, puede verse una y otra y otra y otra vez y extraerse siempre algo nuevo, como una esquina que habíamos doblado mil veces de repente un día nos descubre una perspectiva inédita de la calle a la que desemboca, insuflándole —e insuflándonos— nueva luz.</p>
<p>¿Cómo se obró el milagro? Como muchos milagros, sus hacedores principales, Ramis y el guionista e ideólogo original <strong>Danny Rubin</strong>, no podrían dar una respuesta (si pudieran, lo habrían repetido, pero la repetición, por definición, es contraria al milagro). Nos centramos en ellos porque <em>Atrapado…</em> es uno de los ejemplos más incontestables de ese mantra que productores y demás bustos promocionales de una película no dejan de decir, pero en el que, vistos los resultados, creen solo relativamente: el de que el guion es la piedra angular desde la que construir el edificio fílmico, y que cuando es bueno lo mejor que puede hacerse es no tocarlo mucho. Sin duda el resto de ingredientes contribuyen a la alquimia artística de la pócima final —entre otros, la elección del elenco, también de la por lo general bastante sosa <strong>Andie MacDowell</strong>, quien completa el personaje en todas sus facetas; el montaje, cara complementaria del guion y la otra gran clave del milagro, capaz de sortear el principal obstáculo que plantea aquel (la repetición de escenas y encuentros) sin perder nunca la fluidez, gracias a la ajustadísima duración de cada escena y plano; la localización del pueblo de Illinois que finge ser Punxsutawney, Pensilvania—, pero es el guion el único imprescindible; cabe imaginar incluso un <em>Atrapado en el tiempo </em>sin <strong>Bill Murray</strong>; lo que no, imaginarlo con algún cambio en el libreto que no lo minore.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/05/bill-murray-e1526120438845.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1456" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/05/bill-murray-e1526120438845.jpg" alt="bill-murray" width="340" height="191" /></a>El punto de partida es tan sencillo como ingenioso. Un equipo de televisión formado por tres miembros (cámara, productora y presentador, que es el &lt;&lt;hombre del tiempo&gt;&gt; de la cadena) viajan el 2 de febrero a la citada localidad de nombre casi impronunciable para cubrir la festividad de El Día de la Marmota, esa tradición inconcebible para alguien que no sea americano o canadiense en la que el animal es despertado y sacado de su madriguera para predecir si el invierno se prolongará por seis semanas más; si percibe su sombra y se vuelve a meter en la madriguera, es que sí; si no la percibe y se queda a la intemperie, pues que no. <strong>Phil</strong> (el personaje de Murray, que se llama además como la marmota meteoróloga) no oculta el desdén ácido que le produce todo ese tinglado de paletos que se ha visto obligado a relatar por cuarto año consecutivo, y lo único que desea es hacer las tomas debidas por la mañana y regresar a Pittsburgh cuanto antes, para no regresar jamás. Pero una nevada bíblica ha cortado las carreteras, y la troika se ve obligada a volver y pasar la noche en el pueblo. A la mañana siguiente, a las seis en punto como el día anterior, la radio-despertador abre los ojos a Phil y este amanece con idéntica canción. Pero no es que hayan repetido por error la grabación en la emisora de radio: la canción es la misma porque Phil ha vuelto a amanecer en el 2 de febrero. Y ya está; el resto de la película no es sino un bucle de amaneceres en el mismo día, en el que el solo factor cambiante es Phil, quien, sin envejecer, es para su (des)gracia la única persona que puede recordar lo acontecido, la única también que, con los conocimientos que adquiere, influir en el devenir de los acontecimientos predestinados. Vive así en un día cíclico con variaciones, o, por decirlo con <strong>Cortázar</strong>, son para él (más o menos) todos los días el día.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/05/groundhog-day-e1526120381635.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1455" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/05/groundhog-day-e1526120381635.jpg" alt="groundhog-day" width="340" height="191" /></a>El guion es pues una bofetada contundente, como una de las muchas que se lleva Phil de manos de <strong>Rita</strong> (MacDowell), a la obsesión por la trama, por el despliegue de la narración como concatenación de silogismos. <em>Atrapado en el tiempo</em> cuenta una historia (y qué historia), pero en esencia no es más que el estudio de un personaje sin avance (aunque no deje de desarrollarse). Phil atraviesa distintos estadios, algunos similares a los clásicos que la psicología atribuye al proceso de duelo: incredulidad, negación, indiferencia, ira, megalomanía —&lt;&lt;No he dicho que sea Dios. He dicho que soy <em>un</em> dios&gt;&gt;—, depresión —intentos de suicidio incluidos—… y finalmente aceptación. Que es el estadio que plantea las cuestiones centrales, resumidas en: ¿qué haríamos nosotros en tal situación? (Casi) todo el mundo quiere vivir por siempre, acaso en la creencia de que, si dispusieran de una vida eterna, llevarían a cabo una multitud de empresas que el tiempo finito que nos ha sido dado vuelve inviable. Puede concederse, pero desde un punto puramente estadístico, matemático: con tiempo infinito, no se puede demostrar que no se llevarían a cabo esas empresas. Claro que llevaría mucho. El hombre, por más que lamente los errores cometidos, no deja de repetirlos; se repite la situación y se repite el error. No tropieza dos veces con la misma piedra, tropieza tantas que la piedra, harta de que la golpeen, termina por largarse. Con todo, a fuerza de ensayo y error más pronto o más tarde terminamos —siquiera parcialmente, siquiera hasta que lo olvidamos— aprendiendo, enriquecidos por la experiencia. Phil, <strong>Sísifo</strong> de El Día de la Marmota, resuelve al cabo emplear su eternidad no en adquirir información sobre los gustos de la cachonda del pueblo y así llevársela a la cama, o en jugar al ratón y al gato con la policía, sino, en efecto, en aprender destrezas dispares —tocar el piano, hacer esculturas de hielo&#8230;: Ramis calculó <em>grosso modo</em> que el personaje debía de haber pasado entre 30 y 40 años en el pueblo— y, más importante, en hacer que el día del resto de los antes desdeñados paletos resulte lo más redondo posible: un empeño gratuito en sentido pleno, pues al día siguiente nadie se va a acordar de que lo han ayudado, y por tanto de ninguna manera podrá Phil recibir una compensación; él ha cambiado, aprendido, y es mejor persona. <em>Atrapado en el tiempo</em>, en suma, viene a decir que hay que intentar vivir cada día como si fuera el último, pues no sabemos si lo será. Y esta filosofía, que suena facilona, de libro de autoayuda de aeropuerto, resuena honda y cierta en el espectador una vez el bucle temporal se rompe y la película llega a su fin. Se trata, sí, de uno de esos milagros de que solo el arte es capaz.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 12/5/2018)</p>
<p>@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Título: <em>Atrapado en el tiempo</em> (<em>Groundhog Day</em>)</p>
<p>Año: 1993</p>
<p>Dir: Harold Ramis</p>
<p>Int: Bill Murray, Andie MacDowell, Chris Elliott</p>
<p>EEUU, color, comedia, 101 mins.</p>
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		<title>El peso del honor</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Apr 2018 12:22:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Hubo un tiempo en que la palabra de un hombre tenía valor. Un tiempo en que bastaba un apretón de manos delante de un testigo para certificar una venta o una cesión de tierras. El hombre quedaba vinculado por lo que decía sin importar los imprevistos ulteriores que pudieran hacer que se quisiera arrepentir; justamente [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/04/harakiri-1-e1524313295896.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1443" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/04/harakiri-1-e1524313295896.jpg" alt="harakiri-1" width="320" height="137" /></a>Hubo un tiempo en que la palabra de un hombre tenía valor. Un tiempo en que bastaba un apretón de manos delante de un testigo para certificar una venta o una cesión de tierras. El hombre quedaba vinculado por lo que decía sin importar los imprevistos ulteriores que pudieran hacer que se quisiera arrepentir; justamente esos imprevistos eran los que concedían valor a la palabra dada. Más tarde esa tradición oral se fijó en tinta sobre papel o pergamino, en relaciones más o menos extensas que detallaban supuestos, modos de proceder y las consecuencias de no proceder de tales modos; cuanto más restringido el grupo social al que la relación se dirigía, tanto más rigurosos los modos y las consecuencias, y tanto más se respetaban. Pero todo nacía del valor que se le concedía a la palabra, referencia indudable fuera la que fuese la perspectiva desde la que se asumiese.</p>
<p>Finalizadas las guerras civiles, en el Japón de principios del XVII, durante el llamado shogunato <strong>Tokugawa</strong>, este clan estableció una suerte de dictadura militar con pleno poder político que permitió conservar al emperador un mero prestigio nominal; en su ejercicio del poder, el clan Tokugawa delegó, siempre bajo una supervisión sin fisuras, la administración regional en quince clanes menores, conformándose un sistema feudal castrense de estructuras tan rígidas como los ciclos de la luna. Estos clanes dependían, para mantener el orden en su territorio y hacer rendir cuentas, de la figura del samurái, vinculado a su casa a cambio de techo y comida, pero sobre todo vinculado como portador de prestigio: el samurái cumplía al punto las demandas de su señor bajo las disposiciones del código <em>bushido</em>, una relación de normas cuya palabra-germen, raíz común e irrenunciable, era honor.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/04/harakiri-2-e1524313349389.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1444" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/04/harakiri-2-e1524313349389.jpg" alt="harakiri-2" width="320" height="133" /></a>Pero las guerras civiles habían traído la desgracia de otros muchos samurais. Antes, bajo el omnipresente emperador, había clanes por centenares, cada uno con su flota de katanas. Con la derrota y el establecimiento de los shogunatos, estos samurais perdieron a sus amos y con ello su propia condición; el prestigioso, fiel samurái que había logrado sobrevivir era ahora un ronin, un vagabundo caído en desgracia, un paria al que solo se le había permitido conservar sus dos espadas. ¿Y para qué? El <em>bushido</em> estipulaba que para hacerse el seppuku —o harakiri, término coloquial—, el suicido ritual que le permitiese, toda vez perdido al amo, mantener el honor. Quien no se lo hiciese sería por su cuenta y riesgo, estigmatizado por el pueblo y sobre todo por los otros samurais y los señores. Pero para observar el rito del harakiri era necesario la colaboración de una espada ajena que, una vez el actor se hubiera sacado las entrañas con un corte en el vientre de izquierda a derecha, le rebanase la cabeza. Por ello muchos ronins acudían a los dominios de los clanes y pedían al señor la ayuda de uno de sus samurais para completar el rito. Estos la proporcionaban: suponía una honra y un prestigio para el clan, un acto debido para con un hombre más débil, pero honorable y valiente. Sin embargo, la cercanía material de la muerte es capaz de diluir la más firme voluntad, y muchos ronins, en el momento de la ejecución, caían en la indignidad guerrera de arrepentirse y solicitar al señor un puesto de samurái en su clan. Esta práctica se fue extendiendo, y es en este momento donde arranca <em>Harakiri,</em> con la llegada de <strong>Tsugumo Hanshiro</strong> (<strong>Tatsuya Nakadai</strong>), un ronin viejo y barbudo, con más aspecto de mendigo que de guerrero, a la casa del clan Iyi: solo quiere un lugar digno donde morir. El señor del clan, <strong>Saito</strong> (<strong>Rentaro Mikuni</strong>) descree de la petición; allí mismo recibieron no hacía tanto a un joven que, luego de plantear el motivo, llegado el momento de la verdad demandó dos días más para hacer un recado ineludible; por supuesto, le fue denegada la petición y se le obligó a abrirse el vientre. Algo bastante penoso, y mucho más doloroso para el joven, pues las dos espadas que portaba eran de bambú. ¿Cómo se pueden tener espadas de bambú y seguir considerándose un samurái?</p>
<p>Hanshiro asegura que él detesta ese fingimiento como el que más, y como prueba, acto seguido nombra al samurái del clan Iyi que quiere le corte la cabeza. En vano: el citado está en su hogar, postrado por la enfermedad. Hanshiro nombra entonces a otros dos, y para bochorno del señor, el recadero le confirma que tampoco pueden acudir, por idéntico motivo. El señor se huele &lt;&lt;gato encerrado&gt;&gt;, y Hanshiro se ofrece a contar su historia. Reluctante pero intrigado, el señor accede. Hanshiro comienza: ha de confesar que sí conocía al joven de las espadas de bambú.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/04/kobayashi-e1524313119770.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1442" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/04/kobayashi-e1524313119770.jpg" alt="kobayashi" width="320" height="369" /></a> Lo hasta aquí expuesto es narrado en el film con una economía de medios y una fluidez admirables, donde el relato oral del señor de la llegada del joven se alterna con imágenes en flashback que ilustran lo dicho, como de ahí en adelante se alternará el relato de Hanshiro, técnica que el guionista <strong>Shinobu Hashimoto</strong> ya emplease en <em>Rashomon</em>. El riesgo de esta técnica, que se incrementa al transcurrir gran parte del metraje en espacios cerrados y con escasos personajes, es incurrir en una teatralidad forzada; sin embargo, el fondo del saco de recursos de puesta en escena y la maestría con que los maneja <strong>Masaki Kobayashi</strong> hacen de <em>Harakiri</em> un producto fílmico ejemplar. Planos subjetivos, planos cenitales estáticos, zums súbitos, movimientos de cámara determinados por la dirección en que sopla el viento…, no hay una sola decisión estética, plástica o sonora, que no tenga una motivación semántica, de igual modo que las dos maneras de enfocar la interpretación del personaje, marcada y contenida, de Nakadai y Mikuni, se ajustan al molde que el rol exige, y el conflicto se enriquece; de haberse adoptado el enfoque inverso, el señor podría haber quedado como un lunático o un arbitrario.</p>
<p>La presencia de combates a espada (parte de la famosa escena de la novia frente a los 88 locos de <em>Kill Bill Vol. 1</em> tiene aquí un precedente), de coletas en cráneos rapados, de kimonos ceñidos por cinturones negros, no ha de llevar a confusión en el género: nos encontramos ante un melodrama, y en buena medida un melodrama familiar. Ocurre que no el tipo de melodrama doméstico que <strong>Ozu</strong> perfeccionó; Kobayashi prefiere valerse de un tiempo remoto para ilustrar una tesis atemporal: la necesidad de afirmar la dignidad del individuo frente a los abusos del poder institucional, sea este el de los clanes feudales del s. XVII o el de las corporaciones transnacionales del XX, y venga donde venga establecido este poder. Pues cada hombre es irremplazable, y si bien las palabras han de tener un peso, ese peso no se puede anteponer al peso del alma. El código ha de leerse en contexto, y un código literal no conduce a otra cosa que a la perpetuación de quienes están en el poder, y a facilitar su opresión. El desenlace de <em>Harakiri</em>, de un conmovedor fatalismo, presenta además una crítica brutal a la hipocresía de la que suele valerse el poder absoluto: el fin, siempre, es mantener el poder, para lo que en este caso se ha de armar una fachada de cara al señor del clan imperial Tokugawa; y si tal fin implica la perversión de las palabras que no hace ni unas horas han servido para justificar otra actuación, que así sea. ¿Honor? El único honor que el poder conoce es el de honrarse a sí mismo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 21/4/2018)</p>
<p>@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Título: <em>Harakiri</em> (<em>Seppuku</em>)</p>
<p>Año: 1962</p>
<p>Dir: Masaki Kobayashi</p>
<p>Int: Tatsuya Nakadai, Rentaro Mikuni, Shima Iwashita</p>
<p>Japón, blanco y negro, drama, 134 mins.</p>
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		<title>Síntesis de la doble K</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Mar 2018 11:48:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Desde la pantalla]]></category>
		<category><![CDATA[Panteón de plata]]></category>
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		<description><![CDATA[Nos encontramos ante el film que más frontalmente —lo que en Kieślowski significa siempre oblicuamente— bebe de su experiencia; no el más personal per se, pues tan personal puede ser una fábula fantástica como un documental sobre el barrio donde uno creció, sino aquel en el que pueden rastrearse más paralelismos entre lo narrado en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nos encontramos ante el film que más frontalmente —lo que en <strong>Kieślowski</strong> significa siempre oblicuamente— bebe de su experiencia; no el más personal <em>per se</em>, pues tan personal puede ser una fábula fantástica como un documental sobre el barrio donde uno creció, sino aquel en el que pueden rastrearse más paralelismos entre lo narrado en pantalla y lo a él acontecido, y el que mejor sintetiza una filmografía que a lo largo de un cuarto de siglo dio a luz, entre cortometrajes, documentales, películas para televisión y largos de ficción, casi medio centenar de títulos.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/03/el-aficionado-1-e1521373591423.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1422" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/03/el-aficionado-1-e1521373591423.jpg" alt="el-aficionado-1" width="320" height="180" /></a>La lineal y sencilla peripecia y la sobria y naturalista puesta en escena acaso disfracen la tupida red de conexiones y ecos que presenta <em>El aficionado</em>. Ubicada a finales de los 70, al comienzo el héroe, <strong>Filip Mosz</strong> (<strong>Jerzy Stuhr</strong>), es un producto ejemplar, por lo anodino, del sistema comunista; criado en un orfanato, ha recibido la formación necesaria para trabajar en una fábrica, tiene mujer y un pequeño apartamento y espera una hija, la primera de la pareja. Disfruta pues de ese espacio rutinario y confortable que el régimen polaco, más práctico que otros estados del Telón de Acero convencidos de la necesidad de no aflojar el guante de hierro para evitar posibles brotes rebeldes, permitió en la segunda mitad de la década: no conseguirá nunca grandes lujos pero tiene seguridad y una cierta autonomía. Filip Mosz es, pues, un hombre sin atributos.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/03/el-aficionado-2-e1521373657951.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1423" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/03/el-aficionado-2-e1521373657951.jpg" alt="el-aficionado-2" width="320" height="180" /></a>Hasta que adquiere una cámara Super-8 para registrar el nacimiento de su hija, los primeros pasos, el primer ‘ma’ y el primer ‘pa’. La cámara lo distingue de la masa, lo cualifica sin separarlo de ella, y le abre un mundo —un destino— que jamás habría sospechado para él. (La cámara no es solo el motor que enciende el drama sino en buena medida el coprotagonista del mismo.) Al conocer de su reciente adquisición, uno de los directores de la fábrica le &lt;&lt;pide&gt;&gt; que documente las celebraciones por el 25 aniversario de la apertura. Filip se siente honrado y desbordado, pero sobre todo se siente eufórico: filma con la pasión incansable del explorador en tierra extraña, a impulsos, todo aquello que despierta su atención y considera digno de ser conservado; no irreflexivamente pero sin el corsé de la duda paralizante que un exceso de bagaje académico a veces ocasiona. Filip se educa en las técnicas de filmación a la vez que la cámara lo va educando, descubriéndole nuevas posibilades, sugiriéndole nuevos caminos (el apero hace al artista tanto o más que la inspiración, y por esto muchos escritores solo pueden escribir con un bolígrafo de tinta verde de una marca específica o sobre un mazo de folios rayados concreto); poco a poco, como el vaso que se llena lento pero inexorable, la cámara va tomando posesión de Filip, y el resto de las caras del poliedro que conforman su vida se desvaen, pierden interés hasta disolverse, incluidas las más preciadas, su mujer y su hija. Cuando ella lo abandona con la niña, Filip, inmutable, acota con los dos pulgares y los dos índices un rectángulo que semeja el visor de la cámara, y es a través de esta &lt;&lt;lente&gt;&gt; que prefiere ver el abandono: la realidad es ahora para él realidad filmada, lo filmado más real, en el sentido de más verdadero, que la propia realidad. Escena célebre, hay otra sin embargo que plasma esta posesión de manera más abisal. Pasado el tiempo y con los conocimientos asentados, Filip está montando una serie de imágenes domésticas de su hija, e instruye a su montador: ahí —le indica— está tomada en plano-secuencia, y cuando a un plano-secuencia lo sigue un primer plano, la figura filmada ha de mirar hacia el mismo lado, que no lo olvide a la hora de empalmar. Su hija se ha transformado así en un elemento más del trabajo fílmico, con la misma relevancia que la elección del punto de vista o de las tomas a descartar para el montaje final: los documentales que rueda Filip es lo que da sentido único a su vida, y por ello trata de que articulen sus ideas de la manera más ajustada posible.</p>
<p>Estas tramas de obsesión y abandono apuntan algunas de las cuestiones que plantea <em>El aficionado</em>: el desgarro que ocasiona el ejercicio de la propia vocación y la necesidad de elegir con qué quedarse —Filip no es un autómata, el rostro le tiembla un momento cuando el montador, tras escuchar las indicaciones, le dice lo bonita que es su hija—; el tránsito del amateurismo al profesionalismo, aun a un profesionalismo sin carné, y cómo la forja de una conciencia autoral no ha de aplastar el instinto y la curiosidad de los comienzos, ni la adquisición de técnica despeñar el trabajo manual en automatismo…</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/03/kieslowski-e1521373703649.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1424" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/03/kieslowski-e1521373703649.jpg" alt="kieslowski" width="320" height="180" /></a> La otra gran cuestión, relacionada, es la de la censura. El director de la fábrica que le encarga a Filip grabar los fastos del aniversario desea suprimir algunas imágenes: ¿para qué demonios ha incluido Filip ese par de palomas comiendo, o a los dirigentes conversando en la pausa del cigarrillo? Filip se encoge de hombros: simplemente le parecía que las imágenes debían ir ahí, como parte de la realidad de la fábrica. (El paralelismo entre la élite de la burocracia comunista y el estamento director de la fábrica es claro, como el simbolismo paloma/libertad.) Las imágenes señaladas no hacen el montaje mostrado a la dirección, pero sí el que Filip presenta a un concurso de aficionados: son justamente estas imágenes fuera de los cánones oficiales las que el jurado celebra y por las que Filip recibe una mención; así, gracias al empuje del premio y al apoyo que recibe, entre otros, del director <strong>Krzysztof Zanuss</strong><strong>i </strong>—que se interpreta a sí mismo, en un metajuego realidad/ficción—, Filip consigue que la televisión emita un documental suyo sobre el día a día de <strong>Wawrzyniec</strong>, un enano que trabaja en la fábrica. La elección del sujeto, por la posible lectura que pueda dar el público —el enano como el ciudadano impedido que produce el sistema comunista—, desquicia al director/censor: ¿por qué, de entre toda la plantilla, tuvo que elegir precisamente a Wawrzyniec? La irónica paradoja radica en que Filip lo eligió para mostrar cómo el socialismo es capaz de habilitar un espacio para todo el mundo, sean cuales sean sus condiciones, y que gracias a ello cualquiera puede contribuir y sentirse realizado. Este momento señala la pérdida de la ingenuidad de Filip, el nacimiento de la conciencia de que la cámara es algo más que un pasatiempo y que lo filmado acarrea una responsabilidad moral, lo cual conlleva la aparición de otra censura, según Kieślowski mucho más severa que las injerencias externas: la que se impone el propio creador por miedo a la reacción a su trabajo.</p>
<p>Y señala también el origen del enigmático y poderosísimo plano final, que sintetiza las cuestiones aludidas y a la vez hace que el espectador se las replantee, un cierre abierto no menos sugestivo que la melodía callejera en <em>Azul</em> o el personaje sin voz de el <em>Decálogo</em>.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 17/3/2018)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Título: <em>Amator</em> (‘El aficionado’)</p>
<p>Año: 1979</p>
<p>Dir: Krzysztof Kieślowski</p>
<p>Int: Jerzy Stuhr, Malgorzata Zabkowska, Ewa Pokas</p>
<p>Color, drama, 117 mins.</p>
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		<title>Un San Valentín sin fin</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Feb 2018 12:07:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Desde la pantalla]]></category>
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		<description><![CDATA[&#60;&#60;La de hoy [día de San Valentín] es una fiesta inventada por las compañías de tarjetas de felicitación para hacer que la gente se sienta como una mierda&#62;&#62;. La afirmación precedente, dicha sin asomo de ironía o humorismo, pertenece a una comedia: es que comedia y amargura no son necesariamente excluyentes. Fusionarlas sin que se [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&lt;&lt;La de hoy [día de <strong>San Valentín</strong>] es una fiesta inventada por las compañías de tarjetas de felicitación para hacer que la gente se sienta como una mierda&gt;&gt;.</p>
<p>La afirmación precedente, dicha sin asomo de ironía o humorismo, pertenece a una comedia: es que comedia y amargura no son necesariamente excluyentes. Fusionarlas sin que se noten las costuras supone una tarea tan intimidante como complicada, pero cuando se da el raro milagro, el film resulta casi siempre memorable. Ninguno de tan escueta familia lo es como este, que tiene —es la música del azar— en la memoria la materia fundamental desde la que se construye.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/02/eternal-sunshine-2-e1519473902465.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1399" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/02/eternal-sunshine-2-e1519473902465.jpg" alt="eternal-sunshine" width="320" height="180" /></a>La premisa —o más bien el eje sobre el que se articulan los distintos arcos narrativos— se comprende con rapidez y se acepta con naturalidad, pese al componente de ciencia-ficción que presenta (o que presentaba, según sabemos por los más recientes hallazgos neurológicos): una compañía, Lacuna Inc. —&#8217;lacuna&#8217;: falta, hueco, espacio en blanco en un manuscrito—, oferta la posibilidad de borrar los recuerdos que el cliente señale: recuerdos que lo atormentan, quistes mentales que se resisten al goteo del tiempo y que lo impiden funcionar con normalidad porque lo han hundido en la melancolía o la indiferencia. Un borrado no solo de la imagen mental, sino de toda impresión sensorial implicada en el recuerdo (olores, sabores, texturas). El protagonista, <strong>Joel</strong> (<strong>Jim Carrey</strong>), quiere deshacerse, en reciprocidad vengativa, de la memoria de su ex <strong>Clementine</strong> (<strong>Kate Winslet</strong>), al enterarse de que ella se ha sometido al procedimiento para olvidarlo a él. Un movimiento torpe, como casi todos los nacidos del rencor, pues mientras está siendo intervenido, Joel se arrepiente y desea interrumpir el proceso: de pronto se ha dado cuenta de que los buenos momentos pasados en los dos años de relación merecen conservarse, aun con la presencia de los quistes. En vano. Las angustias de su yo mental, una figura minúscula dentro de su cerebro que huye de la marea blanca del borrado, no pueden ser oídas por los operarios de la intervención, y los buenos momentos se despeñan por el sumidero del olvido con la irreversibilidad del tiempo perdido.</p>
<p>¿Pero fueron tan buenos, realmente? El tema central del film es la fidelidad de la memoria. La memoria es siempre memoria barnizada. Hay quien dice que, con el paso del tiempo, se terminan solo recordando los buenos momentos. Discrepo. La memoria va a su aire, y rescata tanto buenos como malos; ocurre que no los recordamos como fueron, y en un estado psicológico normal embellecemos unos y otros por una suerte de mecanismo natural de supervivencia, de forma que el dolor de los malos —acaso rescatados incluso con mayor frecuencia— se nos aparece como un reflejo del real entonces sentido, y además nos alivia el haberlos sobrevivido y seguir aquí, una segunda capa de barniz que reduce el dolor, la densidad de lo sentido, todavía más.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/02/charlie-kaufman-e1519473957173.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1400" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/02/charlie-kaufman-e1519473957173.jpg" alt="charlie-kaufman" width="320" height="180" /></a>La premisa expuesta arriba quizá induzca al lector a creer que la peripecia no puede dar para mucho, y que <em>¡Olvídate de mí!</em> tiene toda la pinta de ser una de esas cintas detestables por artificialmente alargadas. Muy al contrario. Si hay un mérito que señalar de los muchos con que cuenta, es el de la ingeniería del guion, de <strong>Charlie Kaufman</strong>, capaz de asumir retornos temporales con variaciones mínimas —los distintos colores del pelo de Clementine, indicio para la ubicación del espectador—, espejos, flashbacks dentro de flashbacks, escenarios insólitos —la cabeza de Joel—, repeticiones sonoras distorsionadas… no solo con eficacia sino con naturalidad. Todos ellos son concreciones del rasgo más inmediatamente evidente en la escritura de Kaufman, la dislocación cronológica. Que en él, a diferencia de la gran mayoría de propuestas que alcanzan las pantallas, no se trata de una argucia gratuita, un truco de oropel que lo único que pretende es, bien marear al espectador, bien dejar claro lo inteligente que es el autor, bien las dos cosas, pero que nada sustancial aporta; en Kaufman la quiebra de la flecha del tiempo, todo el ir y venir del presente al pasado al futuro al presente, es una herramienta imprescindible, y no solo una herramienta sino el corazón mismo del film, igual que puede predicarse de los de <strong>Atom Egoyan</strong>, si bien en los antípodas estéticas de las propuestas de Kaufman. Hablar de &lt;&lt;antípodas estéticas&gt;&gt; al referirse a un guionista —no se incide aquí en su faceta de director, que por otro lado solo ha materializado con guiones propios— puede parecer una indulgencia de fanático, pero basta leer los libretos que ha firmado para constatar que lo que aparece en pantalla estaba ya, si no en su forma final, sí en una muy cercana, si no con todos los pliegues y bordados, sí con la forma, la caída y el color figurados por él —un film es una empresa colaborativa, y firme quien firme el libreto, es en última instancia el director (o el productor acomplejado y/o soberbio y/o ignorante) quien decide la posición del encuadre, la elección de una canción o el descarte de la toma 5 en favor de la 7—. <em>Cómo ser John Malkovich</em>, la infravalorada <em>Human Nature </em>o <em>El ladrón de orquídeas </em>destacan de entrada por la arquitectura narrativa, que insisto no ha de reducirse a la inventiva o la extrañeza de la forma elegida, sino tenerla en cuenta en un sentido orgánico, un elemento del film tan material e imprescindible como la elección y las interpretaciones de los actores, el diálogo o la paleta cromática.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/02/michel-gondry-e1519474015275.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1401" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/02/michel-gondry-e1519474015275.jpg" alt="michel-gondry" width="320" height="167" /></a> ¿Supone lo dicho un menoscabo de los otros elementos? En modo alguno. <strong>Michel Gondry</strong>, acaso el cineasta —Kaufman aparte— que mejor visualiza los guiones de Kaufman, hace de la melancolía que empapa el film algo casi tangible, gracias en gran medida a un uso originalísimo de los efectos especiales —que trata de manera artesanal, de modo que lo que parece un efecto especial es &lt;&lt;solo&gt;&gt; un decorado gigante filmado con una lente deformante—; de una banda sonora, a cargo de <strong>Jon Brion</strong>, capaz de conmover a un sordo —pero no tanto como los silencios o el sonido ambiente de las olas, a los que nunca somete—; y sobre todo de la química que irradia la pareja protagonista, en un arco emocional de trescientos sesenta grados que, de paso, nos recuerda el inmenso actor que es Jim Carrey, y cómo una de las más pesadas condenas para un intérprete es alcanzar el éxito con un determinado tipo de personaje: escapar de esa casilla resulta más arduo que de Alcatraz.</p>
<p><em>¡Olvídate de mí!</em> solo tiene como pega su título en español. El original, un verso del poeta inglés <strong>Alexander Pope </strong>—al que por cierto se alude en un gag del film, que al doblarse queda cojo—, hace justicia a la que no es imposible sea la película más genuinamente romántica de este siglo. Cabe verterlo como: &lt;&lt;Eterno sol de la mente sin mácula&gt;&gt;.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 24/2/2018)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Tít:<em> ¡Olvídate de mí!</em> —<em>Eternal Sunshine of the Spotless Mind</em></p>
<p>Año: 2004</p>
<p>Dir: Michel Gondry</p>
<p>Int: Jim Carrey, Kate Winslet, Tom Wilkinson</p>
<p style="text-align: left;">108 mins., color</p>
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		<title>El otro tango de Bertolucci</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Dec 2017 11:11:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Desde la pantalla]]></category>
		<category><![CDATA[Panteón de plata]]></category>
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		<description><![CDATA[El sexo ha recorrido la filmografía de ficción de Bernardo Bertolucci desde que debutase, hace cincuenta y cinco años, en el largo con La commare secca; acaso solo en Pequeño Buda no se dé. Sexo que se adscribe a los principios clásicos del freudismo —privilegiando unos u otros según el film— y que suele adoptar [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/12/bernardo-bertolucci-e1513422477943.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1356" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/12/bernardo-bertolucci-e1513422477943.jpg" alt="bernardo-bertolucci" width="320" height="157" /></a>El sexo ha recorrido la filmografía de ficción de <strong>Bernardo Bertolucci</strong> desde que debutase, hace cincuenta y cinco años, en el largo con <em>La commare secca</em>; acaso solo en <em>Pequeño Buda</em> no se dé. Sexo que se adscribe a los principios clásicos del freudismo —privilegiando unos u otros según el film— y que suele adoptar la forma del triángulo (el tres es el número freudiano por excelencia, como el jungiano es el cuatro). Así, el triángulo de tintes incestuosos de <em>Soñadores</em>, el edípico de <em>La Luna</em> o el infiel de <em>El cielo protector</em>. Pero si hay un título en el que el sexo desempeñe una función motora-narrativa es, por descontado, <em>El último tango en París</em>. Donde hay no uno sino tres triángulos: el triángulo actual que componen el viudo, la joven y el novio de la joven; un segundo con un vértice fantasma (la esposa muerta, el viudo y la joven), y un tercero con tres fantasmas por vértices (la esposa muerta, el vecino que fue su amante y el viudo), aun cuando dos de los fantasmas sigan vivos. <em>Asediada</em> se ubica entre la primera y la segunda variante; los tres personajes viven, pero uno de ellos se halla encarcelado: es pues un fantasma que solo recuperará su condición de vértice pleno con la libertad.</p>
<p>A Bertolucci le bastan cuatro pinceladas al comienzo para, en un ejercicio de cine no verbal digno de <strong>Flaherty</strong>, conozcamos las premisas esenciales: el secuestro del hombre, profesor en un país africano innombrado, por una milicia golpista; la obligada migración de la esposa que, bañada en lágrimas y orín, presencia el secuestro; su nueva condición de asistenta en una villa romana, propiedad de un pianista y compositor inglés. Ya tenemos pues los dos vértices agentes; ella, <strong>Shandurai</strong> (<strong>Thandie Newton</strong>, en la interpretación más hermosa que haya ofrecido), varada en una cultura que le es ajena y a la que ha de adaptarse sin ni siquiera poder plantearse cómo, esclava del reloj y el agotamiento como vive —con el trabajo de asistenta se paga los estudios de medicina—; y en el otro extremo él, el señor <strong>Kinsky</strong> (un <strong>David Thewlis</strong> que solo ha estado más memorable en <em>Naked</em>). Este se envuelve en el silencio estancado de las cuatro plantas de la villa o en el sonido que brota de su piano, (casi) ajeno en cualquier caso al ir y venir de la mujer, con la que parece jugar, inconsciente, al gato y al ratón.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/12/asediada-1-e1513422540720.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1357" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/12/asediada-1-e1513422540720.jpg" alt="asediada-1" width="320" height="191" /></a> No hay pues aquí rastro del tango volcánico, carnal y abisal que desde el arranque arrastra al viudo y a la joven en <em>El último…</em>, y cuyo único fin, inalcanzable —o solo alcanzable con la muerte—, es el olvido. (La escena capital del mítico film no es la violación anal lubricada con mantequilla, ni siquiera el monólogo del viudo ante el féretro de la esposa muerta; la escena capital es en la que el viudo responde a gritos furiosos la inocente pregunta de la joven de cómo se llama: &lt;&lt;¡Sin nombres! ¡Sin nombres!&gt;&gt;.) La relación en <em>Asediada</em>, por contra, se va construyendo grano a grano, como los ritmos africanos pop que escucha Shandurai y que se van filtrando a través de techos y puertas en las piezas de música clásica occidental que obsesivamente practica Mr. Kinsky y que a ella desquician: &lt;&lt;¡Es que no entiendo esa música!&gt;&gt;, en un eco del comentado grito del viudo. Al cabo, Kinsky incorpora alguno de esos exotismos al concierto que está componiendo, para sorpresa de Shandurai: se ha convertido en su musa, pero una musa tangible, corporal, un objeto ideal/real que le ha despertado el amor. Y es que, inéditamente en BB, en <em>Asediada</em> el amor brota previo al sexo, es el amor el motor y no la pulsión sexual. Kinsky, ciego como todo enamorado, se descompone al conocer la realidad familiar africana de Shandurai tras confesarle su amor y proponerle matrimonio; esta, incrédula y airada, lo somete a una prueba hercúlea: saque a mi marido de la cárcel y tráigalo. &lt;&lt;No existe el amor, solo las pruebas de amor&gt;&gt;, dijo <strong>Cocteau</strong>, y la prueba supondrá para Kinsky un ejercicio progresivo de renuncia material y de cambio psicológico: a medida que vende sus obras de arte se abre al mundo, escapa de su solipsismo, hasta el punto final de desprenderse del objeto más valioso, su piano; valioso por lo que cuesta en liras y lo que tiene de él: con el piano Kinsky entrega su alma en pos de la felicidad de Shandurai, sin tener la certeza de que será correspondido.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/12/asediada-2-e1513422599651.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1358" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/12/asediada-2-e1513422599651.jpg" alt="asediada-2" width="320" height="180" /></a>Las acciones de <strong>Paul</strong> (<strong>Marlon Brando</strong>) y <strong>Jeanne</strong> (<strong>Maria Schneider</strong>) en <em>El último…</em> se dirigen en cambio solo hacia ellos mismos: el contacto carnal es continuo, el apartamento un útero de una planta, pero entre ellos se encuentran a millas de distancia; el otro es un instrumento, un vehículo y no un fin. Entre Shandurai y Kinsky parece haber una membrana infranqueable espesada por la desconfianza de Shandurai —en gran medida cultural, abismo que no separa a Paul y Jeanne—. La superación de la prueba deshace la membrana, pero abre un nuevo abismo: ahora Shandurai tendrá que hacer frente a la interrogación del pentagrama: ¿con qué amor quedarse? Es la condena de la elección que, como expuso <strong>Sartre</strong>, lleva consigo la libertad.</p>
<p>De contar con la mayor estrella del mundo en el cartel, con el saxo chorreante de <strong>Gato Barbieri</strong> y la fotografía luctuosamente cálida de <strong>Vittorio Storaro</strong>, <em>Asediada</em> supuso el reencuentro de BB con sus orígenes, en un cine casi guerrilla: 28 días de rodaje, hora y media escasa de metraje, parco presupuesto, localizaciones naturales y un guion como una escultura de <strong>Giacometti</strong>: solo los elementos medulares para poder armar el relato. Se trata de un cine óseo, depurado, un poema breve y cotidiano y de una intensidad conmovedora, muy alejado pues del &lt;&lt;preciosismo&gt;&gt; que con frecuencia se le ha reprochado, injustamente, al cineasta de Parma. Quien por otro lado no renuncia a la sensualidad sinuosa y exquisita de su cámara —rizos en picado, trávelin laterales, acercamientos como en puntillas de gato— para filmar un musical muy peculiar: la música tiene peso narrativo, no decorativo solo; y por otro lado es un musical mudo, donde los silencios hacen hablar a las miradas y a los objetos. Hasta la aspiradora dialoga con el piano, y al final, la última palabra la tiene el timbre, insistente, de la calle, muy lejos del disparo fetal y fatal que recibe Brando.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 16/12/2017)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
<p style="text-align: left;">
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Tít: <em>Besieged (Asediada)</em></p>
<p>Año: 1998</p>
<p>Dir: Bernardo Bertolucci</p>
<p>Int: David Thewlis, Thandie Newton</p>
<p>93 mins., color</p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: left;">
]]></content:encoded>
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		<title>El sentido de un remake</title>
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		<pubDate>Sun, 26 Nov 2017 12:49:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Desde la pantalla]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>¿Qué sentido tiene el hacer una nueva versión [remake: rehacer] de una obra de mérito? ¿Explica la sola ambición por superar el original el impulso del adaptador? ¿Lo explica la haraganería, el que el camino de la creación ya esté abierto y señalizado? ¿O acaso la codicia, el deseo de sacar rédito —si no artístico, al menos monetario— de un producto que se ha probado rentable? Sea cual sea la razón, el ejercicio del remake, en cine, genera de entrada un rechazo casi de naturaleza visceral que no se da en el ámbito que con diferencia más lo practica, el musical pop (en sentido amplio: pop, rock, rap, reggae), donde, si es que con alguno, se admite la enésima versión de ‘Knockin’ on Heaven’s Door’ con escasos reparos, casi alegría, por muy ratonera o rutinaria que suene. El cine en cambio, por su propia naturaleza híbrida y sintética, por manejar unos códigos expresivos más numerosos —y por incluirse entre ellos el narrativo—, presenta un campo mucho más fecundo para el ejercicio y el análisis del remake; el mero cotejo con el original permite una exploración más honda de esos códigos, de esos elementos que constituyen un film, y de cuál es la plasticidad funcional que tienen. Incluso un remake tan polémico, tan a priori condenable como el que realizó <strong>Gus Van Sant</strong> de ‘Psicosis’ ofrece considerable material para la reflexión y el debate. Pero estos rara vez se dan, y aun sin ver el remake, es tachado de mierda o similar.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/11/chan-wook-park-e1511700249360.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1340" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/11/chan-wook-park-e1511700249360.jpg" alt="chan-wook park" width="320" height="233" /></a>Es lo que le ocurrió a <strong>Spike Lee</strong> cuando en 2013 tuvo la osadía de versionar el film surcoreano ‘Oldboy’, título de culto acérrimo que dirigiera <strong>Chan-wook Park</strong> y gracias al cual Occidente se enteró de la existencia de este cineasta impar. Lee llevaba más de diez años en que solo había firmado un largo a su altura —‘Plan oculto’—, y el anuncio se recibió en ciertas familias de la comunidad cinéfila con una furia que solo algunas declaraciones raciales del director de Atlanta habían alcanzado antes. Injusto. Como prueba, sugiero ver antes la versión de Lee, lo que permitiría juzgarla con mucha mayor autonomía (por cierto que la original surcoreana tampoco lo es tanto, pues que es la adaptación de un manga).</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/11/spike-lee-e1511700532204.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1343" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/11/spike-lee-e1511700532204.jpg" alt="spike-lee" width="320" height="223" /></a>Ambas cintas mantienen, en lo esencial, la peripecia narrativa. Baste decir que en ella se conjugan el misterio, el engaño, sobre todo la venganza. A riesgo de cometer herejía —erejía— diré que la estructura narrativa —disposición de los hechos de la trama— del remake es preferible, sobre todo en lo que respecta al cierre, más orgánico e inevitable con lo acontecido que el de ‘Oldboy (2003)’. Que presenta además un truco de guion irritante, el de recurrir a la hipnosis como señuelo motor del protagonista. Y sin embargo, no puede negarse que se trata de un film superior. Más allá de la yuxtaposición de los pares en el mismo rol (<strong>Choi Min-sik</strong>/<strong>Josh Brolin</strong> como protagonista; <strong>Kang Hye-jung</strong>/<strong>Elizabeth Olsen</strong> como la chica ayudante; <strong>Yoo Ji-tae</strong>/<strong>Sharlto Copley</strong> como el villano), que no obstante entraña un elemento radical del cine, y uno de sus grandes atractivos, la observación fenomenológica del cuerpo —cómo mira un actor, cómo entona y escucha, cómo se mueve—, lo que cualifica al film de Chan-wook Park por sobre el de Lee es el tono y el ritmo, es decir los dos pilares fundamentales que constituyen la puesta en escena; o, lo que es lo mismo, el trabajo de dirección.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/11/oldboy-2003-e1511700325529.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1341" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/11/oldboy-2003-e1511700325529.jpg" alt="oldboy-2003" width="320" height="191" /></a>Puesta en escena que en el film surcoreano raya lo milagroso. Maneja un saco inagotable de recursos estilísticos: el flashback —a veces en tono sepia, con el que acontece en el puente entre los dos hermanos como epítome—; el encuadre subjetivo —especialmente oportuno en los momentos de resistencia agónica de algún personaje—; la panorámica; el inserto como signo de exclamación; el plano-secuencia —así el con toda justicia célebre de la huida uno-contra-todos, con una coreografía de la violencia no indigna del <strong>Tarantino</strong> de ‘Kill Bill’—… Pero el milagro no se da tanto por la profundidad y variedad de elementos como por su finísima imbricación, de un equilibrio que la (c)rudeza de algunas imágenes podría hacer pasar por alto; no se trata de un popurrí deslavazado, de una sucesión de recursos sin más fin que el recurso mismo, como una serie de carteles pegados en una tapia al azar, sino que Park, alquimista de sombras, consigue armar un todo que congenia los extremos más distantes en una nueva fuerza expresiva común y más potente que, sin embargo, no ha descompuesto las fuerzas originales de los extremos en el proceso, perceptibles asimismo en el producto final. Es operística en el sentido más wagneriano, omnicomprensivo del término, mientras que la de Lee lo es en un sentido mucho más hollywoodiense, efectista. Contemporánea y oriental, y orgullosa de su pertenencia al gueto de un subgénero de la serie B (el de venganza), destila sin embargo unas resonancias míticas que la emparentan con la tragedia griega, el género occidental por excelencia, y el en teoría más alto (lo que por otro lado demuestra la falsedad de las alturas en los géneros, así como la de las fronteras en cuanto a arte se refiere). Sin renegar de su origen de cómic japonés, cuya estética expresionista y excesiva en gran medida adopta, muestra no obstante hechuras de clasicismo. Privilegia la narración no lineal pero esto no disminuye el deseo del espectador de seguir adelante, con una ordenación ejemplar del montaje.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/11/oldboy-2013-e1511700397255.jpeg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1342" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/11/oldboy-2013-e1511700397255.jpeg" alt="oldboy-2013" width="320" height="225" /></a>Pero la gran diferencia entre una y otra es la fuerza simbólica que chorrea la cinta surcoreana, como el pulpo palpitante que engulle en un restaurante el protagonista al ser puesto en libertad, escena que la americana omite: tras década y media sin contacto alguno con un ser vivo más allá de una rata o un insecto ocasional, el hombre necesita llenarse de vida, no le basta un muerto, por muy exquisitamente cocinado que esté. Quiere decirse que, siendo menos verosímil, la original resulta más verdadera.</p>
<p>E insisto en que la versión de Lee (o la versión que los productores de Lee, pirañas del metraje, nos han hecho llegar) no es en absoluto desdeñable. Ante la pregunta que planteábamos al principio solo cabe una respuesta: el remake tiene sentido cuando aporta algo original al original, sin menoscabar el resto. Y este requisito ‘Oldboy (2013)’ lo cumple con holgura.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 25/11/2017)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Fichas de los filmes</u></p>
<p>Tít: <em>Oldboy</em></p>
<p>Año: 2003; 2013</p>
<p>Dir: Chan-wook Park; Spike Lee</p>
<p>Int: Choi Min-sik, Kang Hye-jung, Yoo Ji-tae; Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Sharlto Copley</p>
<p>120 mins., color; 104 mins., color</p>
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		<title>Honesta traición</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Oct 2017 10:58:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Desde la pantalla]]></category>
		<category><![CDATA[Panteón de plata]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[david cronenberg]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[el almuerzo desnudo]]></post_tag>
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		<description><![CDATA[Los comienzos de David Cronenberg fueron literarios, y la pasión literaria jamás lo ha abandonado, sobre todo por la novela; que ha llegado incluso a culminar —culminación fallida, aunque hay en ella trazas indudables de novelista— con la publicación de Consumidos, hace un par de años. Desde que se diera a conocer, Cronenberg no ha [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los comienzos de <strong>David Cronenberg</strong> fueron literarios, y la pasión literaria jamás lo ha abandonado, sobre todo por la novela; que ha llegado incluso a culminar —culminación fallida, aunque hay en ella trazas indudables de novelista— con la publicación de <em>Consumidos</em>, hace un par de años.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/10/david-cronenberg-e1508063924191.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-medium wp-image-1295" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/10/david-cronenberg-300x200.jpg" alt="david cronenberg" width="300" height="200" /></a>Desde que se diera a conocer, Cronenberg no ha dejado de citar las mismas dos (p)referencias literarias cuando preguntado: <strong>Vladimir Nabokov</strong> y <strong>William S. Burroughs</strong>, síntoma transparente de mentalidad sin aduanas (uno se imagina la reacción de Nabokov ante un texto de Burroughs: aun más virulenta que ante uno de <strong>Freud</strong>). Esta doble paternidad literaria supuso una losa que obligó al Rey del Horror Venéreo a renunciar a la pluma y abrazar la cámara. Pero no a renunciar a la escritura. La primera media docena de títulos —y otros posteriores— son guiones originales, si bien luego ha preferido, progresivamente, partir de material ajeno. &lt;&lt;Partir&gt;&gt; es la palabra clave aquí, pues el director canadiense siempre ha defendido la necesidad de traicionar el libro en el trasvase a la pantalla; no por comodidad o egomanía, sino para conseguir la versión fílmica más fiel al original. Lo que hay que tratar de transferir no es la letra sino el espíritu, ese residuo en gran medida inasible, el aroma que deja el libro una vez cerrado. Lo cual es mucho más exigente —y quizá por ello infrecuente—, pero también, si se logra, mucho más gratificante desde la perspectiva del espectador y, cabe suponer, desde la del realizador.</p>
<p>El rasgo más singular e interesante de varias de las adaptaciones de Cronenberg, y que se manifiesta sobre todo cuando de novelas se trata, es el de verter relatos que por su experimentalismo formal, sea por la ausencia de trama —no digamos ya trama lineal— y/o por basarse en recursos novelísticos que solo se pueden remedar en el medio cinematográfico de manera insuficiente (el monólogo interior, el uso de la metáfora u otros tropos, la escritura automática), nadie diría de entrada que pueden llevarse a la pantalla. <em>Crash</em>, <em>Spider</em> o <em>Cosmópolis</em> son ejemplos de sobra ilustrativos, y no obstante, cualquiera de esta tríada supuestamente infilmable parecería un puzle para niños al lado del título más memorable —vilipendiado y aclamado con igual virulencia— del más radical escritor asociado a la generación beat.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/10/naked-lunch-e1508064098706.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-medium wp-image-1296" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/10/naked-lunch-300x225.jpg" alt="naked-lunch" width="300" height="225" /></a>Cronenberg, con guion propio, materializó la imposible empresa tras rumiarla más de una década, y con una valentía cercana a la temeridad: bebiendo del resto de la bibliografía y de la biografía de Burroughs, sin ceñirse a las páginas estrictas de <em>El almuerzo desnudo</em>. El riesgo de alumbrar un popurrí desmadejado que tal enfoque comporta lo sortea Cronenberg con una sutileza asombrosa; en realidad, el relato se adhiere a la narrativa clásica y presenta una lógica sin fisuras que no exige otro requisito que el que se le exige a cualquier film, sobre todo si le precede el sambenito de &lt;&lt;difícil&gt;&gt;: dejar los prejuicios a un lado y abandonarse a las imágenes. No se trata, por tanto, de la filmación sobre la imposibilidad de filmar un texto, a la manera del <em>Tristram Shandy</em> de <strong>Winterbottom</strong> —que es la manera de solventar el problema de la adaptación sin afrontarlo—, sino de una versión orgánica que cualquier espectador que desconozca el origen literario puede aceptar como una película de ciencia-ficción ambientada en el pasado.</p>
<p><em>El almuerzo</em>… es ante todo una carta de amor de Cronenberg a Burroughs. Y como carta de amor, expresa en ella su universo más íntimo, sombras y fantasmas incluidos, parte de los cuales comparte con el destinatario (una de las razones por las que lo ama). Lo cual no quiere decir que en este caso renuncie a la traición, que Cronenberg busque ante todo la bendición del padre/ídolo, sino que justamente por la admiración que le profesa, el enfoque se mantiene igual de inflexible, y de hecho es la traición, si comparamos el material original con el resultado en pantalla, más acusada de las perpetradas por el cineasta.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/10/naked-lunch-máquina-de-escribir-e1508064205801.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-medium wp-image-1297" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/10/naked-lunch-máquina-de-escribir-300x200.jpg" alt="naked-lunch-maquina-de-escribir" width="300" height="200" /></a>La producción contó con un presupuesto inédito, pero sobre todo bien empleado: la Interzona (trasunto mental de Tánger), incluido un desierto con más de 700 toneladas de arena, se recreó en estudio; el vestuario, peinados y logos años 50; el saxofón de <strong>Ornette Coleman</strong> en la banda sonora, con el matiz justo de arabismo y acidez… Pero lo más relevante es que Cronenberg pudo por primera vez exprimir sin diques el fecundo venero de su imaginería —máquinas de escribir con teclados como fauces babeantes y anos parlantes, aliens borrachos de ojos saltones y piel viscosa, insectos como carros de combate…— y obtener una apariencia de efectos especiales “artesanales” con los que consigue una plasticidad, fisicidad casi, que no volvería a alcanzar hasta <em>Promesas del Este</em>. Y que le permitió también disponer de un magnífico elenco, que se diría salido de un cuadro de <strong>Hopper</strong>, por la sensación de extrañamiento con el entorno y a la vez aceptación de este que emanan; destaca el anonadante <strong>Peter Weller</strong> en el papel protagonista, capaz de pasar de la melancolía al fatalismo a la ataraxia del recién drogado sin que el espectador se percate del tránsito. Por último, la fotografía otoñal de <strong>Peter Suschitzky</strong> optimiza decorados y figuras al punto de que las imágenes no desmerecen de las de, pongamos, <em>El conformista</em>.</p>
<p>Pero todo estos elementos quedarían en muy poco si no se integrasen con la visceralidad, en el sentido de necesidad, con que lo hacen, gracias al magistral guion. Es muy difícil hallar otra película en que los planos literal y metafórico de la peripecia narrativa y de los temas se den tan simultáneamente constantes y bien imbricados. La madeja de la trama unifica el tema central del film, que es el autocontrol y el sometimiento, que los motivos secundarios, más visibles —la drogadicción como motor creativo, la prostitución en cascada, la paranoia, la frontera entre realidad y alucinación— refieren en distintos aspectos.</p>
<p>El resultado es una bizarra obra maestra que supuso el mayor descalabro financiero en la carrera de Cronenberg; se habló mucho de ella, pero se habló de oídas, y así, como tantas veces, los estigmas facilones impideron disfrutar del almuerzo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 14/10/2017)</p>
<p>@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u>:</p>
<p>Título: <em>The Naked Lunch</em> (<em>El almuerzo desnudo</em>)</p>
<p>Año: 1991</p>
<p>Dir: David Cronenberg</p>
<p>Int.: Peter Weller, Judy Davis, Ian Holm</p>
<p>Ciencia-ficción, color, 115 mins.</p>
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		<title>Identidad modelada</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Sep 2017 10:57:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Desde la pantalla]]></category>
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		<description><![CDATA[Encallado en esa desorientación de arena que es el desierto se encuentra David Locke (Jack Nicholson), el reportero de televisión a que se refiere el título, al arrancar el film. Es un hombre en el límite, y la obstinación de su todoterreno por no moverse de las dunas lo termina por quebrar: &#60;&#60;¡No me importa!&#62;&#62;, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/09/locke-encallado-e1506026666170.png"><img loading="lazy" class="size-medium wp-image-1277 alignleft" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/09/locke-encallado-300x162.png" alt="locke-encallado" width="300" height="162" /></a>Encallado en esa desorientación de arena que es el desierto se encuentra <strong>David</strong> <strong>Locke</strong> (<strong>Jack Nicholson</strong>), el reportero de televisión a que se refiere el título, al arrancar el film. Es un hombre en el límite, y la obstinación de su todoterreno por no moverse de las dunas lo termina por quebrar: &lt;&lt;¡No me importa!&gt;&gt;, grita al vacío, palabras que por otro lado es probable no sienta. Este arranque y el regreso a pie de Locke al hotel donde se hospeda es una muestra impecable de cine (casi) mudo. Al llegar al hotel, Locke descubre que <strong>Robertson</strong>, su vecino de habitación y con el que comparte más de un parecido, ha fallecido de improviso, y en un arranque pulsional decide cambiar las fotografías de los pasaportes y trasladar el cuerpo de Robertson a su cuarto, fingiendo así su propia muerte. ¿Por qué lo hace? El espectador, como Locke, únicamente sabe lo que la voz de Robertson le había comunicado: que tener solo tiene un corazón débil: ninguna atadura, ni amigos ni familia: se dedica a viajar. (Información suministrada por un ingeniosísimo <em>flashback:</em> la cámara registra a Locke trabajando en los pasaportes mientras escucha la voz de Robertson grabada de una entrevista previa, comienza a deslizarse como fusionada por las palabras hasta el techo y, sin corte, desciende de nuevo hasta mostrar a los dos hombres en el balcón hablando, continuando en el pasado la grabación que ha callado en el presente.)</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/09/michelangelo-antonioni-e1506026855341.jpg"><img loading="lazy" class="size-medium wp-image-1279 alignleft" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/09/michelangelo-antonioni-300x167.jpg" alt="michelangelo-antonioni" width="300" height="167" /></a>            Desde este momento se expone el tema esencial del film: qué configura la identidad. ¿Qué hace que seamos como somos? ¿Hasta qué punto puede el yo moldearse a voluntad? O, dicho de otro modo, ¿cómo no ser uno mismo? Tal que una manada sin apenas desertores, la crítica ha catalogado desde siempre la narración de <strong>Antonioni</strong> como &lt;&lt;una sucesión de tiempos muertos&gt;&gt;. Esos tiempos no están muertos en absoluto: sencillamente ocurren otras cosas que los manuales de guion dejarían fuera por no ser lo bastante &lt;&lt;dramáticas&gt;&gt;, pero que tienen en el fondo mayor peso en la forja de la psicología del personaje —y por tanto del drama— que las habituales persecuciones estruendosas o los aun más habituales parlamentos expositivos sobre las motivaciones del personaje. Son tiempos donde el avance es concéntrico, un tiempo de estratos además de —no a pesar de— un tiempo lineal. Y <em>El reportero</em> es la mejor prueba del poder de este enfoque narrativo, tan ajeno a los códigos al uso. Literalmente Locke, con el cambio de identidad, comienza a habitar un tiempo muerto, un tiempo que no le es propio; Locke (Robertson ahora) pretende (re)nacer a mitad de la vida, comenzar <em>tabula rasa</em> sin otro propósito que el de ir viviendo, descubriendo. Pero el ser humano no puede abdicar de su pasado, pues está hecho de tiempo; tal empeño no es sino una fantasía irrealizable. Locke, como el adolescente que huye de casa, quiere escapar de las figuras paternas que simbolizan su trabajo y su matrimonio (<strong>Martin</strong>, el productor de la cadena, y <strong>Rachel</strong>, su mujer), a las que atribuye en gran medida el desencanto existencial que lo corroe, la agónica sensación de impotencia que el fracaso de la entrevista con un dictador africano, motivo de su presencia en el continente negro, ha desbordado. Pero por supuesto esas figuras no se quedarán inertes, querrán extraditar el cuerpo y la valija, querrán saber cómo ocurrió. Es más: no solo no puede abdicar de su pasado sino que se carga con el de Robertson, cuya afirmación de que carece de vínculos es solo eso: la afirmación de un desconocido, que tan pronto como Locke recoge e inspecciona las pertenencias del muerto descubre se trata de la mentira de un traficante de armas, con una agenda repleta de nombres, lugares y citas que atender; como al adolescente, puede que a Locke le espere bajo el nombre de Robertson un destino más cruel que aquel del que huye.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/09/locke-y-la-chica-e1506026794800.jpg"><img loading="lazy" class="size-medium wp-image-1278 alignleft" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/09/locke-y-la-chica-300x152.jpg" alt="locke-y-la-chica" width="300" height="152" /></a>            Obligado a cumplir estos encargos, comienza así una búsqueda/huída que lo llevará a Londres —donde ¿coincide? por primera vez con <strong>La Chica</strong> (<strong>Maria Schneider</strong>), futura compañera de viaje y corporeización de lo que ahora le parece el ideal femenino—, a Múnich, a Barcelona, a Almería… Encargos cuyo peligro no solo lo mueven en un plano geográfico sino anímico: da muestras, por primera vez, de vitalidad, felicidad incluso, al menos hasta que se entera de que Martin y Rachel, al recibir la valija y descubrir la celada, andan detrás de él.</p>
<p>El otro tema esencial es el de la objetividad. Si las cuentas de la memoria no me fallan, solo hay un plano subjetivo desde el punto de vista de Locke, al cerrar el maletero con La Chica dentro; el resto del metraje mantiene rigorosamente un punto de vista objetivo, documental, como el que asume el propio Locke en su trabajo, que Martin valora por el distanciamiento, por la no interferencia con el material, esa falla infranqueable que precisamente a Locke desazona. Con <em>El reportero</em>, Antonioni apura y depura esa idiosincrasia presente en toda su obra que es la captación fenomenológica, la observación pura del gesto y las inflexiones, el encuadre que dirige pero no impone, a lo que contribuye el que esté filmado por entero en localizaciones (desde el desierto de Argelia hasta el Palau Güel), sin transformaciones cromáticas o físicas del paisaje que pretendan subrayar una idea o un estado de ánimo, como sí había hecho antes en <em>El desierto rojo</em> o <em>Blow-Up</em>. Pero la objetividad es una quimera tal como la de borrar el pasado, y es lo que queda detrás o fuera de la imagen lo que en cine muchas veces más importa. Antonioni sabe esto y lo aplica con un criterio al alcance de muy pocos cineastas, si es que alguno. El mayor ejemplo —y todo <em>El reportero</em> supone una clase magistral del uso del fuera de campo— es el penúltimo plano de la última escena, un heroico plano secuencia que se tardó once días en rodar y que es una muestra de cine como medio de síntesis no inferior a la cabalgata wagneriana de <em>Apocalypse Now</em>.</p>
<p><em>Thriller</em> existencial, <em>road movie</em>, historia de amor, <em>cinéma-verité</em> y de denuncia —la ejecución que aparece en el documental que graba Locke ocurrió en verdad—, juego de sombras y espejos dobles… <em>El reportero</em> es un film con una riqueza hondísima, que merece y demanda más de una (re)visión. Cada vez son menos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Tít: <em>Professione: reporter</em> (<em>El reportero</em>)</p>
<p>Año: 1975</p>
<p>Dir: Michelangelo Antonioni</p>
<p>Int: Jack Nicholson, Maria Schneider, Ian Hendry, Jenny Runacre</p>
<p>119 mins., color</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 23/9/2017)</p>
<p>@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u> </u></p>
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		<title>A la escucha</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Jun 2017 12:03:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Desde la pantalla]]></category>
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		<description><![CDATA[No es frecuente que una obra de trascendencia radical, en no pocos sentidos visionaria, quede oscurecida por otra obra aun mayor. Mucho menos, que las dos vengan firmadas —en los tres campos creativos más determinantes para el resultado final de una película: guion, dirección y producción— por la misma persona. Es lo que sin embargo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No es frecuente que una obra de trascendencia radical, en no pocos sentidos visionaria, quede oscurecida por otra obra aun mayor. Mucho menos, que las dos vengan firmadas —en los tres campos creativos más determinantes para el resultado final de una película: guion, dirección y producción— por la misma persona. Es lo que sin embargo le ocurrió a la cinta que hoy comentamos, que de haber sido realizada por alguien distinto, o en un tiempo anterior o posterior, siquiera uno o dos años, sin duda no cabría en esta sección, pues desde su estreno habría recibido un reconocimiento masivo. No es el caso. <em>La conversación</em> tuvo la mala fortuna de estrenarse el mismo año y de concurrir a la misma edición de los Oscars que <em>El Padrino II</em>, y así verse condenada a ese limbo neblinoso en el que solo reparamos cuando el azar nos pesca algo de él. Como decía la canción, ¿quién se acuerda del capitán <strong>Scott</strong>?</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/06/la-conversación.jpg"><img loading="lazy" class="size-medium wp-image-1263 alignleft" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/06/la-conversación-300x169.jpg" alt="la-conversacion" width="300" height="169" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/06/la-conversación-300x169.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/06/la-conversación.jpg 440w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a>Y es un destino que no merece. Nos hallamos ante una de las más grandes muestras de lo que el lenguaje cinematográfico es capaz de ofrecer, de cómo exprimir los elementos genuinos que hacen del cine el arte que es: ante todo, un arte de síntesis y de tono. <em>La conversación</em> aúna y destila esos elementos —organización espacial a través del encuadre; organización temporal a través del montaje (visual y sonoro; este último merecería por sí solo un artículo); interpretación; fotografía; etc.— con un equilibrio, una originalidad y un magnetismo tan intensos como los que pueden encontrarse en <em>El tercer hombre</em>. Ya desde el plano cenital de arranque nos atrapa: ¿qué son esas interferencias? ¿De qué habla esa pareja paseante en la que el ojo de la cámara termina por centrarse? Grabar a la pareja es el objetivo para el que <strong>Harry Caul</strong> (<strong>Gene Hackman</strong>, en la más contenida y a la vez más rica y emotiva de todas sus encarnaciones), experto en vigilancia y seguimiento, ha sido contratado por &lt;&lt;El Director&gt;&gt;, esposo de la mujer de la pareja grabada. Los saltimbanquis, los músicos callejeros, los niños como gritos de alegría hacen casi imposible rescatar la conversación, pero Harry, el profesional más reputado de la Costa Oeste, lo consigue con el uso simultáneo de tres grabadoras, cuyos registros luego empalma.</p>
<p>Conviene detenerse en Harry, pues los temas fundamentales de que trata <em>La conversación</em> —el capital, la falla existente entre apariencia y realidad— se concentran en él, y porque la cinta es también un estudio de cáracter profundísimo. Harry es un hombre que trata de escudarse del entorno que lo rodea tanto como puede. Igual que el arquitecto no puede pasear sin que su retina se pose automática en los edificios que encuentra a su paso, Harry, cuya ocupación es penetrar en la intimidad ajena, tiene un sexto sentido para detectar, allá donde va, todos los posibles agentes que podrían penetrar en la suya, y así actúa en consecuencia, pero en consecuencia deformada. El sexto sentido ha devenido paranoico, y a Harry le resulta imposible establecer un contacto personal fuera de las convenciones más escrupulosas o rutinarias: ni siquiera a su novia es capaz de confiarle detalles íntimos; la puerta de entrada de su apartamento cuenta con un candado triple y a todo el mundo asegura que no tiene teléfono. El único relajo que su paranoia se permite es tocar el saxo tenor —por otro lado, el más solitario de los instrumentos en jazz—.</p>
<p style="text-align: left;"><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/06/coppola.jpg"><img loading="lazy" class="size-medium wp-image-1264 alignleft" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/06/coppola-237x300.jpg" alt="coppola" width="237" height="300" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/06/coppola-237x300.jpg 237w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2017/06/coppola.jpg 440w" sizes="(max-width: 237px) 100vw, 237px" /></a>En cualquier caso, estas precauciones no lo pueden proteger por completo. (A lo largo de todo el metraje <strong>Coppola</strong> utiliza la metáfora visual de la separación/transparencia: Harry aparece detrás de escaparates, de ventanas, de cortinas traslúcidas, y viste siempre, llueva o no, un impermeable de plástico transparente que le da un patético aspecto de condón humano; incluso el propio apellido —Caul— alude a la membrana que envuelve la cabeza del bebé en el periodo de gestación. Con ello se sugiere la voluntad del personaje de mantenerse a distancia, así como la intemperie real a la que está expuesto.) Harry se define como &lt;&lt;un profesional&gt;&gt;, esto es, un ejecutor: alguien contrata sus servicios y él graba al objetivo y entrega las cintas lo antes y lo más limpias posible. Lo que haga el contratante —Gobierno, corporación, grupo de presión, particular— con el material grabado no le concierne; en este último encargo tenía orden de grabar a la pareja y de entregarle las cintas a El Director en mano, y solo a él. Cuando va a hacerlo, el ayudante/secretario (<strong>Harrison Ford</strong>) lo detiene e insiste que se las dé a él, El Director está reunido, más tarde se las hará llegar. Harry, profesional sin fisuras, se niega y marcha con las cintas, topándose al salir con la pareja que ha grabado: al instante la paranoia se dispara. En su estudio vuelve a escuchar la grabación y, tras refinar el sonido una y otra vez, consigue extraer de entre el ruido el siguiente, perturbador susurro: &lt;&lt;Él nos mataría si tuviera ocasión&gt;&gt;. Y como un géiser del inconsciente la culpa, un agente frente al que no caben alarmas ni candados eficaces, lo anega, merced al recuerdo de dos turbias muertes que tuvieron lugar cuando trabajaba en el Este a raíz de un material que él había tomado. Con el levantamiento del afecto enterrado se produce la reversión del protagonista. Harry quiere mantenerse al margen: no puede; la carga moral se impone y le lleva a romper con sus costumbres y a sumergirse en un entramado que quisiera no conocer, pero no tanto para resolver el misterio como para demostrarse a sí mismo que en efecto es inocente y carece de culpa, que su vida no es una completa, pulida farsa.</p>
<p>Además de la fina línea que separa realidad y apariencia, por los otros temas tratados —la impunidad del Poder, la paranoia, el uso deformado de la tecnología, la violación de la privacidad— se quiso ver en <em>La conversación</em> una denuncia indirecta, metafórica, del escándalo de las escuchas del Watergate. Pero el Watergate estalló en el 72/73, y Coppola tenía apuntalado el proyecto desde el año 66 (irónicamente, fue el éxito de <em>El Padrino</em> el que le permitió llevarlo a cabo). Fue de hecho el visionado de <em>Blow-Up</em> (<strong>Michelangelo Antonioni</strong>, 1966) el que le condujo a cerrarlo. <em>La conversación</em>, así, confirma una vez más la paradoja de <strong>Oscar Wilde</strong>: es la realidad la que imita al arte, y no al revés.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><u>Ficha del film</u></p>
<p>Tít: <em>La conversación </em>(<em>The Conversation</em>)</p>
<p>Año: 1974</p>
<p>Dir: Francis Ford Coppola</p>
<p>Int: Gene Hackman, John Cazale, Cindy Williams, Harrison Ford</p>
<p>113 mins., color</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 17/6/2017)</p>
<p style="text-align: left;">@enfaserem</p>
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