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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

Cuba

‘Baracoa 500 años después’. Un documental con el que debuta Mauricio Vicent en el cine, tras 20 años de estancia en la isla como corresponsal de El País. Es curioso que su estreno casi ha coincidido con la finalización abrupta de la corresponsalía: el gobierno cubano decidió hace unos meses retirarle la acreditación porque consideraba que la información que transmitía a su periódico, es decir, a nosotros, era “parcial y negativa”, y con ese juicio sin apelación se silencia una voz. Cosas del gobierno cubano, que nos deja sin un periodista al que era un placer leer.

'Baracoa 500 años después'

Nada tiene que ver este documental con ese gobierno, y sí mucho, todo, con Cuba, con la ciudad de Baracoa. No hay más línea argumental que la contemplación, que la mirada atenta. El cultivo de cacao, los juegos escolares, la santería, una fiesta de cumpleaños…, la cámara va saltando de una ocasión a otra, sin narrador, casi sin personajes. Es una especie de sucesión aditiva, con sonido casi siempre directo y chirriante, una estrategia no muy lejana de la de aquella ‘Suite Habana’ de Fernando Pérez. Todo se fía a la fortuna de la imagen y a la habilidad del montador. La materia prima que encuentra Vicent es fabulosa: la pequeña ciudad de Baracoa, la naturaleza tropical, la luz, las lluvias, el mar. Qué mar. Y la gente de allí, desinhibida, ajena a la cámara, alegre. Y también la gloria local, el boxeador José Legrá, que vive en Madrid, pero que fue bautizado como  “El puma de Baracoa” cuando ganó el campeonato del mundo (lástima que las imágenes del NO-Do no trajesen el zarpazo con el que derribó a Howard Winstone en Londres, ni su llegada triunfal a Madrid disfrazado de mariachi, ni las palabras de Manuel Alcántara sobre su torso de semipesado encaramado en unas piernas de alfiler).

El documental de una hora de duración cumple sin elevarse. La facilidad de acceso a los diamantes locales acaba por ser una limitación. Porque, ¿cómo hacerse cargo de esa luz, de sus matices, de su fuerza? La cámara se limita a recogerla sin trabajarla, sin montar un discurso propio a partir de ella. Y el mar entrevisto, cuánto más podía dar de sí, un mar pujante, verdoso y encrespado, sin colchones turísticos. Basta con pensar en lo que Wim Wenders rodó en el Malecón de La Habana para darse cuenta de la diferencia entre un ojo que observa y un ojo que construye. Y otro tanto cabe decir de su simbiosis con la música, que aquí va por caminos simplemente paralelos a los quehaceres de los baracuenses.

Baracoa, La Habana. Cuba. Por ahora las palabras de sus grandes escritores, Lezama, Carpentier, Cabrera Infante.. están muy por delante de las imágenes que han querido apresarla.

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