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	<title>ENFASEREMproust &#8211; ENFASEREM</title>
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		<title>La frase de Vinteuil</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Nov 2013 12:06:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es la arquitectura, antes que la pintura o incluso la literatura, la primera disciplina artística que viene a la cabeza al pensar en la obra de Proust. Y no tanto por la relación de catedrales, trazados urbanos, salones y otros interiores, paisajes y puentes que pueblan las páginas de En busca del tiempo perdido como [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es la arquitectura, antes que la pintura o incluso la literatura, la primera disciplina artística que viene a la cabeza al pensar en la obra de <strong>Proust</strong>. Y no tanto por la relación de catedrales, trazados urbanos, salones y otros interiores, paisajes y puentes que pueblan las páginas de <em>En busca del tiempo perdido</em> como por la propia carpintería de la novela. La obra proustiana es ante todo un prodigio de estructura, un inmenso juego de espejos cuyos reflejos —personajes, reflexiones, motivos temáticos— se entrecruzan otorgando en cada nueva aparición, según avanza el lector, un nuevo matiz, una nueva pincelada que completa y a la vez evoca los reflejos anteriores. Uno de esos más memorables y fecundos reflejos se enmarca dentro de otra disciplina artística, la música, y se trata de la frase de <strong>Vinteuil</strong>, que recorre como un susurro más o menos audible todo el río de la novela, y que Proust utiliza en gran medida para desarrollar la evolución de los sentimientos de <strong>Swann</strong> por <strong>Odette</strong> y, paralelamente, perfilar una teoría de la experiencia estética que se completa con el resto de reflexiones sobre las demás disciplinas artísticas.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/11/proust-e1383479881397.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-794" title="proust" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/11/proust-e1383479881397.jpg" alt="" width="180" height="145" /></a>La ductilidad de la música, incluso de una frase de solo cinco notas como la de Vinteuil, es perfecta para representar la ductilidad, la fluctuación de los sentimientos de alguien por otro lado tan intermitente como Swann. Cinco notas se pueden combinar infinitamente (ahí están las escalas pentatónicas, que desde los sakuras de Japón a los blues de Texas llevan usándose siglos, y los que quedan), pero no es esta ductilidad organizativa a la que aquí nos referimos sino a una ductilidad digamos semántica, que depende no de la frase en sí sino de quien la escucha. Proust nos dice sobre el primer contacto de Swann con la frase que <<No sabía exactamente lo que era lo que, al pasar, le ensanchó el alma (…) Quizá por no saber música [a Swann] le fue posible sentir (…) una impresión de esas que acaso son las únicamente musicales, (…) irreductibles a otro orden cualquiera de impresiones>>. Progresivamente Swann se va obsesionando con la frase —la frase de Vinteuil es el gusano sonoro más famoso y mejor desarrollado de la literatura universal—, pero a medida que esa obsesión aumenta, la experiencia musical disminuye. Swann va atribuyendo a la frase musical, por símil o por oposición, los anhelos, las angustias y felicidades por las que atraviesa su relación con Odette; la frase le <<habla>> de la vanidad pasada, de la fragilidad de su amor por Odette, del egoísmo de esta o de él, pero es justo al contrario: es Swann el que se habla y se lo dice todo, y la frase solo el catalizador, el interruptor involuntario que enciende sus reflexiones.</p>
<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/11/violín-piano-e1383479922788.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-795" title="violín piano" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2013/11/violín-piano-e1383479922788.jpg" alt="" width="180" height="119" /></a>Dicho de otro modo: Swann es un mal oyente. Como oyente, el mejor Swann es el Swann primero, el oyente virgen que <<solo saboreó la cualidad material de los sonidos segregados por los instrumentos>>. Ocurre que la música es una realidad en sí misma, que no necesita de más aderezos. No es, como dice el Narrador al final de la novela, <<posibilidad de expresión>>: es expresión. Expresión plena y autónoma, y de ahí que todos los intentos de hacer crítica musical —y uno mismo ha hecho una poca— resulten en última instancia forzados, truncos; si se trata de explicar la experiencia musical mediante quintas disminuidas y ataques de arco el resultado queda demasiado frío; si se recurre a estados de ánimo como melancólico o alegre, demasiado vago: la experiencia musical no es reducible a palabras, hay algo que siempre se escurre entre la recepción del oyente y la transmisión de la experiencia. Ese algo es la realidad, la especificidad intransferible de la música, y lo que hace que de todas las artes sea la que con mayor inmediatez llega al corazón, para bien o para mal, de quien la recibe. Una melodía nos puede maravillar o desquiciar al instante sin que sepamos por qué, como no sabemos por qué preferimos a <strong>Brahms</strong> que a <strong>Mozart</strong> o al revés: simplemente lo preferimos. (Quizá por esta inmediatez autónoma dijera <strong>Borges</strong> que la música es la forma artística más perfecta.)</p>
<p>Una realidad que por su condición de no verbal —no verbal no quiere decir que no tenga significado— a veces resulta demasiado abstracta, demasiado informe, o al menos a quienes no somos músicos (yo escuché a <strong>Wynton Marsalis </strong>pronunciarse justo en sentido contrario: que para él la música es lo más preciso que hay). Es lo que le sucede a Swann hasta que finalmente se da cuenta de que <<estaba razonando, no sobre la frase misma, sino sobre sencillos valores que (…) ponía en lugar de esa entidad misteriosa>>. El círculo se ha cerrado, y ahora Swann, tras el reconocimiento, está en disposición de volver, como en el principio, a disfrutar de la frase musical por lo que es, materia sonora organizada.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 2/11/2013)</p>
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		<title>Gabo en blanco</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jun 2012 13:35:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/06/gabriel-garcia-marquez-e1339680748630.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-481" title="gabriel-garcia-marquez" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/06/gabriel-garcia-marquez-e1339680748630.jpg" alt="" width="139" height="200" /></a>Aseguran los escasos afortunados que lo tratan que el maestro ya no los reconoce. Aseguran que repite las mismas, educadas, blancas preguntas una y otra vez, con la misma emoción y curiosidad por saber la respuesta que se le ha dado dos minutos antes, como un pez infantil que te mirase de plano y humilde. Aseguran que no es capaz de citar los títulos de sus novelas, esas a las que ha dedicado su vida y que millones de lectores en todo el mundo llevan más de medio siglo fatigando incansables, siempre a la espera de una sorpresa que saben terminará surgiendo, quizá en ese pasaje que tienen subrayado y han leído mil veces. Es así de triste: la más perfecta prosa en castellano del siglo, la más imitada, la más inimitable, la más querida, es incapaz de recordarse. <strong>García Márquez</strong> ha logrado sortear el ogro del cáncer pero no el desagüe del alzhéimer. Así, el último gran proyecto literario de su vida, la trilogía de sus memorias, quedará trunco, reducido a un solo volumen cuya cita de apertura reza: <<La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla>>. Es decir: que la falta de memoria es la muerte en vida, porque al perder la memoria el hombre pierde su identidad. <strong>Marcel Proust</strong> ha sido con casi toda seguridad el escritor que más hondamente ha buceado en las aguas de la memoria, en sus mecanismos, sus caprichos y sus subterfugios. Demostró con una magdalena y una taza de té que la memoria que cuenta es la memoria involuntaria, pues es esta la que de verdad ha retenido lo que merece la pena retener, y es a la que se refiere García Márquez en la cita comentada. Pero para despertar la memoria involuntaria, incluso para despertar la memoria falsa, la de recuerdos creados, es necesario contar con memoria; Proust quizá lo dio por supuesto porque la suya era excepcional. La de Gabo torna blanca día a día, otra víctima de una plaga que marchita el mundo y que es quizá lo que uno más teme.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 14/6/2012)</p>
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		<title>Fraga literario</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Jan 2012 11:19:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/60dd5f6af4aaef1c-e1326971809761.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-271" title="60dd5f6af4aaef1c" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/60dd5f6af4aaef1c-e1326971809761.jpg" alt="" width="110" height="137" /></a><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/proust-marcel-e1326971674198.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-272" title="Marcel Proust *" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2012/01/proust-marcel-e1326971674198.jpg" alt="" width="110" height="137" /></a>Muere <strong>Fraga</strong>, y como siempre o casi siempre la proximidad inmediata de la muerte uniformiza la educación de las opiniones. Muchas de las cuales han acudido al funcional adjetivo <<contradictorio>> para tratar de abarcar tan inabarcable personaje. Entre todas las contradicciones de Fraga, la que siempre, desde que tuve noticia de ella, más acusada me pareció fue una a la que no se ha prestado atención ninguna, oscurecida acaso por la tupida telaraña de contradicciones político-sociales: es la contradicción literaria. Fue en una entrevista concedida a <strong>Cela</strong> donde descubrí, atónito, la devoción proustiana de don Manuel; uno a Fraga lo ha visto siempre, y lo sigue viendo, como un posibilista, un memorión voluntarioso y un actor de trazo grueso e impetuoso, un viajero más preocupado en llegar cuanto antes que en disfrutar del viaje; rasgos todos que lo convertirían en una suerte de negativo proustiano, pues si hay alguien que haya amado más el detalle moroso, que haya explorado más y mejor los mecanismos de la memoria involuntaria y conseguido apresar la belleza fugaz del tránsito, ha sido <strong>Proust</strong>. Mientras el escritor francés trató de apresar el tiempo envuelto en silencio y sin moverse de la cama, el político gallego, cual conejo de Alicia, trataba de concertar tantas citas y de recorrer tantos kilómetros al día como le era humanamente posible. Si el primero fue enfermizo e hiperestésico, el seguno pensaba que no había mal que no arreglase un grito a tiempo o una buena caldereta de merluza. Y sin embargo la devoción proustiana de Fraga fue tal que le llevó a titular sus memorias políticas <em>En busca del tiempo servido</em>. Esta contradicción literaria/vital que Fraga encarnó, lejos de la mera anécdota a pie de página, dice mucho en favor del recién fallecido, y nos recuerda el poder para acercar fronteras —para derribar barreras— que tiene el arte y la cualidad esencial de la belleza como portadora de verdad.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla,</em> 19/1/2012)</p>
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