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	<title>ENFASEREMteatro &#8211; ENFASEREM</title>
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	<description>bloc digital de Eduardo Roldán - actualidad, libros, cine y otros placeres y días</description>
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		<title>Shakespeare nipón</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Sep 2018 10:39:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El teatro es un feudo anegado de supersticiones. No vistas nunca de amarillo; &#60;&#60;Mucha mierda, compañero&#62;&#62;; rosas en el camerino sí, claveles jamás. Se trata de dominar el destino que no se puede dominar, de controlar los imprevistos siquiera mediante una admitida ilusión. De entre las supersticiones, acaso la más poderosa recaiga sobre Macbeth: hay [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El teatro es un feudo anegado de supersticiones. No vistas nunca de amarillo; &lt;&lt;Mucha mierda, compañero&gt;&gt;; rosas en el camerino sí, claveles jamás. Se trata de dominar el destino que no se puede dominar, de controlar los imprevistos siquiera mediante una admitida ilusión. De entre las supersticiones, acaso la más poderosa recaiga sobre <em>Macbeth</em>: hay que referirse a ella como &lt;&lt;la obra escocesa&gt;&gt; y no por su título mientras uno se halle en el edificio de la representación (existen variaciones). Las raíces de la superstición se remontan hasta la compañía del propio <strong>Shakespeare</strong>, y desde entonces ha tenido mil y una encarnaciones, con muertes (reales) incluidas. ¿Cosa de las tres brujas de la obra?</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/09/akira-kurosawa-e1538303790180.jpg"><img loading="lazy" class="size-full wp-image-1543 alignleft" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/09/akira-kurosawa-e1538303790180.jpg" alt="akira-kurosawa" width="340" height="208" /></a>A la vista de los resultados, la supuesta maldición de <em>Macbeth</em> no ha alcanzado la gran pantalla. De los muchos textos del Gran Bardo que se han visto sometidos al trasvase, tal vez solo <em>Hamlet</em> haya recibido un tratamiento más plural —pero no de tan alta calidad media—: <strong>Orson Welles</strong>, <strong>Roman Polanski</strong>, <strong>Béla Tarr</strong>… La nómina de cineastas de primer orden que ha querido honrar, con éxito, la obra maldita merece un aparte en el canon fílmico shakespereano. Pero ninguno la ha honrado en mayor grado que <strong>Akira Kurosawa</strong>, pese a que una visión superficial pueda inducirnos a creer lo contrario. Pues, ¿qué tiene que ver el Japón de los clanes feudales de mediados del siglo XV a mediados del XVI con la Escocia monárquica de comienzos del XVII? ¿Qué sentido tiene adaptar una cumbre del teatro occidental bebiendo en no poca medida de la tradición teatral japonesa? Estas y otras preguntas similares no solo inciden en la evaluación del resultado, sino que, precisamente por la lejanía aparente entre la obra original y la versión, el examen del trasvase de una a otra resulta más pertinente, y más aun cuando el vertido es Shakespeare, que epitomiza el problema, debido sobre todo al incomparable poder verbal de sus textos. (Kurosawa vertió otra vez a Shakespeare con un enfoque no menos arriesgado en la mucho más célebre, e incontestable obra maestra, <em>Ran</em> [1985], adaptación de <em>Rey Lear</em>).</p>
<p>Así, el problema de la adaptación es el problema de la fidelidad, y desde ya conviene acotar el contenido del término: fidelidad no es literalidad; una versión que respete el texto original puede ser fiel a la obra, pero también puede no serlo: en manos de un adaptador de talento, el pentámetro yámbico y las calzas de época pueden sustituirse por rimas de hip-hop y vaqueros por debajo del culo y el resultado ser más shakespereano. El baremo está en determinar cuál de las dos consigue hacer más vívido el corazón de la obra. Kurosawa siempre entendió esto, y por ello nadie ha conseguido transportar la densidad fatal del más grande orquestador de tragedias teatrales como el emperador occidental del cine nipón.</p>
<p><a href="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/09/trono-de-sangre-e1538303904254.jpg"><img loading="lazy" class="size-full wp-image-1544 alignleft" src="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/14/2018/09/trono-de-sangre-e1538303904254.jpg" alt="trono-de-sangre" width="340" height="209" /></a>La más evidente diferencia entre <em>Macbeth</em> y <em>Trono…</em> se ha apuntado ya: las coordenadas espaciotemporales en que se enmarca la peripecia. Sobre la que recaen, desde el mismo comienzo, otras desviaciones. Una vez que los samuráis <strong>Taketoki</strong> (<strong>Macbeth</strong> en el original, interpretado por <strong>Toshiro Mifune</strong>) y <strong>Yoshiaki</strong> (<strong>Banquo</strong>, por <strong>Minoru Chiaki</strong>) han dado cuenta de los enemigos de su señor, se encuentran de regreso con una aparición espectral envuelta en niebla, que les vaticina el futuro de ambos —cada predicción consta de dos partes, y es el cumplimiento de las primeras lo que detona la tragedia, <strong>Lady Macbeth</strong> mediante-. Es decir: no solo no arranca con las brujas sino que no hay brujas (¡en <em>Macbeth</em>!); pero el desplazamiento de la aparición y la forma dada a esta resulta más intensa en un plano fílmico general, y en el concreto de la versión, más coherente. Otros cambios no menos audaces son los de la mayor actividad de <strong>Asaji</strong> (<strong>Isuzu Yamada</strong>, en Lady Macbeth) y el de la muerte dada a Taketoki/Macbeth, en un famosísimo clímax que es una de las escenas más poderosas, imborrables y precisas jamás filmadas. Dado que en la cultura samurái la muerte por decapitación es una muerte honorable, la ambición y el despotismo encarnados por Taketoki no la merecen; Kurosawa opta por aflechar a Taketoki con una lluvia tupida, y baste decir que las flechas son reales, pero que nadie lo creería viendo la escena (Mifune indicaba a los arqueros profesionales hacia donde iba a moverse con gestos de brazos, torso y cabeza, y en función de estos los arqueros disparaban: la flecha que le atraviesa el cuello es la única impostada, pero resulta imposible diferenciarla de las otras, ni concluir cómo se la consiguieron insertar. Tal es el milagro paradójico de la ficción).</p>
<p>Pero es la incorporación de elementos del teatro nõ —una de las tres corrientes tradicionales en Japón, más austera que la más conocida en Occidente kabuki y alejada de la bunraku (teatro de marionetas)— la apuesta más radical de Kurosawa para <em>Trono…</em>. Adiós al diálogo que parece haber sido más dictado por los dioses (o por los demonios) que escrito por un hombre, adiós a los soliloquios como purgas del alma —incluido el mítico: &lt;&lt;Mañana, y mañana, y mañana…&gt;&gt; de Macbeth al recibir la noticia de la muerte de Lady M.—: la catarata verbal ha dado paso a la gestualidad de junco, la voz en cuello a la réplica susurrada o muda, el sudor y las venas en la garganta a la máscara de talco. Y sin embargo la tragedia permanece, y permanece viva, tan actual como las crónicas de ajustes de cuentas que nos llegan desde Méjico. Es que el tema de la corrupción humana por la ambición es atemporal, o es atemporal en manos de un artista verdadero.</p>
<p>Cabría inferir, por lo dicho, que <em>Trono de sangre</em> pertenece a ese grupo desacreditado de filmes que se consideran &lt;&lt;teatrales&gt;&gt;. Nada más lejos. El prodigio de la alquimia que consigue Kurosawa es el de alumbrar un producto genuinamente cinematográfico —y cinemático: las escenas más estáticas no están en modo alguno muertas—, irrealizable en otro medio: la expresionista fotografía en blanco y negro, la niebla como metáfora de la profecía y el destino (en Kurosawa los accidentes meteorológicos son un personaje tan relevante, si no más, que cualquiera con piernas; por lo general la lluvia —<em>Los siete samuráis</em>, <em>Ran</em>— o el viento), el tempo imprimido en las escenas de combate a través de los cortes o su ausencia, o ese plano general en que se ve cómo el bosque despierta y se &lt;&lt;mueve&gt;&gt; hacia el castillo condenado (solución de puesta en escena fílmica de un arduo problema teatral tan original como lógica)… Todo ello en una síntesis orgánica de que solo el cine es capaz. El buen cine.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés</em>, 29/9/2018)</p>
<p>@enfaserem</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tít.: <em>Kumonosu-jō (</em><em>Trono de sangre)</em></p>
<p>Dir.: Akira Kurosawa</p>
<p>Int.: Toshiro Mifune, Isuzu Yamada, Takashi Shimura</p>
<p>Japón, drama, blanco y negro, 110 mins.</p>
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		<title>Diálogo</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Nov 2015 17:01:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Si no otra cosa, el torpedo catalán nos ha recordado, a la vista —al oído— del empeño difusor de las cabezas de partido en las últimas semanas, el papel central que el diálogo ha de jugar en el asunto. El más contundente ha sido <strong>Pedro Sánchez</strong>: <<Le dije al presidente <strong>Rajoy</strong> que [el diálogo] antes era necesario y ahora es imprescindible>>. ¿Pero de qué habla(n)? Que un político enarbole la bandera del diálogo como un activo de su gestión es como si un boxeador se felicitase porque salta a la comba todos los días. <em>Ya</em> <em>sabemos</em> que es imprescindible. Solo faltaba. El diálogo es a la democracia como el color blanco a la nieve, algo congénito. La democracia nace del diálogo, y no es ocioso el que el teatro dramático y la democracia surgieran a la par en un mismo lugar. Si las cabezas de partido no cejan en su empeño de airear las bondades del diálogo se debe a que hasta ahora no lo han practicado o a que acaban de enterarse.</p>
<p>Uno se inclina por lo primero. La tradición española es una tradición de coliflores en las orejas, y para el que diálogo funcione lo primero que hay que hacer es sacarse la coliflor. En el toma y daca verbal (tesis/antítesis) que constituye un diálogo real, entre dos españoles rara vez se llega a la síntesis de la negociación, y no nos solemos mover un dedo de nuestra posición inicial; si le damos la razón al otro, es solo por cansancio o aburrimiento. En tiempos, la coliflor más famosa del hemiciclo era un libro muy gordo que <strong>Alfonso Guerra</strong> se ponía a leer cuando <strong>Fraga</strong> salía a denunciar lo que le costaba la cesta de la compra a la buena ama de casa española, coliflores incluidas; no es que la denuncia de don Manuel fuese original o amena, pero si alguien tan atravesado por el veneno del teatro como Guerra pasaba de escuchar, ya nos hacemos una idea de lo que podemos esperar de la rueda de contactos promovida por Rajoy. Nos faltan unos cuantos <strong>Sócrates</strong> para que la rueda comience a moverse.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 5/11/2015)</p>
<p style="text-align: left;"><a title="@enfaserem" href="https://twitter.com/enfaserem" target="_blank" rel="external nofollow">@enfaserem</a></p>
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		<title>Apunte cine &#8211; El príncipe y la corista</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Jun 2015 10:52:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Apuntes]]></category>
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		<description><![CDATA[En El príncipe y la corista se nota la presencia venérica de un escritor, lo cual siempre es de agradecer; no tanto la visible de un director. Resulta teatral en el sentido menos cinematográfico del término —cuando Olivier se empeña en borrar los rasgos teatrales es justamente cuando estos más brillan y denuncian su origen—, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2015/06/el-príncipe-y-la-corista-e1435402235341.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1051" title="el príncipe y la corista" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2015/06/el-príncipe-y-la-corista-e1435402235341.jpg" alt="" width="240" height="135" /></a>En <em>El príncipe y la corista</em> se nota la presencia venérica de un escritor, lo cual siempre es de agradecer; no tanto la visible de un director. Resulta teatral en el sentido menos cinematográfico del término —cuando <strong>Olivier</strong> se empeña en borrar los rasgos teatrales es justamente cuando estos más brillan y denuncian su origen—, y tiene un problema esencial: que la química de opuestos solo funciona a ráfagas; todo el proyecto —lo que se ve en pantalla y lo que queda fuera de esta— se articula en torno a la idea de un dualismo de signo contrario, que se desglosa en distintos dualismos menores: actor shakespeareano/actriz de método; personalidad severa/personalidad mundana; príncipe/corista; reflexión/intuición; prestigio académico/favor popular; seguridad patológica en el arte propio/inseguridad patológica en el arte propio, etc. El que la idea que el público tiene de algunos de estos conceptos no se ajuste a su contenido real —fuera de la pantalla— o al contenido que en esta se muestra, no solo no impide sino que parece avivar el juego. En pantalla, la corista encarna el polo positivo y el príncipe el negativo, y como polos contrarios que son surge la atracción desde el principio, si bien es una atracción en la que cada polo baila con frecuencia por su lado: los dos siguen el mismo compás, los dos atienden a la misma melodía, pero la pareja en conjunto no aporta nada extra a lo que cada uno por separado. <strong>Marilyn</strong> es capaz de no incurrir en el cliché asignado, y proporciona una de las interpretaciones más matizadas de su carrera, no solo aguantando sino superando en muchos intercambios al casi siempre sobrevalorado actor inglés. Muy sabiamente, <strong>Rattigan</strong> deja en suspenso el final —<<No sabes la de cosas que pueden pasar en dieciocho meses>>—, que adquiere así una doble cualidad, de nuevo contraria, de resignación/esperanza, y que retrospectivamente confiere a la obra una capa de melancolía que enriquece el aspecto cómico, predominante y más inmediatamente perceptible, mostrado hasta entonces.</p>
<p><a title="@enfaserem" href="https://twitter.com/enfaserem" target="_blank" rel="external nofollow">@enfaserem</a></p>
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		<title>Cine/Teatro</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Mar 2014 15:04:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Con el cine inmerso en un proceso de transformación radical que comienza a afectar al propio concepto de , el teatro, que hoy celebra su Día Mundial, se halla, paradójicamente por las mismas circunstancias, inmerso en un proceso de signo contrario. Las nuevas tecnologías, que nacen obsoletas, han hecho que el consumo de cine se [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2014/03/cine-teatro-e1396019013654.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-878" title="cine-teatro" src="/enfaserem/wp-content/uploads/sites/14/2014/03/cine-teatro-e1396019013654.jpg" alt="" width="180" height="108" /></a>Con el cine inmerso en un proceso de transformación radical que comienza a afectar al propio concepto de <<cine>>, el teatro, que hoy celebra su Día Mundial, se halla, paradójicamente por las mismas circunstancias, inmerso en un proceso de signo contrario. Las nuevas tecnologías, que nacen obsoletas, han hecho que el consumo de cine se traslade de la pantalla de plata a la pantalla del portátil. La economía de la tecnología está polarizando las películas en dos tipos:  producciones de miles de millones y producciones que no llegan al millón, dejando entremedias un espacio enorme donde las películas de presupuesto medio, esas que crean industria, son cada vez más escasas. De seguir por esta senda las megaproducciones serán las únicas en llegar a las salas comerciales (las miniproducciones nutrirán los festivales). Así, para justificar el precio de la entrada se meten cuantos más abracadabrantes efectos especiales, mejor, al punto de que los efectos especiales son la película: no el guion, no la dirección ni las interpretaciones. ¿Cine? Algo así.</p>
<p>Por su parte el teatro —que no se puede bajar de internet—, y que hace no tantos años adolecía de una tendencia al <<espectáculo>>, fuegos artificiales, pantallas de vídeo…, debido a la crisis se ha instalado en una esencial desnudez: tres actores máximo, una mesa y dos sillas, y el resto que lo llene la imaginación del espectador, brechtiano a la fuerza. El boom del microteatro y de los monólogos es solo el clímax de las circunstancias, y aunque estas conducen a un tipo de obra limitado en muchos sentidos, exigen también que los elementos que hacen del teatro lo que es —texto, voz, presencia— lleguen al espectador de forma menos adulterada. No es que la necesidad agudice el ingenio (la necesidad solo agudiza el hambre, y hay monólogos insufribles como los hay geniales), pero al menos estamos redescubriendo por esta vía de lo mínimo el pálpito del teatro, eso que tiene de inmortal.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>El Norte de Castilla</em>, 27/3/2014)</p>
<p style="text-align: left;"><a title="twitter@enfaserem" href="https://twitter.com/enfaserem" target="_blank" rel="external nofollow">@enfaserem</a></p>
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		<title>Apunte(s)</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Jul 2013 10:27:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
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		<description><![CDATA[Los japoneses robotizan a Chéjov. Hay fundamentalistas de la vanguardia que aplauden encendidos la propuesta, hay fundamentalistas de la tradición que la denostan con igual fervor; muy pocos de unos y otros la han visto. Lo que nadie parece advertir es que lo que nos emociona del robot-actor es justamente lo que tiene de humano, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los japoneses robotizan a <strong>Chéjov</strong>. Hay fundamentalistas de la vanguardia que aplauden encendidos la propuesta, hay fundamentalistas de la tradición que la denostan con igual fervor; muy pocos de unos y otros la han visto. Lo que nadie parece advertir es que lo que nos emociona del robot-actor es justamente lo que tiene de humano, el esfuerzo del hombre o mujer que lo creó, que lo diseñó.</p>
<p>EEUU presiona para que la Ley de Protección de Datos no salga adelante. La privacidad es un territorio sagrado que no deja de bombardearse a diario sin nuestro consentimiento, y es además  la gran conquista del Estado de Derecho, de la que derivan el resto de derechos fundamentales de la persona (y por tanto sobre la que se asienta el edificio de la sociedad, todo el sistema de convivencia). EEUU presiona, sí, pero no hay quizá hoy ley más necesaria; el ciudadano necesita sentirse de alguna manera amparado, saber que existe una herramienta a la que acudir si su territorio es violado. Otro tema es la operatividad real de esa herramienta, cómo queda la ley definida; pues la única certeza es que vamos a seguir siendo espiados, violados, y mejor sería una ley que se pasase de garantista (en realidad no podría pasarse, pues la protección de la intimidad debería, idealmente, ser total) que una que se quedase en un grupo numerado de buenas intenciones.</p>
<p><strong>Rajoy</strong>: &#8220;Las decisiones más necesarias son las más difíciles de tomar&#8221;. ¿Y qué se supone que significa esta vacuidad? ¿Va a tomarla o no? ¿Y en qué sentido?</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Un tipo de lo más absurdo</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 19:20:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Roldán</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cubos con hojas]]></category>
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		<description><![CDATA[Un escaso mes antes el Telón de Acero se había derretido por obra y arte de Gorbachov y Kaspárov (“La perestroika la hicimos entre Gorbachov y yo”, Kaspárov dixit), pero Samuel Beckett apenas puedo respirar los recién estrenados vientos del Este que ahora soplaban libres. Su personal desamparo se había agravado a mediados de ese [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un escaso mes antes el Telón de Acero se había derretido por obra y arte de <strong>Gorbachov</strong> y <strong>Kaspárov</strong> (“La perestroika la hicimos entre Gorbachov y yo”, Kaspárov dixit), pero <strong>Samuel Beckett</strong> apenas puedo respirar los recién estrenados vientos del Este que ahora soplaban libres. Su personal desamparo se había agravado a mediados de ese año 89, con la muerte de su esposa <strong>Suzanne</strong>. Él no llegaría a sobrevivirla ni siquiera seis meses, dejando este lado el 22 de diciembre, hace ahora veinte años casi justos, una efeméride silenciada por estos días de visas ansiosas de novedades y fugaces buenos deseos. Veinte antes, en el 69, el enjuto dramaturgo, novelista, poeta y ensayista – uno de esos tipos con el rostro esculpido a cuchillo, que diría <strong>Sábato</strong> – había sido señalado con cierto premio sueco que la propia Suzanne calificaría de catástrofe, sabedora como nadie del profundo desequilibrio que podría acarrear en su marido la aparición imprevista de esa sirena caprichosa llamada fama. La Academia del Nobel quiso distinguir así a la quizá primera figura del póker que, junto a <strong>Ionesco</strong>, <strong>Adamov</strong> y <strong>Genet</strong>, constituía el llamado “teatro del absurdo”, ocurrencia de cierto crítico que ha producido más de un malentendido, acostumbrados como estamos a darnos por satisfechos con el primer dato que nos sirva para contestar correctamente el quesito marrón del trivial.</p>
<p><img loading="lazy" class="alignleft" src="//1.bp.blogspot.com/_CC-vLBgsOHw/S8OpRVjWV4I/AAAAAAAACFQ/-YlH2S_KUTM/s1600/200710101709530_beckett.jpg" alt="" width="300" height="411" /> Si el malentendido no pasara de anecdótico, de eco lejano, no le prestaríamos importancia alguna. Pero no ha sido así: aun hoy, en un tiempo que ha fagocitado todas las corrientes artísticas – de vanguardia o no vanguardia – hasta formar una suerte de magma indistinto donde resulta casi inimaginable una propuesta que no sea de entrada “aceptable”, las obras enmarcadas bajo el rótulo de “teatro del absurdo” siguen en gran medida generando en el público no ya incomprensión sino rechazo frontal, y sus autores vistos como poco menos que masturbadores mentales con el único propósito de romper deliberadamente el vínculo entre la obra y el espectador, de levantar una cuarta pared infranqueable y hermética con la que dejar a los espectadores perdidos, confusos en sus butacas, y a ser posible con un sentimiento íntimo de haber sido despreciados.</p>
<p>Tal impresión dista de la motivación última de Beckett y Cía. como la verdadera fe del simple recitar de corrido una oración. Si algo movió a los autores adscritos a la corriente, fue el tratar de dar respuesta a la nueva entidad que los descomunales cambios tecnológicos, políticos, bélicos del siglo XX habían generado en el hombre moderno. La búsqueda de otras vías dramáticas, de otros cauces expresivos alejados de lo que Ionesco llamó “la dramaturgia policial” &#8211; la deliberada ilación de las causas y las consecuencias que, sin distingos de género o intención, había dominado las tablas desde <strong>Sófocles</strong> hasta <strong>Chéjov</strong> – se debió a esa inédita situación del hombre moderno, que exigía un tratamiento también inédito, otros modos de expresión capaces no ya de explicar racionalmente al hombre sino de intentar comprenderlo, lo cual es muy diferente. Pero esta nueva búsqueda no suponía en modo alguno perder de vista que es el alma del hombre, en definitiva, el único tema sobre el que el teatro versa; si la comprensión completa resulta imposible, si el intento parte de una certidumbre de fracaso, no por ello va uno a dejar de intentarlo. Éste quizá sea la mayor enseñanza – que no moraleja – del llamado “absurdo”, y sin duda de la obra de Beckett. La suya supone la apuesta más radical del grupo, y la más duradera. En el caso del dublinés, esa búsqueda adquiere en su estilo un progresivo despojamiento que le lleva desde su casi barroquismo inicial (en su ensayo sobre <strong>Proust</strong>) hasta una prosa de médula, por así decir, una escritura que pesa cada palabra, cada silencio, y donde siempre se dice más, infinitamente más de lo que en la página está impreso. Una búsqueda profundamente moral (toda búsqueda de estilo lo es) y personal, una exploración del interior más hondo que no siempre consigue dar el salto y alcanzar al lector/espectador, entre otras cosas porque le exige a éste que ponga algo de su parte, y no siempre estamos dispuestos; pero cuando lo logra, pocas experiencias comparables podemos encontrar.</p>
<p>Ya se sabe que los consejos están para no hacerlos caso, pero Beckett dejó uno de los pocos dignos de tatuaje: “Fracasa. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor.” Toda su obra, desde la interminable espera de Godot hasta el futuro desierto de <em>Fin de partida</em>, desde el doble viaje de <em>Molloy</em> hasta el río interior de <em>El innombrable</em>, se resume en este canto doliente y esperanzado por la afirmación de la voluntad del hombre. A veces los señores del Nobel también aciertan. Lo único absurdo en Beckett sería no leerlo, no intentarlo.</p>
<p style="text-align: right;">(<em>La sombra del ciprés,</em> enero de 2010)</p>
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