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Jorge Praga

Hoy empieza todo II

¿Dónde estaré mañana?

Cincuenta años después de su muerte Delhy Tejero es todavía “una cuenta pendiente que la pintura española aún tiene contraída”, según se lee en el folleto de la exposición que este verano le dedicó Toro. Una cuenta pendiente no solo con su arte, sino también con una trayectoria personal que atraviesa su tiempo, haciéndose eco de movimientos artísticos –la generación del 27 le pertenece- y de los cataclismos de la primera parte del XX. Sobre esta singladura humana la pintora dejó un documento de primera mano: sus anotaciones durante más de treinta años en cuadernos y hojas sueltas, reunidos en una edición primorosa por Tomás Sánchez Santiago y Mª Dolores Vila Tejero para la Diputación de Zamora en 2004. Ay, esos años en que se destinaba dinero público a cosas importantes, y que a veces, como en este libro feliz, se gastaba bien, muy bien.
delhy
Los cuadernines. Así se bautizan, con las palabras de la propia Delhy, estos diarios entre 1936 y 1968. En las abundantes reproducciones de originales se puede observar la escritura que la pintora llevaba: una redacción espontánea que nunca corregía, sin más destino que sus reflexiones y desahogos. Una escritura privada, una “escritura de la necesidad”, como la califica en la introducción Tomás Sánchez Santiago. Baste este fragmento de 1938, en Capri, para saber de la cocina de sus apuntes: “Tengo la cabeza llena, estallante no sé de qué cosas pero las siento que se atropellan unas a otras, que todas quieren salir las primeras y que no tengo más que meter el lápiz por el agujerito que hay en la puerta, las dejo que se enganchen como [ilegible] en la puerta y las voy poniendo en el cuaderno”.
Esa fuerza heterodoxa se convierte sin embargo en un arma comunicativa de primer orden, en un temblor que alcanza al lector. Llega a Tánger y anota:” Parece un sueño que surgiera de pronto del mar. Es tan bonita que parece irreal, da la sensación que de un momento a otro va a desaparecer…”. De una visita que hizo a Aliste en 1933 deja una excelente prosa de observación, con el canto del gallo (“el despertador era de verdad”), el tratamiento en castellano antiguo (“vos”), la miseria, el trabajo extenuante de los adultos, la soledad de ancianos y niños. Un retrato que trae el recuerdo de ‘Las Hurdes, tierra sin pan’, rodada por Luis Buñuel en esa misma época.
La vida viajera de Delhy llena páginas en Marruecos en 1936, en París y Florencia en 1938, en Roma, en Capri. “¿Dónde estaré mañana?”. Por sus líneas corren los ecos de las tensiones bélicas europeas, pero sobre todo el doloroso pálpito de la guerra civil. Su educación conservadora no resiste las noticias que le llegan: “Españica toda, tengo que venirme a esperar que te destrocen del todo. Yo lloro por ti, España”. En un dibujo Delhy imagina desde Florencia una escena: un coche con las puertas abiertas, unos hombres fusilando a otros contra la tapia del cementerio, el cura confesando a un condenado, otros llevando un cadáver. Meses más tarde, en Capri: “Si tengo miedo hasta de los míos (…) Qué raza de salvajes, festejan con alegría la toma de una ciudad que han destrozado primero, hablan con naturalidad de la gran limpieza que se está haciendo, y esa palabra que antes significaba cosa agradable ahora significa crimen espantoso, monstruoso, maldito miles de veces y malditos los que lo dirigen (…) ¿Con qué derecho matáis en nombre de Dios?”. Cuando vuelva a España en 1939 se deslizará silenciosamente en una vida discreta. Sus opiniones políticas desaparecen, se va borrando de la esfera pública, conecta con círculos religiosos. La pintura lo llena todo.
La pintura, y ella misma, plural, inestable, de sensibilidad extrema. Con su rareza social -artista, viajera, independiente-, ajena al papel asignado a la mujer: “Mis amigas ya tienen todas 1 o 2 hijos, ya son señoras (¿cómo se verá el mundo desde señora?)”. Delhy no encuentra sosiego en ningún sitio, la fustiga el dolor sentimental, físico, espiritual. Se desdobla en personajes con los que dialoga y se enfrenta (“esa Adela repugnante y sensata con su visión clara y ñoña, a esa la odiamos mi Delhy Tejero artista y yo”), se aferra a sus escrúpulos físicos, a su negación del tiempo y de la edad, que le hace aborrecer la vejez y ocultar su fecha de nacimiento. Se duele de sí mismo: “Solo yo tengo que aguantarme, tengo que estar conmigo desde que me levanto hasta que me acuesto, siempre, siempre, siempre…”. El bálsamo para su malestar es la pintura, que la acompaña siempre y de la que brotan los momentos más felices. “Es deliciosa la vida que estoy haciendo ahora, solo pintar noche y día”, anota en Capri. Y a pesar de tanta pasión artística, de tanta fidelidad valiente, en los años finales traza una sombra de decepción por no haberse atrevido a cortar más resueltamente los frenos familiares y sociales. “¿Por qué no me lancé a la vida con todas sus consecuencias? (…) Reuní condiciones como nadie, pues sin haber leído y visto, entre el ambiente más opuesto yo fui futurista, surrealista, impresionista, etc. ¿Por qué me perdí? Mejor dicho, ¿por qué no me encontré? Por ser tibia, no más”.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 3 de noviembre de 2018)


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