{"id":1440,"date":"2018-04-21T14:22:52","date_gmt":"2018-04-21T12:22:52","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/enfaserem\/?p=1440"},"modified":"2018-04-21T14:22:52","modified_gmt":"2018-04-21T12:22:52","slug":"el-peso-del-honor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/enfaserem\/2018\/04\/21\/el-peso-del-honor\/","title":{"rendered":"El peso del honor"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/14\/2018\/04\/harakiri-1-e1524313295896.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-full wp-image-1443\" src=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/14\/2018\/04\/harakiri-1-e1524313295896.jpg\" alt=\"harakiri-1\" width=\"320\" height=\"137\" \/><\/a>Hubo un tiempo en que la palabra de un hombre ten\u00eda valor. Un tiempo en que bastaba un apret\u00f3n de manos delante de un testigo para certificar una venta o una cesi\u00f3n de tierras. El hombre quedaba vinculado por lo que dec\u00eda sin importar los imprevistos ulteriores que pudieran hacer que se quisiera arrepentir; justamente esos imprevistos eran los que conced\u00edan valor a la palabra dada. M\u00e1s tarde esa tradici\u00f3n oral se fij\u00f3 en tinta sobre papel o pergamino, en relaciones m\u00e1s o menos extensas que detallaban supuestos, modos de proceder y las consecuencias de no proceder de tales modos; cuanto m\u00e1s restringido el grupo social al que la relaci\u00f3n se dirig\u00eda, tanto m\u00e1s rigurosos los modos y las consecuencias, y tanto m\u00e1s se respetaban. Pero todo nac\u00eda del valor que se le conced\u00eda a la palabra, referencia indudable fuera la que fuese la perspectiva desde la que se asumiese.<\/p>\n<p>Finalizadas las guerras civiles, en el Jap\u00f3n de principios del XVII, durante el llamado shogunato <strong>Tokugawa<\/strong>, este clan estableci\u00f3 una suerte de dictadura militar con pleno poder pol\u00edtico que permiti\u00f3 conservar al emperador un mero prestigio nominal; en su ejercicio del poder, el clan Tokugawa deleg\u00f3, siempre bajo una supervisi\u00f3n sin fisuras, la administraci\u00f3n regional en quince clanes menores, conform\u00e1ndose un sistema feudal castrense de estructuras tan r\u00edgidas como los ciclos de la luna. Estos clanes depend\u00edan, para mantener el orden en su territorio y hacer rendir cuentas, de la figura del samur\u00e1i, vinculado a su casa a cambio de techo y comida, pero sobre todo vinculado como portador de prestigio: el samur\u00e1i cumpl\u00eda al punto las demandas de su se\u00f1or bajo las disposiciones del c\u00f3digo <em>bushido<\/em>, una relaci\u00f3n de normas cuya palabra-germen, ra\u00edz com\u00fan e irrenunciable, era honor.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/14\/2018\/04\/harakiri-2-e1524313349389.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-full wp-image-1444\" src=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/14\/2018\/04\/harakiri-2-e1524313349389.jpg\" alt=\"harakiri-2\" width=\"320\" height=\"133\" \/><\/a>Pero las guerras civiles hab\u00edan tra\u00eddo la desgracia de otros muchos samurais. Antes, bajo el omnipresente emperador, hab\u00eda clanes por centenares, cada uno con su flota de katanas. Con la derrota y el establecimiento de los shogunatos, estos samurais perdieron a sus amos y con ello su propia condici\u00f3n; el prestigioso, fiel samur\u00e1i que hab\u00eda logrado sobrevivir era ahora un ronin, un vagabundo ca\u00eddo en desgracia, un paria al que solo se le hab\u00eda permitido conservar sus dos espadas. \u00bfY para qu\u00e9? El <em>bushido<\/em> estipulaba que para hacerse el seppuku \u2014o harakiri, t\u00e9rmino coloquial\u2014, el suicido ritual que le permitiese, toda vez perdido al amo, mantener el honor. Quien no se lo hiciese ser\u00eda por su cuenta y riesgo, estigmatizado por el pueblo y sobre todo por los otros samurais y los se\u00f1ores. Pero para observar el rito del harakiri era necesario la colaboraci\u00f3n de una espada ajena que, una vez el actor se hubiera sacado las entra\u00f1as con un corte en el vientre de izquierda a derecha, le rebanase la cabeza. Por ello muchos ronins acud\u00edan a los dominios de los clanes y ped\u00edan al se\u00f1or la ayuda de uno de sus samurais para completar el rito. Estos la proporcionaban: supon\u00eda una honra y un prestigio para el clan, un acto debido para con un hombre m\u00e1s d\u00e9bil, pero honorable y valiente. Sin embargo, la cercan\u00eda material de la muerte es capaz de diluir la m\u00e1s firme voluntad, y muchos ronins, en el momento de la ejecuci\u00f3n, ca\u00edan en la indignidad guerrera de arrepentirse y solicitar al se\u00f1or un puesto de samur\u00e1i en su clan. Esta pr\u00e1ctica se fue extendiendo, y es en este momento donde arranca <em>Harakiri,<\/em> con la llegada de <strong>Tsugumo Hanshiro<\/strong> (<strong>Tatsuya Nakadai<\/strong>), un ronin viejo y barbudo, con m\u00e1s aspecto de mendigo que de guerrero, a la casa del clan Iyi: solo quiere un lugar digno donde morir. El se\u00f1or del clan, <strong>Saito<\/strong> (<strong>Rentaro Mikuni<\/strong>) descree de la petici\u00f3n; all\u00ed mismo recibieron no hac\u00eda tanto a un joven que, luego de plantear el motivo, llegado el momento de la verdad demand\u00f3 dos d\u00edas m\u00e1s para hacer un recado ineludible; por supuesto, le fue denegada la petici\u00f3n y se le oblig\u00f3 a abrirse el vientre. Algo bastante penoso, y mucho m\u00e1s doloroso para el joven, pues las dos espadas que portaba eran de bamb\u00fa. \u00bfC\u00f3mo se pueden tener espadas de bamb\u00fa y seguir consider\u00e1ndose un samur\u00e1i?<\/p>\n<p>Hanshiro asegura que \u00e9l detesta ese fingimiento como el que m\u00e1s, y como prueba, acto seguido nombra al samur\u00e1i del clan Iyi que quiere le corte la cabeza. En vano: el citado est\u00e1 en su hogar, postrado por la enfermedad. Hanshiro nombra entonces a otros dos, y para bochorno del se\u00f1or, el recadero le confirma que tampoco pueden acudir, por id\u00e9ntico motivo. El se\u00f1or se huele &lt;&lt;gato encerrado&gt;&gt;, y Hanshiro se ofrece a contar su historia. Reluctante pero intrigado, el se\u00f1or accede. Hanshiro comienza: ha de confesar que s\u00ed conoc\u00eda al joven de las espadas de bamb\u00fa.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/14\/2018\/04\/kobayashi-e1524313119770.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-full wp-image-1442\" src=\"https:\/\/static-blogs.elnortedecastilla.es\/wp-content\/uploads\/sites\/14\/2018\/04\/kobayashi-e1524313119770.jpg\" alt=\"kobayashi\" width=\"320\" height=\"369\" \/><\/a> Lo hasta aqu\u00ed expuesto es narrado en el film con una econom\u00eda de medios y una fluidez admirables, donde el relato oral del se\u00f1or de la llegada del joven se alterna con im\u00e1genes en flashback que ilustran lo dicho, como de ah\u00ed en adelante se alternar\u00e1 el relato de Hanshiro, t\u00e9cnica que el guionista <strong>Shinobu Hashimoto<\/strong> ya emplease en <em>Rashomon<\/em>. El riesgo de esta t\u00e9cnica, que se incrementa al transcurrir gran parte del metraje en espacios cerrados y con escasos personajes, es incurrir en una teatralidad forzada; sin embargo, el fondo del saco de recursos de puesta en escena y la maestr\u00eda con que los maneja <strong>Masaki Kobayashi<\/strong> hacen de <em>Harakiri<\/em>\u00a0un producto f\u00edlmico ejemplar. Planos subjetivos, planos cenitales est\u00e1ticos, zums s\u00fabitos, movimientos de c\u00e1mara determinados por la direcci\u00f3n en que sopla el viento\u2026, no hay una sola decisi\u00f3n est\u00e9tica, pl\u00e1stica o sonora, que no tenga una motivaci\u00f3n sem\u00e1ntica, de igual modo que las dos maneras de enfocar la interpretaci\u00f3n del personaje, marcada y contenida, de Nakadai y Mikuni, se ajustan al molde que el rol exige, y el conflicto se enriquece; de haberse adoptado el enfoque inverso, el se\u00f1or podr\u00eda haber quedado como un lun\u00e1tico o un arbitrario.<\/p>\n<p>La presencia de combates a espada (parte de la famosa escena de la novia frente a los 88 locos de <em>Kill Bill Vol. 1<\/em>\u00a0tiene aqu\u00ed un precedente), de coletas en cr\u00e1neos rapados, de kimonos ce\u00f1idos por cinturones negros, no ha de llevar a confusi\u00f3n en el g\u00e9nero: nos encontramos ante un melodrama, y en buena medida un melodrama familiar. Ocurre que no el tipo de melodrama dom\u00e9stico que <strong>Ozu<\/strong> perfeccion\u00f3; Kobayashi prefiere valerse de un tiempo remoto para ilustrar una tesis atemporal: la necesidad de afirmar la dignidad del individuo frente a los abusos del poder institucional, sea este el de los clanes feudales del s. XVII o el de las corporaciones transnacionales del XX, y venga donde venga establecido este poder. Pues cada hombre es irremplazable, y si bien las palabras han de tener un peso, ese peso no se puede anteponer al peso del alma. El c\u00f3digo ha de leerse en contexto, y un c\u00f3digo literal no conduce a otra cosa que a la perpetuaci\u00f3n de quienes est\u00e1n en el poder, y a facilitar su opresi\u00f3n. El desenlace de <em>Harakiri<\/em>, de un conmovedor fatalismo, presenta adem\u00e1s una cr\u00edtica brutal a la hipocres\u00eda de la que suele valerse el poder absoluto: el fin, siempre, es mantener el poder, para lo que en este caso se ha de armar una fachada de cara al se\u00f1or del clan imperial Tokugawa; y si tal fin implica la perversi\u00f3n de las palabras que no hace ni unas horas han servido para justificar otra actuaci\u00f3n, que as\u00ed sea. \u00bfHonor? El \u00fanico honor que el poder conoce es el de honrarse a s\u00ed mismo.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">(<em>La sombra del cipr\u00e9s<\/em>, 21\/4\/2018)<\/p>\n<p>@enfaserem<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><u>Ficha del film<\/u><\/p>\n<p>T\u00edtulo: <em>Harakiri<\/em> (<em>Seppuku<\/em>)<\/p>\n<p>A\u00f1o: 1962<\/p>\n<p>Dir: Masaki Kobayashi<\/p>\n<p>Int: Tatsuya Nakadai, Rentaro Mikuni, Shima Iwashita<\/p>\n<p>Jap\u00f3n, blanco y negro, drama, 134 mins.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hubo un tiempo en que la palabra de un hombre ten\u00eda valor. Un tiempo en que bastaba un apret\u00f3n de manos delante de un testigo para certificar una venta o una cesi\u00f3n de tierras. 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