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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

El vuelo de una fotografía

 

A raíz de la elección de Guimaraes como Capital Europea de la Cultura en 2012, varios cineastas recibieron el encargo de realizar un largometraje colectivo sobe la ciudad. Entre ellos estaba Víctor Erice, que se trasladó con prontitud a Guimaraes en busca de ideas, de localizaciones. En uno de sus paseos se fijó en unas naves abandonadas, con nombre impregnado de distinción portuguesa: Fábrica de Fiaçao e Tecidos do Rio Vizela. En las estancias vacías el director se encontró con una enorme foto en blanco y negro de los trabajadores en el comedor mirando a la cámara desde sus sillas. No necesitó buscar más, ahí estaba el origen de su película ‘Vidrios rotos’. “Fue esa foto la que me impresionó. La fábrica en su estado de abandono era muy expresiva, casi espectacular. Yo he comparado su ruina a la del Titanic hundido. Pero fue la foto, la foto… Porque en esa foto me impresionaron, como es natural, las personas, su condición, sus miradas a cámara…También otro detalle, esencial: la intuición de que todas ellas estaban ya muertas”.

                                              

Fotografías que viajan desde el pasado a nuestro encuentro, que traen el pasado. Todas lo hacen, o lo hacían, antes del torbellino de las imágenes digitales de consumo y olvido casi simultáneos. Hace unos años Cees Nooteboom relató en ‘Foto’ las sensaciones que le dejaba el encuentro con imágenes de personas de las que nada sabía, halladas en anticuarios y rastros:”Voyeurismo, curiosidad, melancolía”. Quien frecuente esos lugares sabe de la oferta de imágenes desgajadas de su origen, huérfanas de referente nominal. Hace unos años adquirí en un mercadillo de Asturias un fajo de fotografías de estudio: niños de primera comunión, parejas de boda, familias, grupos de amigas. Nada tenían en común salvo el origen del estudio, siempre situado en Melilla o en Ceuta. Una, fechada en 1927, trae en su dedicatoria el nombre rifeño de Larache. Es de un militar con su mujer y sus hijos, y parece un certificado de existencia tras la terrible guerra del Rif que se llevó a muchos de sus compañeros. Por qué esas fotos se agruparon en esos estudios de aroma colonial, y luego cruzaron el Mediterráneo y la península hasta caer en mis manos una mañana de domingo, es un enigma y un azar que puede desbordar la imaginación. Otras vidas en esta. Angélica Tanarro contaba hace unas semanas en uno de sus ‘Días nublados’ la emoción que le provocaba el encuentro azaroso con alguna imagen del pasado, emoción que a veces ha cristalizado en un poema.

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Manuel Vicent, en una crónica de los 25 años de El País, escribió: “Pasado un tiempo, casi todas las novelas se vuelven insoportables y prácticamente todos los artículos de actualidad son ilegibles fuera de contexto. Sucede lo mismo con las canciones de moda, con los ritmos de baile, con los edificios vulgares, con la pintura mediocre. En cambio no hay una fotografía mala que el tiempo no la mejore”. El tiempo, que es distancia siempre insalvable y creciente hasta aniquilar el origen, como lo sintió Víctor Erice. Recurro otra vez al azar, esta vez en geografía bien distinta. En un mercadillo de una ciudad china veo confundida entre baratijas una foto en blanco y negro de proporciones murales, 17×100. Posa en ella un grupo de más de 50 personas, unas sentadas y otras de pie, en disposición cuidada y solemne. Algunas van vestidas al modo occidental. Todas llevan inscritas en su cuerpo, en la hondura de su rostro, la lejanía que acaba con la muerte. Han viajado por un cruce de casualidades hasta mi mesa, y yo me traslado al jardín donde el fotógrafo realizó la hazaña de su captura con un objetivo panorámico que me asombra, más aún cuando indago la fecha de su realización, hacia 1925. Todos han muerto pero cada tarde están ante mí, interrogándome, rasgando el presente.

杜月笙的五房漂亮太太       

Cuánto tiempo se tardaría en componer a ese grupo de notables en un jardín de Shanghái. En las primeras fases de la fotografía se exigía a los retratados una quietud total de minutos, que pronto fueron segundos. Mientras tanto, algo se robaba a los retratados, un trozo de su alma, el ribete de la identidad. El alma es un pájaro, el pajarito cuya salida anuncia el fotógrafo y que al volar se separará de la escena. En ‘Amanecer’, la película que dirigió F.W. Murnau en 1927, una pareja que se ha reconciliado acude a un estudio como si fueran unos recién casados. El fotógrafo no sabe cómo conciliar la solemnidad de la ocasión con la ternura que despiden, hasta que oculto tras la enorme cámara logra robarles un beso furtivo, verdadero e inesperado, querido y rechazado. Un robo de su amor que tal vez un día viaje lejos de ellos, desgajado y siempre rotundo.

                                           

La espera, el tiempo del anhelo. La presentimos en la composición de la imagen, en las elecciones técnicas, en la mirada que selecciona y encuadra. En la fotografía analógica, exclusiva durante 150 años, era también obligada una segunda espera, más dilatada, entre la luz que hería el negativo y el posterior revelado y copia en papel. Transcurrían días, a veces semanas, hasta conseguir la materialización de la imagen. En ‘Amanecer’ la pareja enamorada juguetea en el estudio mientras el fotógrafo está encerrado en el cuarto oscuro del revelado, y creen romper una estatua a la que le faltan la cabeza y parte de los brazos. Para no pagar una nueva y completa Venus de Milo se marchan precipitadamente en cuanto reciben la copia, que abren en la calle con la brisa agitando la hoja que vela el beso inesperado, tan tierno como la emulsión que lo dibuja.

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En los años 60 y 70 se popularizó la cámara Polaroid, que entregaba la foto a los pocos segundos de realizarla. Tuvo un buen éxito, a pesar de que no permitía copias al destruirse el negativo. Y la calidad final era baja, ceñida a un recuadro obligatorio e inalterable. Pero, en fin, aproximaba hasta casi solaparlo el pasado de la captura con el presente de la contemplación. Lo que se ganaba en rapidez invertía la trascendencia, potenciaba lo efímero, pues la imagen final se resistía a la singularidad de la técnica elaborada que sustentaba a otras. Pero la rapidez se impuso a estas consideraciones pejigueras.

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“De una vez. Mi ración entera, aprisa/ para ya consumirla y disfrutarla./ Ahora”. Así fijaba José María Fonollosa en un poema de su libro ‘Ciudad del hombre: New York’ el tiempo de la realización de su deseo: ahora. No cabe espera ni dilatación: ahora, un ahora multiplicado en los infinitos presentes que se van sucediendo.

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La alianza de la fotografía digital con Internet engulle cualquier porción de tiempo. Un mismo artefacto sirve para realizar la fotografía, contemplarla inmediatamente y lanzarla a un viaje de destino incierto por la Red, con una existencia muy corta. Una mariposa cuyo vuelo no pasa de unas horas. Solo lo actual interesa, y solo en ello se hace parada. Hace unas semanas el selfie de Ellen de Generes en la ceremonia de los Oscar batió todos los récords de circulación por Twitter. Superó incluso al que se hizo la primera ministra danesa con Obama y Cameron. El selfie contiene un mensaje tradicional de identidad, “este soy yo”, pero prendido con un “ahora” inesquivable. El ensayista cubano Ernesto Hernández Busto anotaba en un artículo reciente la ruptura que supone esta prisa: “todo el arte y la cultura moderna de Occidente llevan consigo la propuesta de un lapso, un tiempo o un espacio en blanco para la producción del significado trascendente”.

La tecnología mercantil impone sus ritmos, y es imposible resistirse a ellos desde nuestra posición de consumidores indefensos. Se difunde ahora el disparo continuo con microcámaras practicado por los lifeloggers. El irlandés Cathal Gurrim es uno de ellos, tal vez el más avezado. Lleva desde 2006 fotografiando todo lo que le rodea, unas 2.600 imágenes por día que acumula ordenadamente como un mapa kafkiano a la misma escala de la realidad que representa. Otros nombres repican: Google glass, autographer, máquinas de producción incesante de imágenes que muerden e invaden el presente sin tiempo para la reflexión, sin carga para un futuro conectado a un pasado que despliegue la existencia, su melancolía, su arraigo terrenal.

 (publicado en La sombra del ciprés, el sábado 29 de marzo de 2014)

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