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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

Los que vienen de la selva

En los años en que vivió en Colombia, José Manuel Caballero Bonald hizo un viaje por el río Magdalena en un viejo vapor de ruedas de paletas. En una escala en Barrancabermeja decidió pasar a la otra orilla del ancho río, en la que no había pueblo alguno que le recibiera. Entre la espesura se abría una senda por la que se internó con su mujer, “y nos vimos repentinamente confinados entre las cuatro y siempre cuatro paredes de la selva”. Una experiencia, recordada en un artículo en El País en 2007, ‘La selva o la vida’, para la que fue difícil encontrar un lenguaje a la altura de su intensidad: “Todo relucía, olía, sonaba como si fueran anomalías generadas por la misma irrealidad de aquel rincón del mundo”. De ese intento de registro escrito dejaba en el colofón una enseñanza: “Descubrí finalmente ese otro mapa del tesoro que solo puede encontrarse con la técnica de la imaginación”.
Ese confín, la selva inaccesible que nuestro endeble cuerpo no aguanta, el más allá de la racionalidad civilizadora, puede someterse o esquivarse, según indica el poeta, con la técnica de la imaginación. La ficción se hace cargo del territorio, lo habita, lo desenvuelve, lo acerca. Lo coloniza. ¿Qué es si no la larga aventura de Tarzán y sus epígonos? Una reconstrucción del espacio salvaje con la contradicción de salvaguardar al tiempo su pureza. El hombre, el hombre blanco, penetra en lo que es ya un trampantojo y recuerda en él su bondad originaria, prometida por una larga lista de autores, desde Montaigne hasta Rousseau. Tarzán viaja desde nuestra civilización hacia el corazón del bosque, con animales transformados en mascotas y la espesura hecha parque.
Un viaje hacia la selva que la ficción ha recorrido también en sentido contrario, apoyándose en los rastros de seres que vivieron en la jungla y que un azar arrojó fuera hasta encontrarse con sus supuestos semejantes. Niños amamantados por lobos, criados por osos, los casos nunca han dejado de gotear. Víctor de Aveyron fue uno de ellos. Encontrado con diez años en los alrededores de una zona boscosa cerca de Toulouse, a cuatro patas y sin habla, quedó en manos de un preceptor, Jean Itard, que anotó cuidadosamente su proceso de adaptación. De ahí arranca la ficción de François Truffaut en ‘El pequeño salvaje’ (1970), una sobria descripción de los esfuerzos por ahormar a Víctor en la sociedad de los humanos: verticalidad, lenguaje, escritura, juicio, e incluso “elevar al hombre salvaje a la altura del hombre moral”. Es una historia de principios del XIX, cuando el siglo de las Luces cosechaba sus frutos ilustrados y el optimismo de la Razón quería llenar los vacíos de la incomunicación, de la exclusión.
Bien conocía la exclusión François Truffaut, salvado de correccionales por André Bazin y transformado en preceptor de su actor fetiche Jean-Pierre Léaud, al que dedica la película. También estaba en las cercanías de la frontera Werner Herzog, que por los mismos años fijó su atención en otro ser demediado que a principios del XIX irrumpió inexplicablemente en una pequeña villa alemana. La diferencia era que su jungla había sido el cuarto infranqueable donde permaneció encerrado hasta los veinte años. En ‘El enigma de Gaspar Hauser’ (1974) el director alemán recorre con su abrupto estilo las etapas de la recuperación social sobre el cuerpo del actor Bruno S., al que Herzog había rescatado del psiquiátrico. Los dos salvajes, Víctor y Gaspar, tan pronto están en manos de los científicos como son exhibidos ante la mirada de la gente. Un trayecto coincidente de ciencia y circo que también les une a Joseph Merrick, el ser deforme que David Lynch alojó en la ficción de ‘El hombre elefante’ (1980). Lo que viene de esa selva, exterior o interior, remota o sótano de deformes, se encauza con domadores de bata blanca o de látigo en la arena. En el circo acabó Buffalo Bill, otro que había cruzado la frontera. Y en esa escena profiláctica reaparece sin cesar Tarzán, lanzando su grito en el decorado de los estudios cinematográficos, la única selva que el hombre puede habitar.
(publicado en La sombra del ciprés el 9 de junio de 2018)

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